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El mito identitario. Yugoslavia y el eterno principio de las nacionalidades.

 

 

Sebastián Dueñas.

Ensayista. IEHS (España).

 

 

 

 

“La humanidad resulta ser un instrumento de lo más útil para las expansiones imperialistas, y en su forma ético-humanitarista constituye un vehículo especifico del imperialismo económico" (Carl Schmitt).

 

 

 

El siglo XX parece que no quiere acabar. La ideologización de la política, presente en la utilización coactiva del nacionalismo y en el “consensualismo” de las democracias de partidos de Europa Occidental, sigue presente con enorme fuerza no sólo en los gobiernos y en los intelectuales continentales, sino, y especialmente en el imaginario colectivo. La guerra que sacudió los Balcanes en la década de los 90 del siglo XX y que tanto conmocionó a la opinión pública, fue, aunque a pequeña escala, el escenario en donde se representó la pervivencia de este modo de pensar y de vivir, pero también fue un lugar donde se reflejó un pequeño atisbo de disidencia a la propaganda oficial, una reflexión política que desvelaba incoherencias, manipulaciones y mentiras. Modo ideológico de pensar versus modo político, moralismo “humanitarista” frente a “realismo político”, propaganda frente a reflexión.



a) La propaganda oficial.

 

 Yugoslavia es una excusa. Lo fue para ciertas potencias internacionales con el objetivo de alterar el orden jurídico internacional, de defender intereses geoestratégicos particulares y para ciertos intelectuales que saltaron a la fama mediante crónicas diarias vacías de análisis critico. Y lo es también en este ensayo. Excusa, porque bajo el análisis genérico del conflicto balcánico, se alza un intento de explicación o denuncia de un nuevo periodo histórico, o posiblemente continuación de un periodo anterior que todavía no se ha cerrado y que se ha olvidado en gran parte de la “intelligentsia”.

 


Hay que decir lo que se tiene que decir, hay que pensar lo que te dicen que hay que pensar. Ningún error esta permitido, toda crítica debe de ser censurada. Esa mentira, esas frases hechas y compradas que convierten en verdad, en dogma lo que solo son visiones particulares, opiniones correctas, actitudes vendidas, inunda de basura los periódicos, la literatura, el arte, las imágenes. Un mito producido por la tolerancia, la uniformidad, el nepotismo y el conformismo.. No se trata de moralizar los actos bélicos, ni de rebuscar en los orígenes prehistóricos de los nacionalismos balcánicos, ni de establecer principios universales de “justicia”. Todo eso ya esta hecho. Aquí no se pretende esconder las matanzas perpetradas por los paramilitares serbios, ni las limpiezas étnicas de Bosnia, Krajina ni Kosovo. Todo eso ya se ha visto. Sólo se puede pretender en estas breves líneas aportar un nuevo, por olvidado, análisis político que intente explicar de manera real, directa e incluso cruel para las mentes “bienintencionadas”, un hecho histórico que fue real, directo, y lo suficientemente cruel para despertar todo tipo de “fantasmas”.

 

A la hora de hablar sobre la “guerra de Yugoslavia” (entendida como todo el proceso de desintegración de la antigua federación titista, de los paralelos conflictos bélicos etnicistas y de la consecuente intervención pacificadora de la “Comunidad internacional”) poco se puede decir. No porque todo este dicho ya, sino por que el espacio que ha quedado para la critica política y la reflexión teórica es prácticamente nulo. Unilateralmente, el “Buró” intelectual dominante ha establecido las causas y consecuencias del conflicto, ha establecido análisis maniqueos sobre los actores, ha justificado la intervención internacional, y ha escrito en los libros de historia “la verdad” que los alumnos universitarios deben repetir mecánicamente. Por ello, establecer un análisis político y realista sobre este fenómeno histórico que conmocionó a la opinión pública a inicios de la década de los 90 resulta arriesgado e “incorrecto”, ante la posibilidad del linchamiento mediático, la indiferencia académica y la condena moral. Yugoslavia se convirtió en el mejor escaparate, en el mejor reflejo de esa nueva época, de esa nueva mentalidad que pretendía unificarlo todo, y cuyo fenómeno mas trascendente sería la “decadencia terminal de Europa” en palabras del profesor Jerónimo Molina Cano. Y el mismo profesor describe en pocas pero irónicas y brillantes palabras el actual tiempo histórico europeo:“. hace décadas que Europa proclama con contundencia ante el mundo que se arrepiente de sus errores, encarando empero de la peor forma posible lo que Julien Freund denominó el fin del Renacimiento (...) El viejo continente, así se ha decidido, es culpable de los servicios prestados”.


La “opinión” moralizante e ideologizada ataca la realidad científica y el análisis serio y útil, y la guerra, la guerra de los Balcanes, se convierte en un ejemplo más de la nueva religión universal, la religión de esa “Humanidad” abstracta y solidaria. Y la guerra se convierte en justa o injusta, se moraliza y se estigmatiza, olvidándose el análisis político profundo y empírico en el análisis. La “dictadura de la opinión” emerge así como la única salvaguarda de la democracia representativa, de los ideales solidarios y humanistas y de la corrección política “bipartidista” en el panorama unificador europeo. “Se asiste con sorpresa al espectáculo de una civilización que se ha transformado en la abogada de unos principios que la niegan. En esencia: el universalismo político, el intervencionismo económico y el moralismo europeo. Estos principios dan contenido a una variante del pensamiento único de raíz antipolítico que bien podría denominarse Neorrepublicanismo y al que la mayoría se adscribe, contando acaso con la aquiescencia general”.


Yugoslavia es la excusa para hablar sobre la denunciada por el profesor Molina Cano como “decadencia terminal de Europa”, del vasallaje europeo ante el absoluto dominio norteamericano (irónicamente expuesto por el profesor Maschke), de la vigencia de las ideas polémicas del maestro Carl Schmitt, especialmente de su análisis de lo político. La escuela del “realismo político” (“familia espiritual europea de escritores políticos realistas” en palabras del profesor Molina Cano) surgía para poner el dedo en la llaga, para desvelar mentiras entre la propaganda europeista que extendía por el viejo continente la ilusoria construcción europea. Molina Cano apuntaba la burocratización y estatalización de la Unión, Maschke el vasallaje en política exterior.

 

b) La imagen que te cierra los ojos.


Buenos y malos, bosnios y serbios, cristianos y musulmanes, católicos y ortodoxos, Oriente contra Occidente. Tantas palabras tiradas a la basura, tantos intelectuales revolviéndose en ella. La guerra se convierte en el mejor lugar, en el mejor espectáculo posible para demostrar la ignorancia. Y la imagen televisiva, repetida una y otra vez, crea la conciencia y la opinión sobre el presente y el pasado de la guerra en Yugoslavia.“ La verdad era que casi todas la imágenes y reportajes de los últimos cuatro años venían de un lado de las fronteras, y en las ocasiones en las que, de vez en cuando, venían del otro, con el tiempo me iban pareciendo cada vez meros espejismos de los habituales puntos de vista inculcados, como espejismos deformados en nuestras células visuales, y en ningún modo resultado de testimonio presencial” . Peter Handke, escritor austriaco, polémico y complejo, intento ir más allá de la visión oficial. “Abogado proserbio”, “de dudoso gusto “, “yugo filo”... Tantos calificativos recibió de los que no leyeron ni analizaron su obra. Quizás por querer mirar mas profundamente, por eludir los juicios de valor maniqueos, por destruir tópicos demasiado bienintencionados. Nunca alabó al presidente Milosevic, nunca justificó la matanzas serbio- bosnias. Solo quiso conocer al “malo” del película, al enemigo internacional, solo quiso conocer la “esencia” política y económica que se manifestaba en ese tiempo y lugar histórico.

c) Libros que te los cierran aun más.


Las ferias del Libro, las librerías de barrio, los saldos de los grandes almacenes y algún que otro puesto de libros olvidados, se encuentran repletos de numerosos libros que antaño ocupaban portadas de suplementos culturales y escaparates de tiendas de lujo, pero que hoy, llenos de polvo y marcas de dedos que solo buscaban su precio, comparten la espera de ser rescatados por algún loco o aburrido lector a su paso, con otros libros que nunca ocuparon lugar en tantos escaparates y portadas. Y por casualidad, el escritor “tolerante y progresista” que a inicios de los años 90 fue aclamado por la opinión pública por la “oportunidad” (que no calidad ni rigurosidad) de sus escritos, una mañana de domingo al pasar por ese puesto ambulante en el Paseo, baja los ojos al comprobar el lugar que ocupa su libro, junto a los de esos escritores raros y trasnochados, reaccionarios y antiguos que pensaban antes de escribir y escribían tras pensar.


Yugoslavia cayó cuando decidieron que cayera. Se firmó su final sin saberlo aquellos que se decían a si mismos “yugoslavos”. No se dio una oportunidad de redención por los pecados cometidos, no se permitió enmendar los errores pasados. Era una sentencia de muerte dictada sin juicio justo, sin posibilidad de reinserción. Eso no lo decían los primero libros que leí. Se pervirtió el derecho de autodeterminación, se alteró el orden constitucional, se impuso la moralidad “humanista” de la comunidad supranacional, se cambiaron las reglas del orden internacional..y se abrió la “caja de Pandora”.


El sueño “autogestionario” para gran parte de la intelectualidad progresista; la “falacia”comunista para los exiliados; la principal federación “multiétnica” de Europa (junto con la URSS) para los expertos en política internacional, nacionalismos y sistemas políticos europeos; un mundo de leyendas y tradiciones mitificadas para los literatos, aventureros y viajeros (Rebecca West, Lord Byron..); el último reducto de las identidades arcaicas y primitivas para los aventajados del progreso económico, técnico y político de la “globalización”. Esta pequeña creación, a veces contradictoria, a veces avanzada, debía de tener fin. Mal ejemplo para la convivencia interétnica, mal ejemplo para el “mundo democrático occidental”. Los principales actores de la escena política, tanto nacional como internacional, decidieron que era ya el momento de que ese engendro soñado por Tito, durante una noche de verano en los irreductibles valles de Bosnia, fuera hecho pedazos. Era una caída anunciada, inevitable. Eso si lo decían los libros que guarde y olvidé.

 
El modelo socio-económico socialista, particular y propio de Yugoslavia (desmitificado por unos y alabado por otros), y conocido como “Autogestión”, se había hecho inviable; las tensiones nacionalistas, reprimidas por la dictadura personalista del dirigente yugoslavo, se habían hecho insostenibles dentro de la federación; los intereses económicos, políticos y geoestratégicos de las principales potencias europeas clamaban por recuperar ese papel protagonista en un lugar tan especial: los Balcanes. Todo estaba preparado para el espectáculo bélico que tanto necesitaban los medios de comunicación occidentales y sus ávidos espectadores. El escenario perfecto, una tierra tradicionalmente indómita y guerrera; los actores experimentados, imitando grandes actuaciones de épocas aun mas espectaculares, desde el punto de vista dramático claro esta; el guión adaptado, recogiendo la línea argumental que repetían hasta la saciedad los clásicos nacionalistas; la critica informada, rescatando de las catacumbas del saber los orígenes de este genero dramático(inventando o reinterpretando lo leído para demostrar su sapiencia);y el momento de máxima audiencia, el desplome del poder soviético y la victoria aplastante del “imperio” norteamericano. El “fin de la historia” (F.Fukuyama) o “el choque de civilizaciones” (S. Huntington) podían haber sido unos buenos títulos (más correctos política y académicamente para los policías del saber), pero para atraer a mas publico, a mas clientes, eran necesarios títulos mas impactantes, mas atrayentes como por ejemplo, “El polvorín de los Balcanes”,”La trampa balcánica”,.. (amen de otros no menos espectaculares, morbosos o sensacionalistas).


En esa época todo estaba cambiando, incluido quien escribe. Cambiaban las mentalidades, individuales y colectivas. El mundo se uniformaba, mediante la explosión súbita de las nuevas tecnologías, mediante la instauración, obligada o no, del sistema democrático representativo. Un mundo se venía abajo y otro nuevo, más homogéneo y dominante, se construía. La juventud de esa época, siempre sensible a los cambios, coyunturales o estructurales en la sociedad y en el mundo que les rodeaba, que alteraban o modificaban sus estructuras simbólicas y mitológicas, sufrió un profundo cambio en sus ideas y valores. La Unión Soviética se desangraba y finalmente se disolvía; el bloque comunista de Europa de Este desaparecía; en la antigua Yugoslavia, los eternos vecinos, antiguos enemigos y recientes hermanos, se lanzaban a su mutuo exterminio. En la Europa Occidental toda la cosmología de viejas y nuevas generaciones de idealistas se derrumbaban, la rutina ideológica de las masas se alteraba. Todos se sentían engañados. O lo que les contaron en el pasado no era cierto, o lo que en esos momentos ocurría eran una simple invención. Yo también me sentí engañado.


Y en los libros buscamos la respuesta. La televisión, la radio, los periódicos decían siempre lo mismo, repetían imágenes idénticas, daban siempre las mismas respuestas, se conformaban con darnos una visión y una información monótona, insuficiente y sesgada, como descubrimos más tarde. Eso era bastante para mantenernos lo suficientemente desinformados, pensaban ellos, no éramos demasiado inquietos, creían. Pero debíamos saber más, necesitábamos saber más. Por lo menos algo distinto, otra visión, más libre, más cercana. Nos mostraban lo que parecía ser, pero parecer no siempre significa poder ser.

 


La guardia de “corps” de la tolerancia política se sumó a la narración parcial de este episodio histórico. Francisco Veiga, Carlos Taibo, Manuel Leguineche, Alfonso Rojo, Xavier Aguirre, Emilio de Diego, Juan Goytisolo, Javier Villanueva..., en el panorama nacional, y Bernard Ferón, Bogdan Denitch,, Paul Gardé.., en el internacional rebuscaron en el basurero de la historia y de la cultura en captura de palabras para llenar sus libros. Ellos reinventaron o magnificaron el nacionalismo, el etnicismo, rescatando conceptos específicos como “genocidio” o creando otros como “limpieza étnica” para poder vender libros. Se convirtieron en tribunal paralelo, ellos crearon la “opinión publica”. Pero sus ideas “progresistas” que les “obligaban” a denunciar dicho genocidio, les hacían olvidar otras dictaduras comunistas, otros regímenes totalitarios, otras manipulaciones de la historia y de la realidad, especialmente las suyas propias. Pero sobre todo olvidaban y rechazaban el fenómeno que quizás pudiera haber explicado mejor que nadie este hecho histórico: la política.



d) Un nuevo orden mundial.


Como acertada y premonitoriamente advertían los profesores G. Maschke y J.Molina Cano, un nuevo orden mundial se impone irremediablemente tras la caída del bloque soviético y la implantación de la única e incontrolable hegemonía Norteamericana. Y este orden nuevo tuvo y aun tiene consecuencias trascendentales en el destino político y espiritual de Europa, especialmente visibles en las consecuencias geopolíticas devenidas del conflicto bélico de los Balcanes: sumisión política de Europa al los dictados de la política exterior “imperialista” norteamericana. Europa, cuna de la civilización occidental y “acelerador de la evolución histórica”, en pleno proceso de construcción, desde Maastrich especialmente, de su tan ansiada unidad política (que desde el punto de vista intelectual se debate entre la “Unión europea y el Gross Raum” según establece el profesor Molina Cano), ha sido incapaz de actuar soberana, independiente y lógicamente en la región balcánica. Y este nuevo orden es considerado de manera muy diferente en lo terminológico pero sustancialmente común en la base de las distintas ideas.


Desde Serbia, el nuevo orden mundial se definía, bajo el embargo primero y bajo las bombas después, desde posiciones nacionalistas excesivamente simplistas, pero comprensibles en esos momentos. Dragos Kalajic, profesor del instituto geopolítico de Belgrado, denunciaba como la intervención militar en su país, enmascarada en cuestiones de justicia humanitaria, respondía a intereses geopolíticos del que domina como “Tercer imperio norteamericano”, que consideraba como “transversal islámica” (afirmaciones previsibles dentro del ideario serbio, aunque no tan descabelladas como pueden parecer simple vista). Más contundente y radical se muestra otro ilustre profesor serbio, Gojko Miljanic, el cual considera el nuevo orden mundial como “un nuevo fascismo”, encabezado por la OTAN y que rescata antiguas ideas y prácticas del nacionalsocialismo alemán.


e) Desde el otro lado de las trincheras


Desde el “otro lado de las trincheras”, los pensadores serbios, estigmatizados y negados como propagandistas del “nacionalismo serbio” o del régimen de Milosevic, reaccionan ante la verdad oficial del la “Comunidad internacional”( la única que parece ser puede hacer propaganda legitima) radicalizando su discurso, mezcla del nacionalismo “eslavista” predominante en la sociedad serbia, del “seudo comunismo” del antiguo régimen y de legitima defensa intelectual. En los medios de comunicación y en la prensa española el olvido de la opinión enemiga fue generalizada. Solo en la revista “Política exterior” se publicó un articulo proveniente del “otro lado de las trincheras”, un artículo del antiguo líder opositor Vuk Draskovic, aunque claro esta, antes de que se estigmatizara cualquier opinión serbia no avergonzada ni inculpatoria (como la obra de la escritora Mira Milosevic, ampliamente publicada y requerida por entonar continuamente “el mea culpa” ante la prensa española).


f) Las escenas surrealistas.


Las escenas aplaudidas de Croacia, Eslovenia y Bosnia: la “comunidad internacional”, saltándose el Derecho Internacional, la carta de la Naciones Unidas y la autonomía constitucional del Estado yugoslavo post-Tito, permite la declaración unilateral de independencia de estas dos repúblicas, usando arbitrariamente los derechos de autodeterminación (como si fueran colonias) y de secesión. Alterando el “status quo“ en la región, provocaron un incendio que atribuyeron a lideres “terribles” o a nacionalismos “exacerbados”, provocaron una guerra a la que luego convirtieron en un espectáculo moral y televisivo. Pero este derecho que permitieron a croatas, bosnios musulmanes y eslovenos no lo dejaron aplicar, por el contrario a la minorías serbias en esos respectivos nuevos países. Y en ese momento argumentaron que había que respetar el “status quo“ internacional.


La escena solitaria de Milosevic: un genocida, un asesino, un déspota, “el carnicero de los Balcanes”. La política se moraliza y pierde toda su esencia. Solo él ante un Tribunal fantasma, solo él enjuiciado por la comunidad internacional. Elegido el poder con las mismas armas de la democracia representativa de Europa Occidental, considerado en un principio el “pacificador de la región” tras los acuerdos de Dayton (1995), sentenciado tras intentar sofocar el terrorismo albanés en Kosovo. Una justicia internacional que sentencia a unos y exculpa a otros, que socava la independencia territorial, que anula las competencias jurídicas y constitucionales nacionales, que sanciona los estados étnicamente puros (paradójicamente Serbia y Montenegro son los únicos estados multiétnico de la ex-Yugoslavia, y la única, que pese a todas las atrocidades cometidas, intento respetar la legalidad, buscar el consenso y preservar la Federación).

 

Pero pocos vieron simplemente en él un estadística político, que buscando la discutible defensa de la federación y su propia supervivencia política, utilizó todos aquellos elementos políticos que poseía a su alcance, como el nacionalismo (que el precisamente no inventó ni radicalizó, y allí están las obras previas de Draskovic o Cosic) o el socialismo (buscando la legitimidad y la continuidad del régimen anterior). Muchos análisis bélicos de cuya responsabilidad directa es difícil establecer, muchas análisis psicológicos de su figura, muchos estudios culturales y antropológicos de los pueblos gran parte de los intelectuales y estadistas serbios), pero pocos análisis políticos profundos, esenciales, comparados. Se moraliza la guerra y se convierte en justa o injusta, se analiza la labor política no en función de los datos concretos sino en juicios de valor.

 

La escena aplaudida en televisión: Estados Unidos, potencia hegemónica, y sus aliados de la Unión Europea, vasallos dóciles, se lanzan a una “campaña humanitaria” para socorrer a los terroristas albaneses de la opresión y limpieza étnica del otrora “pacificador de los Balcanes” Milosevic, prosiguiendo con su intervención humanitaria iniciada con la solidaria “división étnica” de Bosnia. Esta actuación, que consigue crear un estado albanés étnicamente limpio y puro, sanciona el nuevo derecho internacional moderno, y por ende deslegitimar el derecho constitucional nacional y a la propia ONU. Günter Maschke señalaba como esta sola intervención consiguió deslegitimar a la vez la Constitución nacional alemana, la Carta de la Naciones Unidas y el Tratado del Atlántico Norte.

 

“Pero la guerra contra Serbia suscita otros problemas de orden jurídico. Dicha intervención ha violado claramente la Carta de las Naciones Unidas. El articulo 2 afirma que los miembro de la Naciones Unidas deben abstenerse de recurrir a la violencia frente a otros estados. Esta regla es aplicable a las relaciones interestatales pero no a cuestiones puramente nacionales o de guerra civil (....) asimismo el Tratado del Atlántico Norte ha sido también violado. Solo autoriza la defensa en el caso en el caso de que uno de los países miembros haya sido atacado y ningún miembro de la OTAN ha sido atacado.” . El orden jurídico internacional se trastoca por intereses privados y la ley de la selva, legitimada por una moral “humanista” (que solo esconde pretensiones unificadoras), se instituye en el panorama internacional. Machske apunta en relación a esto que”el derecho internacional moderno facilita las intervenciones militares (...) tomando demasiado a la ligera todas las formas de injerencia (..). y que la manipulación de la OTAN ha hecho del derecho internacional destruye ipso facto los fundamentos mismos del derecho internacional”. Ya no existen principios racionalizadores que medien entre los conflictos humanos, y el derecho y la política se vacían teóricamente siendo llenados paralelamente de ideales provenientes del otro lado del Atlántico.

 

“Si ya no existen barreras jurídicas para una intervención, entonces nos encontramos al socaire de la arbitrariedad pura –prosigue Maschke – la que podríamos asimilar a una serie de anarquía internacional. De aquí en adelante, todo el mundo podrá intervenir donde bien le parezca apelando a motivaciones reales o imaginarias con respecto a los derechos humanos, pero todo ello solo sirve como simple tapadera para camuflar apetitos imperialistas”. En Yugoslavia se intervino evitando, como acertadamente señala Maschke, la palabra “guerra”, aun cuando era evidente que era una guerra, sustituyéndola por los nuevos términos vacíos que imponía la nueva moral “humanista” como “medidas de paz”, “intervención humanitaria”.


La escena final: “La guerra contra Serbia nos ha traído como triste balance el siguiente: ¡Europa se ha mostrado incapaz de impedir una intervención norteamericana en Europa!. Peor aun: Europa ha participando en dicha intervención en firma de peoncillo, de vasallo.” Así de contundente y brillante, Maschke establecía la esencia de todo el conflicto.

 

g) El eterno principio de las nacionalidades


El presidente Wilson y el bolchevique Lenin “crearon un monstruo” a inicios del siglo XX que aun sigue sembrando el pánico y la confusión en el viejo Continente. Un nuevo orden (surgido tras la Gran Guerra europea), supuestamente moralista y humanitarista, pero que en realidad escondía puros y simples intereses “imperialistas”, consagró el desorden y el vasallaje europeo, reflejado en dos conceptos que impulsaron la gran “Guerra Civil europea”: el principio de las nacionalidades y el derecho de autodeterminación. El nacionalismo se convirtió, heredando la utilización interesada del idealismo patriótico de Napoleón Bonaparte y su nieto Napoleón III, en un arma ideológica, en un instrumento más “para ganar ventaja en la lucha internacional por el poder que por el deseo de los habitantes de los pueblos afectados por la autodeterminación”, en palabras de B. C. Shafer.

 

La vieja protesta patriótica argumentada como elemento legitimador y movilizador por el liberalismo clásico, especialmente el inglés (Lord Acton, Stuart Mill..), frente al viejo régimen autocrático, y el idealismo liberal-romántico (alemán e italiano) que impulso los grandes procesos unificadores nacionales de finales del siglo XIX, dieron paso a un nacionalismo “etnicista” impulsado por las políticas imperialistas. Se designaron y catalogaron los nacionalismos como buenos y malos, como conservadores y progresistas. El nacionalismo “político” y estatal que había impulsado el desarrollo económico, la estabilidad territorial y el orden jurídico en la Europa del siglo XIX se calificó de reaccionario, mientras se impulsaban los nacionalismos periféricos de base “cultural” y regionalista”, bien por los intereses imperialistas soviético-norteamericanos, bien por la utilización revolucionaria del marxismo y al izquierda radical. La “vieja europa” de Estados-naciones centralizados, pluriculturales y estables dieron lugar a pequeñas naciones de base exclusivamente cultural.


La idea de nación cultural, preexistente a los tiempos, disgregadora del orden europeo se alzó fente a la idea de nación política, creación del Estado como medio de desarrollo económico, de garantía constitucional y de paz interior. López Guerra señala a este respecto: “La identificación entre comunidad política y comunidad cultural es altamente cuestionable. Por ello la referencia a la Nación, como base humana de la organización no puede entnderse sino como una referencia basada en lo político: la Nación como comunidad que quiere configurarse como organización política en forma de Estado”.

 

Por tanto Estado y Nación, Nación y Estado van unidos de la mano históricamente. ¿Pero que fue antes, el Estado o la Nación?. Esta aparentemente sencilla pregunta, esconde en su interior “la cuestión nacional” que tanto trastocó el orden europeo pre-guerra. Si se rechaza las ideas de Benedict Anderson y Ernst Gellner sobre que el nacionalismo y la nación son fenómenos “modernizadores” que van unidos indisolublemente al desarrollo de la forma política estatal, del modo de producción capitalista y de la aplicación, en palabras del profesor Molina Cano, de la técnica a numerosos sectores de la vida humana colectiva: y en su contra se defiende una visión culturalista e imperialista de los nacionalismos y la nación (E.J. Hobsbawn, I. Berlin..), el orden político–territorial europeo se trastoca y “todo vale”. Se crean “naciones” y se niegan otras en función a los nuevos patrones nacional-culturales.

 

Se niega la Nación política como motor del desarrollo económico y de la estabilidad democrático –liberal, siendo sustituida por la nación simbólica e identitaria, generalmente construida sobre invenciones personalistas, rápidas y poco escrupulosas. La nación se moraliza y pierde su esencial componente político. El periodo de entreguerras y la crisis de Yugoslavia guardan excesivos paralelismos, el proceso de construcción de la Sociedad de Naciones y la Unión europea se parecen demasiado, y es idéntica la irónica y contradictoria construcción de la ”identidad supranacional europea” con el renacer del viejo principio de las nacionalidades en su propio seno, a través de los nacionalismos periféricos (generalmente racistas, terroristas y reaccionarios, auque le pese a mas de algún “filosocialista”). Esperemos que las consecuencias de ambos periodos y procesos no se parezcan tanto, aunque la crisis yugoslava nos trae a la memoria viejos errores de lo que perece que no se ha aprendido.


El nacionalismo se convirtió en una estrategia imperialista, que impulsando los nacionalismo irredentos de base cultural pretendía, mediante la máxima “divide y vencerás”, alterar el orden político-territorial europeo. El imperialismo soviético y su colonización europea y tercermundista, creando un nacionalismo internacionalista y proletario que apelando al ideario autodeterminista de Lenin y Stalin, escondía los intereses expansionistas de Moscú, aplacó brutalmente los nacionalismos estatales y políticos de sus “colonias”(aunque en la teoría oficial se defendían) a la vez que azuzaba las protestas anticoloniales (mezclando incoherente y arbitrariamente marxismo y nacionalismo, como señala Andrés de Blas Guerrero).

 

Las consecuencias de estas políticas soviéticas aun se pueden ver en gran parte del globo: aparición de nacionalismos “etnicistas” expansivos y radicales tras años de opresión en la Europa del Este; conflictos étnicos brutales en grandes áreas de África y Asia como consecuencia de la “creación” de nacionalismos sobre comunidades culturales desorganizadas y primitivas; unión de “socialismo y patria” en Iberoamérica que creó y aun mantiene dictaduras de partido único. El imperialismo norteamericano, deseoso de influir en el viejo continente, impulsó arbitrariamente “el principio de las nacionalidades” buscando fieles vasallos y débiles potencias europeas. El imperialismo intelectual de la izquierda radical, partir de los años 60, mezclando “mágicamente” nacionalismo y marxismo, impulsaron la aparición de movimientos nacionalistas de base cultural y etnicista en zonas periféricas de los clásicos Estados-Nación (País vasco, Bretaña; Escocia, Irlanda,..), uniéndolo generalmente a actividades terroristas, legitimadas por la siempre solidaria prensa “progresista” (un claro ejemplo en la figura del proetarra Alfonso Sastre). De Blas Guerrero señala como “la explicación del renacimiento de ciertos nacionalismos culturales con nuevos acentos izquierdistas es, sin duda, inseparable de la actitud de unas fuerzas de izquierda aspirantes a instrumentalizar esos movimientos nacionalistas” al ver “las potencialidades de la vía nacionalista para algunos sectores de la izquierda revolucionaria radical como la ultima oportunidad de un discurso revolucionario”.


Aparentemente el conflicto bélico ha desaparecido en los territorios de la extinta Yugoslavia y la paz y la estabilidad se han instalado en la región, gracias a la “desinteresada” y “humanitaria” intervención militar y diplomática de la denominada como “Comunidad internacional”. Las nuevas repúblicas surgidas de la “explosión no controlada” del invento autogestionario de Tito, se han consolidado políticamente y aspiran a ingresar en la Unión europea en un futuro no muy lejano (bastante más para la gran perdedora del conflicto, Serbia).


Pero a la hora de realizar un análisis retrospectivo de las causas y consecuencias, de la esencia real y resultante de este hecho histórico, superando las ya manidas interpretaciones geopolíticas, históricas, culturales o antropológicas, se hace necesario la introducción de una nueva y verdadera óptica de estudio y comprensión: la óptica de “lo político”, que aporte perspectivas hasta ahora aplastadas por el enorme peso de los juicios de valor y de la justicia humanitaria. Y desde esta óptica tan denostada en la actualidad, se observa como este fenómeno histórico, como otros similares que se plantean en diversas partes del mundo, refleja una continua y moralista búsqueda de la “supuesta” intelectualidad progresista dominante del “fin de lo político”, y la aparición (o posiblemente continuidad) de una nueva “era de despolitizaciones y neutralizaciones”, como ya anunció hace más de 70 años el gran jurista alemán, brillante y polémico, denunciado y alabado, CARL SCHMITT. Siguiendo su obra “El Concepto de lo político“ (Der Begrieff des politischen ,1932), se pueden encontrar en este caso, como en otros conflictos internacionales, elementos tangibles que señalan este proceso de despolitización.

   

Schmitt no escribió nunca sobre la ex-Yugoslavia. Esta una aclaración previa bastante lógica, pero a la vez necesaria. Pero lo que interesa de Schmitt no es si escribió o no sobre esta región balcánica, sino si son válidas sus consideraciones sobre lo “político” y su análisis sobre la realidad histórica de Europa, y si ellas se pueden utilizar a su vez para comprender el hecho histórico objeto de este análisis y el marco histórico donde se desarrolla. Y la experiencia ha demostrado que si.


El jurista alemán escribió según y para la realidad política y jurídica de su época. El mundo en el que había nacido y en el que había sido educado se desmoronaba. La crisis de la “civilización europea” que denuncia y ataca desde estas paginas, la crisis de “la época de entreguerras”(1919-1939) que vivió con gran atención y temor en su Alemania natal (caída de la Monarquía prusiana, instauración de la República de Weimar, crisis económica en la posguerra..) condujo a una grave alteración del”status quo” político y territorial en el que se había dado la estabilidad y el desarrollo económico europeo. Era “el fin de Estado como unidad política fundamental en Europa” (modelo político “clásico”, monopolio de la actividad política, que había eliminado las seculares guerras religiosas y civiles de la “historia moderna” europea, y que había asegurado la estabilidad del continente mediante Estados delimitados territorialmente con fronteras estables, y con un orden interior pacífico y seguro), y la apertura de una época caracterizada por la perversión ideológica y pluralista de la política, y la aparición de un nuevo orden internacional que bajo la forma de la “Sociedad de Naciones” imponía una nueva hegemonía anglo-norteamericana.


El pasado y el presente se parecen demasiado. O posiblemente los hechos olvidados sigan aun presentes. El establecimiento de un “Estado de la Humanidad”, “universalista” ideológica y “optimista” antropológicamente (que nunca se ha realizado, y que simplemente surge como concepto antipolítico, tergiversado y utilizado por intereses éticos o económicos) conlleva, en palabras de Schmitt, “un idílico final de despolitización completa y definitiva” que anula toda forma de unidad política y de Estado (uniendo a los pueblos y haciendo imposible la lucha entre ellos, y eliminando toda posibilidad real de distinción ulterior entre “amigo” y “enemigo”, fundamento y esencia de lo político).

 

Y esta situación posible, que no real, es la que se intenta imponer en el panorama político mundial en la actualidad. Pero imponiendo más toda una terminología “utilitarista” de intereses “imperialistas”, que una verdadera teoría positiva del Estado (que por otro lado es virtualmente imposible). Lo “universal” triunfa en la fraseología periodística y la “humanidad” sostiene la demagogia ideológica. El ”pluriversium” schmittiano , reflejo de toda teoría política sana, se destierra como “pájaro de mal agüero”. Pero esa “humanidad”, esa maravillosa y abstracta creación, ese concepto apolítico y providencialista, se muestra en la realidad con una intensa e irónica "esencia verdaderamente política".

 

Por ello, pese a que aparentemente nunca puede ser definido un concepto como "netamente político", al no poder realizar la distinción política básica y última entre amigo y enemigo (a menos que se descubra vida en oto planeta, cosa harto improbable en estos momentos), sí lo es cuando se descubre su verdadero uso, su verdadera función. “Cuando un Estado combate a su enemigo político en nombre de la Humanidad, no se trata de la guerra de la humanidad, sino de una guerra en la que un determinado Estado pretende apropiarse de un concepto universal frente a su adversario con el fin de identificarse con él”. Estas palabras del maestro Schmitt, así como todas sus reflexiones anteriores, podrían ser aplicables a nuestra “excusa”, a la guerra de Yugoslavia.

 


g) La decadencia espiritual de Europa.


El pluralismo social, en forma de consensualismo, se impone en Europa desterrando toda forma política autentica y polémica. La política “tergiversada” de la no-discrepancia, el no-debate, de la homogeneización de la opinión publica, propia de la ideología denominada de centro se impone como única realidad válida. Estas palabras del profesor Molina Cano lo explican claramente: “En el plano del espíritu, Europa padece hoy la confusión de las formas de pensamiento y de los campos pragmáticos de la acción humana. Parecen borradas, una vez eclipsado el astro de racionalismo moderno, las fronteras epistemológicas y praxiológicas que en otro tiempo delimitaron con precisión la jurisdicción de las distintas actividades humanas”.


Y en las mismas páginas, el profesor Molina Cano señala como la despolitización de los Estados europeos, visible en la conversión de la Unión Europea en una simple comunidad burocratizada, estatista e intervencionista, ha corrido paralelamente al ejercicio creciente de un alternativo y “antipolítico” pensamiento político economicista y moralista, donde el abstracto e incluso nocivo principio de la “supranacionalidad” se ha impuesto como ideal supremo. Esta “decadencia terminal de Europa” se refleja en como “la construcción de la Unión Europea le ha dado la espalda a esa nueva construcción de lo político. Ajena a la mutación del “Nomos”. Europa consume sus mermadas fuerzas en la búsqueda de formas políticas compensatorias”.


La impotencia europea para intervenir en los conflictos bélicos de los Balcanes de la última década del siglo XX, con independencia de mando, con principios y objetivos propios, y con sentido de unidad espiritual ha sido manifiesta. No existe una conciencia europea, por que no existe un espíritu europeo. Solo nos encontramos con un Estado Supranacional, exclusivamente burocratizado y claramente estatista, que intenta homogeneizar las identidades culturales diversas, socavar las soberanías estatales-nacionales, que interviene hasta extremos delirantes sobra la vida económica, jurídica y personal, y que acepta sumisamente los designios internacionales del otro lado del Atlántico.

 

 

Las palabras de Julien Freund, rescatadas por Jerónimo Molina Cano, sobre que la verdadera integración europea es solo posible bajo la óptica y los parámetros de lo “militar”, ya que solo esta esencia humana (tan denostada y rechazada por la “intelectualidad moralista”, como lo refleja en sus líneas el famoso Humberto Eco) es capaz de plantear la cuestión de vida o muerte, cuestión que fundamenta cualquier pretensión “nacional” o patriótica de Europa, muestra la vigencia de ese pensamiento critico, “el realismo político”, como punto de reflexión sobre el proceso de unificación europeo; un hecho necesario para la Civilización europea, pero estatizado por la socialdemocracia, y burocratizado por las aspiraciones siempre crecientes del “pluralismo político” y del “consensualismo” partidocrático.

 

Fuentes:

- Maschke, Günter: “La autodestrucción del Derecho Internacional”, en Empresas políticas, Nº. 7, 2006, pags. 15-26

- Molina Cano, Jerónimo: “Las cuatro derrotas del comunismo”, en Razón española: Revista bimestral de pensamiento, Nº. 136, 2006, pags. 209-214.

- Schmitt,Carl: El concepto de lo político, Alianza Editorial, Barcelona, 1999.

  

 

 

  La Razón Histórica, nº1, 2007 [51-61]. ISSN 1989-2659. ©IPS.

 

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