LRH 26.3.pdf
Documento Adobe Acrobat 392.9 KB

El origen del mundo contemporáneo.

 

Benedicto Cuervo Álvarez

 

Licenciado en Historia (Universidad de Oviedo). Profesor de Historia del FESD de Oviedo (España).

 

 

 

INTRODUCCIÓN.

 

La Edad Contemporánea es un periodo muy complejo. Yo diría que de enormes paradojas. Las diferencias con la etapa anterior pueden apreciarse en cualquiera de las manifestaciones del siglo. En primer lugar se pasa de una monarquía absoluta a otra constitucional e incluso a un régimen republicano, de la economía de base agrícola y de pequeños talleres artesanales de tipo gremial a otra de base industrial con el surgimiento de nuevas relaciones sociales entre los empresarios (dueños de las fábricas) y obreros o proletarios agrupados en sindicatos como la Trade Unions o UGT.

 

El idealismo deja paso al materialismo, la religión católica va perdiendo, paulatinamente, importancia, dando paso a un mayor laicismo social; del nacionalismo patriótico pasamos al Imperialismo colonial por un lado, y a las internacionales obreras, por otro. Las masas sociales pasan a ser protagonistas relevantes del devenir histórico. Podríamos decir que la Historia, en esta nueva etapa de Historia Contemporánea, va a ir haciéndose cada vez más universal, es decir más global.

 

La expansión mundial de Europa había comenzado en realidad en el siglo XV, pero el proceso es mucho más acelerado en el siglo XIX.

América Latina y los puertos de Asia y África fueron los primeros en ser colonizado por los europeos. Los nativos americanos fueron liquidados o completamente subyugados a la dominación europea. La mayoría de estadounidenses descendientes de América (los latinos) de los conquista dores españoles se independizó de España en el S. XIX, mientras que muchos pueblos indígenas siguen estando sometidos. El clima de África, que propiciaba todo tipo de enfermedades, y la geografía demoraron más la colonización europea hasta el S. XIX, aunque los descendientes de los colonos holandeses, conocidos como el afrikans o bóers, llegaron a Sudáfrica, ya en el S. XVI. La esclavitud tuvo un alto tributo en el desarrollo de África desde el S.XVI. Millones de jóvenes en edad de trabajar se los llevaron hacia las plantaciones americanas como mano de obra esclava para trabajar en los campos de algodón, azúcar, tabaco o como domésticos en las casas de los terratenientes.

 

La población de Asia era la más grande, su civilización estaba demasiado firmemente establecida para que los europeos pudieran someterla a su antojo. No obstante los europeos hicieron establecer el control sobre los puertos y el comercio. En lugares como la India e Indonesia, o el sureste asiático los europeos gobernando, directa o indirectamente, extendieron las rutas comerciales a través del control sobre la aristocracia local. Inglaterra era la potencia colonial europea líder y ya habían establecido gran parte de su Imperio de ultramar a principios del S. XIX.

 

Europa vive un periodo de hegemonía.

 

Es la época del reparto del mundo, del gran Imperialismo. Pero, tras la Primera Guerra Mundial, habrá una mundialización de la historia y más que de historia de Europa deberemos hablar de Historia Universal, pasando la hegemonía del Viejo Mundo al Nuevo Mundo, es decir el poder económico y militar estará bajo el control de los Estados Unidos de América hasta nuestros días.

 

En 1864 se fundó en Londres la Asociación Internacional de Trabaja dores, formada por sindicatos ingleses y franceses de obreros especializa dos, buscando en ella más una asistencia mutua de tipo sindical que un pro grama de acción política de tipo colectivista, a pesar de que Marx fue su principal impulsor y quien redactó el mensaje inaugural: “La Internacional está prohibida en la mayor parte de los países y aunque divisiones internas entre anarquistas y marxistas le restan mucha fuerza, aun así consiguió cierta extensión, no solamente en Europa, sino también en Estados Unidos”. En París, en 1871, se produjo una insurrección obrera que consiguió controlar la ciudad durante más de un mes.

 

La Edad Contemporánea tiene unos rasgos específicos que analizaré, en sus diferentes ámbitos, a lo largo de este curso. Desde el punto de vista de monográfico se produce un fuerte aumento de la población, especialmente en Europa, pasando de los 187 millones, aproximadamente, que tenía en 1800 a los más de 400 en 1900. En tan solo un siglo, Europa casi triplicó su población. Ese excedente de población europea, fundamentalmente irlandeses, británicos, italianos, españoles y eslavos, encontraron salida en la emigración hacia otros continentes, especialmente hacia América y Oceanía.

 

Desde el punto de vista económico, el capitalismo logra un gran desarrollo. Las dos primeras revoluciones industriales llevan consigo un gran desarrollo tecnológico y la utilización de nuevas fuentes de energía permitirán el nacimiento de las grandes industrias. Es la etapa de la gran revolución técnica, pues de hecho la técnica, como aplicación de la ciencia a fines prácticos, va a modificar la historia misma.

 

En el ámbito político, durante la Edad Contemporánea, hay una clara tendencia hacia la consolidación de los regímenes democráticos, es decir, hacia el constitucionalismo. Son también frecuentes las proclamaciones de los Derechos Humanos, proliferan los partidos políticos, con cada vez mayor participación ciudadana. El ritmo de la vida política aumenta, y también la inestabilidad social con huelgas, manifestaciones o atentados.

 

En definitiva, comienza un periodo con características nuevas, muchas de las cuales, seguirán vigentes y marcarán la historia de la humanidad hasta nuestros días.

 

1º. LA REVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA.

 

Thomas Malthus teorizó acerca del techo de crecimiento de la población diciendo que la cantidad de alimentos está limitada, la población crece geométricamente y los alimentos de manera aritmética lo que lleva a más mortalidad y parada de crecimiento, pero se puede parar este efecto mediante unos frenos tanto preventivos (reducción natalidad) como compulsivos (hambre, epidemias).

 

La principal contribución de Malthus a la economía fue su teoría de la población, publicada en su libro “Ensayo sobre el principio de la población” (1798). Según Malthus, la población tiende a crecer más rápidamente que la oferta de alimentos disponible para sus necesidades. Cuando se pro duce un aumento de la producción de alimentos superior al crecimiento de la población, se estimula la tasa de crecimiento; por otro lado, si la población aumenta demasiado en relación a la producción de alimentos, el crecimiento se frena debido a las hambrunas, las enfermedades y las guerras.

 

La teoría de Malthus contradecía la creencia optimista, prevaleciente en el siglo XIX, según la cual la fertilidad de una sociedad acarrearía el progre so económico. Logró bastante apoyo y fue muchas veces utilizada como argumento en contra de los esfuerzos que pretendían mejorar las condiciones de los pobres. El mayor número de personas juntamente con otros elementos de tipo económico, político, psicológico y técnico, formaron la base del proceso industrializador, que empezó a tomar forma a principios del siglo XIX y se consolidó a lo largo de toda su centuria.

 

La población mundial pasó de 906 millones en 1800, a 1.306 en 1870, alcanzando 1.571 millones en 1900, siendo los continentes con mayor población Asia, en primer lugar con 796 millones de habitantes, en 1870 y el continente europeo con 328, en el último cuarto del S. XIX. Europa experimentó un alto ritmo de crecimiento: los 187 millones de habitantes que tenía en 1800 se convirtieron en 401 en 1900. En el reparto de la población mundial, el porcentaje que correspondió a Europa oscilaba entre un 20,9 y 25,5 por 100. Su densidad fue la mayor de todos los continentes. Si a principios de siglo tenía 18,7 h/km cuadrados, a finales llegó a un 40,1. La mayor novedad del siglo XVIII fue la de iniciar un proceso de crecimiento la población europea que ya no se detendría. Aquellos incrementos que sólo permitían la recuperación terminaron. Las curvas demo gráficas iniciaron una ascensión irresistible y multisecular.

 

Podemos ofrecer toda una serie de datos demográficos. A lo largo del siglo XVIII, el número de habitantes de Gran Bretaña pasó de 8 a 15 millones; el de Francia, de 23 a 29; el de España, de 7 a 10; el de los Esta dos italianos, de 9 a 13; el de Bélgica, de 1 millón y medio a 3; el de Suecia, de poco más de 1 millón y medio a casi 2 millones y medio; el de Prusia, de 1 a 3 millones, y el de Holanda, de 1 millón a l.700.000. Las mayores densidades de población se obtenían en Bélgica y Lombardía; las menores, en España, Suecia y Noruega. Después del Imperio de los zares, que pasó de tener 19 millones de habitantes el 1762 a 29 el 1796, hacia 1800 Francia seguía siendo el país más poblado de Europa.

 

La Europa central y oriental fueron las regiones europeas con mayor crecimiento demográfico, aunque la importancia de los crecimientos tal vez viene mediatizada por la inseguridad de las fuentes disponibles: 300 por ciento en Hungría, 316 en Pomerania, 200 en el oeste alemán, 166 por ciento en Finlandia. En una escala intermedia encontramos Rusia (157 por ciento de aumento en el último cuarto del siglo XVIII), la Prusia oriental con un 132 por ciento y el conjunto del Sacro Imperio con un 128 por ciento. Por otro lado, los porcentajes de los otros países escandinavos y de la Europa occidental y meridional son mucho más discretos: Suecia, 66 por ciento entre 1720 y 1780; Inglaterra y Gales, 63; Italia y España, 55, y Francia, 32 por ciento.

 

El crecimiento aparece, pues, como un hecho casi general -excepción de Islandia- y se inscribe en un fenómeno mundial, aunque las cifras concretas resultan harto discutibles. Su movimiento expresa situaciones y coyunturas diversas, y obedece a ritmos diferentes. Así, la expansión fue de intensidad diversa y asincrónica: rápida en el caso de Finlandia, Irlanda, Inglaterra y Gales ( 50 por ciento), mucho menos acelerada para Noruega, Suecia e Italia (entre un 25 y un 30 por ciento) y casi lenta en Francia (19 por ciento) y Dinamarca y los Países Bajos (10 por ciento). Por regiones, los contrastes son más acusados: zonas estabilizadas como Borgoña, el Macizo Central, Normandía, el sur de Inglaterra y el centro español guardan poca relación con otras más dinámicas como el centro y el este francés, el norte inglés o la España levantina y andaluza, muy dinámicas.

Los demógrafos históricos no se han puesto de acuerdo para precisar las causas de este incremento. Son múltiples y siempre interrelacionadas y las fuentes, que permitirían llegar a conclusiones convincentes, no han sido estudiadas exhaustivamente.

 

Las tasas de natalidad en los países europeos siguen siendo muy elevadas a mediados del S.XIX, es decir no variaron prácticamente, respecto a finales del siglo anterior. Las cifras concretas oscilaban de unos países a otros, desde una TBN del 55 por mil en Rusia al 28 por mil en Francia, entre 1840-50. Entre el 50-30 nacimientos por cada mil habitantes a lo largo de un año se encontraban países como: Hungría (50 por mil), Portugal y Prusia (45 por mil), España e Italia (40 por mil) y Holanda e Inglaterra (30 por mil).

 

Las de mortalidad se situaron por debajo del 30 por 1000, en este periodo (mediados del S. XIX) lo que arroja un elevado crecimiento vegetativo y una mayor esperanza de vida que iría desde los 50 años en Francia hasta los 30 años en Bélgica.

Entre los componentes más importantes de este descenso de la mortalidad en todos los países europeos estuvo, sin duda, el descenso de la mortalidad infantil, que proporcionaba un importante sumando a la tasa bruta de mortalidad.

 

El lento pero irreversible progreso de la medicina y de la higiene –descubrimiento de las vacunas por el químico y bacteriólogo Luis Pasteur (1822-1895)- y la mejora del nivel de vida –desarrollo de la agricultura (cultivo de la patata, muy nutritiva y de fácil cultivo) y la industria- alivian a la humanidad de las terribles epidemias sufridas en otros tiempos. La lucha contra la viruela es eficaz, y el cólera y el tifus son dominados a finales del siglo XIX.

 

Este aumento de población generó dos hechos demográficos de la máxima importancia socio-económica. En primer lugar, el éxodo rural hacia las ciudades de gran cantidad de población campesina, atraída por el sueño de holgados salarios y de mejor nivel de vida, Londres, París y Berlín sobrepasarán los dos millones de habitantes. En segundo lugar, las emigraciones a ultramar, hacia América del Norte fundamentalmente, experimentan un índice de crecimiento muy elevado (300 por 100 en 1800-1850), bajando a 222 en la segunda mitad. Oceanía alcanzó en la segunda mitad del S. XIX el mismo índice de crecimiento que Norteamérica en la primera mitad. Cuarenta millones de hombres, entre los que destacan ingleses, irlandeses y alemanes, es el número aproximado que surcó los mares para pro longar en las zonas de destino su originaria civilización occidental, una civilización industrial y urbana.

 

2º. IMPORTANTES CAMBIOS SOCIO-ECONÓMICOS.

 

La agricultura tradicional dependía de 3 factores: la tierra, el trabajo y el capital (escaso). La economía también era tradicional y se basaba en economías orgánicas (todo procede de la tierra), esta agricultura se dio de diferentes formas en Europa, en la zona norte con una organización comuni taria (openfields), tecnologías de arado de ruedas, sistemas de cultivo bie nal y trienal, a diferencia del sur que debido a las tierras áridas utilizaba un arado sencillo, tenía una organización individual y practicaba la trahumancia. La organización del trabajo se basaba en un sistema feudal con mucha desigualdad entre la población, grandes rentas feudales (prestaciones en trabajo y pago mediante dinero o especies (gran parte de la producción del campesino, apenas dejaba lo mínimo para subsistir) a seño res feudales, rey, iglesia), poco poder del Estado, dando paso a la ley de rendimientos marginales decrecientes (el aumento de la población hace que la productividad crezca, pero a largo plazo termina reduciéndola). El sistema feudal cambia debido a la peste negra que acabó con 1/3 de la población quedando muchas tierras libres y haciendo que la monarquía adquiera de nuevo poder, reduciendo la renta feudal y dando paso a la renta de la tierra (arrendamiento de tierras, mediante contratos pactados) mejorando situación de los campesinos dando así la posibilidad al comercio.

 

El comercio se recuperó tras la crisis romana, originándose con las cruzadas que terminaron con fin comercial, además mediante la ruta de la seda por donde se transportaban productos de oriente (lujosos), también a la aparición de enclaves como Flandes muy bien situada para establecer relaciones comerciales, mejoras en el transporte marítimo (lucha contra obstáculos), construcción de caminos, y sobre todo las mejoras administrativas mediante la formación de gremios (garantizan calidad y cualidad, protección ante riesgos), las ferias (concentración de oferta y demanda a la vez), además del desarrollo de la moneda, la banca y las sociedades mercantiles. En el siglo XIX, después de la crisis comercial, se mantuvo a Italia y Flan des en el comercio y hubo una expansión en el Báltico y el Atlántico.

 

En conclusión se puede observar como a lo largo de la historia el ser humano ha ido experimentando y aprendiendo nuevas habilidades que iban haciendo que su estilo de vida cambiase y en cierto modo mejorasen sus condiciones, el hecho más claro es el del asentamiento (sedentarismo) que sirvió para el desarrollo de la agricultura que sería la base de la economía mediante el comercio el cual daría paso a la aparición de la banca. No hay que olvidar que, debido a estos cambios, la población humana en determina das zonas ha aumentado y lo sigue haciendo hasta el día de hoy originando las diferentes teorías tanto de Malthus la cual en la actualidad se observa con claridad ya que tenemos unos recursos limitados y un número de población exagerado, lo cual ha llevado a crear políticas como por ejemplo en China con una densa demografía donde las familias solo pueden tener 1 hijo y la teoría de David Ricardo quien nos muestra la eficiencia de contratar a los trabajadores necesarios para incrementar la productividad. Hoy en día existen demasiadas personas que necesitan trabajar (incremento de la población) pero no hay suficientes puestos de trabajo para todas ellas, las empresas saben cuál es el número necesario de trabajadores para obtener beneficios y solamente contrataran a los que necesiten.

 

Finalmente como conclusión general se ve como al experimentar y cambiar de mentalidad en ciertos aspectos se puede lograr que hayan cambios diferenciales en la economía, gracias a los cuales, aunque han sido lentos y bastante duros, nos han llevado a lo que hoy constituye nuestro modelo de economía actual que es el modelo capitalista.

 

En la época, comprendida entre los siglos XVI y XIX, es decir, la anterior a la Revolución Industrial hay que distinguir diversos factores o condicionantes de los comienzos de la industrialización en esa fase de "protoindustrialización".

Aparte del aumento de dinero en circulación, en gran parte debido al creciente aflujo de metales preciosos del Nuevo Mundo, o de la también creciente comercialización de otras mercancías, el factor básico que acentuó la necesidad de nuevas formas de satisfacción de necesidades de consumo fue el desarrollo urbano (ciudades cada vez mayores y con mayores necesidades). Esto no sólo favoreció el surgimiento de nuevos agentes en el merca do, como las compañías comerciales y las bancarias, sino también supuso un incremento cuantitativo de distintas formas de demanda de productos en la población urbana, y al mismo tiempo la necesidad de encontrar un traba jo en la población rural.

 

Al mismo tiempo que las cifras de población, hasta entonces, habían permanecido prácticamente estables, también se mantuvieron casi sin evo lución alguna las formas de trabajo del pasado. El cambio se produjo, con el desarrollo de las ciudades. Después de las guerras de religión que concluyen a mitad del siglo XVII, como en una forma de reacción a las catástrofes demográficas similares a las ocasionadas al final de la Edad Media por las grandes epidemias de peste, se constata un continuado aumento de población desde finales del siglo XVII a comienzos del XVIII.

 

Esta evolución llevó a una mejora en las condiciones generales económicas en que hay que diferenciar, por una parte, el grupo de factores que favorecen el aumento de demanda de bienes y, por otra parte el cambio de estructuras en las posibilidades de vida de la gran masa de población rural. Según Mendels, el principal autor en la introducción de esta categoría histórica, el desarrollo proto-industrial habría sido el factor determinante de la decadencia del sistema socio-económico de los gremios artesanales, no sólo en Flandes (la zona que estudió más en su tesis doctoral), sino en toda Europa. Mendels ligaba este desarrollo acontecido en períodos de buena coyuntura económica con la multiplicación de los matrimonios en dichos lugares y el consecuente crecimiento demográfico que habría así preparado el "proletariado" posterior. Las ideas de Mendels fueron recogidas por otros historiadores, como David Levine (1977) que subrayó el aspecto de la “proletarización" de la población. El nuevo trabajador de estas proto-industrias no podía ya vivir del campo y subsistía gracias a recibir un salario.

 

La obra de Peter Kriedte, Hans Medick y Jürgen Schlumbohm (1977) desencadenó la discusión sobre la tesis de Mandels. Estos autores, que combinan los citados estudios con los resultados de la investigación de la llamada Escuela Histórica alemana (historia de la política económica), elaboraron un modelo general de cambio socio-económico que les permite observar toda la evolución desde el Medioevo al siglo XIX: la que va desde la sociedad agraria del Feudalismo hasta el moderno capitalismo industrial. Esencial en la primera fase de esa evolución habría sido la diferenciación de clases sociales en la agricultura y la formación de subsistemas, uno de mera subsistencia en el campesinado sujeto aún a los señores, y otro de actividades comerciales. Al mismo tiempo se transformaban las rentas por producto en rentas por capital con lo que se crearon las bases del futuro sistema de sociedad capitalista. Dentro de la población agrícola se diferenciaba así la subclase de campesinado más pobre, que será el que se dedica, para poder subsistir, al pluriempleo en que combinan trabajo en el campo con trabajo en las industrias domésticas.

 

En esta configuración, el campesino no sólo pierde todo contacto directo con el mercado y tiene que vender el producto de ese trabajo doméstico a través del "Verleger" (distribuidor), sino también carece de posibilidades de aprovisionarse de los materiales que precisa; por ejemplo, en el trabajo doméstico de telares, el algodón debe recibirlo del distribuidor que quizá lo ha comprado de mercaderes que lo traen de América. La teoría de la Protoindustrialización siguió en el centro de la discusión cuando en 1982, Franklin Mendels y Pierre Deyon participaron en el “Eighth International Economic History Congress” en Budapest juntamente con otros 46 investigadores que presentaban resultados de estudios empíricos. En las conclusiones del debate se precisaron los rasgos de la "Proto-Industrialización":

• Esta fase debería comprenderse no a nivel nacional o internacional sino meramente como fenómeno regional (los efectos de tales transformaciones estructurales no abarcaban sino un ámbito más restringido).

• Frente al "artesano" tradicional, la proto-industria se distinguiría por no destinar sus productos predominantemente al consumo local, sino por comercializarlos fuera de la región.

• Las proto-industrias permitían nuevas posibilidades de ocupación en ámbitos antes totalmente dedicadas a lo agrícola. Permitía el pluriempleo del campesino.

• En sus efectos, esta proto-industrialización supuso una simbiosis de industrias doméstico-rurales con el desarrollo regional del comercio.

• La proto-industria contribuyó a introducir un ritmo de cambio económico, creó la "dinámica" del desarrollo.

Los efectos de esta reconfiguración socio-económica fueron decisivos para la formación de la moderna sociedad del capitalismo industrial.

• Sustituyó las barreras anteriores entre propietarios de la tierra, campesinos y los primeros sistemas económicos (comerciantes, distribuidores) por una red de nuevas relaciones condicionadas por el tener que aprovisionarse de materias primas o por delegar en otros la comercialización del propio producto.

• El nuevo sistema moviliza, por así decirlo, al antes estático dinero, y lo convierte de mero instrumento para el intercambio, en algo que, en el nuevo horizonte del "mercado", se multiplica, da beneficios y comienza así el proceso de "acumulación de capital" que será uno de los rasgos distintivos del moderno capitalismo industrial. Esto es, sin estas condiciones hubiera sido casi imposible disponer del capital necesario para financiar las nuevas fábricas. Pero este es uno de los puntos más criticados hoy. Se considera que hubo incluso otras fuentes de capital más importantes para el comienzo de la gran acumulación de capital que caracterizaría la siguiente época a la Revolución Industrial.

• El proceso hace surgir un nuevo tipo de comerciante, que no se contenta a comprar y vender lo que otros producen, sino que él mismo va a en cargar y organizar la producción (primero en los hogares-talleres familiares) y luego su distribución. Esos conocimientos prácticos nuevos (un nuevo "know-how") muy distinto del que poseía el propietario de un comercio tradicional, de una tienda o cadena de tiendas, serán los que permitirán luego organizar la "fábrica" que necesita proveedores y planifica la distribución de lo fabricado.

• Asimismo el proceso de la proto-industrialización crea, como se ha dicho arriba, la nueva clase "proletariado" productivo. Una clase que, desde el principio, está situada en condiciones de tal precariedad económica - su objetivo básico es poder sobrevivir - que podrá ofrecer "mano de obra barata" a cualquier propietario de medios de producción, tal como lo fue ron, al principio los "Verleger" (distribuidores) que concentraban en sus manos todos los recursos en capital (Mosser 1981).

 

Es evidente que estos primeros estudios no podían abarcar las diferencias propias de otros países. Los estudios estaban demasiado orientados al noroeste europeo (como criticaban Houston/Snell ,1984). Por eso, como se mostraba ya ante, por ejemplo, en los estudios sobre el campesinado ruso (Cajanov, 1923), hay que contar con una gran dispersión en lo que concierne a las condiciones de vida de esa clase rural.

 

Los historiadores españoles indican incluso que la proto-industrialización contribuyó a mantener vivas zonas agrícolas de bajísima productividad con lo que se reforzaron estructuras feudales y no se produjo ningún cambio hacia la sociedad moderna. En concreto, Inglaterra poseía mucho antes de que se implantaran estas industrias domésticas, un sistema muy desarrollado comercial y capitalista. Tampoco la evolución demográfica inglesa se realizó según los esquemas mostrados para Centroeuropa.

 

En lo que concierne a la dinámica "comercial" presuntamente ligada al desarrollo de las proto-industrias se formulan muchas críticas basadas en estudios sobre el papel de zonas de alta productividad agrícola donde las ciudades acumularon riqueza y circulación de capital sin que las proto-industrias desempeñaran ahí el papel de desencadenante básico que los defensores de la tesis sobre la proto-industrialización les atribuyen.

Por estas razones, en la discusión posterior, se ha intentado ampliar el horizonte de problemas (por ejemplo, Cerman, Hudson, Myska y Pfister) a otros aspectos: cambios en la familia y roles de hombre y mujer, cultura cotidiana, comportamientos de consumo, etc.

 

Los cambios en el entorno.

 

A) El cambio de estructuras en las actividades rurales.

En contra de la hipótesis de que la revolución industrial simplemente se debió al incremento de riqueza en la burguesía (y las consiguientes posibilidades de concentración de capital) y a la aparición de las nuevas tecnologías (siderurgia, máquina de vapor, primeras máquinas herramientas), desde hace varios decenios se mantiene la tesis de que hay que contar además con un factor decisivo en la aparición de la industrialización: la creciente concentra¬ción de producción manufacturera en las áreas rurales.

 

La tesis se apoya en una evidencia: inicialmente, en la actividad productiva directa ejercida en los talleres de los artesanos de los gremios urbanos siguieron vigentes las formas tradicionales de trabajo. En realidad, desde el siglo XIII, en que las actividades económicas de las ciudades, con sus agrupaciones de artesanos y comerciantes, habían adquirido ya cierta importancia no se constata cambio alguno radical en esa estructura (como se ha descrito arriba al tratar de las razones del no desarrollo gremial hacia nuevas formas productivas).

 

La gran masa de la población seguía siendo la rural, donde predominaba claramente la actividad agraria. Cuando la Revolución Industrial traspasó el nivel de masa crítica que la hizo imparable se producirá el desarrollo del nuevo "mercado de trabajo". El trabajo se va a convertir así en un bien comercializable como los demás bienes materiales, se le venderá (casi siempre bajo presiones elementales, para sobrevivir) o comprará al mejor precio (con perjuicio del nivel de vida de casi todos los empleados). Sólo se exceptuarán de esta regla los directivos de las empresas o futuros managers. Pero antes de la aparición de ese mercado se realizó una profunda transformación que debe ser tenida en cuenta si es que se quiere comprender adecuadamente el entorno en que se produjo esa Revolución.

 

La actividad productora de bienes distintos de los específicamente propios del agro, es decir, artículos de tipo artesanal producidos en unida des de explotación familiar y dirigida a mercados interregionales, se debió a un proceso autónomo que tiene todos los rasgos de la "autopoiesis" de un sistema social tal como lo ha descrito Luhmann. Este proceso se fue configurando así por fuerzas internas al propio sistema rural, aunque evidentemente respondiendo a las "irritaciones" que factores externos causaron en el seno de dicho sistema.

 

La agricultura, debido a la secuencia natural entre las estaciones, provoca en el personal asalariado el conocido fenómeno del "paro estacional". En las épocas de menor ocupación se puede agudizar el desempleo. La explotación pecuaria era menos sensible a este fenómeno, pero su intensidad de trabajo era menor. Por tanto, la actividad rural, casi natural mente, provocaba la aparición de una masa de población que debía buscar otras fuentes de trabajo. Es decir, se trataba de buscar ingresos complementarios en ocupación no agrícola.

 

Pero ese fenómeno no es el principal factor en el origen de la proto-industrialización. El crecimiento demográfico, que en otras tiempos había compensado las pérdidas de población por enfermedades y guerras, pasó a convertirse en factor negativo. El crecimiento de la producción agrícola y de otros bienes no podía seguir ya el ritmo del aumento de población. El intento de sacar mayor partido a la agricultura, dado el aumento de población activa, implicó una menor productividad. Este es el contexto en que se formuló la Ley de la productividad decreciente del suelo. Se agotaban las tierras fértiles y se recurrió a terrenos menos rentables. Al comenzar el siglo XVIII, la gran masa de la población rural no estaba compuesta de propietarios con tierras suficientes para alimentarse, sino de campesinos asalariados o con mínimas propiedades (hasta llegar a la clase de los sirvientes de los señores feudales y de los grandes campesinos). Antes del "proletariado urbano" se creó así un "proletariado rural" que constituía una fuente de mano de obra para las iniciales pequeñas industrias artesanales de las unidades familiares rurales. El proceso había comenzado ya mucho antes, como sucedió, por ejemplo, con las propiedades agrícolas británicas. Allí desde el siglo XVI se iniciaron los cambios en que se fue minando la capacidad del anterior pequeño campesino y se crearon posibilidades de explotaciones más potentes ante el mercado, las denominadas "enclosures", como terrenos vallados en propiedad de un señor. En realidad, el surgimiento de esta forma de explotación agrícola supuso una auténtica revolución en las formas de organizar la producción en el sector primario. En cierto sentido anticipó lo que hoy se hace con la "concentración parcelaria", estuvo apoyada por leyes especiales (desde principios del siglo XVII), y permitió a sus propietarios, los grandes terratenientes ingleses, la utilización de medios y técnicas más modernas. Se calcula que algunas cosechas posibilitaban beneficios superiores en un 50% a la inversión previa. Los lores, señores de tales posesiones, dominaban el Parlamento y con el pretexto de impulsar la producción de cereales hicieron votar una reglamentación aduanera proteccionista: las "corn laws".

 

Frente a estos propietarios favorecidos, el resto tuvo que explotar con mayor intensidad tierras más pobres (con "rendimientos decrecientes"). Así surgió aquel proletariado rural, como masa de campesinos empobrecidos y desvinculados del suelo, que luego pasaron a constituir las masas proletarias de las nuevas zonas industriales.

 

El papel de la "enclosure" en la revolución agraria previa a la revolución industrial.

 

Entre 1450 y 1850 la población inglesa se incrementó en más de cinco veces, pero sin reducirse los salarios reales, y al mismo tiempo la proporción de la población empleada en la agricultura descendió del 70% a menos de un 25%. Estos cambios implican que el rendimiento por hectárea y por trabajador en la agricultura inglesa debió incrementarse también enormemente antes de 1850. Es decir, parece que Inglaterra realizó una revolución agrícola antes y durante su Revolución Industrial.

 

Desde K. Marx, los historiadores han supuesto que el factor clave en el desarrollo de este proceso de cambio había sido un cambio institucional: la sustitución de los derechos comunales de propiedad sobre el campo por la propiedad capitalista, sobre todo al crearse latifundios. Sin embargo, en los últimos 20 años, algunos historiadores de la economía, como Donald Mc Closkey, Michael Turner y Robert Allen, han cuestionado esta presuposición. El cambio en la forma institucional de regular la propiedad sobre la agricultura sólo habría sido un factor secundario en la realización del revolucionario incremento en la productividad agraria.

 

En la ambiciosa obra de Allen se confirman sus anteriores tesis sobre el mínimo papel del cambio en los derechos de propiedad, y se expone una nueva interpretación del desarrollo temporal y causas de la revolución agrícola. Allen examina los efectos del sistema de la “enclosure” sobre el cambio de población en las zonas rurales, los efectos del aumento de tamaño de las propiedades agrícolas sobre el rendimiento del campo y productividad del trabajo, y el impacto de este cambio rural sobre la distribución de bienes agrícolas y sobre el nivel de empleo. La mayor dificultad con que tropieza el historiador de esta transformación es la carencia de datos exactos y reco pilados sistemáticamente antes de 1850. Allen aprovecha muy diversas fuentes para tratar los problemas que plantea (se le ha criticado cierta ingenuidad) y plantea varias hipótesis sobre el desarrollo de esta revolución.

 

En primer lugar, al tratar los efectos del surgimiento de la "enclosure", Allen intenta cuantificar su impacto según una cuota de adopción de nuevas técnicas de trabajo en magnitudes de rendimiento por acre, productividad del trabajo, beneficio y eficiencia global. Como resultado llega a la sorprendente conclusión de que el nuevo sistema de la “enclosure” no habría supuesto ningún avance relevante en la eficiencia. Ciertamente, ya antes, McCloskey había afirmado que la duplicación de la renta agrícola era un modesto resultado, pero Allen va más lejos y argumenta que el incremento de renta provino casi completamente del traspaso del beneficio del anterior campesino arrendatario del terreno al propietario que ahora empleaba traba jo asalariado. La “enclosure” había sido la forma en que se privó al campesinado de parte de la renta que antes poseía.

 

Esto crea cierta confusión sobre las razones que debieron mover a los grandes señores para permitir que los arrendatarios pudieran retener parte de las rentas originadas en las aldeas con campos abiertos. Estas diferencias en las rentas entre las tierras abiertas y las “enclosures” se remontan a la Edad Media.

 

La solución dada por Allen consiste en afirmar que las bajas rentas logradas en las tierras abiertas resultaban de la combinación de la incapacidad para poder calcular entonces la rentabilidad de la tierra y de la falta de decisión en parte de los señores para exigir a sus arrendatarios el pago de las cantidades debidas a precio de mercado. Pero esta solución no explica, de ningún modo, el por qué los señores exigieron luego con exactitud despiadada rentas de mercado en sus tierras cerradas.

 

En esta hipótesis, de que la “enclosure” no fue el factor desencadenante de la revolución agrícola Allen propone dos causas diversas. La "revolución de los hacendados" en productividad del trabajo y rendimientos del campo durante el siglo XVII se habría ejecutado dentro del marco de la agricultura tradicional (sin modificar su marco institucional de relaciones de propiedad y uso de superficies comunales o en suba rriendo). La mayor eficiencia del trabajo y el incremento en rendimientos se habría traducido entonces a mejoras en la renta de toda la población, no sólo de los propietarios privados.

 

Luego durante el siglo XVIII se habría producido una "revolución de los señores (landlords) rurales" que lograron nuevos incrementos de productividad por una "economía de escala" al incrementar las dimensiones de sus fincas. En este período, a diferencia de lo sucedido en el anterior, la mejora de eficiencia en la producción rural sólo habría beneficiado a los grandes propietarios. Los campesinos desplazados habrían terminado formando el proletariado de desempleados rurales.

 

Y esta situación supuso un excedente de mano de obra en el sur de Inglaterra que mantuvo a mínimo nivel el coste de la mano de obra durante la primera parte del siglo XIX. Pero ni esos campesinos abandonaron entonces el campo, ni la proto-industrialización absorbió realmente esas capacidades de trabajo. Simplemente se empobreció a una gran parte de la población rural. Esta hipótesis niega la presunción de que el sacrificio de cierto nivel de justicia social implicado en la nueva ordenación de la propiedad - hacia los latifundios más productivos - se habría visto compensado por el crecimiento económico logrado durante el siglo XVIII. El proceso implicó fallos dramáticos en el mercado: el mayor tamaño de una explotación rural podía tener efectos positivos sobre la productividad del trabajo, pero lo cierto es que el aumento de tamaño sólo tuvo lugar durante el siglo XVIII. En realidad, la dimensión de una explotación no implica mayor rendimiento por acre. Hacia 1800 el rendimiento por acre debió alcanzar alrededor una libra, pero el aumento de renta al pasar de 30 a 200 acres ahorraba sólo 0,61 libras esterlinas.

 

A principios del siglo XVII el tamaño medio era de 69 acres, y a fines de siglo llegaba a 71 acres, mientras que en 1800 debió llegarse a una explotación media de 146 acres. No se dan explicaciones del por qué si se lograban tales incrementos de productividad no se produjo antes la concentración rural. Las conclusiones de Allen serán rechazadas por quienes han estudiado la historia de la agricultura inglesa.

 

Sobre la base de 28 observaciones sobre el rendimiento en trigo por acre, y en 35 observaciones sobre el valor de las cosechas de cebada en los registros más serios de Oxfordshire durante el siglo XVII, Mark Overton, el primero en haber usado estos datos, y luego Paul Glennie han realizado varios estudios también en otras partes del país y encontraron menores incrementos de rendimiento hacia 1700 y mayores desde esas fechas hasta 1850. El trabajo de Allen levanta tantas preguntas como las que soluciona. El estudio de estos problemas necesita más investigación sobre esta época proto-industrial.

 

Precisamente esa situación de penuria sería la que favorecería la creación de las "industrias domésticas" , las mismas que servirán de base al sistema del Putting-Out de la primera industrialización. Estos mini-talleres domésticos campesinos lo eran principalmente del textil, en especial, y a partir del XVIII, del algodón importado desde África y América. La situación no era distinta en el continente, aunque el proceso se desarrolló con cierto retraso respecto a la evolución en la Gran Bretaña.

 

Las pequeñas "industrias domésticas" basadas en trabajo manual surgieron tanto en el campo como en la ciudad. Sin embargo, el grupo más importante debió ser el rural. El campesino y su familia ejercían actividades complementarias a las del campo, por ejemplo hilando o tejiendo. La producción era comprada por comerciantes en lo que se ha denominado Kaufsystem (sistema de compras). Posteriormente, como se describirá más abajo, la producción era incluso encargada por el Verleger (distribuidor) que la comercializaba en el sistema llamado Verlagssystem (sistema de distribución, que en inglés es denominado sistema del putting out).

 

Las posibilidades de desarrollo económico de estas formas de producción doméstica rural tropezaron con varios obstáculos -y eso contribuyó también al crecimiento del proletariado rural. Una de las dificultades más serias fue la resistencia de los señores, todavía con mentalidad feudal–con sus dominios territoriales - (Grundherr) que procuraron impedir la partición de tierras y controlaron el mercado de la propiedad. Así es como los landlords de Coventry por temor a que ocasionaran un aumento de pobres en sus tierras prohibieron las primeras industrias de manufacturas de lazos y cintas. En cierto sentido puede decirse que la clase en el poder, al frenar el desarrollo económico general, minó la misma base de dominio ligado a la propiedad de tierras sobre la que se asentaba. La explosión de la Revolución Francesa no iba a ser un fenómeno aislado, sino formuló casi con una retórica excesiva el final de una época.

 

Es también posible que este proletariado creciera por la misma dinámica de la expansión pre-industrial en las unidades artesanales domésticas del agro, es decir, que el sistema adquiriera una dinámica propia de expansión no en sistema de feedback negativo o compensador para mantener su estabilidad –homoestasis-, sino en feedback positivo, por así decirlo, en expansión en espiral creciente indefinidamente. Hasta que su mismo crecimiento supuso traspasar una masa crítica y provocó la explosión social que supondría la Revolución Industrial.

 

El fenómeno de la proletarización rural y urbana se había empezado a manifestar desde el siglo XVI. Grandes grupos de población permanecían en la pobreza, cada vez a mayor distancia del nivel de bienestar que van alcanzando los nuevos burgueses. La des-profesionalización motivada por la decadencia de los artesanos gremiales y la desaparición del trabajador autónomo producida por el avance del trabajo doméstico gestionado por el Verleger (distribuidor) fueron factores que contribuyeron a esta evolución.

 

El hecho es que el asalariado de las nuevas grandes propiedades (enclosures) perdió el pequeño ámbito de independencia que poseía el minifundista y se vio a merced del trabajo, y salario, recibidos al servir en el sistema de explotación de los señores. Se creó así la figura del proletario, y la producción manufacturera era una oportunidad excelente para encontrar una alternativa a las condiciones de empleo agrícola, sobre todo, ante la creciente demanda urbana de nuevos artículos. Los talleres artesanales rurales podían facilitar así productos en el sector del textil o en otros artículos de lujo elaborados a mano. Pero el punto más relevante en este proceso es el de la aparición masiva de esa forma de nuevas relaciones entre propietario y trabajador, la definida por el régimen salarial (con independencia a que tales relaciones se realizaran en el campo o en las incipientes factorías y manufacturas). Se ha constatado así que sólo donde los señores del Antiguo Régimen carecían de poder para imponer su forma de dirección de la sociedad se logró el crecimiento demográfico y la necesaria diferenciación de formas de trabajo que permitirían el paso a la era industrial.

 

B) El crecimiento de la riqueza y de las actividades comerciales.

En lo que concierne a los factores de la demanda, en primer lugar hay que considerar la aparición de la burguesía en el marco de un crecimiento de las ciudades como una nueva clase (entre la nobleza y el pueblo llano) que surge con creciente poder adquisitivo. El bienestar material de las ciudades incrementa la demanda de bienes no sólo de supervivencia sino de confort. Esto supuso la expansión de los mercados, de bienes de consumo y de bienes de lujo, expansión condicionada, a su vez, por el cambio estructural urbano al sustituirse la vieja ciudad medieval independiente por nuevas unidades políticas más extensas, los nuevos "reinos". Se eliminan así barreras al comercio, restricciones locales etc.

 

El hecho es que en esta época se inicia el proceso de intercambios comerciales internacionales, con nuevos protagonistas como los Países Bajos, y las regiones germánicas, con lo que se pierde el anterior mono polio económico del Mediterráneo. El desarrollo del comercio por la Hansa (una red multinacional que extendió sus relaciones sobre todas las costas del Centro y Norte de Europa) o por Génova y Venecia, unido al de los establecimientos banca rios supuso además el avance en métodos en la organización de transaccio nes de bienes y de dinero. Cayeron progresivamente más y más barreras al comercio. Se comenzó a limitar los mecanismos proteccionistas de pequeños mercados internos. El surgimiento de los "Estados" modernos, que unifican zonas comerciales antes a merced del puro arbitrio de un pequeño príncipe permite el desarrollo del comercio interior. Poco a poco el "mercado" va sustitu¬yendo como mecanismo regulador a la organización por controles autoritarios.

 

No puede olvidarse en esta expansión comercial el factor que supuso la introducción de nuevos productos, primero las especias orientales, luego la caña de azúcar, el café, té,etc. La oferta de estos bienes crea paulatinamente nuevas necesidades, que a su vez motivan nuevas ofertas. El mercado crecía y con él las posibilidades de colocar bienes producidos. En lo que concierne al avance de la producción manufacturera doméstica, junto a los factores de proletarización rural hay que tener en cuenta la importancia del capital disponible para la comercialización.

 

Dado que la inicial producción doméstica era casi exclusivamente manual exigía gran cantidad de mano de obra, pero sus posibilidades de colocar la producción en las ciudades, todavía relativamente pequeñas, eran también limitadas. Por esta razón la demanda de otros mercados se convir tió en esta época de avance de la navegación en el principal impulsor del crecimiento. Según la teoría clásica del comercio de Adam Smith, la del "vent-for-surplus", esa demanda posibilitó aprovechar las capacidades de producción de zonas rurales. A lo que debe sumarse la inexistencia de costes de oportunidad, pues utilizar tal mano de obra no equivalía a retirarla de actividades posible¬mente más productivas.

 

La apertura de un país al comercio internacional suponía una mejora de la demanda efectiva de sus productos. Esto contribuía directamente a mejorar su capacidad económica. Pero tal participación en el comercio se efectuaba todavía por acuerdo entre comerciantes y señores feudales loca les: en infrautilización de recursos y de habilidades o técnicas artesanales existentes en las zonas rurales. Al mismo tiempo hay que recordar la falta de elasticidad de la economía de las ciudades, y la ya mencionada rigidez de los gremios.

 

En 1776 Adam Smith publica: “ La riqueza de las naciones” en la que sostiene que la riqueza procede del trabajo. El libro fue esencialmente un estudio acerca del proceso de creación y acumulación de la riqueza, tema que ya había sido abordado por los mercantilistas y fisiócratas, pero sin el carácter científico de la obra de Adam Smith. Según la tesis central de “La riqueza de las naciones”, la clave del bienestar social está en el crecimiento económico, que se potencia a través de la división del trabajo. La división del trabajo, a su vez, se profundiza a medida que se amplía la extensión de los mercados y, por ende, la especia lización.

 

C) La idea del “progreso” – ciencia y técnica.

Si se efectúa un somero recorrido histórico (Koselleck 1975), puede constatarse como desde el Renacimiento se identificaba ya como tema de reflexión el hecho del avance o progreso científico –tal como aparece en la obra de Petrus Ramus (“progressus scientiarum”)- y se consideraba que tal progreso se traducía a descubrimientos de orden empírico: la pólvora, la imprenta, el reloj mecánico, la aguja magnética, el telescopio y el micros copio, el “giro copernicano” en la Astronomía, etc. eran vistos como signos de tal cambio. Bacon quiso dar un fundamento metodológico a la nueva forma de descubrir la verdad –a diferencia al razonamiento lógico puro practicado por la filosofía escolástica– y formuló su diagnóstico: tan gran des como los errores del pasado serían las esperanzas del futuro (Quot enim fuerint errorum impedimenta in praeterito, tot sunt spei argumenta in futurum).

 

Para Bacon, mientras que en lo histórico el avance se había realizado a impulsos irregulares, en las artes mecánicas, sí era posible constatar un progreso continuado al basarse en la naturaleza y en la experiencia –sobre todo por buscarse no sólo una utilidad directa, sino también por indagar sobre las causas-, para lo que había que superar la forma llena de prejuicios infundados y atendiendo, no sólo a las excepciones, sino a la forma regular (lo que luego se concebiría como efecto de “leyes” naturales) en que suce den las cosas. Interesante es esta reflexión: la recomendación del recurso a la división del trabajo científico, para ayudarse mutuamente.

 

Fundamental en este método era la sustitución del azar por la planifi cación. Bacon dibuja claramente las líneas directrices de toda la posterior forma de organizar el sistema social que denominamos “mundo científico”. Así es como fue en el ámbito de las “ciencias”, no en el del saber filosó fico, donde se realizó desde entonces un constante “progreso”. En la obra de Joseph Glanvill (1668) se alababa al “gran cuerpo de filósofos prácti cos” que formaban parte de la Royal Society. No había ni que comparar la situación moderna con la antigua, pues en todos los ámbitos de la ciencia natural, el método experimental había abierto caminos totalmente nuevos.

 

Durante el siglo XVIII, el principal logro fue quizá el superar la distan cia entre el saber científico y su aplicación práctica en las tecnologías. Ya a fines de siglo, como constataba la Enciclopedia Alemana, se había llegado a la idea de que tal proceso continuaría, en el ámbito de la industria y tra bajo humanos, de forma indefinida. Por lo demás debe notarse que esta idea del progreso basado en la ciencia, y desarrollado en el ámbito indus trial contrasta con la forma estática en que la filosofía de la Ilustración comprendía todavía la “economía” .

 

Así en la toma de conciencia del cambio implicado en la traducción práctica de la ciencia a la industria, la idea del “progreso” se va a convertir en uno de los conceptos que inducen una comprensión dinámica –frente a la tradicional concepción de un orden inmutable– de la realidad no sólo en el campo del quehacer humano sobre la naturaleza, sino luego también en el ámbito de lo social e histórico.

 

En resumen podemos constatar que la idea del progreso se fue perfilando en relación a varias diferencias fundamentales: en primer lugar se trata de la diferencia entre una visión religiosa de la realidad, concebida como “economía divina” (en el sentido de un ordenamiento superior de todo lo creado) tal como se venía formulando explícitamente desde la concepción lineal de Agustín sobre una historia claramente dirigida hacia un final determinado por el Ser superior, y una visión secular en la que no sólo se prescinde de tal conducción superior, sino también se constatan “discontinuidades”, experiencias de un hiato, esto es, paros o incluso retro cesos en ciertos desarrollos que podían suceder simultanearse con avances en otras líneas. Como formulaba Schlegel contra la concepción todavía li neal de Condorcert, en esa historia real se manifestaría el gran problema de la desigualdad del progreso en distintos ámbitos, sobre todo, el problema de la divergencia en la formación intelectual y en la formación moral. La historia mostraría pues distintos ritmos de avance en distintos ámbitos. Se daría, como afirma Koselleck (1975) una “simultaneidad de lo no simultá neo”. Y en ese avanzar, lo esencial sería el anticipar lo nuevo, y el dejar atrás, el abandono de otras cosas.

 

Una formulación de esta toma de conciencia, en clara referencia al horizonte de sentido tradicional (orientado cristianamente), se encuentra en la afirmación de Schlegel: “el deseo revolucionario por realizar (en la tierra) el Reino de Dios, se convierte en el punto elástico de la progresiva formación y comienzo de la historia (de la sociedad) moderna”. En este diagnóstico, que implica la tesis de la “secularización” de una serie de conceptos inicialmente elaborados en un marco de sentido religioso, se afirma la aparición de un nuevo ámbito de experiencia, de un nuevo horizonte en que las cosas son vistas de otra forma, es decir, en lugar de situarlas en un orden estático, se las ve desde ahora en una dinámica de constante mejora.

Las artes y las ciencias, a las que ya se concibe como aplicadas, son los primeros objetos de esta forma de observación en relación a la diferencia “estático/progresar”. Pero lo importante es que es la misma “historia” la que es reconceptualizada.

 

En síntesis podríamos decir que la pequeña industria era la misma del sistema gremial medieval o del sistema de empresarios de los siglos XVII y XVIII. Era una industria difusa y variablemente extendida difícil de limitar. El campesino que empezaba a trabajar en el taller de la ciudad también continuaba cuidando sus campos de cultivo o admitía el trabajo, para él y su familia, facilitado por el empresario. En la ciudad el artesano vendía él mismo los productos que salían de sus manos. ¿Campesinos, artesanos o comerciantes? Un poco de todo al mismo tiempo.

 

En el campo la pequeña industria se encontraba un poco por todas partes. En gran proporción era una industria familiar y doméstica. El campesino fabricaba sus muebles y utensilios; quizá la construcción del carro se dejaba para el carretero especialista y la parte metálica para el herrero; pero carretero y herrero eran a la vez campesinos en sus propias tierras. Las necesidades, no siempre grandes de la gente del campo, estaban al alcance de esta industria familiar.

 

Esta industria familiar se desperdigaba en talleres, junto a los bosques o a lo largo de los ríos que facilitaban la energía necesaria, pero funcionaban solo durante el invierno, porque la llegada de la primavera obligaba a que herreros, tejedores, ceramistas, etc., dejaran el taller por la tierra de cultivo donde trabajaban más de ocho meses, es decir, la pequeña industria rural se movía al ritmo de las estaciones.

 

En la ciudad el artesano trabajaba todo el día en el taller; oficiales y aprendices vivían generalmente en la casa del maestro que les daba de comer y les pagaba por meses o años, la producción debía ser pequeña y poco competitiva. El maestro o patrón vivía de un mercado pequeño que le permitía algunos beneficios modestos. Pero cuando el ferrocarril abrió los mercados a los grandes fabricantes, los precios pudieron unificarse y entonces el pequeño artesano no pudo resistir la competencia.

 

3º. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.

 

El rasgo más fácil de comprender y el más notable de la historia, es la transformación y el prodigioso desarrollo de la industria y el comercio, y por consiguiente, la transformación total de las condiciones materiales de la vida.

 

La revolución industrial es definida como el conjunto de transformaciones económicas y sociales que caracterizaron el proceso de la industrialización. El término fue utilizado por primera vez en 1837 por J. Blanqui, y tradicionalmente se ubica a Inglaterra como la cuna de este movimiento. Es un cambio económico fundamental en la fabricación de productos elaborados, ya que empieza a utilizarse la máquina. Surgió a finales del S. XVIII en Gran Bretaña y acabó por extenderse por toda Europa primero, y por todo el mundo después, a lo largo del S. XIX. Sus principales características fueron la aparición de la máquina, las innovaciones tecno lógicas, la utilización de nuevas fuentes de energía, la organización del obrero en fábricas, la necesidad cada vez más grande de capital y la división del trabajo.

 

La revolución Industrial es producto de la explotación de riquezas procedentes de la explotación de las colonias que dominaban los países europeos, (Inglaterra y Francia principalmente) a su vez, esta acumulación fue consecuencia del comercio que había tenido un desarrollo extraordinario generándose así el capitalismo mercantil, que pronto se transformó en capitalismo industrial, es decir, ya no solo basado en el comercio sino también en la producción industrial.

 

 

La cuna de la Revolución Industrial.

 

La peculiar característica de Gran Bretaña y la previa revolución agrícola hacia el siglo XVIII le permitió la referida acumulación del capital, base de la revolución industrial, y se manifestó en la aplicación de máquinas en la producción trayendo esto por resultado la confección de mayor número de mercancías en menos tiempo, en general, la economía rural europea mantuvo su estructura tradicional, poco diferente a la estructura del siglo XVIII. El campesino continuó rutinariamente los sistemas antiguos, y una gran parte de las tierras siguieron siendo destinadas al cultivo del trigo. Y como las comunicaciones eran difíciles cada comarca procuraba producir la cosecha suficiente; en la mayoría de los campos europeos no habían mejorado sus sistemas de trabajo.

 

La Primera Revolución Industrial se inició, pues, en torno a 1780 en pequeños núcleos urbanos dentro de países europeos, pero el modelo por excelencia es Gran Bretaña. De lo primero que debemos hablar es de la revolución agrícola. En Gran Bretaña en esta época cambió el sistema de cultivo , de rotación cuatrienal en la que desaparece el barbecho al utilizar las plantas leguminosas. Tras la ley de Cercamientos, se cercan los campos y aumentan las grandes propiedades desapareciendo las propiedades comunales. Esto lleva a un aumento de la producción, lo que implica una mejora en la alimentación.

 

La Revolución de los Transportes.

 

La Europa del este del Elba no podía soñar en otras cosas que no fueran sus viejos caminos, polvorientos en verano, convertidos en un barrizal durante la primavera; pero en la Europa occidental los medios de transporte sufrieron un cambio tan extraordinario que puede hablarse de una verda dera revolución de los transportes, base de la revolución industrial que justificó la transformación de la economía europea.

 

En primer lugar, se mejoraron los viejos medios: mejores carreteras y redes más tupidas, la infraestructura de arenilla y el revestimiento más resistente inventados por el escocés Mc. Adam hacia 1819, fue conocido en Bélgica a partir de 1830, y desde mediados del siglo XIX, en Francia y Prusia. Los obreros y vagabundos se desplazaban a pie, y los burgueses y nobles a caballo o en carroza. Por las carreteras entre grandes ciudades, (las mejores) se podía circular a una velocidad módica que llegó en 1848 a un promedio de 6 Km./h, las diligencias pesaban hasta 5 toneladas y podían transportar a unos 18 pasajeros. En Francia durante la época del directorio los coches tirados por 5 caballos aceptaban 3 ó 4 pasajeros y alcanzaban los 15 Km./h.

 

Víctor Hugo aseguraba que se marchaba "como el viento", pero con una incomodidad grande, polvo, calor, estrechez, traqueteo, malas camas en las posadas y borrachos esperaban al viajero atrevido. Los transportes de mercancías resultaban muchísimo más lentos y caros, por lo que los comerciantes decidieron transportar sus mercancías por los ríos y canales que era más económico.

 

Así en 1808 una maquinaria de origen británica fabricada en Birmingham navegó el río Hudson, era el Clermont de Fulton dando una primera demostración de las posibilidades en materia de transportes de vapor.

 

El ferrocarril representó una gran revolución en el mismo sentido cuando George Stephenson halló la solución para aplicar convenientemente la máquina de vapor a los transportes sobre rieles, abriendo con ello la posibilidad de transportar vagones cargados de mercancías y artículos diversos; para 1829 el ferrocarril alcanza, en pendientes, una velocidad de 46 Km./h. Pese a lo anterior solo Inglaterra conoció un verdadero desarrollo industrial durante la primera mitad del siglo XIX, el resto del mundo no tuvo la capitalización suficiente hasta 1850, manteniéndose, en muchas regiones de Europa, la pervivencia de los viejos sistemas de producción.

 

Los descubrimientos técnicos y la mecanización.

 

Inglaterra había sido, durante la segunda mitad del siglo XVIII, el país de las máquinas. Estas eran movidas a mano, o bien por la fuerza de una corriente de agua, y sobre todo a vapor, desde que James Watt creó para él e Inglaterra el monopolio de la máquina de vapor, que por decisión del Parlamento británico la patente se prolongó hasta 1800.

 

 

A) Industrias textiles.

 

La industria textil es la primera, y la que más, se desarrolla ya que los productos textiles son los que más se demandan. Esta demanda se hace masiva gracias al aumento de población, y a la desvinculación de los obre ros de las tareas rurales. Además, la inversión en maquinaria para la mecanización de la producción textil es, relativamente, baja.

Los primeros inventos que se aplican a la industria son máquinas textiles. En 1733 John Kay inventa la Spinning Jenny, la lanzadera volante que economiza trabajo en el proceso del hilado, con un sistema de hilado múltiple. En 1780 Samuel Crompton inventa la Mule Jenny, otra máquina de hilado múltiple, pero que permite fabricar hilos de diversos grosores. La producción de textil pasa de ser doméstica a realizarse en fábricas, lo que rebaja los costes unitarios.

A partir de 1770 aparecieron en Inglaterra las grandes fábricas textiles, y el desarrollo extraordinario que tuvieron los inventos en Inglaterra se reflejó bien en las listas de patentes concedidas. Antes de 1760 solo eran 12 anuales, para 1776 fueron 31, para 1792 sumaban 85, y para 1825 alcanza ban las 250, lo que prueba el espíritu de empresa y de investigación que debió dominar entre los científicos y técnicos ingleses, y con ello se despertaba la fe en la máquina y en su mejora progresiva. Lancashire, en las proximidades del puerto de Liverpool, la gran ciudad de la industria textil, se especializa en el comercio de algodón con América. Junto con la industria textil se desarrolla la industria química, que le proporciona colorantes, productos para el lavado, etc.

 

B) Industria siderúrgica.

Además de la producción textil, se mecaniza la extracción minera, la siderurgia, metalúrgica y en general todas las actividades industriales tradicionales. En 1704 se comienza la fundición del hierro con carbón de coque en horno alto, lo que implica el aumento de la producción de acero. El acero obtenido por este procedimiento es mucho más barato y la calidad, aunque peor, es homologable. Posteriormente, en pleno siglo XIX, se desarrolló la industria siderúrgica (metales) y la minería del carbón.

 

El resto de Europa demoró en sumarse a la industrialización. El país más avanzado después de Gran Bretaña fue Francia, que entre 1815 y 1848 desarrolló sus industrias. Alemania logró despegar a partir de 1870. Esta dos Unidos y Japón se sumaron durante la segunda mitad del siglo XIX. Con el desarrollo de la industria siderúrgica y, posteriormente, la metalurgia, aparece una nueva clase social, la del proletariado. Este término, de origen romano, se usó en tiempos de la República para designar a los ciudadanos libres cuya única propiedad era su prole (hijos). Durante la industrialización inglesa se volvió a utilizar el término. El proletariado se constituyó en una de las clases que conforman la sociedad capitalista. Sus integrantes carecen de propiedad sobre los medios de producción y se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para obtener los me dios de subsistencia.

 

El proletariado fue constituyéndose cuando las fábricas manufactureras sustituyeron a la producción artesanal. A causa de la competencia, los artesanos se vieron obligados a separarse de sus medios de trabajo y a ofrecerse como obreros. Asimismo, los propietarios de pequeños terrenos debieron dejarlos y vender su fuerza de trabajo a los propietarios de las manufacturas. La situación empeoró con la transformación de la manufactura en gran industria, mediante la mecanización o introducción de maquinaria. Esto se tradujo en un aumento del desempleo y el descenso de los salarios.

Con la industrialización surge la sociedad de clases, encabezada por los poseedores de la riqueza (banqueros, comerciantes e industriales) y los propietarios de la tierra.

 

Paralelamente, surgió el mundo obrero industrial. A lo largo del siglo XVIII se produjo una enorme migración campo-ciudad, en busca de mejo res oportunidades en las fábricas e industrias. El exceso de obreros en las ciudades dio origen a una nueva clase social, conocida como proletariado. Este grupo debía soportar duras condiciones de trabajo, horarios interminables e incluso el trabajo infantil, a cambio de escasos salarios que apenas les permitían sobrevivir. Entre los dos grupos mencionados se encontraba la clase media, que fue creciendo lentamente, dedicada al comercio y a actividades profesionales (médicos, maestros, abogados, ingenieros, técnicos…).

 

C) Las máquinas de vapor.

 

Es evidente que esos buques de vapor debían ser movidos por una máquina y que esa máquina debía ser movida a su vez por vapor.

Hubo muchas dificultades al inicio de la fabricación de las máquinas de vapor y todas relacionadas con el mecanizado de la máquina y el rectifica do de los cilindros pero fueron solventadas progresivamente, los trabajos de fundición y forja eran esenciales por entonces y el trabajo de los mecáni cos era más de artesanía que otra cosa. Las soldaduras se hacían calentan do las partes a unir y añadiendo metal fundido en las uniones, a veces basta ba con llevar hasta el punto de fusión los extremos y dar unos golpes con un martillo para que se unieran de un modo aceptable aunque menos sólido dos piezas.

 

Thomas Newcomen idea en 1705 una máquina de tipo atmosférico de funcionamiento muy sencillo se trata de meter en la parte baja de un cilindro vertical vapor a una presión algo más alta que la atmosférica el émbolo o pistón sube por el efecto de un contrapeso cuando el émbolo alcanza el punto muerto superior se cierra el vapor mientras un chorro de agua fría condensa el contenido en el cilindro creando una especie de vacío o depresión que unida a la presión atmosférica hace descender al émbolo movimientos que realizaban un trabajo útil y al termino de los cuales se reiniciaba de nuevo el proceso anterior.

 

James Watt establece en 1760 los principios fundamentales para el desarrollo de las futuras máquinas de vapor, entre los cuales dice que el trabajo debe realizarse con ayuda del vapor prescindiendo de la presión atmosférica y de acuerdo con éste principio Richard Thevitick construye la primera locomotora de vapor en 1804.

 

James Watt se asoció con Matthew Boulton y crearon la primera fábrica de máquinas de vapor en Birmingham la Boulton & Watt a la que Fulton encargó (como ya dijimos) la máquina para su Clermont. El paso sigui ente en la construcción de máquinas de vapor fue la aparición de la máquina “compoud” o compuesta, ideada por Johnathan Hornblower en 1871 y llamada así porque estaba formada por una máquina de Thevitick de alta presión y descarga de vapor a la atmósfera con otra de Watt de baja presión y condensador. La modificación estaba relacionada con la descarga de vapor pues la descarga de la máquina de Thevitick se llevaba al cilindro de baja presión de la máquina de Watt haciendo a continuación que el vapor pasara al condensador.

 

Las máquinas evolucionaron más deprisa que las calderas hasta el punto de que en que en 1874 Kirk inventa la máquina de triple expansión que no puede entrar en servicio por las bajas presiones que entregaban las calderas de entonces y no es hasta 7 años después en 1881 cuando al aparecer calderas que proporcionaban una mayor presión, por fin puede ser utilizada.

 

La máquina de triple expansión aprovecha mejor el vapor, consta de tres cilindros (uno más que la compound) en los que el vapor de alta presión empuja a un cilindro de poco diámetro y sale expandido y a menor presión hacia un segundo cilindro llamado de media presión para a continuación y tras una nueva expansión sale hacia un tercero de baja pre sión para por fin ir al condensador y cerrar el ciclo hacia la caldera.

 

Un peligro apareció contra la máquina: el obrero, que temió verse supe rado y eliminado. Se acusó a la máquina de la disminución de salarios, de la falta de trabajo y de provocar que muchos obreros tuvieran que adaptarse a un oficio que les parecía nuevo. En Francia, en 1816, sólo existían unas 200 máquinas de vapor, pero en 1848 tenía ya 5.300. Lógicamente el precio de las cosas pudo descender un 50%, e incluso un 70% por lo que los objetos para entonces reservados para personas con suficiente capacidad económica, pasaron a ser de uso normal: camisas, sábanas, zapatos... otros pequeños descubrimientos hici eron el trabajo más fácil y la vida más agradable: la plumilla de acero sus tituyó ventajosamente a la pluma de ave, y apareció la máquina de coser, las bujías y cerillas.

 

D) La propulsión a Vapor.

 

Transcurría 1543 (siglo XVI) cuando, al parecer, un español que era capitán y de nombre Blasco Garay realizó, el 17 de junio, los primeros ensa yos sobre un buque de paletas en el que había una máquina con una caldera hirviendo. El nombre del buque era Trinidad de 200 tns. de desplazamiento y al parecer consiguió navegar 2 leguas. La comisión nombrada por el emperador Carlos I encargada de evaluar aquel por entonces extraño buque dentro del cual se encontraba el tesorero Rávago (personaje que más se opuso a la financiación del proyecto) se opuso comentando al respecto que el buque solo desarrollaba media legua por hora que la máquina era excesivamente costosa y que había un riesgo serio de que la caldera explotase. Blasco de Garay fue indemnizado por los gastos que hizo y lo que podía haber sido el inicio de la navegación a vapor se pospuso y ningún país se planteó en serio la navegación a vapor hasta más de dos siglos después.

 

A comienzos del siglo XVIII hay varios científicos y técnicos que ven en la propulsión a vapor el medio de mover los buques en el futuro y varios de ellos trabajan sobre el tema, Papin en 1707Hull 1737, Henry 1763, Jouffroy en 1783 Fich 1790 y Samuel Morey, entre otros muchos ,ponen en práctica sus inventos pero la falta de apoyos económicos para tan costosos experimentos hace que muchos de ellos desistan. En realidad, y salvo esos defensores del nuevo medio de propulsión, nadie confía en que el vapor sea capaz de mover un gran buque a través de un océano. Por si fuera poco el uso del fuego y del vapor crea grandes recelos sobre la seguridad del buque porque se teme que pueda haber incendios o explosiones. Los aseguradores tampoco parecen tener claro que el buque de vapor sea lo suficientemente seguro. Con todo algunos de esos pioneros siguen adelante en su empeño y consiguen hacer realidad el sueño de una navegación a vapor. Será, por fin, es el marqués de Jouffroy quien en 1783 hace que el primer buque de vapor sea una realidad. Tras Jouffroy es John Fich quien hace navegar su barco, un tanto extra ño, pues el medio de propulsión son una docena de remos por banda que son propulsados por un complejo sistema de ruedas empujadas por una máquina de vapor.

 

Es sin embargo Robert Fulton quien construye un verdadero barco de vapor capaz de realizar un servicio regular entre Nueva York y Albano el Clermont que así se llamaba fue construido en 1807 en Corlear´s Hook (Nueva York), la máquina fue construida en Boulton & Watt, Birmingham (Inglaterra) y además de la máquina de vapor disponía de dos palos con una vela cuadra en el mayor y una cangreja en el mesana, el Clermonto podía transportar a 140 pasajeros.

 

La banca, madre de la industria.

 

La revolución industrial no solo fue asunto de tecnología sino también de economía: consistió en cambios en el volumen y en la distribución de la riqueza a la vez en que los métodos por los cuales dicha riqueza se dirigió hacia fines especificados. Hubo una estrecha conexión entre los dos movimientos. Sin las inversiones, la industria hubiese continuado tal vez en su lento progreso -- aumentando las compañías, extendiéndose el comercio, mejorándose la división del trabajo y haciendo de los transportes y finanzas más especializados y eficaces, pero no habría habido revolución industrial. Por otra parte sin los recursos recién descubiertos, las inversiones difícil mente se hubieran realizado, y su aplicación hubiese sido muy limitada. Fue pues el crecimiento de los ahorros y la facilidad con la cual se pusieron a disposición de la industria, lo que hizo posible la revolución industrial.

 

Hubo que organizar el crédito, lo que desarrollo considerablemente la banca, las bolsas y las sociedades anónimas, aunque algunos gobiernos se mostraran preocupados por este hecho. Las acciones se convirtieron pronto en una mercancía que las bolsas hacían de precio muy variable, con la que aumentó la rapidez con que se conseguían fortunas y se perdían. El "Dios - oro" empezó a jugar un papel extraordinario y con él la alta banca.

 

La nueva estructura económica.

 

Los fisiócratas como Turgot, y los liberales como Adam Smith habían desencadenado una lucha contra las teorías mercantilistas del siglo XVII que hacían intervenir al Estado para proteger, con fuertes aduanas, la economía de cada nación.

 

La aparición de la doctrina del "Laissez Faire" acompañó a los cambios de la estructura económica que aportaba la revolución industrial, y la obra de Adam Smith (investigación sobre la naturaleza y las causas de las riquezas de las naciones) aparecida en 1776, se convirtió en la Biblia de los nuevos industriales ingleses, que argumentaban que se debía dejar el mundo económico en manos de sus propias leyes naturales. Solo la libre concurrencia permitiría aumentar la producción y mejorar la maquinaria; la ley de la oferta y la demanda debía de ser la única en regular los precios de los productos, en que el Estado no tenía por qué intervenir. Fisiócratas y liberales estaban plenamente convencidos de que el mundo de los negocios tenía sus propias leyes y que se regían con la misma exactitud de las leyes de la física.

 

Pero se adivinaba que por debajo de los abusos del sistema fabril, podía encontrarse una revolución potencial debido al miserable nivel de vida de las masas proletarias. Lo que saltaba a la vista era la injusticia evidente del sistema capitalista, que condenaba a una mayoría a la miseria en beneficio de la riqueza creciente de una minoría.

 

Aparece el capitalismo y el socialismo.

 

Era evidente que para entonces los artesanos vivían la mejor situación entre los obreros, tampoco podían quejarse los campesinos, y los realmente desgraciados fueron los trabajadores de las fábricas, que se habían nutrido de campesinos que huían a la ciudad, o de artesanos arruinados. La situación provocó la preocupación de quienes consideraban que la libertad económica y el libre cambio solo servían para enriquecer desorbitadamente a unos pocos, manteniendo en la miseria a los demás, provocando la anarquía y la desigualdad social, era necesario renunciar al liberalismo eco nómico y levantar a la sociedad sobre otras bases nuevas. A esos filántropos se les denominó desde 1840 socialistas, y se les clasificaron en “utópicos”, destacan: Claude Henri Saint – Simon, Robert Owen, Charles Fou rier, Louis Blanc y Pedro José Proudhon. Los socialistas científicos más reconocidos son Carlos Marx y Federico Engels.

 

Marx partió de la crítica a los socialistas anteriores, a los que calificó de «utópicos», si bien tomó de ellos muchos elementos de su pensamiento (de autores como Saint-Simon, Owen o Fourier); tales pensadores se habían limitado a imaginar cómo podría ser la sociedad perfecta del futuro y a esperar que su implantación resultara del convencimiento general y del ejemplo de unas pocas comunidades modélicas. Por el contrario, Marx y Engels pretendían hacer un «socialismo científico», basado en la crítica sistemática del orden establecido y el descubrimiento de las leyes objetivas que conducirían a su superación; la fuerza de la Revolución (y no el convencimiento pacífico ni las reformas graduales) serían la forma de acabar con la civilización burguesa. Carlos Marx fue uno de los pensadores más influyentes de la historia. Los efectos producidos por sus ideas se extienden hasta décadas más tarde de su muerte, siendo clave para entender los procesos políticos del siglo XX.

 

La situación de los trabajadores ingleses, a principios del S. XIX, eran muy duras, ni siquiera se respetaba a los niños ni a las mujeres, con horarios laborales superiores a las 14 horas diarias, como lo atestiguan estos dos documentos:

 

“Tenía yo 7 años cuando empecé a hilar lana en una fábrica. La jornada de trabajo duraba desde las cinco de la mañana hasta las 8 de la noche, con un único descanso de treinta minutos a medio día para comer.

Teníamos que tomar la comida como pudiéramos, de pie o apoyados de cualquier manera. Así pues, a los siete años yo realizaba catorce horas y media de trabajo efectivo.

En aquella fábrica había alrededor de cincuenta niños, más o menos de mi edad, que con mucha frecuencia caían enfermos. Cada día había al menos media docena de ellos que estaban indispuestos por culpa del excesivo trabajo”.

Fragmento del relato de un obrero hecho ante una comisión de trabajo en las industrias (1832).

“Me situé en la calle Oxford de Manchester y observé a los obreros en el momento en que abandonaban las fábricas, a las 12 en punto. Los niños tenían casi todos mal aspectos, eran pequeños, enfermizos; iban descalzos y mal vestidos. Muchos no aparentaban tener más de 7 años. Los hombres de 16 a 24 en general, ninguno de ellos de edad avanzada, estaban casi tan pálidos y delgados como los niños. Las mujeres eran las que tenían apariencia más respetable, pero entre ellas no vi ninguna que tuviera un aspecto lozano o bello. Vi, o creí ver una estirpe degenerada, seres huma nos mal desarrollados y debilitados, hombres y mujeres que no llegarían a viejos, niños que jamás serían adultos saludables. Era un triste espectáculo el contemplar a esta gente”.

 

Turner Thakrah: Informe del médico, 1831.

 

Ante estas condiciones de trabajo tan duras e injustas empiezan a surgir las primeras asociaciones de trabajadores primeramente en Inglaterra. Son las Trade Unions que encontraron en la huelga su mejor arma para luchar por una mejora de las condiciones laborales de las clases trabajadoras, pero tuvieron que organizarse de forma clandestina, ya que de inicio el gobierno británico las consideró ilegales y persiguió a sus miembros. Desde la clandestinidad, las Trade Unions inglesas organizaron una ola de huelgas que alarmó al gobierno y le obligó a reconocer al menos el derecho de los trabajadores a asociarse. A partir de 1825, los sindicatos ingleses serán legalmente reconocidos y se inicia el sindicalismo moderno, cuyo objetivo es luchar por la mejora de las condiciones laborales de las clases trabaja doras.

 

En definitiva, gracias a la revolución industrial, se produjeron cambios que actualmente siguen vigentes, como puede ser la mecanización del trabajo, el desarrollo del capitalismo y los sindicatos de obreros y campe sinos o la concentración en las ciudades de la mayor parte de la población.

 

4º. CONSOLIDACIÓN DE DOCTRINAS POLÍTICO-ECO NÓMICAS.

 

La independencia de los Estados Unidos.

 

El 4 de julio de 1776, los miembros del Congreso Continental votaron por unanimidad la Declaración de Independencia que daba libertad e independencia a los estados del norte de América. Ya desde un año antes, los colonos de algunas regiones habían manifestado su deseo de contar con un gobierno propio, al margen de la corona británica. Como resultado, el monarca del Imperio Británico había califica do de "rebeldes" a quienes promovían estas intenciones y para diciembre de 1775 ordenó retirar la protección a las colonias y bloquear sus puertos.

 

La transformación económica, social y política que se produjeron en Inglaterra durante el siglo XVI, favorecieron su expansión colonial en el siglo XVII. Además había grupo de hombres dispuestos a migrar para colonizar nuevos territorios y comenzar una nueva vida.  La reforma religiosa realizada por Enrique VIII había producido fuertes encuentros entre la corona y algunos sectores de la sociedad que se oponía a la religión anglicana y que preferían abandonar Inglaterra para practicar libremente su fe. Fue una solución para muchos perseguidos por cuestiones religiosas en los primeros años del siglo XVII. Por otro lado hombres de negocio organizaron compañías colonizadoras para la explotación de diversos minerales y metales preciosos que creían que había. Por ejemplo las compañías de Lon dres y la de Plymounth con objeto de extraer oro en estas tierras.

 

Inglaterra instaló 13 colonias, siendo la primera la de Virginia, en honor a Isabel I, la "Reina virgen". Estas colonias eran pobres, no contaban con yacimientos de metales preciosos, ni con una población indígena densa y estable para utilizarla como mano de obra. Su población crecía lentamente y faltaban capitales para fomentar el crecimiento.

 

Después de la guerra de Inglaterra contra Francia, la corona quiso que las colonias le ayudasen a pagar la enorme deuda militar de alrededor de 150 millones de libras esterlinas. Con este objetivo el parlamento inglés estableció una serie de impuestos sobre el cuero, el azúcar, el papel y el té, que se importaba desde América. Con estas medidas los colonos temieron que todas las libertades que habían disfrutado hasta ese momento empezaran a venirse abajo de repente. También podía significar un revés importante para el comercio que los colonos desarrollaban. Viendo el cariz que estaban tomando los acontecimientos el parlamento británico decidió derogar la primera de las leyes, la de las Estampillas, pero al mismo tiempo intensificó la segunda, la de Aloja miento, enviando oficiales de aduanas a la ciudad de Boston para que recolectaran las cuotas. Los colonos no lo aceptaron y se negaron a obedecer a los ocupantes, por lo que éstos reaccionaron mandando soldados a Boston. Los habitantes de 96 ciudades protestaron, ya que el Parlamento no los representaba frente a la corona, y por lo tanto no podía decidir por ellos y formaron la liga de no importación, ideada por Franklin.

 

Cuando en 1773 se aprobó la "Ley del Té", que beneficiaba a la Compa ñía Británica de las Indias Orientales, los americanos arrojaron al mar todas las cajas de té que llevaban tres barcos anclados en Boston. Éste fue el llamado "Motín del té en Boston", y señala el primer acto de abierta rebeldía contra el Gobierno inglés. Los colonos no cejaron en su empeño y en 1774 en Filadelfia organizaron un Congreso para evaluar el estado de la situación. Decidieron desobedecer las nuevas leyes británicas e intentar boicotear, en lo posible, el comercio, por lo que empezaron a buscar armas para defenderse de las posibles represalias. La respuesta, por supuesto, no se hizo esperar y el comienzo del conflicto se dio cuando en la localidad de Lexington fuerzas británicas se enfrentaron a unos setenta colonos. Alguno de los dos bandos hizo fuego por lo que la guerra ya estaba servida.

 

Inglaterra se obstinó que los colonos debían obedecer y estalló la guerra. Los colonos confiaron el mando a George Washington, y para pedir a Francia que interviniera mandaron a Franklin como embajador. Unos años después de este hecho se organizó el segundo Congreso Continental, también en Filadelfia, con la intención de que hubiese un ejército y una marina controlados por una persona representativa de los colonos, nada más y nada menos que George Washington. Los siguientes pasos fueron el papel moneda y un principio de relaciones con otras potencias extranjeras, hasta que Thomas Jefferson redactó la llamada Declaración de independencia, en Virginia, que se aprobó en la fecha más importante hoy para los estadounidenses, el 4 de julio del año 1776.

 

El ejército de Washington carecía de todo, estaba desorganizado, sin armas, sin pólvora, sin ropas y sin provisiones. Solamente pudo adquirir una cosa con rapidez y voluntad: la disciplina. Pero carecía de los conocimientos tácticos de los bien organizados regimientos ingleses. Éstos, en cambio, no luchaban por su tierra y su moral era bastante baja. En 1777 los americanos vencieron a los ingleses en la batalla de Saratoga. Entretanto había llegado un ejército francés, y España había mandado provisiones y armas procedentes de México y las Antillas. En el año 1781 unos 8.000 soldados británicos fueron rodeados en York town (Virginia) por la alianza franco-norteamericana bajo las órdenes de Washington. Los británicos pidieron la paz y en el Tratado de París, de 1783, se reconoció, por fin, la independencia de los Estados Unidos. Estaban cansados de luchar y de una guerra que no era popular, pues ambos pueblos eran demasiado afines y no existía odio real que justificara la matanza.

 

Líderes tan importantes como George Washington, Benjamin Franklin y James Madison pretendieron modificar algunos de los artículos de la Confederación, sin embargo fueron unos delegados los que tuvieron la idea de redactar una nueva legislación que dio como resultado la gran Constitución de los Estados Unidos de América que finalmente fue aceptada en 1788 tras muchas reuniones. Con esta declaración se separaron los tres poderes, el ejecutivo, legislativo y judicial, totalmente independientes entre sí, los estados podían tomar decisiones propias, además se añadieron posteriormente un total de diez enmiendas con la intención de no fortalecer en demasía el poder central.

 

Se quería sobre todo dejar clara la libertad individual del hombre en cualquiera de los casos, y también otras como la libertad de prensa, de religión, de expresión, etc. Otras de las enmiendas ya desarrollaban temas que en otros países europeos tardarían en llegar como el derecho de la mujer a votar, así como abolir completamente la esclavitud. Este texto constitucional ha quedado inamovible para la historia y se ha situado como el gran símbolo norteamericano, envidia del resto de las naciones. Para resistir las presiones de Inglaterra, los colonos hicieron alianzas con Francia y España, y en 1783 Inglaterra tuvo que desistir y reconocer la Independencia de Estados Unidos de América.

 

Terminada la guerra Washington fue elegido por dos veces presidente de la república federal. Los Estados Unidos fueron el primer país independiente de América. Su ejemplo repercutió en el resto de las colonias española y portuguesa, pero también en Europa, ya que estimuló los sucesos que debían desembocar en la Revolución Francesa que estalló a fines del siglo XVIII. En la primavera de 1776, el Congreso de Carolina del Norte fue el primero de varios estados que declararon su independencia. Virginia siguió sus pasos y consiguió que sus delegados hicieran lo mismo. No tardaron en salir a la luz pública reacciones de apoyo. En junio de 1776 Richard Henry Lee declaró que las colonias del norte de América eran y tenían el derecho a ser estados libres e independientes, que no esta ban obligados a guardar lealtad alguna a la corona británica, y que todo nexo político entre ellas y Gran Bretaña debía darse por terminado.

 

Sin embargo, debido a que no todos los estados, a través de sus delegados, se mostraban en favor de la independencia, la resolución de Richard Henry Lee no fue adoptada de inmediato. Lo anterior, obligó a elegir un comité que redactaría la declaración de la situación de Norteamérica. John Adams, Benjamin Franklyn, Roger Sherman, Robert Livingstone y Thomas Jefferson fueron los integrantes del mencionado comité. Thomas Jefferson fue el responsable de redactar el documento, donde atacó duramente la esclavitud y el comercio de esclavos que avalaba el rey Jorge III.

La Declaración de Independencia fue adoptada el 4 de julio de 1776. El documento fue firmado el 2 de agosto por los miembros del congreso que asistieron ese día, y los ausentes firmaron después. La Declaración no establecía la independencia de las colonias norteamericanas, sino que asen taba la intención de obtenerla y las causas que se daban para pretenderla.

 

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos, leída solemne mente en Filadelfia, constituye todavía hoy uno de los textos más innova dores y trascendentes de la historia contemporánea. En él quedaron proclamados dos principios básicos que recogieron posteriormente los grandes textos sobre derechos fundamentales: «libertad e igualdad». De acuerdo con ello, los nuevos estados formaron una república, regida por un presidente y una asamblea o congreso, elegido ambos por todos los habitantes mayores de edad. Se había instituido, pues, un régimen democrático, fijándose los derechos y deberes de gobernantes y gobernados en una ley fundamental o Constitución.

 

El destino de la nueva nación se libró en una guerra con Gran Bretaña que fue difícil para los estadounidenses durante los tres primeros años. Después, con la ayuda de franceses y españoles y conducidos por George Washington, lograron derrotar a su antigua metrópoli en Saratoga (1777) y Yorktown (1781). Dos años después se firmaba la Paz de Versalles por la que Gran Bretaña reconocía la independencia de los Estados Unidos.

 

A continuación reproduzco parte de este documento:

“ Nosotros los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso general, acudimos al juez supremo del mundo para hacerle testigo de la rectitud de nuestras intenciones. En el nombre y con el poder pleno del buen pueblo de estas colonias damos a conocer solemne mente y declaramos que estas colonias unidas son y por derecho han de ser Estados libres e independientes; que están exentas de todo deber de súbditos para con la Corona británica y que queda completamente rota toda conexión política entre ellas y el Estado de la Gran Bretaña, y que, como Estados libres e independientes, poseen pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, anudar relaciones comerciales y todos los demás actos y cosas que los Estados independientes pueden hacer por derecho. Y para robustecimiento de esta declaración, confiados a la protección de la Providencia divina, empeñamos unos a otros nuestra vida, nuestra fortuna y nuestro sagrado honor”. Tomás Jefferson, Benjamín Franklin, John Adams

 

La Europa de la Ilustración.

 

Seis estados dominaban por entonces, mediados del S. XVIII, el sistema europeo: el Reino Unido, Francia, y España en el oeste y Austria, Prusia y Rusia en este. España perdió en 1713 sus posesiones en los Países Bajos e Italia, aunque algunas pasaron a ramas secundarias de los Borbones españoles. Los Habsburgo de Austria, habían extendido sus dominios en el área danubiana y tenían por gran rival a Prusia. Rusia, tras su victoria sobre Suecia en la gran guerra del norte, surgió como gran potencia Europea.

 

La Ilustración fue un movimiento cosmopolita y antinacionalista con numerosos representantes en otros países. Desde Francia, la Ilustración se extendió por gran parte de Europa. En Gran Bretaña apareció una doble corriente, idealista y empirista, reflejadas en obras como Robinson Crusoe, de Daniel Defoe(1719) David Hume en Escocia, Kant en Alemania y Cristian Wolff que hizo un gran proyecto de difusión de los principios de la filosofía y la ciencia, con una concepción naturalista y racionalista de la cultura, Cesare Beccaria en Italia y Benjamín Franklin y Thomas Jefferson en las colonias británicas mantuvieron un estrecho contacto con los ilustrados franceses, pero fueron importantes exponentes del movimiento. 

 

En España, “las luces” penetraron a comienzos del siglo XVIII gracias a la obra, prácticamente aislada y solitaria, pero de gran enjundia del fraile benedictino Benito Jerónimo Feijoo, el pensador crítico y divulgador más conocido durante los reinados de los primeros reyes Borbones. Escribió la obra titulada: “Teatro crítico universal” (1739), en nueve tomos y “Cartas eruditas” (1750), en cinco volúmenes más, en los que trató de recoger todo el conocimiento teórico y práctico de la época. Durante el reinado de Carlos III, el “rey ilustrado” por excelencia, las obras de los escritores franceses se leían en español, generalmente en traducciones más o menos retocadas, pero también directamente en francés.Fueron muchos los españoles e hispanoamericanos que viajaban a Francia por motivos de estudio e instrucción, en las artes y las ciencias y los dirigentes políticos de la época, conde de Aranda, conde de Campomanes, conde de Floridablanca, duque de Almodóvar, promovieron y frecuentaron el trato con los pensadores y filósofos de las nuevas ideas. Las vías de expresión fueron los periódicos, las universidades y las florecientes Socie dades de Amigos del País. Entre los españoles “ilustrados”, se puede citar a Isidoro de Antillón, geógrafo e historiador; Francisco Cabarrús, crítico y cronista de su tiempo; Juan Meléndez Valdés, que hizo de la Universidad de Salamanca un polo de atracción “ilustrada”; Gaspar Melchor de Jovellanos, político y reforma dor; Valentín de Foronda, embajador y economista, entre otros.

 

Durante la primera mitad del siglo XVIII, los líderes de la Ilustración libraron una ardua lucha contra fuerzas considerables. Muchos fueron encarcelados por sus escritos, y la mayoría sufrió persecución y penas por parte de la censura gubernamental, así como descalificaciones y condenas de la Iglesia. En muchos aspectos, sin embargo, las últimas décadas del siglo marcaron un triunfo del movimiento en Europa y en toda América. Hacia 1770, la segunda generación de ilustrados recibió pensiones del gobierno y asumió la dirección de academias intelectuales establecidas. El enorme incremento en la publicación de periódicos y libros aseguró una amplia difusión de sus ideas. Los experimentos científicos y los escritos filosóficos llegaron a estar de moda en amplios círculos de la sociedad, incluidos los miembros de la nobleza y del clero.

 

Algunos monarcas europeos adoptaron también ideas o al menos el vocabulario de la Ilustración. Voltaire y otros ilustrados quienes gustaban del concepto del rey-filósofo, difundiendo sus creencias gracias a sus relaciones con la aristocracia, acogieron complacientes la aparición del llamado Despotismo ilustrado, del que Federico II de Prusia, Catalina la Grande de Rusia, José II de Austria y Carlos III de España fueron los ejemplos más célebres.

 

Desde una visión retrospectiva, sin embargo, la mayoría de estos monarcas aparecen manipulando el movimiento, en gran parte con propósitos propagandísticos y fueron, con mucho, más despóticos que ilustrados.

A finales del siglo XVIII surgieron algunos cambios en el pensamiento de la Ilustración. Bajo la influencia de Rousseau, el sentimiento y la emoción llegaron a ser tan respetables como la razón. En la década de 1770 los escritores ensancharon su campo de crítica para englobar materias políticas y económicas.

 

De mayor importancia en este aspecto fue la experiencia de la guerra de la Independencia estadounidense (en las colonias británicas). A los ojos de los europeos, la Declaración de Independencia y la guerra revolucionaria anunciaron que, por primera vez, algunas personas iban más allá de la mera discusión de ideas ilustradas y las estaban aplicando. Es probable que la guerra alentara los ataques y críticas contra los regímenes europeos existentes.

 

Suele decirse que el Siglo de las Luces concluyó con la Revolución Francesa de 1789, pero no son pocos los que contemplan e interpretan la inquietud política y social de este periodo como causa desencadenante de la Revolución. Al incorporar muchas de las ideas de los ilustrados, la Revolución, en sus etapas más difíciles, entre 1792 y 1794, sirvió para desacreditar estas ideas a los ojos de muchos europeos contemporáneos. El enorme impacto que la Revolución Francesa causó en España, tras la muerte de Luis XVI, así como en los dominios españoles de América, pro vocó una violenta persecución de las personas más representativas de las nuevas ideas. Se estableció una censura total y se cerraron las fronteras, prohibiéndose el paso de todo tipo de libros y folletos, o su embarque hacia América.

 

Aunque se produjo un repunte de interés modernizado y progresista bajo el gobierno de Manuel Godoy con la ayuda de Jovellanos, el miedo a la contaminación revolucionaria favoreció la represión más absoluta, tanto en la metrópoli como en los dominios de la América española. La existencia de numerosas Sociedades de Amigos del País en los virreinatos favoreció la implantación y extensión de la “Ilustración” en América Latina.

 

La Ilustración fue la corriente dominante del pensamiento europeo del siglo XVIII y dio nombre a toda una época. Representó un intento de revisar, a la luz de la razón, todas las ideas y costumbres tradicionales. Con ello se disiparon las tinieblas del fanatismo y la ignorancia, y la humanidad entraría en una era de felicidad. Se trataba de un ideal individualista y laico en el que algunos gobernantes se inspiraron para llevar a cabo una política de reformas que hiciera más poderosos sus estados. En esto consistió el despotismo ilustrado, al que se asocian los nombres de: Federico II de Prusia, María Teresa y José de Austria, Carlos III de España y Catalina II de Rusia.

 

Situación interna de Francia.

 

Durante el siglo XVIII, Francia se dividía socialmente en tres estados. Al Primer estado pertenecía el clero, cuyas atribuciones eran la enseñanza, el registro de bautizos, los casamientos, las defunciones, el cuidado de las almas entre otras; este Primer estado no pagaba impuestos y contaba con tribunales propios para juzgar a sus miembros, los altos puestos eran reser vados para los clérigos de alcurnia y solo ellos recibían "diezmo" además, vivían rodeados de comodidades. Por su parte los clérigos pobres simpa tizaban más con la gente del pueblo debido al fuerte lazo de identificación entre ambos.

 

El Segundo estado estaba formado por la nobleza, es decir, el rey y toda la corte, los duques, barones, marqueses, condes, etc., y toda la clase económicamente poderosa. Este Segundo estado también tenía el privilegio de no pagar impuestos y de exigir a los campesinos que vivían en sus propiedades una elevada cantidad por concepto de contribuciones; entre las ocupaciones de la nobleza encontramos la burocracia, la política y el feudalismo.

 

El Tercer estado o Estado llano, estaba integrado por el pueblo, burgueses, obreros y campesinos eran la gran masa que integraban este estamento social. Todos pagaban impuestos y naturalmente sobre ellos descansaba la economía nacional, este Tercer estado carecía de poder político.

 

En realidad la burguesía, era el estamento social más importante dentro del Tercer estado. Ya en el siglo XVIII estaba conformada por una inmensa masa humana que desempeñaba las más diversas actividades, pero a pesar de eso la podemos dividir en dos grandes grupos: Burguesía económicamente abonanzada: Integrada fundamentalmente por banqueros, comerciantes, intelectuales y todos aquellos que de alguna forma vivían llenos de lujo y se encontraban disgustados por las diferencias sociales. Poco tiempo después este grupo social será considerado como el mecenas de la revolución. Burguesía económicamente deprimida: integrada básicamente por todos los pobres de la época, los profesiones, los pequeños comerciantes, aboga dos, escritores, periodistas, etc. Años más tarde este grupo será el motor de la revolución.

 

La Revolución Francesa.

 

La revolución que se inició en Francia en 1789 fue un episodio decisivo en la historia de la democracia liberal. Esta vez los nuevos principios democráticos -- Libertad, Igualdad y Fraternidad -- no fueron proclamados en unas lejanas colonias americanas, como había ocurrido en 1776, sino en la poderosa e influyente Francia. Inicialmente pacífica, la revolución adquirió un sesgo sangriento a partir del comienzo de las guerras con otras potencias europeas en 1792. Y en medio de los conflictos internos y externos, la libertad y la democracia, quedaron arrinconados. La dictadura revolucionaria y terrorista de Robespierre fue de corta duración, pero no así el régimen autoritario de Napoleón Bonaparte, que pretendió someter a toda Europa con sus ejércitos. Sus principales consecuencias fueron:

— El derrocamiento de Luis XVI, perteneciente a la Casa real de los Borbones.

 

— La abolición de la monarquía en Francia.

 

— La proclamación de la Iª República.

 

El mismo año de 1789, cuando los colonos norteamericanos publicaban su Constitución, estallaba la Revolución en Francia. Esta tuvo una repercu sión tal, que se la considera como el inicio de la época Contemporánea.

 

Causas de la Revolución Francesa.

 

Sin duda alguna, las causas más destacadas de la Revolución francesa tienen su origen en la más aguda crisis que azotaba a ese país en el último tercio del siglo XVIII. En principio, el descontento manifestado por las masas populares a la política aplicada por el Rey Luis XVI (1774 – 1792), que había heredado una Francia en condiciones poco favorables para afron tar los gravísimos problemas económicos y sociales de su reino. El pueblo estaba cansado de arbitrariedades cometidas por los gobernantes, y la revolución se había iniciado en las conciencias.

 

El antecedente ideológico de la revolución lo podemos encontrar en los escritos de los filósofos y economistas del siglo XVIII y en la difusión de las ideas de los Enciclopedistas como Voltaire Montesquieu, Rosseau, etc. Otro acontecimiento que también influyo para el estallido de la revolución fue la independencia de las colonias inglesas en América del Norte: Benjamín Franklin y George Washington, se convirtieron en los personajes de moda de la sociedad francesa. Varios jóvenes franceses combatieron al lado de los colonos ingleses, y a su retorno conformaron varios grupos revolucionarios.

 

Las ácidas críticas de los escritores de la Ilustración al sistema político imperante; el descontento general ante el fracaso de la política exterior que obligó a entregar el Canadá a Inglaterra, y las aspiraciones de la alta burguesía a intervenir en el gobierno de la nación, prepararon un clima propi cio a la revolución. Ella estalló al agudizarse la crisis económica que venía sufriendo el país desde el final de 1763. Otros hechos a tener en cuenta para explicar el inicio de la Revolución francesa fueron:

— La incapacidad de las clases gobernantes (nobleza, clero y burguesía) para hacer frente a los problemas de Estado.

 

— La indecisión de la monarquía.

 

— Los excesivos impuestos que recaían sobre el campesinado

 

— El empobrecimiento de los trabajadores.

 

— La agitación intelectual alentada por el Siglo de las Luces.

 

— El ejemplo de la guerra de la Independencia estadounidense.

 

Más de un siglo antes de que Luis XVI ascendiera al trono (1774), el Estado francés había sufrido periódicas crisis económicas motivadas por:

— Largas guerras emprendidas durante el reinado de Luis XIV.

 

— Mala administración de los asuntos nacionales en el reinado de Luis XV.

 

— Las cuantiosas pérdidas que acarreó la Guerra Francesa e India (1754-1763).

 

— El aumento de la deuda generado por los préstamos a las colonias británicas de Norteamérica durante la guerra de la Independencia estadounidense (1775-1783).

 

En resumen los factores que agobiaban, de forma importante a Francia, eran, en primer lugar, la gran explosión demográfica que se vivía ya que a mediados del siglo XVIII el país tenía más de 26,5 millones de habitantes, los cuales aproximadamente estaban distribuidos de la siguiente forma: el Primer estado contaba con 10.000 habitantes, el Segundo estado o Nobleza tenía 300.000 habitantes y el Tercer estado integrado por todo el pueblo y el bajo clero sumaba más de 26.000.000 de habitantes.

 

En realidad el último tercio del siglo XVIII, Francia padecía una fuerte crisis económica; una intensa ola de sequías asolaba al país, los inviernos se caracterizaron por su crudeza y otras calamidades naturales se hicieron presentes, la vida en las ciudades francesas era cada vez más difícil, en lar gos periodos escaseaban los productos básicos de alimentos y el abasto de agua era insuficiente, grandes epidemias recorrían el país y la migración se había convertido en un verdadero problema. A lo anterior se añadían las disposiciones gubernamentales que cada vez ponían más trabas al libre comercio, no se regulaba aún el sistema de pesos y medidas y la situación eco nómica llegó a tal extremo crítico que obligó a una reunión de los Estados generales en 1789. En contraste, la corte, el alto clero y la nobleza vivían despilfarrando las riquezas y rodeados de suntuosidades.

 

No tardaron en constituirse en toda Francia gobiernos provisionales locales y unidades de la milicia. El mando de la Guardia Nacional se le entregó al marqués de La Fayette, héroe de la guerra de la Independencia estadounidense. Luis XVI, incapaz de contener la corriente revolucionaria, ordenó a las tropas leales retirarse. Volvió a solicitar los servicios de Necker y legalizó oficialmente las medidas adoptadas por la Asamblea y los diversos gobiernos provisionales de las provincias.

 

En agosto de 1774, el rey nombró controlador general de Finanzas a Anne Robert Jacques Turgot, un hombre de ideas liberales que instituyó una política rigurosa en lo referente a los gastos del Estado. Sin embargo, la mayor parte de su política restrictiva fue abandonada al cabo de dos años y Turgot se vio obligado a dimitir por las presiones de la nobleza y el clero, apoyados por la reina, María Antonieta de Austria. Su sucesor, el financie ro y político Jacques Necker, tampoco consiguió realizar grandes cambios antes de abandonar su cargo en 1781, debido asimismo a la oposición de los mismos grupos.

La censura quedó abolida durante la campaña y multitud de escritos que recogían las ideas de la Ilustración circularon por toda Francia. Necker, a quien el monarca había vuelto a nombrar interventor general de Finanzas en 1788, estaba de acuerdo con Luis XVI en que el número de representantes del Tercer estado (el pueblo) en los Estados Generales fuera igual al del Primer estado (el clero) y el Segundo estado (la nobleza) juntos, pero ninguno de los dos llegó a establecer un método de votación.

 

A pesar de que los tres estados estaban de acuerdo en que la estabilidad de la nación requería una transformación fundamental de la situación, los antagonismos estamentales imposibilitaron la unidad de acción en los Estados Generales, que se reunieron en Versalles el 5 de mayo de 1789. Las delegaciones que representaban a los estamentos privilegiados de la sociedad francesa se enfrentaron inmediatamente a la cámara rechazando los nuevos métodos de votación presentados. Las clases sociales que carecían de propiedades deseaban acceder al voto y liberarse de la miseria económica y social, y no tardaron en adoptar posiciones radicales. Este proceso, que se extendió rápidamente por toda Francia gracias a los clubes de los jacobinos, y de los cordeliers, adquirió gran impulso cuando se supo que María Antonieta estaba en constante comunicación con su hermano Leopoldo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

 

Se precipitan los acontecimientos.

 

Para solucionar los problemas económicos, el débil monarca Luis XVI convocó a los Estados Generales del Reino (una asamblea consultiva) que no se reunían desde 1614. El Estado, es la forma de organización política que surgió en la Europa del Renacimiento, y se caracteriza por haber proclamado su soberanía por encima de la tutela moral y religiosa que predominó en la Edad Media. La reunión de los Estados generales era por lo tanto, la convocatoria de todos los estamentos de la sociedad francesa, es decir, la reunión de los tres estados que conformaban la sociedad.

 

Esta convocatoria fue exigida por los "privilegiados" (clero y nobleza) quienes se negaban a pagar los tributos indispensables para conjurar la crisis económica. Los burgueses se aprovecharon de estas circunstancias y, ante la amenaza de la nobleza armada que pretendió mantener sus privilegios, movilizaron a toda la nación.

 

El pueblo salió a las calles de París y el 14 de julio de 1789, se apoderaron de la Bastilla. Esta prisión era el símbolo del absolutismo político y del régimen que se deseaba cambiar. En esta jornada, una muchedumbre de artesanos, obreros, tenderos, estudiantes y funcionarios se impusieron a las tropas reales. Durante el transcurso de los diez años siguientes a estos acontecimientos, los ideales revolucionarios demostraron su fuerza. Se obtuvo la libertad política, la promulgación de una Constitución que dividía los poderes del Estado para garantizar la libertad individual, para asegurar la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y para permitir la expresión de la soberanía popular mediante el sufragio.

A fin de defender sus conquistas ante la reacción de la nobleza que se alió con los monarcas extranjeros, los burgueses revolucionarios exaltaron el principio de la nacionalidad identificando a la Nación con el Estado. Al comienzo, nadie pensó que la conquista de la libertad desataría la violencia y la destrucción, pero así sucedió. No solamente el rey fue guillotinado, también muchos protagonistas del proceso revolucionario se transformaron en sus víctimas.

 

Etapas de la Revolución francesa.

 

Durante la revolución francesa se pueden diferenciar claramente cuatro etapas:

1.- La Asamblea Constituyente (1789-1791): formada por decisión de los miembros de la burguesía en el seno de la Asamblea de los Estados Generales convocados por el rey; abolió los privilegios, sometió al clero al poder civil y secularizó sus bienes, ordenó la redacción de la "Declaración de los derechos del hombre", y estableció el imperio de la Constitución de 1791.

 

El rey se vio obligado acceder ante la continua oposición a los decretos reales y la predisposición al amotinamiento del propio Ejército real. El 27 de junio ordenó a la nobleza y al clero que se unieran a la autoproclamada Asamblea Nacional Constituyente. Luis XVI cedió a las presiones de la reina María Antonieta y del conde de Artois (futuro rey de Francia con el nombre de Carlos X) y dio instrucciones para que varios regimientos extranjeros leales se concentraran en París y Versalles. Al mismo tiempo, Necker fue nuevamente destituido.

 

La Asamblea Nacional Constituyente comenzó su actividad movida por los desórdenes y disturbios que estaban produciéndose en las provincias (el periodo del "Gran Miedo"). El clero y la nobleza hubieron de renunciar a sus privilegios en la sesión celebrada durante la noche del 4 de agosto de 1789; la Asamblea aprobó una legislación por la que quedaba abolido el régimen feudal y señorial y se suprimía el diezmo, aunque se otorgaban compensaciones en ciertos casos. En otras leyes se prohibía la venta de cargos públicos y la exención tributaria de los estamentos privilegiados.

 

La burguesía en París, temerosa de que la muchedumbre de la ciudad aprovechara el derrumbamiento del antiguo sistema de gobierno y recurriera a la acción directa, se apresuró a establecer un gobierno provisional local y organizó una milicia popular, denominada oficialmente Guardia Nacio nal. El estandarte de los Borbones fue sustituido por la escarapela tricolor (azul, blanca y roja), símbolo de los revolucionarios que pasó a ser la bandera nacional. Junto con la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano, los delegados formularon los ideales de la Revolución, sintetizados más tarde en tres principios, "Liberté, Égalité, Fraternité" ("Libertad, Igualdad, Fraternidad").

 

El 5 y el 6 de octubre, la población parisina, especialmente sus mujeres, marchó hacia Versalles y sitió el palacio real. Luis XVI y su familia fueron rescatados por La Fayette, quien les escoltó hasta París a petición del pueblo. Tras este suceso, algunos miembros conservadores de la Asamblea Constituyente, que acompañaron al rey a París, presentaron su dimisión.

 

2.- La Asamblea Legislativa (1791-1792): elegida por sufragio censitario y donde se impuso la tendencia republicana de los moderados girondinos y los extremistas jacobinos sobre los defensores de la monarquía; creó el ejército nacional para defender el proceso revolucionario contra los demás monarcas europeos, ya que los nobles que habían emigrado trataban de con seguir la ayuda de Prusia y Austria para restablecer el "Antiguo Régimen".

 

El 17 de julio de 1791 los sans-culottes (miembros de una tendencia revolucionaria radical que exigía la proclamación de la república) se reunieron en el Campo de Marte y exigieron que se depusiera al monarca. La Guardia Nacional abrió fuego contra los manifestantes y los dispersó siguiendo las órdenes de La Fayette, vinculado políticamente a los feuillants, un grupo formado por monárquicos moderados.

 

El rey fue privado de sus poderes durante un breve periodo, pero la mayoría moderada de la Asamblea Constituyente, que temía que se incrementaran los disturbios, restituyó a Luis XVI con la esperanza de frenar el ascenso del radicalismo y evitar una intervención de las potencias extranjeras.

El 14 de septiembre, el rey juró respetar la Constitución modificada. Dos semanas después, se disolvió la Asamblea Constituyente para dar paso a las elecciones sancionadas por la Constitución. Durante este tiempo, Leopoldo II y Federico Guillermo II, rey de Prusia, emitieron el 27 de agosto una declaración conjunta referente a Francia en la que se amenazaba veladamente con una intervención armada. La Asamblea Legislativa, que comenzó sus sesiones el 1 de octubre de 1791, estaba formada por 750 miembros que no tenían experiencia alguna en la vida política, debido a que los propios integrantes de la Asamblea Constituyente habían votado en contra de su elegibilidad como diputados de la nueva cámara. Ésta se hallaba dividida en facciones divergentes.

 

El centro de la cámara acogía al grupo mayoritario, conocido como el Llano, que carecía de opiniones políticas definidas pero que se oponía unánimemente al sector radical que se sentaba en el ala izquierda, compuesto principalmente por los girondinos, que defendían la transformación de la monarquía constitucional en una república federal, un proyecto similar al de los montagnards (grupo que por ocupar la parte superior de la cámara, recibió el apelativo de La Montaña) integrados por los jacobinos y los cordeliers, que abogaban por la implantación de una república centralizada.

 

Antes de que estas disensiones abrieran una profunda brecha en las relaciones entre los girondinos y los montagnards, el sector republicano de la Asamblea consiguió la aprobación de varios proyectos de ley impor tantes, entre los que se incluían severas medidas contra los miembros del clero que se negaran a jurar lealtad al nuevo régimen. Sin embargo, Luis XVI ejerció su derecho a veto sobre estos decretos, provocando así una crisis parlamentaria que llevó al poder a los girondinos.

 

A pesar de la oposición de los más destacados montagnards, el gabinete girondino, presidido por Jean Marie Roland de la Platière, adoptó una actitud beligerante hacia Federico Guillermo II y Francisco II, el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano, que había sucedido a su padre, Leopoldo II, el 1 de marzo de 1792. El deseo de entablar una guerra se extendió rápidamente entre los monárquicos, que confiaban en la derrota del gobierno revolucionario y en la restauración del Antiguo Régimen, y entre los girondinos, que anhelaban un triunfo definitivo sobre los sectores reaccionarios tanto en el interior como en el exterior. El 20 de abril de 1792 la Asamblea Legislativa declaró la guerra al Sacro Imperio Romano.

 

3.- La Convención (1792-1795): que reclamó la República, dio muerte al monarca e impuso un régimen de terror tal, que nadie se sentía seguro después del asesinato de Marat y la ejecución de Dantón, dos líderes revolucionarios. La Convención pretendió borrar todo vestigio del pasado, cambiando el calendario e introduciendo el culto a la diosa Razón; mas, la posición extremista de Robespierre unió a todas las fuerzas contra él y se le ajustició, junto a sus colaboradores que habían llevado la violencia al paroxismo mediante la implantación de ese régimen de terror. Se impusieron importantes restricciones al poder de la Iglesia católica mediante una serie de artículos denominados Constitución civil del Clero:

— Confiscación de los bienes eclesiásticos.

 

— Se permitió al Estado emitir un nuevo tipo de papel moneda, los asignados, garantizado por las tierras confiscadas.

 

— Que los sacerdotes y obispos fueran elegidos por los votantes.

 

— Recibieran una remuneración del Estado.

 

— Prestaran un juramento de lealtad al Estado.

 

— Que las órdenes monásticas fueran disueltas.

 

4.- El Directorio (1795-99): que fue un gobierno moderado y que, ante el peligro de un retorno de la reacción o de un rebrote del terror, acabó por ceder el poder a un joven general que se había distinguido por sus victorias contra los austríacos en Italia: Napoleón Bonaparte.

 

Obra de Bonaparte.

 

Este general dirigió y condujo la política francesa durante quince años. Las campañas militares de sus ejércitos difundieron los principios de la Revolución por todo el continente europeo. Gracias al prestigio que le dieron sus campañas de Italia y de Egipto, pudo dar un exitoso golpe de Estado que le permitió derrocar al Directorio y crear el Consulado, en el cual asumió el cargo de Primer Cónsul. Tres años más tarde, se declaró cónsul único y vitalicio, y un decreto senatorial de 1804, ratificado por un plebiscito, lo proclamó "Emperador de los franceses".

 

La política internacional de Bonaparte estuvo dominada por sus ambiciones imperialistas que lo llevaron a intentar el dominio de Europa. Inglaterra organizó coaliciones para impedir el auge de un rival tan poderoso. El emperador impuso a los países sometidos "el bloqueo continental" para perjudicar los intereses económicos de los ingleses: nadie podría importar ni exportar mercaderías de Inglaterra. Para hacer respetar estas medidas, debió invadir Portugal, hecho que lo llevó a intervenir en España. El pueblo español se levantó contra el "usurpador", organizó guerrillas e infligió las primeras derrotas al ejército imperial en la denominada Batalla de Bailén, en 1808.

 

Para impedir la alianza anglo-rusa, Bonaparte emprendió personal mente la campaña contra el zar. A pesar de sus triunfos, tuvo que retirarse de Moscú. El invierno diezmó sus fuerzas y no le permitió sofocar los nue vos levantamientos de los pueblos sojuzgados. Sus enemigos lo derrotaron en Leipzig y lo enviaron a la isla Elba. Logró escapar y gobernar a Francia durante cien días. Derrotado en Waterloo, fue desterrado a la isla Santa Elena donde murió en 1821.

 

Bonaparte fue, a la vez, un héroe romántico, un hombre de acción y de rápidas decisiones y un revolucionario que consolidó los cambios exigidos por la burguesía al comienzo de la Revolución. Organizó el Estado creando un modelo que fue imitado por muchos países durante todo el siglo XIX. Entre otras medidas, ordenó la redacción del Código Civil, modernizó la administración pública, uniformó el sistema de pesos y medidas aplicando el sistema decimal, organizó la enseñanza fiscal (los liceos, dependientes del Estado, reemplazaron a los colegios de la iglesia) y adecuó la Universidad a las necesidades profesionales del país.

 

La Independencia de América Latina.

 

A fines del siglo dieciocho, la región Sudamericana estaba dividida entre Portugal que gobernaba su territorio desde Río de Janeiro y España cuyas posesiones estaban repartidas en tres virreinatos: de Nueva Granada (Bogotá), del Perú (Lima), y del Río de la Plata (Buenos Aires). El poder estaba en las manos de una pequeña elite nacida en Europa a pesar de los reclamos de un número creciente de colonos nacidos en América que habían hecho fortuna como propietarios de la tierra y como comerciantes, y que toleraban mal su posición inferior de "criollos". Las colonias solamente estaban autorizadas a comerciar con las potencias europeas respectivas, las cuales gravaban con gabelas pesadas estas importaciones y exportaciones.

 

Soplaba un viento de cambio donde la ciencia y la razón desafiaban las monarquías, la Iglesia, y las clases sociales. La Revolución americana (1775 - 1783) y la Revolución francesa (1789 - 1799) brindaban un modelo copiable a los frustrados criollos. En Europa, las guerras Napoleónicas habían debilitado el poder de España sobre sus colonias en América y habían forzado a la Corte de Portugal a huir al Brasil.

 

Después que los franceses fueron desalojados de Portugal, la familia real eligió quedarse en Brasil que había devenido en 1815 en un reino como Portugal. El rey Joao VI dirigió los dos países desde Río de Janeiro hasta su vuelta a Portugal en 1822, dejando a su hijo Pedro como gobernador de Brasil. Cuando los portugueses intentaron retomar el poder, Pedro se negó y declaró la independencia del Brasil en setiembre de 1822. Brasil continuó siendo una monarquía hasta 1889. El Brasil tuvo la fortuna de tener un rey que defendiera su independencia. Excepto la revolución de Pernambuco que duró tres meses en 1817, se volvió independiente sin sufrir la terrible prueba de las guerras desastrosas que las otras colonias portuguesas tuvieron que atravesar un siglo y medio más tarde.

 

La independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa provocaron en todo el mundo el surgimiento de las ideas de libertad y emancipación, principalmente en los países oprimidos y en las colonias Iberoamericanas, que aprovechando las circunstancias, iniciaron la lucha para proclamar su independencia. Las causas que originaron los levantamientos se fueron originando durante tres siglos de coloniaje y de la explotación económica y social. En síntesis las causas fueron:

 

1.- La estratificación social fundada en el régimen étnico, indios, españoles, negros criollos y castas.

 

2.- La injusta distribución de la riqueza originada por los privilegios y monopolios de que gozaban los peninsulares.

 

3.- La rivalidad entre criollos y españoles, generada por el control de los principales puestos políticos y administrativos.

 

4.- Las prohibiciones y trabas al comercio impuestas por la península a las colonias.

 

5.- La influencia de los pensadores de la Ilustración.

 

6.- El desarrollo de las nuevas doctrinas económicas.

 

7.- La dominación francesa en España, generada por la invasión de Napoleón en 1808.

 

8.- La creación de las cortes de Cádiz y la promulgación de la constitución liberal en 1808.

 

En 1806 un escuadrón naval británico atacó Buenos Aires y la tomó sin casi resistencia por parte de las fuerzas coloniales españolas. Algunos meses más tarde, una milicia de porteños voluntarios (gente de Buenos Aires), desalojó a los invasores y frustró una reconquista por refuerzas británicas. Cuando España cayó bajo el poderío de Napoleón en 1810, los criollos eminentes de Buenos Aires, con el apoyo de esta milicia, obligaron al último Virrey español a dejar el poder a una Junta Local. España intentó retomar el Virreinato bloqueando el estuario y enviando un ejército desde el Perú, pero ella fue vencida por las fuerzas de Buenos Aires que entonces decidieron extender la causa de la independencia.

 

La Nueva Granada (Colombia y Venezuela), el río de Plata (Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile), eran los cuatro virreinatos que mayores utilidades dejaban a España, y fue en ellos donde las luchas se tornaron más sangrientas. Otros eran La Nueva España, (México y centro América), la Nueva Castilla (Perú, Bolivia y Ecuador).

 

México, inició la lucha por la independencia el 16 de septiembre de 1810, encabezada por el cura Miguel Hidalgo y Costilla. A su muerte, continuaron la lucha caudillos como José María Morelos y Pavón, Francisco Javier Mina, Pedro Moreno, los hermanos Galeana, Vicente Guerrero, Agustín de Iturbide, obteniendo 11 años después la tan anhelada independencia el 27 de septiembre de 1821. La centralización del poder sin embargo fue contrariada por otras provincias que resistieron la dominación de los comerciantes de Buenos Aires que esperaban mantener un monopolio sobre el comercio. En 1815, del otro lado del río de Buenos Aires, Montevideo y sus alrededores declararon ser un "Estado Oriental" separado (el futuro Uruguay) bajo la dirección de José Gervasio Artigas quien estaba apoyado por un ejército de gauchos. En el nordeste, Gaspar Rodriguez de Francia, "El Supremo", tomó el poder de Asunción en 1814. Resistió a las fuerzas de Buenos Aires y emprendió el desarrollo del Paraguay en un aislamiento completo. Intereses divergentes y un resentimiento permanente con la capital del Virreinato condujeron a ciertas regiones a tener destinos separados. La Asamblea que finalmente proclamó la independencia en 1816 no recibió ninguna delegación de las provincias, pese que tuvo lugar en una ciudad interior llamada Tucumán. En el Alto Perú, las fuerzas enviadas por Buenos Aires obtuvieron algunas victorias pero pronto se retiraron, dejando la lucha en manos de los criollos y de los mestizos locales y de las guerrillas indias. Otras fuerzas de los independientes del Sur tuvieron más éxito sobre la costa del Pacífico.

 

Haití: la isla llamada la española fue originalmente propiedad de la corona española, pero en el siglo XVII los franceses e ingleses se establecieron, en la parte occidental de la isla. Para 1697 la isla se dividió en dos partes, la parte occidental conocida como Santo Domingo ejerció una influencia en toda la isla; los grupos raciales tenían enormes diferencias de trato y oportunidades, originando rebeliones de los negros que solo eran esclavos. El primer intento de independencia se produce en conjunto con la Revolución francesa, pero ésta no se logra hasta 1804.

 

América central: tomando como ejemplo a México, América central proclamó su libertad en 1823 y se convirtió en un Estado federal, que se llamó "Provincia Unida de Centroamérica", integrada por El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, y Costa Rica. En 1844, decidió cada estado federado, separarse y formar países independientes.

 

América del sur: en Venezuela inició la independencia Francisco Miran da, en julio de 1810, y la continuo Simón Bolívar, que ocupó la ciudad de Caracas en 1813, recibiendo el titulo de Libertador; los españoles multiplicaron sus ejércitos, derrotaron a los insurgentes y expulsaron a Bolívar en 1814, este se refugió primero en Colombia, y luego en la isla de Jamaica donde preparó, el ataque definitivo para devolverle la independencia a Venezuela. Los movimientos de emancipación también habían comenzado en Colombia, donde los insurgentes habían expulsado de la ciudad de Bogotá al virrey en 1810; también los ejércitos españoles restablecieron su dominio en 1816. Mientras tanto Bolívar se apresuraba para volver a la lucha, desembarcando en Angostura ( hoy ciudad Bolívar) a orillas del río Orinoco en 1817; más tarde se celebró un congreso que reconoció la conformación de un nuevo estado denominado La Gran Colombia, formado por Colombia y Venezuela.

 

En 1817 El Libertador General, José de San Martín, atravesó la cordillera de los Andes con 5.000 hombres y tomó Santiago con la ayuda de patriotas chilenos mandados por Bernardo O´Higgins que fue el primer presidente de Chile. Después de haber asegurado el predominio naval, gracias a la ayuda de fondos británicos y americanos, las fuerzas de San Martín tomaron el control de la costa y Lima en 1821. Sin embargo, algunos criollos que se habían beneficiado con los monopolios comerciales coloniales no querían romper toda relación con España y San Martín no pu do superar la resistencia realista en el altiplano.

 

La lucha para la independencia fue mucho más difícil en el norte que en el sur. También había mucho más en juego. Después de la primera tentativa revolucionaria de Francisco de Miranda, hizo falta todavía cuatro años a los criollos del Virreinato de Nueva Granada para imponer gobiernos revolucionarios los cuales proclamaron reformas sociales y económicas en 1810 y el año siguiente declararon la ruptura con España. Las fuerzas leales a España (realistas), combatieron a los rebeldes desde un principio. Los patriotas rebeldes, conducidos por Simón Bolívar, dominaron la capital Caracas y sus aledaños pero no pudieron controlar una gran parte del campo.

 

Los propietarios latifundistas y el clero reaccionaron con una oposición abierta por desconfianza. En 1812 las fuerzas realistas vencieron a los rebeldes y llevaron a Bolívar al exilio, pero él pronto volvió en 1813 con un nuevo ejército y la guerra entró en una fase violenta de "guerra a muerte". El realista José Tomás Boves y sus llaneros una vez más repelieron a Bolívar hasta obligarlo a irse del país en 1815 y una gran expedición militar enviada por Fernando VII reconquistó Venezuela y la mayor parte de Nueva Granada. En 1816, otra invasión conducida por Bolívar fracasó lamentablemente pero, al año siguiente, un movimiento de independencia en crecimiento y revigorizado emergió y finalmente ganó la guerra en el Norte.

 

Un grupo multirracial de llaneros conducidos por José Antonio Páez y el reclutamiento de mercenarios británicos fueron determinantes para las victorias militares de los patriotas. Después de haber llevado su ejército hasta el pie de los Andes Orientales, Bolívar infligió una aplastante derrota a sus enemigos en la batalla de Boyacá, en agosto de 1819. En diciembre del mismo año, el Libertador entró en Bogotá y proclamó la independencia de la República de la Gran Colombia que comprendía los territorios actuales de Colombia, Venezuela, y Ecuador. Otras campañas militares terminaron de independizar Venezuela y Nueva Granada y una Asamblea Constitu yente, celebrada en 1821 en Cucuta, eligió a Bolívar como presidente de la Gran Colombia centralizada.

 

Bolívar dejó a Santander dirigir el país y marchó sobre Ecuador para sostener su aspiración a ser independiente lo que fue logrado dos años más tarde, en mayo de 1822, cuando el Mariscal Antonio José de Sucre venció a los realistas en la batalla de Pichincha cerca de Quito. Los dos grandes héroes de la independencia de la América del Sur, San Martín y Bolívar tuvieron un encuentro privado en Guayaquil en el Ecuador (en el 26 de julio 1822). Esta reunión fue secreta, pero después de ella, San Martín se retiró a Francia dejando a Bolívar y a Sucre encargarse de terminar la liberación de Perú y Bolivia. Cuando los españoles amenazaron retomar los territorios que San Martín había liberado, Bolívar respondió a las llamadas de los criollos peruanos conduciendo sus fuerzas a la victoria y enviando a su lugarteniente a liberar las tierras que actualmente ocupa Bolivia. La última gran batalla de las guerras de la independencia fue ganada en 1824 en Ayacucho por el venezolano Sucre. El 9 de diciembre de 1824, Antonio José de Sucre con 6.000 soldados, de infantería y caballería, y una sola pieza de artillería, se enfrenta y vence al virrey La Serna, quien guía a 9.320 hombres disponibles de todo tipo de armas y once piezas de artillería, en el campo inmortal de Ayacucho, que en lengua quechua quiere decir Rincón de los Muertos.

 

Poco antes, Bolívar le había escrito al general Sucre: «Expóngase usted, general, a todas las contingencias de una batalla antes que a los peligros de una retirada». J.A.Cova dice que la Batalla de Ayacucho «no es solamente una épica acción de armas en cuanto a técnica y pericia militar. Es más la creación de un gran artista, de un supremo artífice que ha vivido soñando con su obra maestra y finalmente la ve realizada con todos los contornos de la obra perfecta. En Ayacucho nada faltó para dar majestad y carácter a la suprema concepción de Sucre». Con Ayacucho se dio libertad al Perú y también al Alto Perú, que después se llamó Bolivia. Asistieron a Sucre oficiales de la talla de Jacinto Lara, La Mar, Córdova, Miller, José Laurencio Silva. Sucre ofreció a los vencidos una capitulación tan gloriosa como la misma batalla, por estimar que «es digno de la generosidad americana conceder algunos honores a soldados que han permanecido y vencido catorce años en el Perú. La jornada de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, terminó, en el Sur, la guerra de independencia que comenzó, en el Norte, con la batalla de Lexington el 19 de abril de 1775.

El continente americano, de polo a polo, iba a ser libre. En el espacio de dos años, los combatientes por la independencia aniquilaron las últimas resistencias realistas y la América del Sur quedó definitivamente liberada de España.

Revoluciones en Europa entre 1830 y 1848.

 

No solo la "Doctrina Monroe", sino también las protestas enérgicas de la burguesía en 1830 y 1848, determinaron el fin de la Santa Alianza y del concierto de Europa. En síntesis, las revoluciones burguesas lograron el reemplazo definitivo de las monarquías absolutas, por monarquías liberales apegadas a una constitución que garantizaba los intereses de los capitalistas burgueses.

 

La Revolución de 1830.

 

Durante la década de los años veinte se inician una serie de transformaciones en lo que se refiere a la construcción. Se construyen menos ferro carriles, barcos de vapor...El epicentro será Francia. Al mismo tiempo sur ge una crisis alimenticia, desaparece la patata, y el maíz, el otro elemento alimenticio, comienza a subir de una forma desmesurada provocando revueltas por falta de alimento además de afectar a la economía (alimento más caro, más dinero para comida menos para otros menesteres).

 

En Francia muere, en 1824, Luis XVIII, y es sustituido por Carlos X, quien en julio de 1830 expidió una serie de decretos que imponían una mayor restricción a los periódicos; modificaba las leyes electorales eliminando a miles de votantes; disolvió la cámara de representantes, y natural mente desató un levantamiento armado que obligó la renuncia del Rey. En su lugar se colocó Luis Felipe Duque de Orleáns, quien estableció una monarquía constitucional, que tampoco resultó democrática, ya que su gobierno solo beneficiaba a la clase alta; tenían derecho al voto solo 250.000

personas de la clase acomodada, y se siguió considerando a las organizaciones de trabajadores como ilegales.

 

Luis XVIII, monarca de Francia, emplea una política muy dura. Mantiene el régimen de la Carta Otorgada. Es sucedido por Carlos X el cual suprime la Carta (en especial los derechos y libertades). Creó las ordenanzas y suspende la ley electoral. Tantas reformas que afectan negativamente al pueblo no van a ser aceptadas de buenas a primeras, empiezan las quejas. Un periódico parisino es el que encabeza dichas quejas, publica un manifiesto firmado por 44 periodistas que se niegan a las nuevas reformas.

 

En el primer día, aunque no hay ningún conflicto bélico, tenemos a obreros, estudiantes y diputados en las barricadas. Durante el segundo, se abre fuego por parte del ejército. Los hombres de las barricadas movilizan a toda la nación levantándose una gran masa de gente de toda clase y condi ción. Carlos X, ante esta situación, no puede hacer nada así que abandona, se marcha; deja todo el poder en mano de los únicos que pueden dirigir el país: un grupo de los diputados.

 

Con este derrocamiento la revolución ha empezado. A la vez, se presen ta el primer problema: ¿qué hacer?, ¿qué camino tomar: república o monarquía? La idea de república se desecha, se prefiere mucho más la monarquía; aunque, sin que permanezca en el trono Carlos X. No obstante, aparece la familia de Orleans, concretamente Luis Felipe, que se ofrece voluntaria mente. Vuelve al sistema de Carta Otorgada, la libertad de prensa, derecho al voto (voto censitario)... la burguesía controla. Sin embargo, también debemos recordar la participación de otras masas sociales que no están recibiendo nada a cambio. Todo este descontento hace que los obreros comiencen a tomar conciencia.

 

Por otro lado, la monarquía tiene otros problemas. Un grupo de borbónicos tradicionalistas provoca, en el campo, levantamientos acusando su mal estado; todo se verá agravado con una epidemia de cólera. Tienden, to dos ellos, hacia la república. Protestan ante la monarquía eminentemente burguesa. Aún así, los movimientos se van desvaneciendo, debido a ciertas mejoras sociales para los obreros (trabaja menos y cobra más y todo gracias al gobierno de Luis Felipe). Desde fuera de Francia se puede observar una evolución positiva, no aparece, Francia, como potencia vencedora pero sí va saliendo de la crisis.

En el campo también hay avances, se relanza el ferrocarril y el gobierno protege la actividad industrial interna desfavoreciendo lo extranjero. Su único problema reside en el nombramiento del gobierno que al hacerlo el rey directamente propicia un gran desacuerdo y en consecuencia muchos cambios (hubo hasta 17 gobiernos).

 

Las repercusiones de esta revolución en Francia se manifestaron en Bélgica, que por decisión del Congreso de Viena, estaba bajo el dominio de Holanda; en 1830 los belgas se rebelaron y declararon su independencia nombrando como su rey a Guillermo I, aunque este no fue reconocido hasta ocho años después.

 

Bélgica era una zona muy importante dentro de la revolución. Era un territorio de Austria la cual se lo regala a los propios belgas. Su función es la de ser un estado-tapón. Está sometida a muchas tensiones propiciadas por los enfrentamientos al meter en " el mismo saco " a dos regiones muy distintas una de la otra: Holanda y Bélgica. La primera, Holanda, protestante, la otra, Bélgica, católica. El elemento de ruptura, sin embargo, se debe fundamentalmente a la actividad económica.

 

En Holanda hay poca burguesía comercial. En Bélgica hay una pequeña burguesía comercial más endeble, más dedicada al proteccionismo. La burguesía belga se levanta queriendo implantar un gobierno provisional. No obstante, el problema está en que el conflicto interno pasa a ser un conflicto internacional. Hay países que ayudan a Bélgica, como Francia e Inglaterra. En contraposición nos encontramos con los países que no quieren que esa separación se haga factible: Austria-Hungría y Rusia que ven el problema trasladable a "su propia casa". Finalmente y para evitar cualquier conflicto, se reúnen todos los países en un Congreso en el que se decide aceptar la nacionalidad de Bélgica aunque obligándola a ser neutral.

 

Italia también protagonizó una revolución en 1830, en los estados papa les y en los estados del norte; el propósito fundamental de estos movimientos era conseguir la unificación nacional, sin embargo, los levantamientos fueron duramente reprimidos con la ayuda de las tropas austriacas.

 

En Italia se van a expulsar a los monarcas de Parma y Módena. Estos acuden a su protector -Austria-Hungría- que entra tanto en Parma como en Módena restableciendo el orden. Así los que están a favor de una revolución se dan cuenta que no sirve de nada echar al rey, sino que debe desprenderse de la tutela austriaca. Así una organización secreta, los carbonarios, va pasando de un movimiento liberal a uno nacional.

 

En varios estados alemanes se producen revueltas contra los soberanos, en Brünswick, Hannover, Sajonia... Todo esto provoca una situación muy preocupante para los partidarios del Antiguo Régimen; no obstante, Metternich consigue la unión sagrada de los tres soberanos absolutos, frenando los movimientos revolucionarios de carácter liberal. Son frenadas todas las aspiraciones liberales para establecer constituciones que se apoyen en la soberanía del pueblo y las aspiraciones nacionales de unificar el mosaico de estados en un gran estado nacional.

 

De igual modo en Polonia surgieron rebeliones contra la dominación Rusa, pero las tropas del Zar impidieron la independencia. Los sucesos polacos se iniciaron el 29 de noviembre de 1830. El nuevo Gobierno provisional envió a Francia una misión para lograr su reconocimiento. El movimiento revolucionario polaco, carente de jefes, recurrió a los mercenarios para que organizasen su defensa. En París se constituyó un comité que surtió de armas y fondos a los sublevados. Pero Francia estaba demasiado lejos para poder alimentar una revolución a miles de kilómetros de distancia. Prusia cerró la frontera y se bloquearon los suministros y fondos polacos. En septiembre de 1831 Varsovia capituló. Para los liberales polacos se inició un nuevo exilio. Polonia se convirtió en colonia rusa, iniciándose una dura represión: numerosos nobles polacos fueron enviados al destierro siberiano, las industrias y el comercio polaco fueron desmantelados…En el mismo periodo, el protocolo de Londres reconoce la independencia de Servia y Grecia.

En resumen, a partir de estos hechos revolucionarios, todo ha cambia do: los estados, la mentalidad... incluso la Cuádruple Alianza ha cambiado. Ahora hay dos grupos: los auténticos del Antiguo Régimen (Prusia, Austria -Hungría y Rusia) y los otros países que cambian (Francia, Inglaterra, Bélgica, España y Portugal), que adoptan las nuevas posturas ideológicas liberales o las nacionales.

 

La Revolución de 1848.

 

En 1848 tuvo lugar la llamada “'Primavera de los pueblos'”, última oleada revolucionaria europea, de mayor amplitud que la de 1830, y que puso fin al sistema de la Restauración. Esta segunda revolución liquidó, definitivamente, al absolutismo. Fue, sin duda, consecuencia del gran desarrollo del capitalismo, que permitió a la burguesía industrial rechazar las políticas de las monarquías, ya fuesen absolutistas o constitucionalistas, y, en esta ocasión, se pugnó por establecer gobiernos de tipo republicano.

 

La crisis que recorrió Europa, en 1848, vino preparada por un largo proceso intelectual que posibilitó la solución revolucionaria, tanto facilitando medios para ello como ofreciendo soluciones políticas tras la caída de las monarquías.

 

En primer lugar habría que situar el espíritu de críticas y rebeldía surgido de la Ilustración dieciochesca, fermentado por los acontecimientos ocurridos en Francia a partir de 1789. Los contemporáneos hablaron, en numerosas ocasiones, de las ideas ateas, falsas doctrinas, etc. Desde este punto de vista se trataría de un episodio más de la Revolución Francesa. Las aspiraciones tendentes a eliminar el absolutismo y las jerarquías sociales, que son ejemplos típicos del espíritu revolucionario, estaban plasmadas en algunas constituciones, pero faltaba por cruzar la frontera de la democracia.

 

Si bien las constituciones defendían el principio de la igualdad, el liberalismo va ampliando su contenido, en lucha con determinados sectores que tienden a restringirlo correctamente ante el temor a las exigencias del proletariado. La promulgación del sufragio universal fue una de estas aspiraciones que no se conseguiría plenamente hasta bien avanzado el S. XX.

 

El segundo elemento que ayuda a configurar la mentalidad revolucionaria es el nacionalismo. Frente a naciones estructuradas por una trayectoria común desde siglos antes (Francia, Inglaterra, España…) existían otras en Europa que estaban formadas por pueblos con culturas diferentes o desintegradas políticamente. Como señala Sigman: “ el idioma y la religión acercan o alejan psicológicamente a los individuos que viven juntos”.

 

La concentración de la población en las ciudades, unida al incremento demográfico, condiciona la existencia de una gran oferta de mano de obra que permite el descenso de los salarios y, en consecuencia, del nivel de vida de las clases populares. Ante esta situación, los obreros se agruparon formando asociaciones en defensa de sus intereses. El socialismo fue la ideología que inspiró estos movimientos de la clase obrera ante la incapacidad de las antiguas estructuras corporativas para ofrecer soluciones frente a la nueva situación. Estos hechos confirieron a la revolución de 1848 un marcado signo social, producto de la participación obrera en dichos acontecimientos.

 

La revolución presenta unas características comunes. Por una parte, su carácter liberal y nacionalista y su contenido democrático, ya que los revolucionarios luchaban por el sufragio universal y la soberanía popular frente a la nacional.

 

Participaron en ella diferentes clases sociales, desde la burguesía industrial y financiera hasta el proletariado, movido por su penosa situación social (hambre, enfermedades, paro) y por la aparición del socialismo premarxista, dirigido por intelectuales -ciertos autores consideran las revoluciones del 48 como un enfrentamiento de clases-. Vino precedida por la crisis de 1847, que fue agrícola, industrial y bursátil. Según los historia dores Droz y Labrousse la crisis agravó la situación, pero no puede decirse que la provocó, si bien dio lugar a tensiones sociales. Las malas cosechas de 1846 y 1847 provocaron la subida del pan y desencadenaron la crisis agrícola, que se acompañó de crisis textil y financiera, lo que trajo consigo el paro y la inseguridad para los obreros, generando malestar económico y el estallido de motines de subsistencias en el campo. En 1845-46 se desató una hambruna en Irlanda y en 1847 una guerra civil en Suiza.

 

La confluencia de estos factores políticos, económicos y sociales, desencadenaron las revueltas de los días 22, 23 y 24 de febrero en París. Se alzaron barricadas, se asaltó el Palacio real y el ejército terminó confraternizando con los insurrectos. Luis Felipe abdicó y se proclamó la II Repú blica.

 

De nuevo fue Francia la cuna de la revolución. La monarquía de Luis Felipe había supuesto la llegada al poder de la alta burguesía que lo había utilizado para su exclusivo beneficio económico, marginando a la mediana y pequeña burguesía, al campesinado y al proletariado gracias al sufragio censitario (sólo votaban 200.000 en una población de 35 millones de habitantes). Legitimistas, bonapartistas, republicanos y socialistas utópicos se aliaron contra el gobierno. Guizot rechazó la petición de reforma constitucional, restringiendo las libertades.

 

En abril se formó un Gobierno Provisional que abarcaba desde republicanos moderados, como Lamartine, hasta socialistas utópicos, como Louis Blanc. Se impulsó un programa de reformas políticas y sociales, estableciéndose el sufragio universal masculino y aboliendo la pena de muerte y la esclavitud. Se crearon los Talleres Nacionales, dirigidos por el Estado, para intentar paliar el paro obrero.

 

Pero la alianza social duró poco. El Gobierno con mayoría de republica nos moderados decretó que los obreros en paro entre 18 y 25 años debían ingresar en el ejército o ir a trabajar a provincias. El proletariado respondió alzándose contra la burguesía en las jornadas del 22 al 26 de junio. Pero el ejército reprimió duramente la sublevación, y hubo más de 1.500 muertos y 25.000 detenidos. Fue una dura lección para los obreros, que en adelante tendrán que hacer su propia revolución.

 

En diciembre Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón, fue elegido presidente de la República, gracias al apoyo de la burguesía, el campesinado y los católicos. A pesar de que había sufragio universal, las libertades se recortaban cada vez más. El Segundo Imperio fue proclamado en 1851.

El movimiento revolucionario se propagó desde Paris al resto de Europa. En el Imperio Austriaco se desencadenaron en 1848 levantamientos de estudiantes, obreros y pequeña burguesía y milicias tanto en Viena como entre nacionalistas checos, húngaros e italianos. Aunque no todos tenían los mismos objetivos, lograron implantar una monarquía constitucional y el canciller Metternich salió del poder. Con ayuda de Rusia, el nuevo emperador Francisco José logró restaurar el absolutismo.

 

En Italia los revolucionarios luchaban a la vez por la libertad y por la unidad. Los nacionalistas llegaron a declarar Repúblicas independientes en Venecia, Toscana y Roma, pero fracasaron. Derrotados por los austriacos en Lombardía y el Véneto, vieron cómo los franceses reponían al Papa en Roma. Al finalizar, solamente el reino de Piamonte, en manos de los Saboya, era liberal y constitucional.

 

En Alemania la revolución de 1848 fue muy importante. Los patriotas consiguieron establecer constituciones en 39 Estados y se convocó una Asamblea nacional que nombró regente a Juan de Habsburgo. Este Parlamento de Francfort resultó ineficaz, ya que no contaba ni con dinero, ni armas, ni funcionarios y además estaba dividido. Por miedo a los obreros, los parlamentarios ofrecieron la corona alemana al rey Federico Guillermo IV de Prusia, quien no la aceptó. Así pues, fracasó la revolución, aunque en Prusia se mantuvo un régimen constitucional muy censitario.

 

Para 1848, las revoluciones burguesas se habían generalizado en Europa. Si bien la revolución de 1848 fracasó aparentemente, la reconstrucción de Europa en 1851 no podía ser la de 1847. Al analizar los resultados de la revolución es necesario descomponer sus elementos. Los sucesos de las jornadas de 1848 son, por una parte, continuación de los de 1789 en cuanto profundización de los programas del pensamiento revolucionario francés pero, además, es también el momento en que triunfan las nuevas ideologías surgidas como consecuencia de la Revolución Francesa: nacionalismo, socialismo y comunismo.

 

La revolución de 1848 marcó a los hombres de su tiempo de forma decisiva: la exaltación de sus inicios y el fracaso final son elementos que ayudaron a ello. Ciertas conquistas pasaron a ser patrimonio de la sociedad europea.

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA SOBRE HISTORIA CONTEMPORÁNEA

 

• A. Egido (Coord.): La Historia Contemporánea en la práctica. Ed. Centro Est. Ramón Areces. Madrid. 1996.

• Antonio Escudero: La Revolución Industrial. Anaya. Madrid. 1997.

• Antonio Fernández García: Historia Universal Contemporánea. Vicens-Vives. Barcelona. 2000.

• Cipolla (ed.): Historia económica de Europa. Ariel. Barcelona. 1979-1982.

• Ch. Cook; J. Stenvenson: Guía de Historia Contemporánea de Europa. Alianza Universidad. Madrid. 1994.

• Edmund R. Durke: Revolución Francesa. Edit. Alianza. Madrid. 2010.

• E. J. Hobsbawm: Las revoluciones burguesas. Labor. Barcelona. 1980.

• E. J. Hobsbawm: La era del capitalismo (1848-1875). Labor. Barcelona. 1989.

• Francisco Comín: La primera industrialización en Inglaterra (1760-1860). Universidad de Álcala. Madrid. 2013.

• G. M. Mosse: La cultura europea del siglo XIX. Ariel. Barcelona. 1997.

• Hannah Arendt: Sobre la revolución. Edit. Alianza. Madrid. 2006.

• Historia del Mundo Moderno. Cambridge-Sopena. Vols. VIII-XII. Barcelona. 1990,

• Jacques Droz : Europa: restauración y revolución, 1815/ 1848. Siglo XXI. Madrid. 1988.

• Jacques Godechot: Los orígenes de la Revolución Francesa. Edit. Edicions 62. Barcelona. 1974.

• J. B. Vilar: Intolerancia y libertad en la España contemporánea. Istmo. Madrid. 1994.

• J. C. Pereira (Coord.): Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas. Ariel. Barcelona. 2001.

• J. C. Pereira (Coord.): La política exterior de España. Ariel. Barcelona. 2003.

• J. Lynch: Las revoluciones hispanoamericanas. Ariel. Barcelona. 2001.

• J. M. Santacreu (Coord.): Historia Contemporánea y nuevas fuentes. Univ. de Alicante. Alicante. 1995-1999, 3 vols.

• J. Neré: Historia Contemporánea. Labor. Barcelona. 1980.

• J. Paredes (Coord.): Historia Contemporánea de España (siglo XIX - XX). 4ª ed. Ariel. Barcelona. 2006 (en el mismo, y con referencia a los diferentes temas, el alumno hallará actualizada bibliografía).

• J. Paredes (Coord.): Historia de España. Siglos XIX y XX. Ariel. Barcelona. 2002.

• J. Paredes (Coord.): Historia Universal Contemporánea. I y II. 4ª ed. Ariel. Barcelona. 2006 (en el mismo, y con referencia a los diferentes temas, el alumno hallará actualizada bibliografía).

• J. Touchard: Historia de las ideas políticas. Tecnos. Madrid. 1996.

• J. U. Martínez Carreras: Historia del mundo actual. Marcial Pons. Madrid. 1996.

• J. U. Martínez Carreras: Introducción a la Historia Contemporánea, 1770-1980. Istmo. Madrid. 1983.

• Julio Montero Díaz: Historia del Mundo Contemporáneo. Edi tex. Barcelona.

• M. E. Chamberlaine: La descolonización. Ariel. Barcelona. 1997.

• Manuel Espadas Burgos (Coord. General): Gran Historia Universal. Club Internacional del Libro. Madrid. 1987. T. VIII-X X.

• Massimo Livi-Bacci: Historia mínima de la población mundial. Ariel. Barcelona. 1990.

• Michel Beaud: Historia del capitalismo. Planeta. Barcelona. 2013

• P. Burke [y otros]: En la encrucijada de la ciencia histórica hoy. El auge de la historia cultural. VI Conversaciones internacionales de Historia. EUNSA. Pamplona. 1998.

• P. León (Dir.): Historia económica y social del mundo. Eds. Encuentro. Madrid. 1978, vols. 3 y 4.

• Robert Bidelux and Ian Jeffries: A History of Eastern Europe: Crisis and Change, Routledge, 1998. Jonathan Sperber: The European Revolutions, 1848-1851, (Cambridge: Cambridge University Press, 2005). Fuentes citadas en en:Revolutions of 1848 in the Habsburg areas

• R. Palmer & J. Cotton: Historia Contemporánea. Akal Ed. Madrid. 1990.

• R. Villares; Bahamonde, A.: El mundo contemporáneo. Siglos XIX y XX. Taurus. Madrid. 2001.

• S. Giner: Historia del pensamiento social. Ariel. Barcelona. 1994.

• VV.AA.: Historia Económica de Europa. Edersa. Madrid. 1982-1983. T. VI y VII.

 

 

Free Website Translator

Números publicados [2007-2018]

Nº 41. LA NARRACIÓN HISTÓRICA.

Nº 40. APRENDER.

Nº 39. INVESTIGACIÓN SOCIAL.

Nº 38. TEORÍA Y PRÁCTICA.

Nº 37. EL ESPACIO HISTÓRICO.

Nº 36. LA IDENTIDAD EN LA HISTORIA.

Nº 35. EL CONCEPTO.

Nº 34. LA PARADOJA DEL PROGRESO.

Nº 33. LA REALIDAD HISTÓRICA.

Nº 32. LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN.

Nº 31. ÉTICA Y ESTÉTICA.

Nº 30. LA RAZÓN.

Nº 29. EL LENGUAJE HISTÓRICO.

Nº 28. EL PODER.

Nº 27. LAS RAÍCES.

Nº 26. MEMORIA.

Ver Listado completo.

Garantía de Calidad

Edición y desarrollo

Colaboración