El Espíritu corporativo (1899)

 

 

Georges Toussaint Léon Palante


Escritor y filósofo libertario (anarcoindividualista) francés [1862 – 1925] 

 

 

 

El espíritu corporativo es uno de los fenómenos más interesantes con los que se puede tropezar el observador de la vida social contemporánea. En medio de la pérdida de tantas influencias morales y sociales, parece haber guardado una cierta acción sobre las conciencias y se manifiesta por efectos importantes. Consideramos útil estudiar el espíritu corporativo en algunas de sus principales características. Esta pequeña encuesta psicológica nos conducirá a algunas consideraciones sobre el valor moral del espíritu de equipo.

 

Para precisar las ideas, conviene primero distinguir dos sentidos para esta expresión: espíritu corporativo, en un sentido amplio y un sentido estrecho. Con el sentido estrecho, el espíritu de cuerpo es un espíritu de solidaridad que anima a todos los miembros del mismo grupo profesional. Con sentido amplio, la expresión: "espíritu de cuerpo" designa el espíritu de solidaridad en general, contemplado no solamente en el grupo profesional, sino en todos los círculos sociales, cualesquiera que sean (clase, casta, secta, etc.), en los cuales el individuo se siente más o menos subordinado a los intereses de la colectividad. Es en el sentido que existe un espíritu de clase; el espíritu burgués por ejemplo que, es más o menos difícil de definir con precisión, porque no existe a menos y no se muestra combativo a menos que se trate de rechazar las doctrinas y las tendencias antiburguesas. Es en este sentido también Schopenhauer pudo hablar del espíritu corporativo de las mujeres o del espíritu corporativo de la gente casada, sobre el cual hace tan interesantes observaciones en sus Aphorismes sur la sagesse de la vie (1). En este sentido amplio, todavía podríamos hablar de espíritu corporativo entre los habitantes de la misma ciudad, los cuales se encuentran, en ciertos casos, siendo más o menos los consocios de la misma empresa comercial. Ibsen representó de modo magistral este espíritu de equipo que actúa en la ciudad pequeña donde coloca la escena de su Enemigo del pueblo y donde vemos a todos los habitantes de acuerdo para silenciar el secreto (la contaminación de las aguas) que, divulgado, arruinaría los establecimientos balnearios de la ciudad. El sentido amplio de la expresión: espíritu de cuerpo social, manifiestamente es sólo una extensión del sentido estrecho o puramente profesional.

La solidaridad profesional es uno de los lazos sociales más poderosos. Pero es en las profesiones dichas liberales (clero, ejército, universidad, magistratura, justicia, administraciones diversas) que su acción es más enérgica. Solo por pertenecer los obreros al mismo oficio, por ejemplo mecánicos, carpinteros, fundidores de cobre, no manifiestan un espíritu corporativo tan desarrollado como el oficial, el sacerdote, el funcionario de las administraciones diversas. Esto no quiere decir que estos obreros estén privados de toda solidaridad corporativa, ya que se sabe que los obreros del mismo oficio son capaces, en ciertos países, de unirse en asociaciones de oficio (sindicatos) y de mancomunarse para defender vigorosamente sus intereses contra los patronos. Pero esta solidaridad, entre los obreros, es puramente económica. Se limita a la defensa de los intereses materiales del gremio del oficio. En cuanto este fin alcanza, su acción cesa. No se transforma en una disciplina moral y social coherente y sistemática que domine e invada las conciencias individuales. O por lo menos si actúa en este sentido, únicamente es para desarrollar en casa del obrero la conciencia de sus derechos de "proletario", por oposición a la clase antagonista: la clase burguesa o capitalista. No es más aquí, hablando con propiedad, el espíritu corporativo con sentido estrecho de esta expresión; es más bien el espíritu de clase.

Pero en las profesiones liberales es de otro modo. Aquí, el espíritu de cuerpo se arroga un imperio verdadero y moral sobre las conciencias individuales. Aquí, la corporación impone e inculca a sus miembros, de manera más o menos consciente, un conformismo intelectual y moral y les marca con un sello indeleble. Este sello está bien definido y varía de un grupo a otro. Otras son las maneras de pensar, de oler y de reaccionar propias del sacerdote, el oficial, el administrador, el funcionario de las diversas categorías. Aquí cada cuerpo tiene sus intereses muy conscientes de ellos mismos, sus palabras muy definidas y muy precisas de orden que se imponen a los miembros de los grupos. Esta energía totalmente particular del espíritu corporativo en las profesiones liberales se explica en parte posiblemente por este hecho de que el sacerdote, el magistrado, el militar, y en general el funcionario están sometidos a una organización jerárquica poderosa cuyo efecto es fortificar singularmente el espíritu corporativo.

Porque es manifiesto que más de un grupo social es organizado y jerarquizado, más la disciplina moral y social que les impone a sus miembros es estrecha y enérgica.

¿Cuáles son los caracteres principales del espíritu corporativo?

Un "cuerpo" es un grupo profesional definido que tiene sus intereses limpios, sonido querer vivir limpio y que procura defenderse contra todas las causas exteriores o interiores de destrucción o de disminución.

Si nos preguntamos ahora cuáles son los bienes para los cuales lucha un cuerpo, vemos que son ventajas morales: el buen renombre del cuerpo, la influencia, la consideración, el crédito. Estas ventajas morales son sin duda sólo unos medios con vistas a asegurar la prosperidad material del cuerpo y de sus miembros; pero el cuerpo los trata como fines en sí y despliega, a conquistarlos y a defenderlos, una energía, una aspereza, una combatividad la que las pasiones individuales pueden dar sólo una idea débil.

Estas ventajas morales, un cuerpo los persigue esforzándose por sugerir a las que no hacen parte del cuerpo, una alta idea de su utilidad y de sus superioridades sociales. No teme exagerar si es preciso este valor y esta importancia y como no ignora la potencia de la imaginación sobre la credulidad de los hombres, se envuelve de buena gana en el decoro más limpio que aumenta su respetabilidad en el espíritu de la muchedumbre. M. Max Nordau, en su bello libro: las mentiras convencionales de nuestra civilización, estudió las mentiras que los grupos diversos sociales y organizados mantienen a sabiendas y voluntariamente y que parecen considerar como una de sus condiciones de existencia (mentira religiosa, mentira aristocrática, política y económica, etc. (2). A estas mentiras Sr. Max Nordau habría podido añadir las mentiras corporativas que a menudo son sólo una combinación y una síntesis de otras. Es en la gran ley general de Falta de sinceridad social que hay que hacer recoger la táctica especial por medio de la cual un cuerpo disimula sus defectos, sus habilidades, o sus faltas y se esfuerza por quedarse con los ojos del vulgar, en una actitud de superioridad indiscutible; de infalibilidad y de impecabilidad altamente reconocidas.

Para guardar esta actitud, el cuerpo exige ante todo a sus miembros de haber "de la postura". Quiere que los suyos sean irreprochables exteriormente y que desempeñen decentemente su papel sobre el teatro social.

La competencia es la gran ley que domina la evolución de las sociedades; domina también la vida de los órganos constitucionales. Cada cuerpo tiene enfrente de otros su orgullo de casta y su amor propio especial. Quiere mantener intacta su respetabilidad y no perder su rango en el gran organismo que el cuerpo diverso forma por su reunión. Podemos observar entre los órganos constitucionales diversos una rivalidad sorda que se traduce en la misma vida pública y en los informes de la vida privada.

El Sr. A. France da esta rivalidad entre cuerpo una pintura de los más humorísticos en la pequeña noticia titulada "Un sustituto " y a qué atribuye, en Orme du Mail, a la pluma de Sr. Bergeret (3).

Este espíritu de rivalidad fuerza el "cuerpo" que hay que velar celosamente sobre su honor de casta y a ejercer un control severo sobre la postura de sus miembros. Desgracia a la que, por sus palabras o por sus actos, pudo parecer comprometer el honor del cuerpo. Ése no tiene que esperar de sus pares piedad ni justicia. Es condenado sin apelación.

Cuando esto es posible, la oveja negra es sacrificada por una ejecución oficial; en caso contrario, la eliminamos silenciosamente por procedimientos más o menos hipócritas y quienes denotan en "el cuerpo" un maquiavelismo más consciente de él mismo al que se cree. El cuerpo obedece aquí al instinto vital de toda Sociedad. "Así como un corral se arroja sobre el pollo enfermo para terminarlo o expulsarlo, dice Sr. M. Barrès, cada grupo tiende a rechazar a sus miembros (4) más débiles. Las debilidades, las inhábiles que se empujan en el mundo, los malos extras de la comedia social constituyen para el "cuerpo" un peso muerto que lo traba en su marcha y del que procura sólo desembarazarse. También el cuerpo los envilece, los humilla; se esfuerza por crear alrededor de ellos lo que Guyau (5) llama en alguna parte una atmósfera de intolerabilidad.

 Esta política de eliminación contra sus miembros débiles, el "cuerpo" lo persigue con un desdén del individuo y una ausencia de escrúpulos que a menudo justifican, hay que decirlo bien, la palabra de Daudet:

"Los órganos constitucionales son cobardes (6)".

Para asegurar mejor su política de dominación, el espíritu corporativo tiende a extender en lo posible su esfera de influencia. Esencialmente es invasor. No se limitará a controlar la existencia profesional de los miembros del cuerpo, sino a menudo se apoyará sobre el dominio de su vida privada. Un novelista contemporáneo, Sr. Verniolle, describió de modo muy espiritual este carácter del espíritu de cuerpo en una muy sugestiva novela titulada: Par la voie hiérarchique (7). En esta novela, el autor nos muestra a un profesor de Liceo (verdadero tipo de la individualidad invadida por el corporativismo) que acude a la administración jerárquica y a las influencias corporativas para resolver sus dificultades domésticas. Y vemos en efecto el espíritu corporativo, bajo la forma del director de un Instituto de enseñanza media y de los colegas, intervenir en una situación privada con una torpeza que tiene su igual sólo en su incompetencia. El Sr. Verniolle anotó tan finamente en otra novela titulada Pasteurs d'Ames este trazado del espíritu corporativo: la hostilidad contra los miembros del cuerpo que parezca que puedande alguna manera deslucir la corporación. Que se refleja la hostilidad del joven y fogoso profesor Brissart - verdadero tipo de lo que Thackeray describe bajo el epíteto de Snob universitario - contra un viejo colega poco decorativo que parece desnudar por su comportamiento descuidado el cuerpo incluido el joven Snob se cree ser el más bonito ornamento.

Generalmente, la sociedad tiende a someterse la vida íntegra del individuo. Que se acuerda la estrecha disciplina moral a la cual las sociedades de la Edad Media sometían la vida privada de sus miembros (8).

Esta disposición implica en todo el cuerpo una estrecha curiosidad y pequeña aplicada a los hechos y gestos de los individuos. Una sociedad se asemeja a este respecto a una pequeña ciudad cancanière. Vea nuestras administraciones de funcionarios. Están a este respecto como tantas pequeñas ciudades extendidas en el espacio y difundidas sobre toda la amplitud del territorio francés. Si uno de los miembros un poco para la pequeña iglesia comete alguna torpeza o si llega, como se dice, alguna historia, inmediatamente de Nancy a Bayona y de Dunkerque a Niza la noticia se propaga en todo el cuerpo, absolutamente como el pequeño cotilleo del día se divulga de salón en salón en las buenas damas de la pequeña ciudad.

Estas algunas observaciones sobre los hechos y los gestos del espíritu corporativo nos permiten ver en él una manifestación particularmente enérgica de lo que Schopenhauer llama a quererlo vivir. Un cuerpo es, como toda sociedad organizada por otra parte, de querer vivir humano condensado y llevado a un grado de intensidad que jamás alcanza el egoísmo individual. Añadamos que querer esto vivir colectivo es muy diferente del que actúa en una muchedumbre, el que es un grupo esencialmente inestable y pasajero. El "cuerpo" tiene lo que no tiene en absoluto una muchedumbre: su jerarquía, su amor propio, sus perjuicios definidos, su moral convencional e impuesta. También el "cuerpo" aporta en los juicios que se apoya en las cosas y en los hombres una terquedad entre las que pisa, ser ondeante y diverso, no es susceptible al mismo grado. Vea a una muchedumbre: perdida, criminal un instante, podrá cambiar de opinión en el momento siguiente y referirse a su interrupción. Un cuerpo se cree y quiere ser mirado como infalible.

Otra diferencia entre una muchedumbre y un cuerpo: una muchedumbre aporta generalmente más imparcialidad que un cuerpo en su apreciación del mérito de los individuos. "En un cuerpo de funcionarios, dice Simmel (9), los celos a menudo quitan al talento la influencia que debería volverle, mientras que una muchedumbre, renunciando a todo juicio personal, seguirá fácilmente a un dirigente de genio. Un cuerpo que esencialmente es uno querer vivir colectivo, podemos juzgar por ahí cuales son las calidades que el cuerpo les pide a sus miembros.-Son aquellas quienes son útiles para el cuerpo y ésas solamente. Un cuerpo no pide a sus miembros de calidades individuales eminentes. Tiene sólo hacer estas calidades raras y preciosas que son la finura del espíritu, la fuerza y la flexibilidad de la imaginación, la delicadeza y la ternura del alma. Lo que exige a sus miembros, es, como lo dijimos, una "postura" cierta, una perseverancia cierta en la docilidad al código moral del cuerpo. Es la perseverancia en la docilidad que, por no sé cual malentendido de lenguaje, se condecora a veces con título de carácter. Por esta última palabra un cuerpo no oirá de ninguna manera la iniciativa en la decisión la insolencia en la ejecución, ni alguna de las calidades de espontaneidad y de energía que hacen la individualidad bella y poderosa; pero solamente y exclusivamente una constancia cierta en la obediencia a la regla. Un cuerpo no tiene ninguna estima particular como lo que se llama el mérito o el talento. Lo tendría más bien en sospecha. El espíritu de cuerpo es amigo de la mediocridad favorable para el conformismo perfecto. Podríamos decir sobre todo órgano constitucional lo que Renan dice sobre el seminario de Issy (10): "La primera regla de la compañía era abdicar todo lo que puede llamarse talento, originalidad, para plegarse a la disciplina de una comunidad mediocre. " En ninguna parte mejor que en un cuerpo aparece la antítesis célebre del talento y del carácter sólo Enrique Heine se burló con tan exquisito ironía en la delantera intención de Atta Troll (11).

En ninguna parte mejor que en un cuerpo aparece la antítesis célebre del talento y del carácter sólo Enrique Heine se burló con tan exquisito ironía en la delantera intención de Atta Troll (11).

Recordamos no sin sonreír esta buena escuela poética Suabia - que poseía a un alto grado el espíritu de cuerpo - y quien les pedía ante todo a sus poetas, no de haber del talento, pero ser unos caracteres. Lo mismo ocurre en nuestros órganos constitucionales. Un cuerpo quiere que sus miembros sean unos caracteres, es decir seres perfectamente disciplinados, actores apagados y mediocres que venden su papel social sobre este teatro del que habla en alguna parte Schopenhauer y donde la policía severamente defiende a los actores de improvisar. También en un cuerpo, para "llegar" es la gran palanca no el mérito, sino la mediocridad apoyada por muchos parentescos de compañerismos. Por otra parte los que en un cuerpo dispensan el adelanto y los sitios buscados no practican siempre este sistema de nepotismo en interés personal. Son de buena fe. Sinceramente son persuadidos - imbuidos que son el espíritu corporativo, - que el nepotismo y el compañerismo son lazos respetables y útiles para la cohesión del cuerpo. Recompensando el solo mérito, creerían que ellos sacrificarían a un individualismo peligroso. Este desdén del espíritu de cuerpo para las calidades personales (intelectuales o moral del individuo) se encuentra todavía admirablemente explicado en las últimas páginas de una novela de Sr. Fernando Fabre, el Abad Tigrane, en las cuales el cardenal Maffei le explica al abad Ternisien la táctica de la congregación romana. Estas consideraciones bastante confirman, esto nos parece, la definición que dimos más alto del espíritu de cuerpo. El espíritu corporativo es, según nosotros, un egoísmo colectivo, únicamente preocupado de los fines colectivos, y desdeñoso del individuo y las calidades individuales.

El espíritu corporativo, así definido, nos parece presentar una ilustración excelente de lo que tiende a ser, según la doctrina de Schopenhauer, querer ello vivir puro, separado del intelecto.

Las observaciones que preceden también nos permiten presentar algunas consideraciones sobre el valor ético del espíritu corporativo.

Ciertos sociólogos y moralistas contemporáneos apreciaron de modo muy favorable la influencia moral del espíritu corporativo. Algunos hasta soñaron con investirlo de una misión política sustituyendo al sufragio universal tal, como funciona en nuestro país un sistema de voto por corporaciones, cada individuo delante de votar en lo sucesivo por un représentan en lo sucesivo votar por un representante escogido entre sus pares o sus jefes jerárquicos, en su corporación. Citemos entre los moralistas que insistieron recientemente en el valor del espíritu corporativo MM. Dorner y Durkheim, que se colocó hasta el punto de vista espíritu, MM. Benoist y Walras, que se colocó hasta el punto de vista político. Sr. Dorner (12) ve en las corporaciones un remedio al descontento moral y social. Cree que él encuentra en la subordinación del individuo al grupo corporativo el apaciguamiento de todos los disturbios  interiores y exteriores."Cada uno debe comprender, dice Sr. Dorner, que puede ocupar sólo un sitio determinado en conjunto y que no puede sobrepasar el límite que le imponen el salario que puede recibir y la limitación de sus propias facultades. El individuo adquiere más fácilmente esta convicción, si le pertenece a una corporación que determina de antemano para él las condiciones generales de la vida económica y social. La corporación mantiene delante de sus ojos esto sólo que es posible y contribuye preservando su imaginación de los castillos en España (Luftschlössern) que lo hacen descontenta el obsequio. Por otra parte el individuo se entera, gracias a su aplicación, de la medida del progreso posible y participa en la inteligencia colectiva de sus consocios (Berufsgenossen). En consecuencia, queda todo esto una tendencia general que aspira a establecer sobre el fondo de lo que ya se posee los mejoramientos que son provechosos al individuo como a todo, permitiendo el progreso en los límites de la actividad profesional". "Es de la más alta interés moral para que el individuo pueda atarse a un grupo profesional, porque este lazo le permite juzgar más seguramente de sus facultades personales; porque, por su intermediario, puede cultivar su inteligencia, proporcionarse una vista más ancha de las cosas, porque puede ser incitado por ella al gran organismo moral universal. También deben ser delimitadas de una vez para siempre en sus derechos las unas con respecto a otras, con el fin de que cada uno pueda acabar su tarea de manera independiente sobre su dominio particular. Pero luego las corporaciones deben inspirarse en el interés del organismo y son sus órganos, deben hacer pasar sus rivalidades en la persecución de los privilegios y de las ventajas después de la conciencia que deben haber de su colaboración a una obra (13) común. "El Sr. Durkheim, por su parte, ve en un cuerpo a un intermediario útil entre el individuo y el Estado. El Estado, dice, es una entidad social, demasiado abstraída y demasiado alejada del individuo. El individuo se atará más fácilmente a un ideal más vecino de él y más práctico. Tal es el ideal que él obsequio fue la agrupación profesional. El Sr. Durkheim ve en las corporaciones el gran remedio a lo para que llamó como anomie social. El principal papel de las corporaciones, dice, en el futuro como en el pasado, sería ajustar y reglamentar las funciones sociales y más especialmente las funciones económicas, el superar por consiguiente del estado de desorganización donde están ahora. Cada vez que las codicias excitadas tenderían a no conocer más límites, ésto sería sobre la corporación que incumbiría fijar la parte que debe equitativamente volver a cada orden de cooperadores. 

Superior a sus miembros, tendría toda la autoridad necesaria para reclamar de ellos los sacrificios y las concesiones indispensables e imponerles una regla (14). "No vemos, continúa a Sr. Durkheim, en cual otro medio esta  ley de justicia distributiva, tan urgente, podría elaborarse, ni por cual órgano podría aplicarse".

MM. Benoist y Walras (15), por otra parte, desarrollan las ventajas de una organización política por corporaciones - Así, como se puede verle, el sistema es completo: a la moral profesional se junta una política corporativa.

No discutiremos aquí la cuestión de la política corporativa. Nos contentaremos con presentar algunas observaciones sobre la moralidad corporativa, tales como ellas pueden resultar del análisis que nos mostramos ingeniosos de cuerpo.

Según nosotros, el individuo no puede pedirle al grupo corporativo su ley y su criterio moral. El valor de la actividad moral del individuo está con nuestros ojos en razón directa de la libertad de la que dispone: entonces el grupo corporativo domina al individuo por intereses demasiado inmediatos y demasiado materiales en cierto modo para que esta libertad no sea empezada.

Puede en efecto suprimirle al individuo refractario a su disciplina moral sus medios de existencia; lo tiene por lo que se podría llamar de una expresión tomada del vocabulario socialista, "la cuestión del vientre". Otra cuestión que se pone es la de saber si la afiliación al grupo corporativo sería un remedio real al "anomie" y si aportaría un fin al descontento social. - sí, posiblemente, digamosnos, si la especie de justicia distributiva de la que habla Sr. Durkheim exactamente se aplicaba. Pero es allí un désidératum utópico, por lo menos en las corporaciones donde el trabajo surtido no puede exactamente ser medido como cuando se trata de un trabajo manual. - Estuardo Mill dijo en alguna parte que de la altura abajo la escala social la remuneración estaba en razón inversa en el trabajo surtido. Hay sin duda alguna exageración en esta manera de ver. Pero puede encontrar su confirmación en los grupos profesionales donde la naturaleza de los servicios devueltos los sustrae de una medida material y permite al espíritu de cuerpo desplegar sus influencias opresivas del mérito individual.

No es todo. Querer buscar el criterio moral del individuo en la corporación, es ir contra la marcha de la evolución que multiplica cada vez más alrededor del individuo los círculos sociales y que le permite formar parte simultáneamente de un número más considerable de sociedades diversas e independientes que ofrecen a su sensibilidad, a su inteligencia y a su actividad un alimento cada vez más rico y variado. "La historia multiplica el número de los círculos sociales, los monjes, los intelectuales, comerciales, a quienes los individuos pertenecen y eleva a su personalidad sólo sobre la implicación creciente de estos círculos. Como consecuencia su deber (a los individuos) más no es relativamente simple, claro, unilateral, como al tiempo cuando el individuo hacía sólo uno con su sociedad. La diferenciación creciente de los elementos sociales, la diferenciación creciente de los elementos sociales, la diferenciación correspondiente de los elementos psicológicos en la conciencia, todas leyes del desarrollo paralelo de las sociedades y del individuo parecen deber aumentar mucho más bien que disminuir el número y la importancia de los conflictos morales.

La historia, al mismo tiempo que hace más numerosos los objetos de la moral, hace los sujetos más sensibles (16). "- parece resultar de esta ley de diferenciación progresiva que la libertad del individuo - y por consiguiente su valor y su capacidad moral - están en razón directa del número y de la extensión de los círculos sociales en los cuales participa. El espíritu Ideal no es subordinar al individuo al conformismo moral de un grupo, sino sustraerle del espíritu gregario, permitirle desplegarse en una actividad multilateral. El individuo, lo mismo que está en un cierto sentido un tejido de propiedades generales, puede ser visto el punto de interferencia de un número más o menos considerable de círculos sociales el que las influencias morales vienen para resonar en él. El individuo es una mónada armoniosa y viva cuya ley vital y armónica es mantenerse en estado de equilibrio en medio del sistema de las fuerzas sociales interferentes. - es en la abertura libre y progresiva de la individualidad en lo que reside el espíritu verdadero y ideal. No hay otro. - porque el individuo se queda, digamos lo que digamos y hagamos lo que hagamos, la fuente viva de la energía y la mide del ideal. Llegamos a esta conclusión que la moral corporativa, la forma del espíritu gregario, sería una forma regresiva de moralidad. Muchos se quejan, en consecuencia de Sr. Barrès, para que seamos unos Desarraigados. MM. Dorner y Durkheim nos invitan a echar raíces en el suelo de la corporación profesional.

Nos preguntamos si no es allí un terreno demasiado estrecho para que echen raíces allí y se confinen a eso las plantas que quieren el aire libre, la luz y el ancho horizonte de una moral humana.



Notas

(1) Schopenhauer, Los aforismos sobre la sabiduría de la vida. Trad. Fran. De Cantacuzène, p. 86.

(2) V. Max Nordau, Las mentiras convencionales. Introducción y passim.

(3) Ver A. Francia, el Olmo del mail, p. 245.

(4) Barrès, Los desarraigados, p. 133.

(5) Guyau, Esbozo de una moral sin obligación ni sanción.

(6) Daudet, El Inmortal.

(7) Verniolle, Por conducto reglamentario, escena de la vida universitaria, serial del Tiempo de febrero de 1896.

(8) Ver sobre este punto: Nitti, La población y el sistema social, p. 206.

(9) Simmel, Cómo las formas sociales se mantienen (Año sociológico, 1898, p. 90).

(10) Renan, Memorias de infancia y de juventud.

(11) V. Enrique Heine, Las primeras planas del prefacio de Atta Troll.

(12)Dorner, Das menschliche Handeln, Philosophische Ethik (Berlín, Mitscher y Röstell, 1895).

(13)Dorner, Das menschliche Handeln, p. 461. ¿-Ist soziale Zufriedenheit ethische Pflicht?

(14) Durkheim, El suicidio, p. 440.

(15) Ver a Walras, últimos capítulos de los Estudios de economía política aplicada.

(16) Bouglé, Las ciencias sociales en Alemania. Exposición de las teorías de Simmel, p. 57.

 

 

 

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