LRH 2.2.pdf
Documento Adobe Acrobat 125.2 KB

Ideología y poder. El Estado corporativo en la Italia fascista.

 

 Sergio Fernández Riquelme

    

    Historiador. Universidad de Murcia.

 

Resumen. En este trabajo presentamos una síntesis de la experiencia corporativista del fascismo italiano, señalando sus principales teóricos, analizando su desarrollo histórico, y subrayando sus elementos teóricos principales.

Palabras clave. Corporativismo, fascismo, ideología, Italia, poder.

 

Abstract.In this paper we present a synthesis of the corporatist experience in Italian fascism's, pointing out its major theorists, analyzing its historical development, and highlighting their main theoretical elements. 

Keywords. Corporatism, fascism, ideology, Italy, power.

 

 

La Italia fascista fue, y sigue siendo considerada, la quintaesencia del Estado corporativo, y especialmente de la vinculación del mismo con movimientos  autoritarios/totalitarios. Pese a que Eduardo Aunós institucionalizará en la España de Primo de Rivera (1926) el primer gran sistema estatal corporativo, la historia sigue dando la génesis del mismo al fascismo italiano. Asimismo, como muestra Gonzalo Fernández de la Mora el corporativismo desarrollado en Italia entre 1922 y 1945 se limitó al ámbito económico y laboral; en el político, solo se llegó establecer un Consejo de Corporaciones de carácter meramente consultivo, convertido de facto en instrumento estatal de encuadramiento de las masas sindicales[1] . Asimismo, la experiencia corporativa fascista también nos muestra las orígenes socialistas, no solo del corporativismo, sino del mismo ideario político-social del fascismo. El filósofo Ugo Spirito [1896-1979][2] , ejemplo de esta raíz socialista, se dio cuenta de la realidad limitada de la corporación fascista, e intentó llegar más allá con su corporativismo integral, comunista y jerárquico[3].



F.J. Conde señaló al respecto que Italia aspiró crear el paradigma del Estado corporativo como Estado total; para ello estableció, progresivamente, una nueva organización jurídico-política de las relaciones económicas como realidad histórica concreta. Partiendo del objetivo político de regular jurídicamente los intereses colectivos formados en el campo de las relaciones económicas, el Estado al asumir ese objetivo y crear su ordenamiento (alterando con ello la estructura constitucional demoliberal), se convertía en “Estado corporativo”; el poder público se erigía así en “representante político único del interés general,” controlando el desenvolvimiento de la producción nacional y extendiendo el orden jurídico-político a la esfera  de las relaciones socioeconómicas colectivas[4]. Pero la realidad fue bien limitada. Dos de las primeras propuestas corporativas en este sentido las encontramos en el programa autoritario y corporativo de la Asociación nacionalista italiana (ANI), para erigir la futura Italia imperial, y en ciertas medidas del gobierno de Salandra-Sonnino, que buscó fórmulas de reforma corporativa de la Constitución liberal desde 1915.

Sobre estos primeros proyectos, el Estado corporativo italiano o "modo peculiar de organización política que Italia adopta al constituirse como gran potencia” –como apuntaba F. J. Conde[5]- gozaba solo de una aparente unidad doctrinal. La pluralidad inicial de concepciones en su seno se agrupaba en tres conjuntos de teorías sobre “la relación entre Estado y Sociedad”: en primer lugar se encontraban los autores que defendían  la instauración de un sistema de economía corporativa (Arias, Forel y Carli), en función de un principio de organización subordinada a los intereses superiores de la economía nacional y que fundamentaría un orden jurídico adecuado a esos fines (concepto social del corporativismo propio del demoliberalismo); en segundo lugar aparecían los teóricos de la “identificación entre Individuo y Estado” (Spirito y Volpicelli), que soñaban con crear un “Estado ético” que trascendiera las fronteras italianas, identificando totalmente Estado y Sociedad bajo unos valores universales de organización y jerarquía (siguiendo al filósofo Gentile); en tercer lugar surgían un conjunto de doctrinas defensoras del Estado corporativo como “sistema especial de organización jurídica de las relaciones", capaz de resolver institucionalmente el dualismo Estado-Sociedad, dando una estructura especial a las relaciones jurídicas[6]. A ellos se unían el sindicalismo revolucionario de Adriano Olivetti [1901-1960], Sergio Panunzio [1886-1944] y R. Michels  [1876-1936]; de notables marxistas heréticos (entre ellos el mismo Mussolini[7]); el nacionalismo irredentista de Gabriele D´Annunzio [1863-1938] y Alceste de Ambris [1874-1934]; el corporativismo gremial de C. Rava[8] y G. Mosca [1858-1941][9]; o el nacionalismo conservador de A. Rocco y C. Costamagna [1881-1965][10].

Ahora bien, el nexo común de todas estas propuestas fue la idea del nacionalismo desarrollista. Sindicalistas revolucionarios, futuristas, católico-sociales integrados o antiguos marxistas coincidieron en la necesidad de una base económica desarrollada y madura como paso previo para la creación de una auténtico y sostenible Stato organico. El “productivismo” fue el principio central de este nacionalismo, exigencia histórica y material para la renovación espiritual y material de la política y la economía italiana. Para A. Olivetti, la Italia agraria de principios del siglo XX solo sería una nación verdaderamente “soberana” con una industrialización acelerada y una clase obrera consciente de su unidad nacional[11]; R. Michels señalaba al respecto que la subordinación política, militar y económica de Italia respecto a las “plutocracias” industriales solo se superaría combinando desarrollo industrial y expansión militar[12].

 

Este principio desarrollista sería la alternativa político-social italiana frente a una revolución rusa esencialmente “campesina”, muestra del fracaso de las teorías y predicciones marxistas. Frente a ella, el fascismo podría llevar a cabo una verdadera revolución social no desde el materialismo y mediante la lucha de clases, sino desde el organicismo y mediante el corporativismo. Ante la burocracia soviética, Sergio Panunzio[13] defendía la statocrazia como criterio rector la Revolución fascista; sería la dictadura del Estado nacional sobre toda la nación, frente a una dictadura del proletariado que se limitaba a reproducir dominio de una clase sobre otra. B. Ricci proclama así la superioridad del fascismo sobre el leninismo, hecho advertido por el propio Stalin[14]. Pero finalmente, esta unidad ideológica se consiguió, en gran medida, tras la ruptura del socialismo histórico italiano, clave para el desarrollo ulterior del fascismo[15].

Por ello, y no tan paradójicamente, a esta empresa se sumaron el sindicalismo revolucionario y el marxismo herético, participando en la “solución corporativa” como tecnificación de la política ante la crisis del sistema demoliberal italiano, y ante la crisis material y moral derivada de la “humillación” de la primera posguerra mundial. Andrea Ruini recuperó años antes las preocupaciones corporativas del sector “gremialista” del sindicalismo socialista; éste, encabezado por Rinaldo Rigola [1868-1954], fundador de la Confederazione Generale del Lavoro (1908), defendía una doble representación legislativa: un Parlamento político y una Asamblea corporativa (económica, sindical, profesional); en la misma línea se manifestaba su órgano de prensa Bataglie Sindicale (1919), que proclamaba en sus editoriales o una asamblea Constituyente del trabajo o un Consejo Superior del Trabajo con funciones legislativas[16].

Asimismo, entre 1921 y 1922, surgieron propuestas corporativistas de otros sectores políticos socialistas italianos, como las del líder sindical de correos, telégrafos y teléfonos Odon Por, o del mismo F. Turati, fundador del Partido Socialista italiano, quien apostaba por convertir al Consejo Superior del Trabajo en un auténtico Parlamento del Trabajo. Mientras, desde el socialismo político, Filippo Turati, Antonio Gramsci y Henri de Man (con su corporativismo “societario”)  irán más lejos al hablar de una fase transitoria de “estado corporativo” capaz de sustituir el Estado liberal y la Economía capitalista[17]. El corporativismo italiano respondió al intento de erigir una nueva y original “economía política”, alternativa y mediadora ante el Socialismo y el Liberalismo[18].

 

Sobre este bagaje ideológico, el  punto de partida para la institucionalización estatal del corporativismo organicista se sitúa, usualmente, en un hecho simbólicamente relevante: el militar y literato Gabriele d´Annunzio y el sindicalista A. de Ambris plantearon, el 27 de agosto de 1920, un “Estado libre de Fiume”, curiosa utopía de restauración gremial-medieval, proyectada tras la invasión de la región yugoslava de Fiume, y sancionada en la autotitulada “Regencia Italiana”; esta regencia proclamaba en la “Carta de Carnaro” lo siguiente: “ampliamente y por arriba de cualquier otro el derecho de los productores, anulaba y reducía la excesiva centralidad de los poderes constituidos, dividía las fuerzas y los cargos, de manera tal que por el juego armónico de las diversidades se vigorice y enriquezca cada vez más la vida común”.

Estas tradiciones estuvieron durante la primera fase de construcción del régimen fascista [1922-1925][19]. A través de un inicial sistema autoritario y semipluralista, se integró a los sectores radicales de izquierda (comunistas), derecha (annuzistas) y a los militares de carrera (mediante el MVSN)[20], y comenzó a controlar de manera total los resortes institucionales (1924). El fascismo no invento el corporativismo, sino que fue un modo específico, con distintas versiones, de entender la ideología corporativa; pero pese a ser elevada a doctrina económica oficial del Estado fascista, apenas tuvo alcance político.

 

El primer pilar del  “ordinamento corporativo fascista” se dio el Congresso  sindacale di Bologna (enero de 1922), donde las organizaciones sindicales fascistas adoptaron como organismo común, reagrupándose en cinco grandes corporaciones por sectores productivos. El nuevo organismo se llamó Confederazione generale dei sindacati nazionali, dirigida por Edmondo Rossoni. Tras un crecimiento cuantitativo notable, estas corporaciones fascistas se enfrentaron mediante las "squadre d'azione" contra el sindicalismo católico y socialista. Pese a la aparente unidad interna, Rossoni encabezaba la corriente defensora de un “sindacato unico e obbligatorio" independiente (con funciones más de formación obrera que de defensa de derechos clasistas); de otro, los políticos fascistas, temiendo una excesiva expansión del sindicalismo unitario, lo limitaron a “organo sussidiario dello Stato”. Esta última corriente consiguió imponer sus tesis al organismo consultivo conocido como la Commissione dei Diciotto (o "dei Soloni"), presidida por Giovanni Gentile y con tres economistas políticos en su nómina: Arias, Gini e Lanzillo.  

 

La segunda fase de este proceso [1925-1929] alumbró la definición doctrinal del “Estado corporativo”. En este periodo, el corporativismo jugó un papel decisivo en la delimitación de la táctica y de la teoría del régimen, fundamentando desde 1925 un organismo que preparase “la nuova legislazione dello Stato fascista”. Se promocionó la idea de un nuevo instituto de derecho público que coordinase y limitase la acción de los sindicatos del trabajo, formalmente libres de organizarse como asociaciones de hecho pero no de derecho (reconocimiento jurídico reservado al sindicato fascista). En este proceso, la “sinistra sindacalista” de Rossini persistió en su ideal de un “capitalismo di Stato socialmente avanzato”, intentado que el Gran Consiglio del Fascismo reconociese la “l'istituzione del sindacato unico e il riconoscimento alle corporazioni di alcune funzioni normative” (en materias de disciplina laboral y coordinación de la producción”[21]. Pero en octubre de 1925, el acuerdo del “patto di Palazzo Vidoni” abolía las comisiones internas de fábrica, y hacía que la Confederazione generale dell'industria reconociera al sindicato fascista como legítima contraparte socioprofesional en la elaboración de los convenios colectivos del trabajo (desarrollado en abril de 1926 con una ley sobre “contratti collettivi”). En julio de se creó finalmente Ministero delle Corporazioni, aunque solo empezó a funcionar en 1929 de la mano de G. Bottai. Al mismo tiempo, y por la misma ley, se creó el Consiglio nazionale delle corporazioni, inicialmente concebido como órgano consultivo del ministerio. El ordinamento corporativo fue completado administrativamente cuando, en 1939, se produjo la transformación del Consiglio nazionale en una Camera dei fasci e delle corporazioni, sustituta definitiva de la vieja Camera dei deputati.

            Este modelo corporativo fascista nacía como exigencia de las clases dirigentes de encauzar de manera controlada y eficaz, a través del encuadramiento corporativo del trabajo organizado, la transición de un modelo económico eminentemente agrícola a otro de acelerada industrialización. Las leyes laborales sancionadas en 1926 y 1927 insistían en la responsabilidad del Estado en el control de las organizaciones sindicales.

 

         La Corporazione aparecía como un elemento funcional de unificación político-social, subordinada totalmente a la autoridad del Estado, como defendía Farinacci, y reflejo de la movilización nacionalista. Así lo concibió Alfredo Rocco, quién la dibujó sometida las exigencias generales de desarrollo económico, y que así prevaleció sobre las creaciones puristas o “integrales” de Spirito[22]. La corporación se sometía al Estado, como creación y como organismo. Para Farinecci “el corporativismo no puede prevalecer sobre las funciones del Estado”, ya que “el Estado crea la corporación, llama a los sujetos que allí trabajan y producen en un determinado ramo de la producción, los hace discutir, los organiza, los disciplina y los orienta”[23]. Por ello, para el mismo Mussolini, el sindicalismo no era un fin en su mismo, ya que o derivaba en el socialismo político o en la corporación nacionalista; esta última era el lugar donde se realizaba el fin de colaboración de todas las fuerzas productivas de la nación.  

La Ley de 3 de abril de 1926 mostraba a Patrick de Laubier como las corporaciones fascistas fueron simples órganos burocráticos del Estado para regular y centralizar la actividad económica, y someter al movimiento sindical; esta fue la función “intermédiairie des organisations corporatives”. El corporativismo fascista resultó ser un simple mito para Laubier; un“myhte” terminológico inspirado en doctrinas católicas tradicionalistas del siglo XIX adaptado al ideario revolucionario sorealiano, a los principios estatistas y a la técnica dictatorial. “Ce mythe c´etait le Corporatisme” apuntaba De Laubier; se llegó a convertir en la “panacea universal” para hacer desaparecer obligatoriamente los antagonismos de clases y las divergencias entre las categorías productivas”. Así, el Decreto-ley de 24 de enero de 1924 establecía una distinción entre los sindicatos de “hecho” y los “legales, solo estos últimos capaces de representar jurídicamente los intereses salariales de los trabajadores. Asimismo, la ley de abril de 1926 reservaba a los sindicatos fascistas el monopolio legal de la asociación y representación obrera-profesional; y en 1927 fueron eliminados los sindicatos no fascistas dentro de las Corporaciones, contempladas por la Carta del trabajo como “la organización unitaria de las fuerzas de la producción y  el representante integral de sus intereses”. En febrero de 1934 se instauró oficialmente el sistema corporativo, iniciando la burocratización de un sindicato fascista que llegaría a cinco millones de afiliados en 1936[24].

Sergio Panunzio, como Spirito desde 1932, denunció esta realidad burocrática: “la parálisis revolucionaria del Estado corporativo” tanto en su constitución antiliberal, como en su actuación nacionalsindicalista[25]. Mussolini había proclamado en 1933 que tras la primera fase de cierto liberalismo económico, el Estado fascista emprendería la fase final de implantación del corporativismo como “total regulación orgánica y totalitaria de la producción, con vistas a la ampliación de la riqueza, el poder político y el bienestar del pueblo italiano”; esta “solución” llegaría incluso el modelo para la URSS[26]. Pero la “economia mista” volvió a triunfar, y a someter a la Corporación como mecanismo de unión entre sindicatos y patronales, como regulaba la Ley de 5 de febrero de 1934; esta ley la definía simplemente “emanación de Estado” legitimada por decreto gubernamental. Así se encontrarían presididas por un ministro, un subsecretario estatal o el secretario del Partido nacional fascista; sus miembros serían designados por las asociaciones coaligadas y aprobadas por el Jefe de gobierno; su función normativa se centraría en la regulación colectiva de las relaciones económicas; se coordinaban a través del Consejo Nacional de Corporaciones; y dependerían jerárquicamente de la consultiva Cámara de los Fascios y de las Corporaciones, creada el 19 de enero de 1939, como sustitución de la antigua Cámara de Diputados de la monarquía liberal[27].

              El filósofo Spirito, cercano al socialismo revolucionario, compartió con el movimiento fascista la primera crítica al materialismo marxista, el desarrollismo industrializador, la fusión entre Estado y sociedad propugnada, y la ideología revolucionaria. Mussolini había definido a la “revolución fascista” como la “nueva era de desarrollo” de las naciones proletarias subdesarrolladas, como la italiana[28]; pero Spirito, citando en todo momento la Carta del Lavoro, asumía el postulado industrializador, la necesidad de la colaboración jerárquica y autoritaria entre todos los elementos productores y el diagnóstico internacional del Duce, pero no lo limitaba a las fronteras italianas. El Estado no podía ser un simple intermediario entre las “asociaciones profesionales de dadores de trabajo” y los sindicatos de los trabajadores como defendía la patronal Confindustria; esta última exigió al Estado que impidiese la existencia de otras asociaciones patronales que pudiesen competir con ella, pero condenaba el sindicalismo no fascista, dejado al margen de la ley[29].

El “productivismo” de la economía nacional propuesto resalta esta limitación: del modelo corporativo italiano; fue meramente definido en términos eclécticos entre corporativismo y capitalismo, tal como proclamaba la liberal-conservadora Alianza Económica Parlamentaria en 1922. De la mano de los ministros nacionalistas Rocco (Justicia) y Federzoni (Interior), el sistema sindical fascista pasó de una estructura integrada por 13 sindicatos generales de regulación y representación de las principales esferas de la economía nacional (1926) a una estructura de 22 corporaciones  de representación orgánica (1934). Todo ello pese a la resistencia de Rossoni, dirigente de los sindicatos obreros fascistas, quién intentó sin éxito mantener viva una organización sindical autónoma[30]. De este intento solo quedó cierta libertad a nivel regional y local, especialmente tras el sbloccamento (desbloqueo) de dichos sindicatos a nivel nacional, y la existencia de una gran patronal como Confindustria al lado de las instituciones corporativas de representación nominal. Este sistema se vio completado por la elaboración de un Diritto sindacal y corporativo (en el que participaron, entre otros C. Sforza, V. Feroci, N. Jaeger, M. Pierro[31]) que no contemplaba la corporativización integral y comunista del filósofo Spirito[32]. Las tesis de autonomía, propiedad y decisión política de las corporaciones, propuestas por este filósofo para dar verdadera sustancia al Corporativismo fascista fue rechazada por la línea oficial del “corporativismo subordinado” de C. Costamagna y de los gerarchi del Partido, verdadero resultado histórico del proyecto corporativista en la nación transalpina[33].

 

 

Notas


 

[1]“Efectivamente, el fascismo italiano propugnaba un Estado corporativo, pero mucho más en los económico que en lo político, ya que la representación orgánica y profesional apenas fue ensayada”. Por ello representaba un medio de control estatal del pluralismo socioeconómico de carácter obrero-asalariado; ante el individualismo profesional y el sindicalismo de clase, el corporativismo fascista sometía al trabajo organizado en un ordenamiento jurídico y una estructura institucional jerárquico y unitario, que subordinaba directamente la corporación al Estado fascista. Véase G. Fernández de la Mora, Los teóricos izquierdistas de la Democracia Orgánica, pág. 10.

[2] Círculo Capitolio, “Ugo Spirito: del fascismo disidente al marxismo heterodoxo”, en Hespérides, nº 13., Madrid, Primavera 1997, págs. 134-139.

[3] Ugo Spirito, Capitalismo y corporativismo, págs. 3-24.  

[4] F. J. Conde, Introducción al Derecho político actual, págs. 288.

[5] Ídem,  págs. 289-290.

[6] Ídem, págs. 286-288.

[7] Erns Nolte fue uno de los primeros historiadores en señalar las decisivas “influencias ejercidas por Marx como por Nietzsche sobre el pensamiento socialista del joven Mussolini”. Véase “Diálogo François Furet. Ernst Nolte”, págs. 954-955.

[8] Cuya obra clave fue Lo Stato come organismo etico (1914).

[9] En La constituzione moderna (1887) hablaba de una nueva Cámara senatorial, con representantes de los gremios, las universidades y las profesiones liberales y obreras.

[10]Carlo Costamagna, uno de los principales teóricos del Fascismo, participó en el grupo de juristas oficiales que puso las bases legales del régimen corporativo italiano. Sus obras Diritto corporativo (1926), Elementi di Diritto Costituzionale (1929) y Dottrina del Fascismo (1938) marcaron un camino intelectual continuado por su revista “Lo Stato”. En 1930 Costamagna fundó esta revista de ciencia política que cesó de aparecer en 1944 al ser derrotada Italia por los aliados. Convertida en publicación de relevancia europea, en ella no solo colaboraron filósofos e iuspublicistas de la talla de S. Pannunzio, R. Michels o J. Evola, sino también teóricos corporativistas de la talla de los austriacos O. Spann y W. Heinrich. El Estado ético planteado por el filósofo  Giovanni Gentile aspiraba a la unidad orgánica de la nación italiana a través de un Estado total que consiguiese la representación de la totalidad unitaria y plebiscitaria de la sociedad italiana, y mediante un sistema pluralista de representación y participación de las fuerzas político-sociales patrias. Alberto Aquarone, L’organizzazione dello Stato totalitario. Turín, Einaudi, 1995/2, págs. 477-481.

[11] A. O. Olivetti, Cinque anni e di lotta porletaia in Italia. Nápoles, Partenopea, 1914, págs. 3 y 4.

[12] Roberto Michels, L´Imperialismo italiano. Roma, Libraria, 1914, págs 8 y 9.

[13] Sergio Panunzio, filósofo, jurista y sindicalista revolucionario, nació en Molfetta el 20 de Julio de 1886. Miembro de los primeros círculos sindicales de Bari desde 1902, en la Universidad de Nápoles se licenció en Derecho (1908) y Filosofía (1911). En La Persistenza del Diritto. Discutendo di Sindacalismo e di Anarchismo (1909) exponía las líneas maestras del nuevo edificio jurídico-político que debía levantarse sobre la realidad del sindicalismo. Tras ingresar en el fascismo, desde 1928 ejerció como profesor de ciencia política en la Universidad de Peruggia. En su magisterio proclamó al fascismo como el “nacionalsindicalismo” que superaría la lucha de clases de Marx (Il diritto sindacale e corporativo (programma, concetto, metodo, 1930), como su desarrollo ulterior a través e las tácticas establecidas por George Sorel (referente de su obra Diritto, forza e violenza; lineamenti di una teoria della violenza, 1921) y Francesco Severio Merlino. Para Panunnzio, a verdadera legitimidad de la revolución sindical no se sostenía sobre el materialismo histórico, sino sobre un Estado corporativo, dictatorial e tutelar, al servicio de la idea sindical como reflejo de la nación productora (Stato nazionale e sindacati, 1924). La experiencia soviética, como le sucedía al mismo Sorel, era un acontecimiento excepcional y brillante solo oscurecido por una burocracia que se había hecho con el poder; el régimen soviético se había convertido en una ”dictadura sobre el proletariado”, no en la “dictadura del proletariado”. La internacional comunista había apagado una luz revolucionaria que debiera iluminar a la revolución fascista (Che cos' è il fascismo, 1924) y el Estado sindical subsiguiente (Lo stato fascista, 1925).  Su visión trascendental del Estado corporativo fascista (Il sentimento dello stato, 1929), partía de un organicismo social articulado sindicalmente e institucionalizaco jurídicamente a través del corporativismo (Popolo, nazione, stato, esame giuridico, 1933), Este sería el marco en el cual se desarrollaría el esquema social y económico de la misión imperial de la nación italiana (I sindacati e l'organizzazione economica dell'impero, 1938; Sulla natura giuridica dell'impero italiano d'Etiopia, 1938; y  L'organizzazione sindacale e l'economia dell'impero, 1939). El Estado corporativo de Pannunzio debía ser la representación de este esquema a través de una amplia y concisa regulación jurídica (La Camera dei fasci e delle corporazioni, 1939; Teoria generale dello stato fascista 1939), Teoria generale dello stato fascista, 1939; Spagna nazionalsindacalista, 1942; y Motivi e metodo della codificazione fascista, 1943).

[14]Publicado como B. Ricci, “I´l fascismo di Stalin”, en Critica fascista, nº 18. Roma, julio de 1937.

[15]De un lado, los marxistas ortodoxos mantuvieron su fidelidad a la experiencia leninista; de otro, los sindicalistas revolucionarios abandonaban a Marx y renegaban de Lenin, por G. Sorel y D´Annuzio. La participación en la Gran Guerra fue el escenario para la ruptura, agrupándose en neutralistas (universalistas) o nacionalistas. Para este último sector, Revolución y Nación se convirtieron en principios indisolubles, centrado ahora, como señalaba Curzio Malaparte, en acelerar la industrialización del país como paso previo para toda transformación político-social revolucionaria. Muchos de los primeros fascistas italianos fueron destacados militantes del marxismo de principios del siglo XX; se unieron a un nacionalismo desarrollista, corporativo, irrendentista y estatista, que al calor de su contrarrevolución anticomunista alojó una propia revolución nacional de tintes sociales y colectivistas. El mismo Mussolini proclamaba que Italia, como nación atrasada materialmente pero dotada de un vasto espíritu histórico trascendente, debería encabezar una revolución, primero nacional, después internacional, frente a las plutocracias occidentales; estas, monopolizadoras de las riquezas mundiales, se enfrentarían a Estados nacionales sostenidos por ciudadanos obreros y soldados ,concientes de una misión nacional e histórica “superior  de alcanzar el propio “spazio vitale” (como sostenían Dino Grande, Domenico Soprano y Sergio Panunzio). Véase B. Mussolini, “La nueva politica stera”, en Opera omnia, vol. XIX. Florencia, La Fenice, 1964, págs. 130 sq. Cfr. S. Panuzio, Il sentimiento dello Stato. Roma, Vittorio, 1929; y Curzio Malaparte, “Impropietà naturale e storica del socialismo nostrano”, en L´Europa vivente e altri saggi politici (1921-1931).  Firenze, Vallechi, 1961.

[16] A. Ruini, “Socialismo corporativo en Italia”, en Razón Española, nº 51, Madrid, enero de 1992, págs. 31 sq.

[17] Domenico de Napoli, “El corporativismo en Italia”, págs. 325-326.

[18] A. Cardini, “L'elaborazione di una "teoria  dell'economia nazionale" fra il 1914 e il 1930”, en Quaderni di storia dell'economia politica, vol. VIII, n. 2-3, 1990; E. Zagari, “La teoria  economica del corporativismo”, en La teoria economica del corporativismo di Luigi Amoroso, Quaderni di storia dell'economia politica, vol. VIII, nº 2-3, 1990, y Gino Arias, Economia corporativa. Firenze, Casa edit. poligr. univ., 1934,

[19] Véase Primo Bino Bellamo, Dallo stato liberale alla politica corporativa. Pádova, CEDAM, 1936.

[20] Stanley G. Payne, El Fascismo. Madrid, Alianza Editorial, 1982, págs. 77 -81.

[21] A.J. Gregor, Las dos caras de Jano, págs. 217-220.

[22] El ministro fascista sostenía en su informe a la Cámara el 18 de noviembre de 1925, que “un sindicalismo nacional que reclame la existencia  entre las categorías y los grupos sociales en Italia de una razón de solidaridad que domina las razones de contraste, la solidaridad que una a todos los grupos, todas las categorías, todas las clases de un pueblo pobre pero exuberante de hombres y de voluntades, el cual debe caminar hacia su porvenir como un ejército ordenado para la batalla”. El corporativismo era remedio para un problema social definido no como problema de la distribución de la producción, sino de crecimiento de la riqueza. En el mismo sentido, Mussolini presentó al Consejo Nacional de Corporaciones en noviembre de 1933 una orden que definía  como “instrumento que, al amparo del Estado, ejerce la disciplina integral, orgánica y unitaria de las fuerzas productivas, en vista del desarrollo de la riqueza, de la potencia política y del bienestar del pueblo italiano”, por lo que “supera al socialismo y supera al liberalismo, crea una nueva síntesis”. Véase B. Mussolini, Lo stato corporativo. Firenze, Sansoni, 1936, pág. 8.

[23]Recogido por L. Incisa, op.cit., págs, 433-435.

[24] Patrick de Laubier, La Polítique sociale dans les societés industrielles.1800 à nos jours. París, Economica, 1984, págs. 124-125 y 130.

[25] Sergio Panunzio, L´Economia mista: dal sindacalismo giuridio al sindacalismo economico. Roma, Hoepli, 1936, págs. 8-11.  

[26] B. Mussolini, Lo stato corporativo, págs. 9 y 10.

[27] Véase Gianni Toniolo, L´Economia della Italia fascista. Roma, Laterza, 1980.

[28] B. Mussolini, “L´Italia e la grandi potenze” en Opera omnia, vol. XIX, págs. 3 sq.

[29] Para Tannenubaum, el corporativismo fascista se limitó a un “control verdaderamente absoluto sobre el movimiento obrero”, sin capacidad de intervención directa sobre las grandes industrias (Fiat, Pirelli, Banco de Italia). La pretensión del fascismo de haber creado un nuevo sistema de organización económica basado en las corporaciones fascistas, quedó en simple declaración de intereses, Esta fórmula, que aspiraba a reeditar la armonía sociolaboral de los viejos gremios medievales entre patronos y obreros, fue para este autor un mito destinado a erradicar del lenguaje político las doctrinas basadas en “la lucha de clases”. La arquitectura constitucional y los pactos intersectoriales desplegados durante la década de los veinte, pretendía construir una vía intermedia entre el liberalismo y el socialismo, un Estado que controlase a la empresa privada y que implantase la justicia social de manera ordenada y jerárquica; pero Tannenbaum insistía en su carácter propagandístico y controlador de los grupos sindicales, hasta equipararlo con el  New Deal de F. E. Roosevelt. Véase E. R. Tannenbaum, La experiencia fascista: sociedad y cultura en Italia, págs. 120-123.

[30] Idea ya contenida en Edmondo Rossoni, Le idee della riconstruzioe: discorsi sul sindacalismo fascista. Florencia, Bemporad, 1923.

[31] La importancia del desarrollo doctrinal del nuevo Derecho corporativo italiano, se puede observar en las siguientes obras: Cesarini Sforza, Corso di Diritto corporativo Pádova, Cedam, 1935; Virgilio Feroci, Instituzioni di Diritto corporativo. Pádova, Cedam, 1940; Nicola Jaeger, Princippi di Diritto corporativo, Pádova, Cedam, 1939; Mariano Pierro, Princippi di Diritto corporativo, Bologna Nicola Zanichello ed., 1938.

[32] Ugo Spirito, Critica della democracia. Firenze, Sansoni, 1963, págs. 32 sq. Aunque años después definió sus propuestas como “comunistas”, para Tannenbuam éstas estaban más cercanas a las ideas de Proudhon, de los anarcosindicalistas y de los Comités de fábrica italianos de los años 1917 y 1918. Véase E. R. Tannebaum, op.cit., págs. 123 y 124.

[33] G. Santomassimo, “Ugo Spirito e il corporativismo”, en Studi storici, nº 1, 1973, págs. 61-113.


 

La Razón Histórica, nº2, 2008 [3-11], ISSN 1989-2659. © IPS.

 

Free Website Translator

Números publicados [2007-2018]

Nº 41. LA NARRACIÓN HISTÓRICA.

Nº 40. APRENDER.

Nº 39. INVESTIGACIÓN SOCIAL.

Nº 38. TEORÍA Y PRÁCTICA.

Nº 37. EL ESPACIO HISTÓRICO.

Nº 36. LA IDENTIDAD EN LA HISTORIA.

Nº 35. EL CONCEPTO.

Nº 34. LA PARADOJA DEL PROGRESO.

Nº 33. LA REALIDAD HISTÓRICA.

Nº 32. LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN.

Nº 31. ÉTICA Y ESTÉTICA.

Nº 30. LA RAZÓN.

Nº 29. EL LENGUAJE HISTÓRICO.

Nº 28. EL PODER.

Nº 27. LAS RAÍCES.

Nº 26. MEMORIA.

Ver Listado completo.

Garantía de Calidad

Edición y desarrollo

Colaboración