Discurso sobre la historia Universal: Prólogo (1681).

 

Jacques Bénigne Bossuet

 

Religioso, historiador e intelectual francés [1627-1704], promotor, dentro de la teoría del origen divino del poder y la doctrina del galicalismo, una interpretación providencialista de la historia (Francia).

 

 

Prólogo. Designio general de esta obra, y de su división en tres partes.

Aún cuando fuera inútil la historia al común de los hombres, todavía sería muy necesario su estudio á los príncipes: es el mejor medio para descubrirles el influjo de las pasiones y de los intereses, el de los tiempos y de las circunstancias, y el de los buenos y malos consejos. Las historias no son, por decirlo así, más que una compilación de las acciones, de los sucesos y de los motivos que han dado lugar á estos, y todo su conjunto forma un estudio no solo útil sino de necesidad para los príncipes destinados a gobernar a los pueblos. Si la experiencia les es necesaria para adquirir la prudencia, sin cuya dote no es posible reinar bien, no es menos útil para su instrucción unir a los ejemplos de los siglos pasados los sucesos que pasan diariamente a su vista.

En vez de que no aprenden ordinariamente, más que á expensas de sus súbditos y de su propia gloria, a juzgar de los negocios arduos que les ocurren; con el auxilio de la historia, forman su juicio, sin aventurar nada, sobre los sucesos acaecidos en siglos anteriores. Cuando ven los vicios mas ocultos de los príncipes expuestos a los ojos de los hombres, no obstante las falsas alabanzas que se les prodigaron durante su vida, avergüénzase del vano placer que les causó la adulación, y llegan á conocer que la verdadera gloria solo puede conciliarse con el real y sólido mérito.

 

Por otra parte vergonzoso sería, no digo a un príncipe, sino en general a todo hombre de mediana educación, ignorar la historia del género humano y los memorables trastornos y mudanzas que ha acarreado la serie de los tiempos a los pueblos del mundo conocido. Si no se aprende de la historia a distinguir los tiempos, se juzgará iguales a los hombres bajo la ley de la naturaleza, o bajo la ley escrita, como bajo la ley evangélica; se hablará de los persas, vencidos bajo el imperio de Alejandro, como se habla de los persas vencedores bajo el de Ciro; se reputara a la Grecia tan libre en tiempo de Filipo como en el de Temístocles ó de Milcíades; al pueblo romano, tan orgulloso y altivo bajo el mando de los emperadores como bajo e1 de los cónsules; a la Iglesia tan tranquila bajo Diocleciano como bajo Constantino; y a la Francia, agitada por las guerras civiles en tiempo de Carlos IX y de Enrique III, tan poderosa y tan pujante como en tiempo de Luis XIV, cuando agrupada bajo un tan poderoso y sabio rey, triunfó ella sola de toda la Europa.

Smo. Sr., para evitar todos estos inconvenientes es para lo que se os ha hecho leer tantas historias antiguas y modernas. Empero, ante todo, os ha sido necesario leer en la Escritura la historia del pueblo de Dios, que es el fundamento de la religión. Tampoco se os ha dejado ignorar la historia griega ni la romana; y, lo que aún os era más importante, se os ha manifestado con un particular esmero la historia de este gran reino que estáis obligado á hacer feliz. Pero por temor de que todas estas historias, y las que todavía os restan que estudiar, no causen confusión en vuestro espíritu, ni fatiguen demasiado vuestra memoria, es muy necesario representároslas muy distintamente, pero en compendio, y de manera que comprendáis con facilidad la serie de los siglos transcurridos.

Esta manera de exponer la historia universal la compararemos a la descripción de los mapas geográficos. La historia universal es el mapa general comparado con las historias particulares de cada país y de cada pueblo. En los mapas particulares veis menudamente lo que es un reino, o una provincia en sí misma: en los universales aprendéis a fijar estas partes del mundo en su todo; en una palabra veis la parte que ocupa París ó la isla de Francia en el reino, la que el reino ocupa en la Europa, y la que la Europa ocupa en el universo.

Las historias particulares refieren y describen los sucesos acaecidos en un pueblo circunstanciadamente: pero para comprenderlos bien, es menester saber la relación que tiene cada una de estas historias con todas las demás; lo que se consigue por medio de un compendio, en que se vea de una ojeada todo el orden de los tiempos. ».

Un compendio tal os presenta, Smo. Sr., un gran espectáculo. Veis desarrollarse, por decirlo así, a vuestra vista y en muy pocas horas, todos los siglos que han precedido: veis cómo se suceden los imperios unos a otros; y cómo la religión, en sus diferentes estados, se sostiene igualmente desde el principio del mundo hasta nuestros días.

La serie de estas dos cosas, quiero decir la de la religión y la de los imperios, es la que debéis grabar en vuestra memoria; y como la religión y el gobierno político son los dos ejes sobre los que ruedan las cosas humanas, ver lo que a ellas concierne encerrado todo en un compendio, y descubrir por este medio todo su orden y sucesión, es comprender en su pensamiento todo lo que hay de mas grande entre los hombres, y tener, por decirlo así, en la mano el hilo de todos los acontecimientos del universo. Porque así como al examinar un mapa universal, salís del país en que nacisteis y del lugar en que estáis encerrado para recorrer toda la tierra habitable, que abrazáis con el pensamiento con todos sus mares y países; así, al considerar el compendio cronológico, salís de los estrechos límites de vuestra edad para extenderos por las edades de todos los siglos.

Pero de la misma manera que, para auxiliar a la memoria en el conocimiento de los lugares, se procura retener los nombres de ciertas ciudades principales, en cuyo derredor se van colocando las otras, cada una según su distancia; así, en el orden de los siglos, es menester marcar ciertos y determinados tiempos por algún gran acontecimiento al cual se refieran todos los demás.

Ésto es lo que se llama época, de una palabra griega que significa detenerse o pararse, porque se hace alto allí para considerar, como desde un lugar de reposo, todo lo que ha sucedido antes o después, y evitar por este medio los anacronismos, es decir esta especie de error que hace confundir los tiempos. A este efecto es menester limitarse a un pequeño número de épocas, tales como las siguientes, en los tiempos de la historia antigua:

Adán, o la creación;

Noé, o el diluvio;

La vocación de Abraham, o el principio de la alianza de Dios con los hombres;

Moisés, o la ley escrita;

La ruina de Troya;

Salomón, o la edificación del Templo;

Rómulo, o la fundación de Roma;

Ciro, o el pueblo de Dios librado de la cautividad de Babilonia;

Scipión, o Cartago vencida;

El nacimiento de Jesucristo;

Constantino, o la paz de la Iglesia;

Carlo-Magno, o el establecimiento del nuevo imperio;

  

Pongo el establecimiento del nuevo imperio bajo Carlo-Magno como el fin de la historia antigua, porque justamente en el veréis acabar del todo el antiguo imperio romano y es por lo que os hago detener en un punto de tanta consideración en la historia universal. Lo demás os lo expondré en una segunda parte, que os conducirá hasta el siglo ilustrado por las inmortales acciones del rey vuestro padre, y al cual todo hace esperar que añadiréis un nuevo lustre por el ardor que manifestáis en seguir un tan bello y grande ejemplo. Después de haberos explicado en general el designio de esta obra, me resta que hacer otras tres cosas para que saquéis de ella todo el provecho que yo espero.

Por de contado, es menester que recorramos las épocas que os acabo de proponer, y que marcándoos en pocas palabras los principales acontecimientos que deben fijarse en cada una de ellas, acostumbre a vuestra memoria a colocarlos en su verdadero lugar, sin mirar en esto más que el orden de los tiempos. Pero como mi principal intención es la de haceros observar en la serie de estos tiempos la de la religión y la de los grandes imperios; después de hablaros de ellas indistintamente según el curso de los años, volveré a referiros en particular los hechos concernientes a estas dos cosas, añadiendo las reflexiones necesarias: primeramente los que nos dan á entender la perpetuidad de la religión, y en segundo lugar, los que nos descubren las causas de los grandes trastornos y mudanzas sobrevenidos en los imperios. Esto conocido, cualquiera parte de la historia antigua que lea V. A. sacará de ella un gran provecho: porque nada pasará sin que al momento descubráis las consecuencias que han de resultar. Admirareis la providencia de Dios en todos los negocios referentes a la religión: veréis también el encadenamiento de los sucesos humanos; y por este medio conoceréis con cuánta reflexión y previsión debe gobernarse a los hombres.

 

Texto extraído de la publicación de la Compañía General de Impresores y Libreros, Madrid, 1842. Traducción de Juan Manuel Calleja.

 



La Razón Histórica, nº12 , 2010 [6-8], ISSN 1989-2659. © IPS.

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