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¿Por qué se hundió Roma?.

 

José R. Ayllón.

 

Universidad de Navarra (España).

 

 

La decadencia y caída del Imperio Romano es uno de los grandes enigmas de la Historia. En consecuencia, es también uno de los más estudiados y debatidos. Alexander Demandt, de la Universidad Libre de Berlín, en su obra Der Fall Röms reúne 210 teorías diferentes. La ruina de la Roma eterna perdura, pues, como paradigma del agotamiento y muerte de las civilizaciones. 

El Imperio Romano ya estaba desmembrado antes del año que marca su fin oficial: el 476. Hacía tiempo que las antiguas provincias se habían convertido en reinos dominados por pueblos bárbaros: anglos y sajones en Britania; francos en las Galias; frisones y alemanes al este del Rin; visigodos en la península Ibérica; ostrogodos y lombardos en Italia; vándalos en el norte de África.

En el vastísimo Imperio, el relevo de poder adoptó todas las formas posibles, de las más violentas a las pacíficas. El cronista Idacio atestigua que “los vándalos, alanos y suevos arrasaron de forma cruenta Hispania, incendiaron las ciudades y sumieron al país en un estado de hambre, muerte y peste. Las madres se comían a sus propios hijos, la gente se alimentaba de carne humana, y las bestias devoraban los cadáveres de los muertos por espada”.

Sin restar importancia a la ocupación germana, en el colapso del Imperio intervienen dos causas decisivas. Por una parte, la disolución previa de la familia, como consecuencia del hedonismo imperante. A la crisis familiar se sumó la del sistema económico, ahogado por la ineficacia impositiva sobre unas provincias cada vez más autónomas, donde la aristocracia terrateniente es capaz de sostener su propia tropa de caballería. Por eso, antes de la caída del Imperio ya estaba naciendo una sociedad casi feudal.

En el siglo III, los emperadores de la dinastía Severa habían aumentado considerablemente el número de legionarios, y duplicado su paga. Con la demografía hundida, hubo que contratar soldados germanos, pocos al principio, numerosos más tarde, y al fin pueblos enteros. Algunos caudillos germanos, convertidos en generales del ejército romano, aprovecharon la debilidad imperial para romper su vinculación con el lejano emperador y hacerse también con el poder civil. Así, durante los siglos IV y V, de la antigua unidad del Imperio se pasó a la disgregación de una pluralidad de naciones.

Lo cierto es que, en el el siglo V, Alarico, los vándalos y los hunos hicieron sonar la última hora del Imperio. Sin embargo, cuando la tormenta amainó, los invasores se dieron cuenta de que no les interesaba destruirlo. Ante sus ojos tenían el interesante precedente de los godos: aliados de Roma durante un siglo, habían logrado un pácifico modus vivendi entre la población romana. El mismo Ataúlfo reconocía la incapacidad de los godos para forjar un Estado sin las leyes romanas, por lo que prefería emplear su poder en restaurar el nombre de Roma. Este programa fue realizado casi completamente por el reino ostrogodo que Teodorico fundó en Italia el año 493.

Los demás pueblos germanos se acuartelaron en las provincias romanas como una especie de guarnición permanente, de modo análogo a como lo habían estado al norte del Danubio en el siglo anterior. No querían acabar con el Imperio, sino instalarse en su soleada y próspera cuenca mediterránea. Por eso, las nuevas élites militares no desean hacer tabla rasa del pasado y romper con la tradición. El objetivo de los invasores no era anular el Imperio Romano, sino instalarse en él para disfrutarlo.

El medievalista H. Pirenne asegura que lo conservado por los invasores germanos sobrepasa en mucho a lo que pudieron destruir o aportar de nuevo. “La civilización romana sobrevivió a su dominio. Se impuso a sus vencedores por la Iglesia, por la lengua, por la superioridad de las instituciones y del Derecho. Es cierto que esa civilización se fue degradando, pero los germanos no pudieron y además no quisieron prescindir de ella”. Esto lo confirma la persistencia, hasta el siglo VIII, del carácter marítimo del Imperio, atestiguado por la navegación que se realiza desde las costas de España y de la Galia hasta las de Siria y Asia Menor.

El puente entre los mundos romano y medieval fue tendido en las Galias, Italia e Hispania, provincias mediterráneas donde la cultura romana seguía teniendo un peso absoluto. Para ello los bárbaros hicieron algo más que tolerar la cultura romana: se convirtieron al cristianismo. Al bautizarse, se hacían cristianos y romanos al mismo tiempo, y aseguraban la transmisión de la cultura.

La conversión de Clodoveo ejemplifica perfectamente lo que venimos diciendo. Con su bautismo, el rey de los francos inaugura en 493 la alianza entre los reyes francos y la Iglesia, uno de los cimientos de la historia medieval, germen de la restauración imperial de Carlomagno. El poder de Clodoveo sobrepasó las antiguas provincias romanas al vencer a bávaros, turingios y alamanes. Así surgió un gran Estado, antecesor de la Francia y la Germania medievales. Clodoveo se comportó como heredero de la tradición imperial, salvó lo que quedaba de la administración romana y quiso que los obispos fueran, en paridad con los condes, los principales representantes de la autoridad real.

 

LOS PILARES DE EUROPA  

Historia y Filosofía de Occidente

EUNSA bolsillo, 2013, 140 pp, 10 €

¿Hay algo que deberían conocer todos los europeos y muchos americanos? Sin duda, su identidad cultural: la génesis de una civilización que nace con Homero y se configura con las riquísimas aportaciones de Grecia, Roma y el Cristianismo, para cruzar después el Atlántico.

Si somos griegos, romanos y cristianos por herencia, después de leer este pequeño libro quizá lo seamos también por fascinación. Sus páginas sintetizan dos milenios de historia y filosofía de Occidente, forman parte de un curso universitario de Antropología, y aspiran a ser disfrutadas por buenos lectores de Bachillerato.

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