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Divorcio entre élite y pueblo en España.

 

Antonio Moreno Ruiz.

 

Historiador y poeta (España).

 

 

 

Un servidor de ustedes piensa que en la España del siglo XVIII, se produjo una gran ruptura entre las élites y el pueblo, cosa que no pasaba desde los tiempos de Carlos I, excelso monarca que tuvo que rectificar buena parte de su rumbo, quien nos legó como postrero símbolo el ascetismo de Yuste. Con su ínclito hijo Felipe II, eso fue desapareciendo. Empero, la llegada del siglo XVIII supuso un desplazamiento muy grande que parece perdurar hasta nuestros desgraciados días.

 

En un debate sobre este tema, en torno a la fractura cultural y hasta política producida en la dieciochesca España al alimón de la Ilustración, yo venía sosteniendo que se creó un resentimiento de base de un pueblo barroco que luego estalló en un romanticismo totalmente desubicado. Con todo, el profesor Manuel Fernández Espinosa respondía que “el secreto del Barroco estaba en la continuidad con la Edad Media (esa continuidad no la pudo truncar el Renacimiento por no salirse del catolicismo en la Península Ibérica). Pessoa (que era pagano, no podía tolerar eso: por eso se propuso superar a Camoens). Y ¿cuál era el meollo que continuaba? Una cosa muy sencilla a mi parecer: el secreto de nuestra raza que se monta sobre el "todos somos iguales ante Dios", lo mismo un plebeyo, que un duque, que un negro. Ese sentimiento de igualdad (que no es igualitarista) hacía que existiera armonía entre los estamentos sociales: Pedro Crespo, en El Alcalde de Zalamea, no se sentía inferior al Capitán de los Tercios que le violó a su hija: por eso lo mató. Y sobre todos estaba el Rey, de ahí aquel título de nuestra dramaturgia: "Del Rey abajo, ninguno".

 

Con respecto a los estilos artísticos, continúa nuestro profesor: “pueden dar nuevas claves para el futuro si son interpretados prescindiendo de los prejuicios hermenéuticos con los que los contemplamos. Un ejemplo, quiero decir que, si bien Pessoa odiaba el Renacimiento, era por algo. Lo comprendió perfectamente: el renacimiento hispánico (portugués y español) fue una adaptación propia sin apenas trauma, no una revolución espiritual como lo fue en Centroeuropa e Inglaterra y en Francia. Aquí el Renacimiento no afectó a la ortodoxia católica. Creo que el romanticismo español es anecdótico: España fue un país para románticos extranjeros, pero aquí no se respiró el romanticismo hasta finales del siglo XIX.”

Y es que como decía Oswald Spengler, “el espíritu español quebrantó el Renacimiento”.

 

Con todo, nuestro profesor conoce muy bien la hispana psicología, y añade: “Los españoles tenemos un pecado capital: el orgullo. Cuando el orgullo es herido y no hay manera de desagraviarnos, nos convertimos en resentidos envidiosos. Si supiéramos capitalizar nuestros defectos, para hacerlos virtudes... Recorreríamos un gran trecho.”

 

Y claro, ante esto, lo que uno pueda añadir no es sino atrevimiento, pero bueno, para eso le echa uno poca vergüenza, con permiso de D. Manuel.

Nuestro referido profesor ha sido de los pocos que ha advertido que, frente al romanticismo austracista que no sólo impera en Cataluña, sino que parece contaminar a propios y extraños, incluso en el campo carlista (1), el “despotismo austríaco”, anterior a los Borbones, y manifestado especialmente en los primeros tiempos de Carlos I y en los últimos de Carlos II: El principio y el fin de la dinastía habsbúrgica en España. Todos los déspotas y arribistas centroeuropeos que estuvieron en España predispusieron a tirios y troyanos a no tener muy buenos sentimientos hacia ellos y a confiar más en otra opción. Dentro de lo que había y con escrupuloso respeto a la ley, Felipe de Anjou representaba lo mejor, mientras que Austria entraba en la órbita de alianzas jansenistas-protestantes. Y por ese lado, así lo entendió la inmensa mayoría del pueblo español, incluidos los hijos de la Corona de Aragón. Lástima que luego se entrometiera el usurpador archiduque, quien entró aliado de nuestros peores enemigos. La torpeza de sus escasos partidarios nos dejó el recuerdito de Gibraltar, culpa exclusiva del austracismo, que no de la mayoría de España que luchaba por su legítimo monarca.

 

Con todo, ¿sería aplicable a los Borbones esa exclusiva ruptura?

Creemos que la respuesta es negativa: El despotismo ilustrado fue una tendencia que se dio en el Viejo Continente a lo largo de todo el siglo XVIII. Ya consumada la ruptura religiosa en lo que fue la Cristiandad (no sin la anuencia francesa), la ruptura sociopolítica era una consecuencia lógica. Y desde la Lisboa del marqués de Pombal al San Petersburgo de Pedro el Grande, ningún rincón del Viejo Mundo se libró de ello, llegando semejantes formas y fondos al continente americano. Esa adorada e idealizada Austria fue en realidad un nido de iluminismo masónico durante este convulso siglo.

 

Con todo, en la América Española ese proceso rupturista de élite y pueblo se va a hacer más visible debido a la formación de un patriciado criollo que en verdad, detentaba el poder económico, y que ya tenía a sus interventores políticos en España: Véase el caso de Pablo de Olavide en tiempos de Carlos III, por ejemplo. Pero desde la época de Felipe V se implanta una política de funcionariado centralista, donde la tradicional autonomía indiana se hace torpemente dependiente de una burocracia peninsular que, encima, divide el virreinato del Perú, la Flor y Nata de las Indias, creando el germen de posteriores, interesadas y ulteriores divisiones. El colombiano doctor Pablo Victoria dizque si esa política se hubiera hecho al menos con canarios y andaluces, mucho más acostumbrados y parecidos por sus formas al trato con los españoles americanos, a lo mejor la ruptura cultural no hubiera sido tan chocante. Empero, no dejemos de subrayar que esa ruptura va de élite a élite, porque el pueblo seguía siendo fiel al Rey. En España pasaba tres cuartos de lo mismo: No se cuestionaba la institución monárquica, se criticaba una política de despotismo ilustrado que actuaba a golpe de uniformizaciones y prohibiciones, exasperando los ánimos de un pueblo orgulloso que se veía menospreciado por una minoría que solo parecía ver la panacea en el extranjero y lo malo en suelo propio. Esta funesta manía, por desgracia, parece imperar hasta hoy, pues para colmo de males, no se halló una reacción bien ubicada, reiteramos, sino un desparrame cultural que luego se politizó con extranjerismos varios.

 

No toda la Ilustración fue igual. Hallamos autocrítica pero con un patriotismo acendrado y demostrado en personajes como Gaspar de Jovellanos, luchador político sin extenuación, o los virreyes Abascal (2) y Liniers en el Perú y el Río de la Plata, respectivamente. Pero si hay alguien que acaso merece destacarse en esta “corriente” es el insigne gaditano José Cadalso (3), quien entregó su vida intentando recuperar Gibraltar para España (el Gibraltar que perdimos gracias a la alianza británico-austracista, recordamos). Gente que fue autocrítica, que propuso reformas, pero que, consciente de las virtudes y los defectos, amó a la patria y defendió el genio de su esencia, luchando por ella hasta entregar su vida. Nada de eso se puede decir de los acomplejados que luego nos destrozarían por dentro y por fuera. Y es que hay un salto importante en esto que referimos, pues el siglo XIX va a ser clave para explicar una ruptura radical, principalmente a través de la nobleza, el ejército, y no pocos elementos del alto clero, que fueron los iniciadores y sostenedores de la Revolución contra la tradición política de las Españas. No olvidemos que en las Cortes de Cádiz se abole el Juicio de Residencia, evitando así que un político pudiera ser auditado/juzgado y creando el germen de la nefasta casta política que nos asola; suprime los gremios, dejando al trabajador sin representación; e impone que sólo puedan votar los más ricos, dentro de un falso sufragio partidista. En las Indias, la oligarquía criollo-mestiza, en conjunción con los exaltados revolucionarios españoles y el imperio británico, va a ser quien comande la Revolución. A posteriori, los oficiales liberales españoles, como Pablo Morillo, pactaron con ellos y deshicieron las victorias que los realistas americanos habían conseguido casi sin ayuda peninsular. Sorprendió que Morillo indultase a un asesino tan sanguinario como Arismendi, asesino de su propia sangre, como Vicente Campo Elías, quien dijo estar dispuesto a degollarse con tal de que desapareciera la raza española. A este nivel de rupturismo llegó esta oligarquía. Pero a Morillo no le importaba y se abrazaba y se besaba con Bolívar. Y luego, José de San Martín se abrazaría con el virrey La Serna, diciendo aquello de “los liberales somos hermanos en todas partes del mundo”. El nefasto resultado de la batalla de Ayacucho estaba pactado de antemano, y todavía no han aparecido cuerpos… En Ayacucho estuvieron Espartero… ¡Y Maroto! El primero liberal, el segundo, uno de los mayores traidores de la historia de España. La ruptura política estaba consumada. Pero el pueblo español, y el hispanoamericano en general, seguía siendo bastante creyente. A pesar de que en América muchas veces un clero corrompido y azuzado por la venganza del exilio jesuítico cometió excesos deplorables que quizá no se vieron tanto –a priori…- en el Viejo Mundo, todavía no llegaba la gran ruptura espiritual que, aun rodando bastante, acaso eclosionó con el Concilio Vaticano II, ya bien andado el siglo XX.

 

En el siglo XIX, las oligarquías se desentendieron completamente del pueblo, el mismo que había acogido como libertadores a los Cien Mil Hijos de San Luis y que había engrosado voluntariamente las filas del carlismo, frente al reclutamiento forzoso de los liberales y la ayuda extranjera, que luego se tradujo en el control de las minas por parte de los británicos vía Rotschild. Mendizábal había allanado el camino desde Gibraltar, y convirtió Andalucía en su gran cortijo para pagar la Guerra Carlista, con una oficialidad liberal que torpedeó todo intento de sublevación legitimista a base de encarcelamientos y fusilamientos, como los que hubo en la Plaza de Armas de Sevilla. Asimismo, la Desamortización del mentado Mendizábal contribuyó al absoluto desamparo de los campesinos, creando una casta de caciques nuevos ricos que se sumaron a la alta nobleza que, en amplia mayoría, con la connivencia del golpismo militar, ayudó a consolidar un sistema de corrupción que, salvando algún importante parche, se recreó especialmente en la mal llamada “Restauración” de Cánovas y Sagasta y con el actual régimen zarzuelero.

 

Uno de esos parches a los que aludimos fue la Dictadura del general Primo de Rivera, de 1923 a 1930. ¿Será el primorriverismo, amén de encarnar muchos postulados del Regeneracionismo, una forma de “derecha socialista”, término que emplea el filósofo Gustavo Bueno? Creo que por ahí podríamos apuntar. Con todas las fallas que hubiera, con Primo de Rivera se lucha por una economía de interés nacional, nacionalizando cuestiones como el teléfono y el petróleo, formando una Unión Patriótica con los elementos más sanos y honorables del pueblo, muchas veces sin significación excesivamente política. Claro que también se engendró corrupción y que la gran crisis de 1929 tuvo que golpear, pero atentos a esta época porque José Calvo Sotelo (4) quiso poner puntos sobre las íes y, siendo acaso el mejor ministro de la Hacienda española tras el marqués de la Ensenada (otro patriota “ilustrado), quiso que estas oligarquías, ya industriales o agrarias, tributaran según sus posesiones e ingresos; y eso fue uno de los motivos principales que provocó la caída del general, por supuesto, con la anuencia de Alfonso “XIII”, el primer productor pornográfico de España. Por querer una economía nacional y fuerte fue odiado por tirios y troyanos, y lo mismo que fue condenado al ostracismo por parte de la oligarquía, a los años resultaría asesinado por pistoleros del PSOE.

 

Y bueno, qué decir a día de hoy…. No hay palabras para describir este brutal divorcio. Telefónica, el banco Santander, Almodóvar, futbolistas… Gracias a la SICAV que con tanto estudio y brillantez ha denunciado el profesor Guillermo Rocafort (5), las grandes fortunas de España ni pagan impuestos ni invierten en el país. Cuando algún rojete listillo de allende los mares los expropia, ahí si intentan esgrimir la banderita, como en el fútbol. Mas les conviene un pueblo humillado, consumista y callado, inconsciente de su tradición y grandeza histórica, sin interés por la política, por los asuntos importantes en general, desgañitándose entre narcóticos varios.

 

El divorcio entre la élite y el pueblo vive ahora el culmen. Aunque por desgracia, “élite” sea una palabra que a día de hoy no halla realidad en España. No hay grandes aspiraciones puesto que no hay referentes. Sin mística, no hay realidad ni naturaleza. Y como profetizó el gran poeta hispanoamericano Rubén Darío (6):

“La América española como la España entera

fija está en el Oriente de su fatal destino;

yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera

con la interrogación de tu cuello divino.

 

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?

¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?

¿Callaremos ahora para llorar después? “

 

Y ya no nos quedan fuerzas ni para llorar.

Con todo, no olvidemos que en 1711 el imperio británico trazó su Plan para humillar a España. Y el lema "A España hay que vencerla en América y no en Europa". Aun en nuestras horas más bajas, ¿acaso se entiende que Francia y Gran Bretaña sigan empeñadas en una geopolítica empeñada exclusivamente en fastidiarnos? Lejos de la “conspiranoia”, la verdad es que no bajarán la guardia ni aun ante la enésima crisis, porque, ¿quién sabe si esta crisis pudiera hacer que la Cumbre Iberoamericana se fuera convirtiendo en un organismo de política real, que estrechara lazos político-económicos, dando voz a España en América y a Hispanoamérica en Europa, al igual que pasa con la Commonwealth británica o con la política aún férreamente colonialista francesa en África?.

 

Basta de divorcios en todos los sentidos. Es la hora de formar una élite por el mérito. Nobleza obliga, y nosotros estamos obligados a luchar por el bien común de nuestra amenazada patria. No tendremos pueblo (pueblo es contrario a masa) mientras no haya fe y referencias. Nos toca una labor misionera y conquistadora, una epopeya de servicio, jerarquía y hermandad, evocando las palabras del mártir Ramiro de Maeztu. Si queremos vernos reflejados en alguien, pensemos primero en Don Pelayo y luego en la resistencia de los mozárabes. La novedad de la Tradición nos hará poner el pasado en marcha (parafraseando al genial brasileño Arlindo Veiga Dos Santos) y nos presentará un futuro venturoso. ¡A luchar se ha dicho!

 

 

Notas.

(1) Lo cual es grave, pues muchos no se dan cuenta que el austracismo, que nada tiene que ver con la tradición española, deslegitima al carlismo ipso facto, y a la gran mayoría de España, que más tradicional incluso que los escasos reductos austracistas de Cataluña, Valencia y Castilla, luchó con uñas y dientes por Felipe V, que era el rey legítimo de las Españas. Navarros y vascongados fueron entusiastas, destacando por ejemplo la figura de Blas de Lezo. Para ampliar más sobre el tema, véase: http://elprincipatdecatalunya.blogspot.com/search/label/11%20de%20Septiembre

 

(2) Sobre el virrey Abascal, véase: http://averiguelovargas.blogspot.com/2009/10/la-prevision-politica-de-un-soldado.html

 

(3) Sobre la figura de José Cadalso, acaso lo mejor de la Ilustración española, véase: http://www.arbil.org/(66)cald.htm

 

(4) Véase: http://movimientoraigambre.blogspot.com/2013/09/memoria-y-psicologia.html

 

(5) Véase: www.youtube.com/watch?v=hnF61MYnbA8

 

(6) Léase el poema entero en: http://www.poemas-del-alma.com/los-cisnes.htm

 

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