LRH 28.2.pdf
Documento Adobe Acrobat 242.1 KB


Problemáticas intelectuales en torno al pensamiento marxista. Modos de producción y lenguaje de clases en el discurso de José Carlos Chiaramonte.

 

Dr. Tomás Elias Zeitler*.


Doctor en Historia y Profesor en la Cátedra Ciencias Sociales (Facultad de Humanidades-UNNE) (Argentina).

 

 

Para Marx, el problema era más sencillo;

él sabía que la Inglaterra del siglo XIX

era capitalista. Para nosotros, la cosa es más

complicada: se trata justamente de decidir,

lo que él tenía ya resuelto…”

 (Chiaramonte: 1983, p. 264)

 

 

Resumen: El presente artículo se enfoca en el discurso crítico de José Carlos Chiaramonte respecto a las problemáticas intelectuales en torno al pensamiento marxista: sus reflexiones sobre el concepto de “modos de producción” y el “lenguaje de clases”, propios de la teoria marxista, han sido los flancos elegidos por el autor para esgrimir una crítica sobre las periodizaciones en historia intelectual y una denuncia de los usos políticos de la historia.     

El análisis se concentrará en dos obras principales: Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica (1983) y Usos políticos de la historia. Lenguaje de clases y revisionismo histórico (2013). La distancia temporal que separa una de otra queda justificado porque entre la revisión que realiza Chiaramonte de la teoría marxista a partir de un “diagnóstico” sobre los significados y usos del concepto “modo de producción” –hilo central de Formas de sociedad y economía…- y los argumentos más recientes esgrimidos respecto al lenguaje de clases se evidencia una continuación de su crítica central acerca del problema de las periodizaciones, el uso irreflexivo de supuestos y el anacronismo conceptual.

 

Abstract: This article focuses on the critical discourse of José Carlos Chiaramonte regarding intellectual issues around Marxist thought: reflections on the concept of "modes of production" and "language classes", typical of the Marxist theory, have flanks been chosen by the author to wield a review on periodization in intellectual history and a denunciation of the political uses of history.

The analysis will focus on two major works: Forms of society and economy in Latin America (1983) and Political uses of History. Language classes and historical revisionism (2013). The temporal distance between each other is justified because between takes Chiaramonte revision of Marxist theory from a "diagnosis" of the meanings and uses of the concept "mode of production" -central theme on Forms of society…- and more recent arguments about language classes evidenced a continuation of his central criticism about the problem of periodization, the unthinking use of assumptions and conceptual anachronism.

 

Palabras Claves: marxismo, modos de producción, lenguaje de clases, historiografía.

Keywords: marxism, modes of production, language classes, historiography.

 

 

La historia de las ideas y la historia intelectual gozan desde hace unas décadas de un crecimiento destacado tanto en cantidad de trabajos publicados como en la calidad de los mismos, por la variedad de temas y enfoques aplicados.[1]

En esta área de investigación histórica, el pensamiento marxista fue y sigue siendo uno de los temas recurrentes por parte de los historiadores de las ideas y, en este sentido, las reflexiones de José Carlos Chiaramonte hace más de cuatro décadas en torno a las formas de sociedad y economía en Hispanoamérica y sus recientes indagaciones respecto al lenguaje de clases evidencian tanto la trayectoria como la continuidad de las problemáticas historiográficas, y también políticas, que la teoría y metodología marxista generan en el mundo intelectual. 

Precisamente por esto es que las distintas revisiones e intervenciones críticas de Chiaramonte a lo largo de su carrera respecto a falsos supuestos, anacronismos conceptuales y prácticas historiográficas, pueden ser comprendidos como problemas intelectuales que nacen de un mismo intento: reflexionar sobre el problema de las periodizaciones y los usos políticos de la historia.  

En todos sus textos abundan expresiones tendientes a denotar la falta de reflexión crítica por parte de los historiadores sobre los supuestos que manejan, los cuales limitan sus prácticas historiográficas sea por ingenuidad, anacronismo o abierto uso político de la historia. Aunque la denuncia no es nueva y, en realidad, afecta al conjunto de las ciencias sociales desde sus inicios mismos; es cierto que en la historia adquiere un sentido especial pues, como sabemos, se presta aún más a los usos políticos para justificar u orientar proyectos estatales o sociales –conservadores, reformadores, revolucionarios- y esto con el consentimiento o no de quienes la escriben.

El presente artículo se enfoca en esta dimensión crítica del discurso de Chiaramonte: la teoría marxista (especialmente en torno al concepto de “modos de producción” y el “lenguaje de clases”) y el revisionismo histórico, como práctica historiográfica, parecen ser los flancos elegidos por el autor para esgrimir una crítica sobre las periodizaciones en historia intelectual y una denuncia de los usos políticos de la historia.     

El análisis se concentrará entonces en dos obras principales: Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica (1983) y Usos políticos de la historia. Lenguaje de clases y revisionismo histórico (2013).[2] La distancia temporal que separa una de otra aunque proyecta un “salto” entre momentos historiográficos distintos del autor queda justificado en tanto que entre la revisión que realiza Chiaramonte de la teoría marxista a partir de un “diagnóstico” sobre los significados y usos del concepto “modo de producción” –hilo central de Formas de sociedad y economía…- y los argumentos más recientes esgrimidos respecto al lenguaje de clases se evidencia una continuación de su crítica central acerca del problema de las periodizaciones, el uso irreflexivo de supuestos y el anacronismo conceptual.

Lo anterior, que evidencia las debilidades en la teoría se manifiesta en la práctica historiográfica del revisionismo argentino: claramente, la operación del autor consiste en elegir una teoria –el marxismo- y una práctica historiográfica –el revisionismo histórico argentino-, elección que el autor justifica por el impulso que las promueve y que se expresa en el mismo título de la obra que los incluye: Los usos políticos de la historia...   

 

Modos de producción y un conflicto de interpretaciones

Durante su exilio en México (1975-1986), paralelamente a los trabajos que realizaba como integrante del equipo de investigaciones sobre demografía histórica mexicana, en el IISUNAM, Chiaramonte continuó reflexionando sobre las debilidades que de la teoría marxista parecían manifestársele, a medida que profundizaba en investigaciones concretas de la realidad histórica hispanoamericana. La expresión de estas revisiones a la teoría marxiana y de las críticas a lo que los marxistas hicieron de ella es su obra Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica, publicada en 1984 en México por la editorial Grijalbo, en la que se proponía “analizar los condicionamientos de diverso tipo –ideológicos, científicos, coyunturales…-, de esos diagnósticos” sobre la naturaleza feudal o capitalista de las sociedades hispanoamericanas, dejando de lado “la discusión de su verdad”. [3]  

El problema aparentemente sencillo de corroborar si las sociedades hispanoamericanas tenían una naturaleza feudal o capitalista impulsó entre los historiadores americanistas, sobre todo en los años setenta, más efervescencia teórica que investigaciones históricas concretas: el diagnóstico no de la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas sino del debate generado en torno a su clasificación llevó a Chiaramonte por los derroteros de una teoría marxista en crisis, al menos en el recorrido de su oficio de investigador, para corroborar que tanto la “tesis feudal” como la “tesis capitalista” adolecían de una misma debilidad, a saber, dar por supuesto la existencia misma de “modos de producción” asimilando el concepto como central en la teoría de Marx cuando en realidad obedecía a una difusión simplificada, por fines propagandísticos, de la obra de José Stalin.[4] 

El texto de Chiaramonte que demuestra sus lecturas profundas y apropiación particular de la teoría de Marx proponía, en definitiva, un diagnóstico sobre el diagnóstico que denunciaba los supuestos que historiadores y economistas manejaban en sus debates en torno a los modos de producción en Hispanoamérica.

Conviene primero, sin embargo, clarificar el sentido que damos al analizar la problemática intelectual que aborda José Carlos Chiaramonte en esta obra. Ciertamente, no se encuentra en la línea actual de análisis de la nueva historia intelectual, que si no es deudora de una poco identificable y nunca reconocida “historiografía posmoderna” lo es al menos de algunos cuestionamientos “posmodernos” y propuestas renovadas del denominado “giro lingüístico” en la historia, que incluye desde las primeras contribuciones de Arthur Coleman Danto, Walter Bryce Gallie, Louis O. Mink o Paul Veyne a los aportes más difundidos de Hayden White, Paul Ricoeur, Dominick La Capra, Quentin Skinner, Fredric Jameson o Frank R. Ankersmit.

En un sentido distinto, estas investigaciones respondían a una problemática intelectual con fuerte sentido político y cultural. Conviene, por tanto, incluir esta línea de investigación en lo que para la época correspondía hacer, en términos generales, y según la calificación misma del autor, “historia cultural”.[5]

Ahora bien, para evaluar la significatividad de esta obra es necesario trazar primero el recorrido argumentativo que desarrolla Chiaramonte e identificar en su propio discurso supuestos implícitos que pudieron condicionar también su mirada.

Delimitado el problema (debates en torno a la “tesis feudal” y la “tesis capitalista”), el objetivo (analizar los condicionamientos de estos diagnósticos), las dificultades (que el acceso a la realidad social está mediado por el estado de los conocimientos heredados), las deficiencias (falta de comprobación de la índole histórica de una economía) y la importancia de su investigación (contribuir a la crítica del estado actual de la cuestión), Chiaramonte intenta rastrear desde sus orígenes los criterios y fuentes de la periodización de la historia hispanoamericana y las connotaciones del concepto de feudalismo en intelectuales de la primera mitad del siglo XIX, atendiendo especialmente a los usos que de él se harán en México y en Chile luego de la independencia (pp. 17-21).

Observa así que ya en la época de las independencias se encuentran interpretaciones de la historia hispanoamericana a partir de principios clasificadores y diferenciadores de etapas, pero en ellas el concepto de feudalismo es secundario o su uso pretendía denotar anomalías/anacronismos de ciertos rasgos sociales desde una “concepción eminentemente política” (p. 24) que oponía despotismo a libertad, concepción que justamente llevaba a prescindir del concepto de feudalismo (poco frecuente en las fuentes intelectuales de la época): “En definitiva, el feudalismo era, fundamentalmente, un tipo de organización política…” (p. 29) y aunque fuera usado como categoría de análisis todavía eran “las manifestaciones superestructurales de los regímenes feudales las que más concitaron la atención” (p. 32). En este período, incluso en los dos casos en los que el concepto de feudalismo adquirió cierta relevancia –México y Chile, con las particularidades que los diferenciaba- su connotación no iba más allá de señalar y denunciar “la existencia de grupos sociales privilegiados cuya base es la gran propiedad territorial” (p. 42).

En síntesis: en la primera mitad del siglo XIX los intelectuales no utilizaron el concepto de feudalismo con un sentido similar al que posteriormente será expresado con el de “modo de producción” y su “diagnóstico” sobre el tipo de sociedad estaba condicionado por “los aspectos de la realidad social que más preocupación causaban, las herramientas intelectuales con que se aborda esa realidad y el concepto de aquellos aspectos” (p. 48).

La adopción del diagnóstico feudal puede sí percibirse más claramente al promediar el siglo XIX, cuando en un contexto de luchas políticas, conflictos sociales y dificultades económicas el “análisis del retraso” de los paises hispanoamericanos en comparación con el progreso europeo condicionará a algunos intelectuales a usar el concepto de feudalismo para dar cuenta de esa situación, aunque la connotación del término sufrirá las ambigüedades del eclecticismo de algunos o seguirá ausente en otros. Será recién a fines del siglo XIX cuando el concepto de feudalismo será un “criterio de interpretación y periodización histórica” (p. 58) en La época de Rosas (1898) del historiador argentino Ernesto Quesada.[6]

Los condicionamientos de estos diagnósticos, que ya obedecen a una percepción de “ciertos rasgos característicos” de las sociedades hispanoamericanas aunque permanecen vinculados a preocupaciones políticas en torno a la debilidad o inexistencia de poderes centrales, influyen en el pensamiento hispanoamericano y “fundamentan una forma de interpretación de la realidad local que habrá de tener amplia vigencia durante el siglo XX”: la periodización de las sociedades hispanoamericanas a partir de connotaciones políticas, razón por la cual al concepto de feudalismo todavía no se le oponía el de capitalismo. (pp. 60-62)

En síntesis: durante todo el siglo XIX los “diagnósticos” sobre la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas surgen de preocupaciones provenientes del ámbito político y el concepto feudalismo permanece limitado a su aspecto político.

Un “nuevo ingrediente metodológico”, la influencia teórica del pensamiento de Marx, llevará a los primeros socialistas como José Ingenieros[7] y José Carlos Mariátegui[8] a “fundar el criterio del carácter feudal del país considerado, sean Argentina o Perú en los casos citados, sobre el reconocimiento de la índole feudal de la economía de ambos países.” (p. 65).

La teoria del caudillismo como recurso explicativo, que Ingenieros expone en Sociología Argentina (1918), significó una toma de postura en favor de la clase obrera a partir de una interpretación histórica que, incorporando elementos marxista en el análisis -especialmente el criterio de lucha de clases-, expuso un diagnóstico feudal de la sociedad argentina dando prioridad al plano de la economía pero que, sin embargo, provenía de:

“un concepto marcadamente político-institucional de esa forma histórica de sociedad, que no podía menos que reforzar la natural preeminencia de los aspectos políticos de los casos y momentos estudiados”. (p. 68)

Por otra parte, J. Carlos Mariátegui en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), que abordaba el estudio de la colonización hispana del Perú aplicando la teoría marxista, desarrolló la tesis feudal atendiendo especialmente a los caracteres económicos de la sociedad peruana pero respondiendo todavía a presupuestos políticos y una caracterización feudal de la economía limitada al uso engañoso del concepto semi-feudal que en lugar de remitir a una connotación propia de lo que podría considerarse un modo de producción derivaba la interpretación histórica en “un conjunto de criterios no bien articulados y hasta contradictorios” (p. 76).      

Por estas razones, confirma Chiaramonte que la argumentación de la tesis feudal:

“…no es un verdadero diagnóstico histórico (es decir, fruto de un real estudio en el campo de la ciencia histórica), sino una tesis política proveniente de la conjución de dos supuestos: a. una concepción evolutiva y periodizadora de la historia, en la cual no cabían otras alternativas que feudalismo o capitalismo; b. un razonamiento por analogía.” (p. 78)

Analogía que obedecía, en gran medida, a la falta de evidencia empírica en el estudio histórico de las sociedades hispanoamericanas lo que llevaba a estos intelectuales a formular “una interpretación global de la historia de sus países” en base a una analogía con la experiencia europea y los estudios históricos allí realizados. La influencia del pensamiento marxiano, antes incluso de la aplicación del esquema evolucionista de los modos de produción stalinista, difundió lo que Chiaramonte denomina la “teoría de la etapa”: la necesidad política de establecer tipos históricos ideales y periodizar el desarrollo de las sociedades hispanoamericanas para determinar el curso político que se debía apoyar, a saber, una revolución democrático-burguesa (si el carácter de los países era feudal) o una revolución socialista (si el capitalismo ya estaba consolidado).  

Tan fuerte parece ser esta tradición del pensamiento político latinoamericano que tesis similares pueden encontrarse al promediar el siglo XX en las interpretaciones de Chávez Orozco y Rodolfo Puiggrós.[9] Las obras históricas de ambos, concebidas también desde una perspectiva marxista, en el intento de fundamentar el carácter feudal de la colonización hispana y de la sociedad colonial hacen frente al problema central de la hipótesis feudal y remite al carácter de las relaciones de producción: determinar la existencia de la servidumbre. Pese al esfuerzo de los autores, para Chiaramonte, ninguno alcanzó a probar el carácter servil de las formas diversas de trabajo existentes en Hispanoamérica (obraje, minería, yanaconazgo, mitas, esclavitud) y sus categorías de análisis histórico, económico y social, “no están suficientemente apoyadas en información precisa, y revelan un uso más bien metafórico” de calificativos que no son más que “una herramienta de denuncia de la injusticia histórica de los grupos dominantes” (p. 89).

Pero la crítica a esta tesis feudal, prevaleciente pese a sus limitaciones, recién tendrá lugar con la tesis de Sergio Bagú sobre el “capitalismo colonial” que predominó en la economía iberoamericana por las condiciones de vulnerabilidad en que ésta se incorporó al mercado capitalista occidental en carácter dependiente. La tesis, desarrollada en sus obras Economía de la sociedad colonial (1949) y Estructura social de la colonia (1952) y que constituye el fundamento a la teoría de la dependencia que desarrollará luego Gunder Frank, aunque sólida en el plano económico manifestaba su debilidad en la estructura social al no corroborar que a esa economía capitalista correspondía también la existencia de una clase social burguesa. Concluye Chiaramonte que: “La obra de Bagú había exhibido muchas de las debilidades de la tesis feudal, sin por ello fundamentar sólidamente la suya” (p. 91).

Por su parte, Gunder Frank, quien desarrolló la teoría de la dependencia en abierta crítica a Puiggrós, fundamentó la tesis del “capitalismo iberoamericano” con claras intenciones políticas que buscaban definir el tipo de revolución necesario en los países que integraban este ámbito. Se desató entonces una fuerte polémica entre ambos autores alrededor del año 1965, en un diario mexicano, en la que finalmente “ninguno comprueba lo que pretende tener demostrado ni hace explícito lo que confusamente está atacando” (p. 94).

Así, rastreando la génesis de un diagnóstico que se remonta a la época de las independencias y que alcanza su máxima resonancia en la segunda mitad del siglo XX, Chiaramonte logra corroborar dos características y debilidades importantes: primero, que los diagnósticos surgieron en todos los casos por un condicionamiento político de los intelectuales en aras de explicar la permanencia de grupos privilegiados en el poder o determinar el curso revolucionario que debían tomar los países iberoamericanos; segundo, que el concepto de feudalismo no posee una connotación que lo vincule a tipos históricos evolutivos que posteriormente serán formulados como modos de producción sino, en todo caso, a etapas de retraso que tampoco se contraponen –al menos hasta después de mediados del siglo XX- al concepto de capitalismo.      

Pero lo anterior no constituye sino la plataforma a partir de la cual Chiaramonte pretende sacar a luz los supuestos conceptuales implícitos en la periodización histórica de las sociedades hispanoamericanas, derivados especialmente de la aplicación del concepto de modos de producción: un concepto que además de no tener importancia central en el análisis marxiano del caso europeo fue desvirtuado en interpretaciones marxistas posteriores.  

Esa Segunda Parte del libro, aborda con gran profundidad el análisis de los usos y significados de conceptos como “modo de producción”, “relaciones de producción”, “formación social y económica”, “fuerzas productivas”, “manufactura” y “plusvalía” en las principales obras de Marx. [10] 

Así, para Chiaramonte, diferenciar entre el uso marxiano y los usos marxistas del concepto “modo de producción” se constituye en una estrategia fundamental para ejercer una crítica a los “diagnósticos” sobre las sociedades hispanoamericanas corroborando que “el concepto de modo de producción no constituyó, en el uso de Marx, el concepto central para la interpretación de la historia” (p. 101) pues esta connotación se impone recién a partir del texto de Stalin Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico (1938) que asimila ese concepto al nivel económico de la sociedad reduciendo los conceptos de “fuerzas productivas” y “relaciones de producción” a elementos constitutivos de los “modos de producción”:

“…formulación sintética y taxativa al problema del “factor determinante de la historia” y de la relación economía-sociedad, dentro de una forma de tratamiento del marxismo muy condicionado por el propósito de divulgación.” (p. 106)

La primera observación de Chiaramonte tiene que ver con el tipo de vínculos que Marx establece, en Miseria de la Filosofía (1847), entre el “modo de producción” y las “relaciones de producción”, aclarando que el verbo alemán bedingen puede ser traducido erróneamente como “determinar” o con un significado más preciso como “condicionar”: de esta manera se infiere que “modo de producción” y “relaciones de producción” son conceptos correlacionados pero no inclusivos y entre ambos se establece un vínculo de “correspondencia”:[11]

“El concepto de modo de producción confiere un matiz dinámico al de fuerzas productivas: de un nivel dado de las fuerzas productivas materiales, deriva un modo de producción históricamente diferenciado, y de éste, las correspondientes relaciones de producción” (p. 111)

Asimismo, en La ideología alemana (escrita por Marx y Engels en 1845 pero publicada póstumamente) debe advertirse que la intencionalidad de los autores es remarcar el carácter histórico de un modo de producción en el contexto de crítica al idealismo histórico, es decir, en la diferenciación que pretendían hacer con respecto a la filosofía del neohegelianismo alemán.

En conclusión, al tipo histórico ideal del simplificado esquema evolucionista de Stalin en realidad correspondería una vision más dialéctica entre ambas categorías y no una dependecia subordinada de las relaciones de producción al modo de producción, además, porque las relaciones de producción no son sino relaciones sociales, lo cual deriva al estudio de la división del trabajo (p. 119).

Esta interpretación parece quedar corroborada más claramente en el Prólogo de Marx a su Contribución a la crítica de la economía política (1859) y el Libro Primero de El Capital (1867) en donde se explican las relaciones dialécticas entre fuerzas productivas y relaciones de producción en torno al concepto de “formación social” y “formación económica de la sociedad”: nuevamente un problema de traducción lleva a Chiaramonte a resignifcar el sentido de la expresión alemana que empleó Marx en un intento por recuperar la impronta que los factores sociales adquirían por encima de los económicos sosteniendo que la versión más literal debería ser “socio-formación económica” (cfr. pp. 122-123). Además, una lectura descuidada de estas obras puede llevar a confundir entre el concepto de “producción” y el de “modo de producción” (este último usado incluso con ese doble sentido) y derivar en una errónea interpretación al asimilar el sentido de las determinaciones materiales[12] –al que se refiere el concepto de “producción”- con el de la historicidad de la producción, en donde las relaciones de producción constituyen el elemento clave en tanto que “la producción es siempre un fenómeno social” (p. 126).    

Concluye entonces que las tres consideraciones básicas a tener en cuenta para una correcta interpretación de los textos de Marx son: la relación dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción, la centralidad del concepto de producción –entendido como producción social- y el sentido histórico que se pretende dar al concepto de modo de producción.

Sin embargo, Chiaramonte no deja de percibir también que la teoría de la plusvalía que Marx desarrolló en El Capital puede generar incongruencias al momento de interpretar la relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción, confusión que puede provenir por los escritos anteriores de Marx en los que ésta cuestión no fue explícitamente desarrollada o por la confusión misma de conceptos como “correspondencia”, “determinación” o “condicionamiento”, dificultad que Althusser [13] intentó superar con el concepto de “escala graduada” que implicaba definir cuantitativamente el nivel de la productividad del trabajo humano: solución falsa –para Chiaramonte- por cuanto no se logra precisar cuál es el nivel cuantitativo que debe alcanzar la productividad para generar cambios en las relaciones de producción. Ante este dilema, que parece nunca encontrar solución, Chiaramonte propone una alternativa considerando conceptos como “manufactura capitalista”, “subsunción formal” y “subsunción real”: [14]

“Pero nos parece que en El Capital su criterio es que los cambios operados en el nivel de las fuerzas productivas, dentro de la economía europea de los siglos XV y XVI, provocaron un cambio en las relaciones de producción que se habría manifestado en las primeras manufacturas capitalistas, con cooperación simple, correspondientes a la subsunción real del trabajo en el capital y a la producción de la plusvalía absoluta… Y que la aparición de cambios específicamente capitalistas en el carácter de las fuerzas productivas es, precisamente, efecto de la existencia previa de las relaciones de producción capitalistas.” (p. 152)

La confusión bien podría generarse sino fuera por introducir esta interpretación en un contexto histórico particular que es la Europa de los siglos XV y XVI y la instancia previa que supuso la “manufactura capitalista” al “modo de producción específicamente capitalista”: por lo cual –invirtiendo el orden del argumento de Chiaramonte- podría afirmarse que en principio fue la existencia previa de las relaciones de producción capitalistas lo que generó cambios específicamente capitalistas en las fuerzas productivas y éstas, a su vez, en las relaciones de producción manifestadas en las primeras manufacturas capitalistas con subsunción real del trabajo en el capital.

La interpretación de Chiaramonte deriva así del problema general de los modos de producción al problema específico del surgimiento del modo de producción capitalista: podemos inferir que el supuesto implícito en el desplazamiento analítico que realiza el autor es que si la teoría de Marx nació precisamente de un caso particular que luego se generalizó es erróneo debatir el sentido de la teoría generalizada sin atender particularmente al caso concreto desde el que fue planteada originariamente.

Pero aún así, el criterio de Marx respecto de la aparición de la producción capitalista en el siglo XVI genera “un problema que puede ser motivo de confusión” (p. 155) y esto porque la posición de Marx encierra dos aspectos: la periodización abstracta de la historia de la industria “que parte de la historia real pero que sintetiza y abstrae en función de distinguir etapas y ordenarlas” (p. 158) y la distinción de un período histórico dominado por la manufactura. Todo conduce a pensar que para Chiaramonte es el análisis profundo de esta última cuestión la que permitiría comprender en toda su complejidad el verdadero sentido de la teoría marxiana y es en este punto que el autor recurre al estudio de Eric Hobsbawm, En torno a los orígenes de la revolución industrial (1971), para afirmar que en un principio (durante el período manufacturero inglés del siglo XVII) el capital no creó un modo de producción capitalista ni produjo una revolución industrial, pues se desarrolló en los poros de la sociedad precapitalista por medio del capital mercantil y financiero. Defiende Chiaramonte que lo interesante del punto de vista de Hobsbawm es que “descartaría la posibilidad de diagnosticar el carácter histórico de una producción, el modo de producción, en los límites de una empresa o una rama de la producción” (p. 162): estrategia predominante en los diagnósticos sobre el carácter de las sociedades hispanoamericanas. 

Volveremos en el próximo punto sobre este argumento de Chiaramonte cuando incorporemos las nociones de “capital comercial” y “trabajo a domicilio” (elementos claves para comprender el surgimiento de las primeras manufacturas capitalistas y su posterior estudio sobre las formas de sociedad y economía en la provincia de Corrientes durante la primera mitad del siglo XIX) pero conviene antes destacar que, hasta este punto, en el discurso de Chiaramonte puden identificarse al menos dos consideraciones en conflicto pues, aunque afirma que su objetivo no es discutir la verdad de las tesis “feudal” o “capitalista” concluye por refutar ambas, en tanto que su reflexión corrobora la irrelevancia del concepto de “modo de producción” (o una interpretación que remita al mismo sentido) para el estudio histórico de las sociedades hispanoamericanas y torna, como consecuencia, inútil el esfuerzo por intentar demostrar cuál de las dos tesis es verdadera ya que, en última instancia, ambas son falsas.

Y en relación a esto último, al sostener que el error de ambas tesis procede del manejo por parte de los intelectuales de una teoría desvirtuada del marxismo (primero por una fuerte tradición política en el pensamiento iberoamericano, luego por la simplificación de Stalin en 1938 y finalmente por la interpretación de Althusser en 1968) supone que su interpretación de lo que Marx realmente quiso decir es la correcta. Sin embargo, la estrategia del autor parece igualmente recubrir el supuesto sosteniendo que:

“Sólo que en el transcurso de tal cometido convendrá establecer lo que Marx realmente quiso decir, como aceptar las interpretaciones posteriores que se han sucedido como propuestas debatibles, nos parezcan o no acordes con los textos originales de Marx, para contribuir a complementar o modificar los aspectos que así lo merecen en un campo de pensamiento en el que la elaboración de Marx quedó sin duda incompleta.” (Chiaramonte: 1984, p. 100) [La cursiva es nuestra]

Estrategia doble que consiste en aceptar las otras interpretaciones pero establecer, desde su interpretación, qué es “lo que realmente Marx quiso decir”. Y es que en ése supuesto se engendra precisamente el conflicto de interpretaciones en torno al pensamiento de Marx: que todos sus intérpretes creen estar interpretándolo correctamente. El error es, sin pretender abusar del argumento, que toda explicación sobre “lo que realmente Marx quiso decir” es siempre una interpretación.  

 

El capital comercial en la antinomia producción-circulación

Como lo mencionamos anteriormente el concepto de “capital comercial” es fundamental no sólo en esta revisión de los diagnósticos sobre la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas que realiza críticamente Chiaramonte sino también en su posterior investigación histórica sobre las formas de sociedad y economía de la Provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX.[15]

Introducir el concepto de capital comercial sirve entonces, en primera instancia, para refutar de raíz tanto la tesis feudal como la tesis capitalista en tanto que ambas parten de considerar a un sector de la economía como dominante y a partir de esta caracterización determinar el tipo de economía desarrollado: la tesis feudal atribuye el papel dominante a la hacienda y a la servidumbre como la forma de trabajo correspondiente, mientras que la tesis capitalista se centra en la minería y el trabajo libre. Pero ambas parecen descuidar, según el análisis de Chiaramonte, el papel predominante que tuvo el capital comercial al menos en la economía novohispana del siglo XVIII: aceptar esta predominancia significa derivar el análisis de la producción a la circulación.

Pero el concepto de capital comercial también puede generar confusiones porque en la teoría de Marx servía tanto para designar al capital orientado al tráfico de mercancías (capital comercial propiamente dicho) como al capital destinado al tráfico de dinero (capital usurario), razón por la cual se debe considerar al menos tres criterios: uno, que la esfera de la circulación no es determinada por la producción; dos, que el capital comercial implica la subordinación de grupos productores al sector mercantil; y tres, que la aparición del capital comercial es anterior a las relaciones de producción capitalistas.

Ahora bien, en la problemática transición del feudalismo al capitalismo el capital comercial cumple una función decisiva para el desarrollo del capital industrial porque “explota” el excedente que le proveen los diversos modos de producción existentes a la par que socava o disuelve sus fundamentos pero, sin embargo, no por eso determina el proceso de transcición del feudalismo al capitalismo ni la instauración de un modo de producción determinado (pp. 178-179).

A esta variable de análisis se debe agregar el concepto de “trabajo a domicilio” que aunque no puede considerarse como una etapa de subsunción formal del trabajo al capital, ya que puede manifestarse en circunstancias diversas y depende de condiciones históricas particulares, sí constituye “una forma de transición hacia la producción capitalista, por cuanto tiende a subordinar a los productores directos al capital” (p. 184). Sin embargo, mientras que en la teoría marxiana el trabajo a domicilio vincula al comerciante con productores individuales o unidades económicas familiares, en la economía novohispana del siglo XVIII el comerciante se vincula con “unidades complejas de producción” como las minas o las haciendas, unidades de producción en las que no alcanzó a desarrollarse un mercado libre de trabajo ni desaparecieron las formas de producción de subsistencia (pp. 220-225).

Capital comercial y trabajo a domicilio pueden constituirse en formas de transición pero sólo en sentido general, es decir, sin deteminar la transición del feudalismo al capitalismo.[16]

A partir de estas consideraciones teóricas, de revisión y crítica, Chiaramonte sostiene el dominio del capital comercial en la economía novohispana del siglo XVIII apoyándose en investigaciones históricas de diversos historiadores contemporáneos, mexicanos y estadounidenses, [17] corroborando que tanto las minerías como las producciones rurales dependían del capital mercantil, incluso dentro del sistema monopólico español el sector mercantil de Nueva España –México- se constituyó en el principal beneficiario y, además, el capital mercantil no sólo cumplió una función comercial sino tambén usuraria. Aun así, el papel del capital comercial estuvo condicionado por el desarrollo de una estructura familiar terrateniente y comercial que limitó su autonomía y mantuvo privilegios sociales coloniales.

Concluye así Chiaramonte que si bien “se comprueba a lo largo del siglo XVIII el papel decisivo del capital comercial en el funcionamiento de la economía mercantil novohispana” también “se observa en ciertos casos la integración del capital comercial en empresas familiares” (p. 205) que impidió el desarrollo de un mercado nacional; incluso hablar de un mercado interno implicaría aclarar que no se trata de manera alguna de un mercado unificado territorialmente sino sólo de un conjunto de transacciones mercantiles limitadas (p. 207).

Pero lo anterior, no alcanza para llenar el vacío metodológico que genera la ausencia, por inaplicabilidad, del concepto de “modo de producción” en tanto que los argumentos de las tesis feudal y capitalista encuentran su sentido precisamente en ésta noción, sea como elementos constitutivos o correlativos:

“Es fundamentalmente toda la función metodológica ya señalada del concepto de modo de producción la que, al estar ausente, genera ese vacío que no puede cubrirse con aquellos otros conceptos no congruentes con esa función.” (p. 215)

Además, al no existir un tipo histórico dominante en la economía novohispana la misma no puede definirse en función de conceptos periodizadores como feudalismo o capitalismo ni en “diagnósticos” acerca de la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas porque, por más atractiva que resulte la teoría marxista, no debe olvidarse que ésta no es más que “una orientación metodológica fundada en la observación de lo ocurrido en ciertos espacios y en ciertos períodos históricos fundamentales” y que de ninguna manera esto implica la necesidad de “reducir toda la historia a tales conceptos” (p. 216).

Si de lo que se trata, entonces, es de poder determinar si “el crecimiento de la circulación mercantil promueve transformaciones técnicas correspondientes” y “nuevas relaciones de producción” (p. 217), el estudio de la economía novohispana del siglo XVII en la que el capital comercial desempeñó un papel dominante no corrobora esta tesis pues no se generaron cambios técnicos significativos ni modificaciones sustanciales en las relaciones de producción. Mas verosímil sería, para Chiaramonte, atribuir este “conservadurismo técnico y social” al “papel expoliador del capital comercial en la pequeña producción mercantil” (p. 219).    

Ante estas críticas y revisiones, otros estudios pretendieron demostrar el carácter feudal de la economía novohispana del siglo XVIII en las características de la producción agraria: el historiador francés Francois Chevallier, especializado en historia mexicana, introdujo el concepto de “semiservidumbre” para asemejar la naturaleza económica y social de Nueva España a la Europa medieval pero “sin adjudicarle la misma naturaleza histórica del feudalismo” (p. 229) mientras que el historiador Claude Morin, en su obra Michoacán en la Nueva España del siglo XVIII: crecimiento y desigualdad en una economía colonial (1979), consideró predominante a un modo de produción feudal que “articula subordinadamente otros modos de producción” (p. 234). Para Chiaramonte, ambas tesis deben igualmente hacer frente a un doble problema: las dificultades de definir qué es el “feudalismo” y corroborar si existe un “modo de producción feudal” o sólo se trata de “la síntesis de un caso histórico, el del feudalismo occidental” (p. 239). Pero si respecto a lo primero no hay acuerdo unánime entre los teóricos del feudalismo (Francois Hincker, Ch. Parain, Pierre Vilar, S. S. Globlot, Perry Anderson, M. Dobb, entre otros) por la falta misma de una “teoría económica del sistema feudal” (según la apreciación de Witold Kula), lo segundo conduce a un procedimiento por analogía no menos problemático, sea remarcando semejanzas entre el peonaje novohispano y la servidumbre medieval (p. 245) o señalando, por ausencia de relaciones capitalistas, la existencia de relaciones feudales (p. 247).

Sí la analogía no parece ser el procedimiento adecuado, Chiaramonte tampoco está de acuerdo con la elaboración de definiciones que permitan clasificar los hechos históricos, según la propuesta de Maurica Dobb, porque esto lleva a “la redución del problema de la periodización histórica a una cuestión de taxonomía” y, de cualquier manera, ambos quedan atrapados en un supuesto naturalista de “clasificación” y “determinación” (pp. 257-258), incluso el recurso de construir “modelos” que propuso Kula aunque prescinde de un concepto de feudalismo “se apoya necesariamente en una teoría previa” (p. 263).

En conclusión: definición y analogía son los procedimientos más utilizados por los historiadores hispanoamericanos sin considerar muchas veces el débil trasfondo empírico de una divulgada teoría global de la Historia o el condicionamiento político de los diagnósticos sobre la realidad social y económica hispanoamericana:

“De manera que cuando surge el concepto de feudalismo como un concepto periodizador de la historia universal, su base de apoyo en algo más que un caso histórico era por demás débil… En tal caso, el apresuramiento para un diagnóstico de cierta etapa de la historia iberoamericana en términos de feudalismo constituye algo innecesario y perjudicial.” (p. 262)

 

Lenguaje de clases y problemas de periodización

Ya fundamentamos al comienzo de este artículo las razones por las que decidimos incluir en esta instancia las reflexiones recientes de Chiaramonte respecto del lenguaje de clases y el revisionismo histórico publicadas en su obra Los usos políticos de la historia (2013). Conviene recordar, igualmente, el fundamento que otorga al autor a la reunión de dos temas diferentes:

“El libro se ocupa entonces de dos distintos asuntos reunidos por la común característica de ser ejemplos de la relación entre historia y política, relación que es útil analizar sin ignorar la muy diversa forma que adquiere en cada uno de ellos” (p. 27)

Relación conflictiva entre historia y política que en el primer tema remite a problemas teóricos del lenguaje de historiadores y economistas, en relación a cuestiones políticas, y en el segundo refiere a una práctica historiográfica productora de relatos interpretativos sobre el pasado nacional argentino.

Aquí, sin embargo, sólo atenderemos a la cuestión del lenguaje de clases y los problemas que se derivan de los intentos de periodización histórica.[18]

Precisamente, el punto de partida de Chiaramonte es ese viejo problema que acabamos de abordar, parcialmente, en páginas anteriores: “las debilidades de las periodizaciones históricas” (p. 31). Un problema que, como el mismo autor recuerda a pie de página, ya había abordado en su obra Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica (1983): razón por la cual afirmamos que su reciente crítica sobre el lenguaje de clases constituye una continuación y profundización de su revisión a la teoría marxiana y marxista.

Este abordaje, sin embargo, no es novedoso pues las interpretaciones en torno a las “clases sociales”, la “conciencia de clase” y la “lucha de clases” han ocupado desde su planteamiento original un lugar central en los debates teóricos marxistas. Esta polémica está dada por el hecho de que ni Marx ni Engels dejaron definiciones precisas en torno a estos conceptos sino, más bien, un conjunto de reflexiones dispersas y aplicadas a casos históricos concretos. Dentro de este marco teórico han ejercido fuerte influencia las concepciones “estructuralistas” y “objetivistas” al momento de comprender los fenómenos y el lenguaje de clases.

En oposición a esa perspectiva, la postura desarrollada por los historiadores marxistas británicos como Edward Palmer Thompson (1924-1993) y Eric Hobsbawm (1917-2012) contribuyó a una comprensión más compleja y dinámica de las clases sociales, contribuciones que fueron significativas para la teoría de la historia y las ciencias sociales en general.[19]

Thompson, en su obra The making of the English working class (1963),[20] trató el problema teórico de la concepción de “clase” a partir del caso histórico concreto de la clase trabajadora inglesa criticando fuertemente los planteos en clave estructuralista, como los de Louis Althusser, en un intento por rescatar cuestiones marginadas en los análisis de Historia Social como la voluntad, la cultura y la autoconstrucción de las clases: Thompson pretendía así revalorizar el papel de la subjetividad en el proceso de conformación de las clases sociales.

Las concepciones de Thompson se desarrollaron tras su ruptura con el estalinismo en 1956, cuando comenzó a orientar sus esfuerzos al examen histórico de la clase obrera inglesa, a realizar una intensa experiencia en talleres de enseñanza e investigación sobre y para las clases populares y a practicar una incansable militancia independiente en el movimiento socialista y antinuclear.         

El punto fundamental de su postura fue concebir que una clase social no se define exclusivamente a partir de sus determinaciones “objetivas” porque siempre están presentes las dimensiones de la acción y la subjetividad dentro del marco de la temporalidad histórica:

“Por clase, entiendo un fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados, tanto por lo que se refiere a la materia prima de la experiencia, como a la conciencia”.[21]

En ésta definición más “culturalista” de clase, la “experiencia” y la “conciencia de clase” se hallan estrechamente unidas aunque no por eso el autor abandona la perspectiva determinista, en tanto que concibe dicha experiencia como algo determinado por las relaciones sociales de producción (“Si bien la experiencia aparece como algo determinado, la conciencia de clase no lo está”) junto a una concepción de la conciencia de clase como “...la forma en que se expresan estas experiencias en términos culturales: encarnadas en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales”.[22] 

De esta manera, Thompson llega a la definición y a la existencia misma de la clase no a partir de una realidad objetiva independiente de la voluntad sino a través de la evidencia de la acción histórica: consideraba que sólo desde la experiencia se puede afirmar la existencia de la clase y que la experiencia no es otra cosa que la “lucha de clases”.

Revalorizando el concepto de lucha de clases a partir de sus estudios sobre la sociedad inglesa del siglo XVIII, Thompson también replanteó la teoría marxista al reordenar y recombinar la relación entre los conceptos de clase, conciencia y lucha de clases, cuestionando toda interpretación estructuralista o economicista:

“En mi opinión, se ha prestado una atención teórica excesiva (gran parte de la misma claramente ahistórica) a ‘clase’ y demasiado poca a ‘lucha de clases’... La clase y la conciencia de clase son siempre las últimas, no las primeras, fases del proceso real histórico”. [23]

Para Thompson las clases sólo podían ser definidas como fenómenos concretos. De hecho, al definirlas como “un fenómeno histórico”, aclaraba: “No veo la clase como una ‘estructura’, ni siquiera como una ‘categoría’, sino como algo que tiene lugar de hecho (y se puede demostrar que ha ocurrido) en las relaciones humanas”.[24] Más adelante sostenía que “Si detenemos la historia en un punto determinado, entonces no hay clases sino simplemente una multitud de individuos con una multitud de experiencias” y que por lo tanto “La clase la definen los hombres mientras viven su propia historia, y al fin y al cabo, esta es su única definición”.[25] 

Esta noción dinámica de clase, que el autor aplica en el capítulo de su obra referido a la “Explotación” de la clase obrera inglesa, se manifiesta concretamente en distintas consideraciones: cuando señala que la formación de la clase obrera es el resultado no tanto de adelantos tecnológicos como de procesos históricos políticos y culturales;[26] cuando sostiene que la conciencia de la clase obrera se formó con elementos anteriores a la Revolución Industrial [27] para concluir que “La formación de la clase obrera es un hecho de historia política y cultural tanto como económica. No nació por generación espontánea del sistema fabril”;[28] cuando refuta la idea de que los obreros como “mera materia prima” fueron modelados como tales por una fuerza externa (la Revolución Industrial) afirma que “Las relaciones de producción cambiantes y las condiciones de trabajo de la Revolución industrial fueron impuestas, no sobre una materia prima, sino sobre el inglés libre por nacimiento...”;[29] cuando señala que la relación de explotación entre la clase obrera y los patrones “Es una relación que puede verse que adopta formas distintas en contextos históricos diferentes, formas que están en relación con las formas correspondientes de propiedad y poder del Estado”; [30] cuando critica a los estudios empiristas sobre la clase obrera porque en ellos “Se pierde la dimensión de la intervención humana, y se olvida el contexto de las relaciones de clase”;[31] y finalmente al afirmar que: “La clase obrera se hizo a sí misma tanto como la hicieron otros”. [32]

De este planteamiento se deriva su crítica a la tradicional ecuación sostenida por Engels y continuada por diferentes pensadores conservadores, radicales y socialistas, según la cual “la energía del vapor y la fábrica de algodoneros = nueva clase obrera”. Sin embargo, este cuestionamiento tiene sus raíces en una crítica más fuerte que Thompson dirigió (en su obra Miseria de la teoría, 1978) hacia la distorsionada utilización de la relación “base/superestructura”, verdadero pilar teórico del análisis althusseriano: analogía a partir de la cual las fuerzas productivas y las relaciones de producción supondrían la “base real y objetiva” y de allí la conciencia de clase surgiría como una sobreestructura “derivada”. El caso concreto de la clase obrera inglesa según esta mirada simplista sería el resultado directo de las transformaciones ocurridas en las fuerzas productivas y las relaciones de producción durante la Revolución industrial, mientras que para Thompson “no deberíamos dar por sentada cualquier correspondencia automática, o demasiado directa, entre la dinámica del crecimiento económico y la dinámica de la vida social o cultural”,[33] atacando esa “metáfora procedente del campo de la construcción” a la que considera “inadecuada para describir el flujo del conflicto, la dialéctica de un proceso social cambiante” ya que implica una tendencia reduccionista que conduce a lo que denominó un “leninismo platónico”: se  presenta una clase –o una ‘clase en sí’– a nivel de ‘base’ que luego se traduce en conciencia de clase –o ‘clase para sí’– a nivel de sobre-estructura.

Por otra parte, ante la problemática en torno a los resultados -positivos o negativos- que produjo la Revolución industrial (y que cobró relevancia a partir del enfrentamiento teórico entre J. Clapham y John y Barbara Hammond),[34] Thompson consideraba que para escapar a esa disputa bipolar era necesario salir de la esfera de las condiciones estrictamente económicas. Eso fue lo que intentó corroborar el historiador británico Eric Hobsbawm afirmando que el crecimiento económico no llevó a un aumento notable del nivel de vida de los obreros y que, por lo tanto, era mejor sostener que la Revolución Industrial había tenido dos caras, la del enriquecimiento continuo de las clases medias junto al empobrecimiento progresivo de las clases trabajadoras:

“Las clases medias continuaban acumulando riqueza en medio de una población hambrienta, cuya hambre era la contrapartida de aquella acumulación”.[35]

De esta manera refutaba la afirmación del historiador T. S. Ashton sobre la existencia de un clima económico más benigno y sobre los aspectos positivos de los adelantos tecnológicos y el crecimiento económico.[36]

Esta controversia no resuelta se debe, según Thompson, a una confusión de base en las investigaciones y análisis que confunden el “estándar de vida” (a partir de la medición de cantidades mediante estadísticas) con el “modo de vida” (la descripción de calidades sobre la base de testimonios literarios): confusión que conduce a una simplificación de la realidad histórico-social. En realidad, lo que debe tenerse en cuenta es que mientras hubo una mejora en el nivel medio de vida material, paralelamente, se intensificó la explotación de los obreros aumentando la inseguridad y la miseria humana: en estas circunstancias la clase obrera “seguía sufriendo esa pequeña mejora como una experiencia catastrófica”.[37]

Es este tipo de perspectiva lo que ha llevado a calificar a Thompson y Hobsbawm como “marxistas culturalistas” en tanto que consideran a los aspectos culturales como variables fundamentales para medir la situación de la clase obrera en Inglaterra: en este sentido, afirma Josep Fontana que ambos estaban en las antípodas del economicismo del marxismo ortodoxo.[38]

En este contexto, el interés de Chiaramonte en torno a la ambigüedad de conceptos como “clases sociales” o “lucha de clases”, que estaba presente en su obra Formas de sociedad y economía (1983) aunque no abordaba esta problemática por falta de “claridad” al respecto, [39] vuelve a ser planteado como problema a dilucidar entre los intelectuales en su exposición sobre el oficio de investigador en la que, haciendo mención de la ingeniosa observación de Althusser respecto al capítulo inconcluso de Marx sobre las clases sociales (observación que también repite en su reciente libro), señalaba que el concepto de clase social no es operativo para la investigación histórica, razón por la cual había evitado usarlo en sus trabajos.[40]

Pero si a mediados de los noventa apenas señalaba la ambigüedad del concepto de “clase social”, y con reservas, ahora decide abordar el problema con mayor detenimiento y crítica.[41]

El capítulo inconcluso de Marx sobre las clases sociales en su obra El Capital suele ser justificado generalmente por falta de tiempo del autor o postergación intencionada en busca de un mayor refinamiento empírico: ausencia, sin embargo, que para algunos teóricos como Ralph Dahrendorf no significa la falta de una teoría de las clases, presente en diversos textos de Marx. Chiaramonte, que no concuerda con este argumento, sostiene que el verdadero obstáculo que impidió a Marx completar este capítulo fue “…la incompatibilidad de los dos conceptos de clase que utilizaba a lo largo de su obra” (p. 34): uno, de carácter económico, que reconocía la existencia de tres clases sociales (asalariados, capitalistas y terratenientes) y otro, con sentido político, que oponía burgueses y proletarios.

Ahora bien, la tesis original de Chiaramonte tiene que ver en realidad con señalar el trasfondo filosófico del lenguaje de clases presente en Marx, lenguaje en tanto se trata de “un conjunto de expresiones interrelacionadas que condiciona la visión de la vida social y política contemporánea” (p. 24). Es, precisamente, el historicismo romántico del siglo XIX -bajo la influencia de Hegel- con su “tendencia a individualizar los fenómenos colectivos y tratarlos como si fueran actores históricos” (p. 36) lo que condicionó la visión de Marx sobre las “clases sociales” –concepto que tomó prestado de los economistas británicos- al conferirle a éstas calidad de “actores históricos dotados, a la manera de individuos, de conciencia, voluntad y fines” (p. 42). Razón por la cual afirma que:

“Por eso, no basta reconocer que no se encuentran en Marx ni una definición ni una teoría de las clases… Más importante que esto para comprender la naturaleza de lo que hoy se llamaría el discurso histórico de Marx, es advertir ese legado historicista del que él y Engels participaban y en virtud del cual utilizaban frecuentemente conceptos tales como el capital, la burguesía, el proletariado en calidad de actores políticos individuales.” (p. 44) 

A la influencia del historicismo romántico también se sumaba la función metafórica de este lenguaje de clases que permitía una forma de escritura cuyo procedimiento “se convertiría en un patrón narrativo de fuerte atracción por su agilidad” además de su “tendencia a la economía del lenguaje”: elementos claves para lograr una visión simplificada y comprensible de la realidad histórica (pp. 45-46).

De esta manera, Chiaramonte pretende contribuir a una problemática que si bien ya fue señalada por teóricos marxistas contemporáneos (Louis Althusser, Edward Palmer Thompson, Perry Anderson y Tom Nairn) éstos, aunque observaron la falta de una teoría coherente de las clases sociales o señalaron las debilidades del uso del concepto de clases sociales como actores históricos, no percibieron el trasfondo filosófico del historicismo romántico.

Paradójicamente, su propio uso del concepto de “historicismo romántico” puede conducir a interrogarse si su connotación se refiere sólo a un conjunto de ideas dominantes en un determinado período histórico o, al igual que los historiadores que denuncia, atribuye al concepto una condición de actor histórico. Confusión que él mismo observa en Karl Popper, uno de los primeros en abordar este problema en torno a los “universales” denunciando al historicismo por su esencialismo metafísico.

La postura de Popper, criticada por Raymond Aron por distorsionar el concepto de historicismo, caía –según Chiaramonte- en el error de considerar al romanticismo como un actor histórico o una “totalidad individual”, según el concepto desarrollado por el sociólogo alemán Ernst Troeltsch. [42]

Troeltsch expuso claramente cómo la filosofía de la historia influenciada por el romanticismo alemán de fines del siglo XVIII consideró como “totalidades individuales” fenómenos como la nacionalidad, el Estado, las clases, las revoluciones o los períodos históricos, aunque sus reflexiones sobre el historicismo tuvieron claras pretensiones apologéticas al sostener la necesidad de delimitar los grandes fragmentos del desarrollo histórico (lo que el autor denomina “bloques basales”).

Esa influencia del historicismo romántico, Chiaramonte la corrobora en los conceptos que Marx utilizó, como “clase social” o “lucha de clases”, no sólo como categoría clasificatoria sino sobre todo para designar a ciertos actores históricos y sus enfrentamientos a lo largo de la historia. Sostiene Chiaramonte que una alternativa a la noción de lucha de clases sería considerar que:

“Lo que muestra frecuentemente la historia no es un enfrentamiento entre “clases” sino luchas circunstanciales entre agrupamientos sociales… formados en función de las características de los bienes disputados o de los objetivos políticos que condicionan el acceso a esos bienes.” (p. 67)

Pero observa también que otro supuesto proveniente del historicismo, y fuertemente arraigado entre los historiadores, tiene que ver con la tendencia a establecer periodizaciones en la historia: “esa concepción de la historia como dividida en segmentos cuya unidad distintiva proviene de un factor que da sentido al conjunto e impregna de una peculiar característica a cada parte de éste” (p. 61). En este sentido, diferenciar un “período” en base a un conjunto de hechos con cierta similitud y dinámica interna no es lo mismo que periodizar la historia identificando al conjunto de fenómenos como un sujeto de acción histórica.

Ahora bien, si las periodizaciones generan serios problemas al historiador al conducirlo a “obviar o minimizar el significado de la coexistencia en los distintos planos del quehacer humano, de elementos culturales diversos, provenientes de también diversos momentos de la historia”, el prescindir de ellas también constituye un problema y un desafío para los historiadores.

Ante este dilema, autores como Ernst Troeltsch reconocían la necesidad de periodizar el conjunto de la historia universal a partir del estudio de la cultura mientras que otros teóricos, desde una postura crítica, sostenían que todas las periodizaciones se basaban en valores que, en definitiva, son relativos a las circunstancias de lugar y tiempo. Entre ambas posturas opuestas, Chiaramonte aunque señala los efectos negativos que producen las periodizaciones recuerda también la permanencia de ciertos factores condicionantes de las conductas humanas (p. 72) y, por estas razones, sostiene que:

“El criterio que debería guiar la investigación, al prescindir del supuesto de la periodización es el de partir de otra perspectiva: la de la perduración a lo largo del tiempo de una serie de instituciones, principios, ideas o teorías… y examinar, en cada caso, las razones, las condiciones y los resultados de su nueva emergencia.” (p. 74)

Sus reflexiones, que también señalan las debilidades de conceptos como “tradición” y “modernidad”, obviamente son posteriores a sus estudios sobre la Ilustración en los que el análisis no sólo remitía al problema de la formación de una clase burguesa nacional –cuestión que aún puede percibirse en su estudio sobre el nacionalismo económico argentino- sino también a la confrontación en el ámbito rioplatense, desde fines del siglo XVIII y hasta las primeras décadas del siglo XIX, de “supervivencias” de la tradición escolástica con los “préstamos culturales” de la modernidad ilustrada: complejidad que en ese primer momento el autor lograba abordar con el concepto, no menos ambiguo, de eclecticismo.[43]          

 

Consideraciones finales

La reconocida trayectoria intelectual de José Carlos Chiaramonte, que ha abarcado problemáticas culturales e intelectuales, económicas y sociales, políticas y conceptuales, amerita una reflexión sobre sus contribuciones a la historiografía hispanoamericana.

En este artículo hemos revisado sus aportes en torno a problemáticas intelectuales propias del pensamiento marxista, sobre todo en relación a los modos de producción y el lenguaje de clases. Desde sus primeras reflexiones en Formas de Sociedad y Economía en Hispanoamérica hasta sus más recientes planteamientos en Usos políticos de la Historia, pasamos revista a sus argumentos y críticas para dar cuenta de la modalidad específica que adopta su discurso historiográfico en torno a falsos supuestos y anacronismos conceptuales por parte de historiadores e intelectuales hispanoamericanos.   

Su discurso invita a re-pensar un modelo teórico de la envergadura del marxismo para re-considerar su uso en las interpretaciones de los procesos históricos hispanoamericanos, especialmente en el manejo de categorías explicativas que funcionan como elementos periodizadores basados en el desarrollo europeo que no siempre responden a las particularidades de otros espacios. 

 

 



* Este artículo forma parte de una tesis doctoral titulada “José Carlos Chiaramonte: provincias, regiones y nación en la historiografía argentina actual” (Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba –Argentina-, marzo de 2014).

[1] Actualmente la Historia Intelectual goza de un status historiográfico reconocido y respetable, aunque nadie dudaría en reconocer su deuda a la larga trayectoria trazada por la historia política y la historia de las ideas. Este proceso generó importantes cambios de perspectiva y, sin dudas, muchos fueron los aportes que hicieron posible esta transición. Al respecto ver los artículos de Altamirano, Carlos: “De la historia política a la historia intelectual: reactivaciones y renovaciones” (en Prismas, Revista de historia intelectual, N° 9, 2005) y Palti, Elias: “De la historia de las ideas a la historia de los lenguajes políticos; Las escuelas recientes de análisis conceptual; El panorama latinoamericano” (en Carmen McEvoy y Ana María Stuven, eds. La república peregrina: hombres de armas y letras en América del Sur, 1800-1884, Lima: IFEA-IEP, 2007).

[2] Respecto al problema específico de las periodizaciones, en torno a la idea de modernidad y de ilustración, también puede verse Chiaramonte, José Carlos: Fundamentos intelectuales y políticos de las independencias. Notas para una nueva historia intelectual, Buenos Aires, Teseo, 2010.

[3] Chiaramonte, José Carlos: Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica, México, Grijalbo, 1984, p. 18.

[4] Stalin, José: “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico”, en Cuestiones del Leninismo, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1946. El trabajo fue redactado en 1938.

[5] Véase Schuster, F. y otros: El oficio de Investigador, Rosario, Ediciones Homo Sapiens, 1995, p. 97.

[6] Ernesto Quesada (1858-1934), abogado e historiador argentino, profesor de Sociología en la UBA entre 1905 y 1921. En 1898 publicó La Época de Rosas: su verdadero carácter histórico, una obra historiográfica con perspectiva sociológica. Véase Pereyra, Diego Ezequiel: “Sociología e investigación social en la obra de Ernesto Quesada. Algunas reflexiones sobre la repercusión internacional de sus ideas y el desarrollo de las ciencias sociales en Argentina”, en Políticas de la memoria, Anuario de investigación, Centro de documentación e investigación de la cultura de izquierdas en Argentina, Buenos Aires, N° 8, 2008. 

[7] José Ingenieros (1877-1925), reconocido ensayista crítico italo-argentino que contribuyó con sus estudios, de tendencia positivista, a problemáticas diversas de sociología, filosofía, criminología y psiquiatría. Sus ideas establecieron las bases intelectuales de la Reforma Universitaria de 1918, motivo por el cual fue nombrado “Maestro de la Juventud de América Latina”. Sus reflexiones sociológicas atendían especialmente a cuestiones relacionadas con la moral y la ética. Políticamente, militó en el grupo progresista “Claridad” de orientación comunista y fue uno de los principales intelectuales anti-imperialistas. Además de su obra Sociología Argentina (1918) publicó Evolución de las ideas argentinas (1918) en la que desarrolla la frustración de la Argentina como nación. Véase Bagú, Sergio: Vida de José Ingenieros, Buenos Aires, Claridad, 1936.           

[8] José Carlos Mariátegui (1894-1930), destacado intelectual peruano y uno de los principales difusores del marxismo en Iberoamérica. Fundó el Partido Socialista Peruano en 1928, que tras su muerte fue reorientado hacia el comunismo. Sus estudios en torno a la conquista del Perú establecieron las bases de la tesis feudal de la sociedad hispanoamericana. Entre sus principales obras podemos mencionar: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), Defensa del marxismo, Ideología y Política. Véase el prólogo de Aricó, José: Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México, Siglo Veintiuno Editores, 1978.  

[9] Luis Chávez Orozco (1901-1996), político e historiador mexicano, precursor de la historia social y económica moderna de México y difusor del pensamiento socialista. Desde una perspectiva marxista brindó una interpretación histórica subordinando los factores sociales a los económicos. Una de sus principales obras históricas es Historia económica y social de México: Ensayo de interpretación (1938).    

[10] Miseria de la Filosofía (1847), La ideología alemana (1845, en coautoría con Engels), Contribución a la crítica de la economía política (1859) y El Capital: crítica de la economía política (1867).

[11] Más adelante refuerza la idea afirmando primero que “Por lo tanto, el concepto de modo de producción no engloba el de relaciones de producción puesto que es un concepto que no se refiere a sus elementos constitutivos –a los elementos del proceso de producción-, ni a la estructura de la relación entre esos elementos –interpretación althuseriana-, sino a la forma como se ejecuta la producción, como se desarrolla el proceso de producción.” (p. 115) y luego: “Se trata de percibir que en ellos no se establece una relación de determinación o condicionamiento, sino sólo una correspondencia…” (p. 151).

[12] Advierte también Chiaramonte que el calificativo mismo de “material” debe ser entendido más con un sentido filosófico, que buscaba reforzar el materialismo histórico de Marx, que en un estricto sentido económico.

[13] Louis Althusser (1918-1990), filósofo marxista, nacido en la Argelia francesa, que a partir de una relectura en clave estructuralista de los textos de Marx intentó reinterpretar su teoría señalando una ruptura epistemológica en su pensamiento a partir de La ideología alemana, obra que separa al “Marx maduro” del “joven Marx”. Sus tesis principales generaron una amplia discusión y así como fuertes adhesiones en ámbitos académicos y universitarios: una de ellas conducía a considerar que el motor de la historia son las fuerzas productivas y no los sujetos, la otra sostenía que la filosofía era posterior a la ciencia en tanto reacción teórica a éstas. Sus principales obras respecto a la teoría de Marx fueron La revolución teórica de Marx (1967) y Para leer El Capital (1969).    

[14] La “manufactura capitalista” es una forma de producción capitalista de plusvalía relativa, porque afecta sólo los procesos técnicos de trabajo y las relaciones sociales pero no la prolongación de la jornada laboral. La “subsunción formal” implica la coerción absoluta para la extracción de la plusvalía lo que implica una relación de hegemonía del capitalista y subordinación del trabajador mientras que la “subsunción real” sólo la intervención del capitalista en parte o en la totalidad del proceso productivo. (pp. 139-149)

[15] Véase Chiaramonte, J. C. Mercaderes del Litoral; Economía y Sociedad en la Provincia de Corrientes, primera mitad del siglo XIX. Buenos Aires: FCE, 1991.

[16] La postura de Chiaramonte se opone entonces al esquema histórico de Maurice Dobb y la tesis de André Gunder Frank –a quienes ya hemos hecho referencia- y entronca más con la postura crítica desarrollada por Carlos S. Assadourian, C. F. S. Cardoso y H. Ciafardini en Modos de producción en América Latina (1973) y por Ruggiero Romano en “A propósito de Capitalismo y subdesarrollo de André Gunder Frank” (1970).

[17] Las investigaciones en la que se basa Chiaramonte pertenecen a Robert West (1949), Luis Chávez Orozco (1960), F. Rosenzweig Hernández (1963), Claude Morin (1964), Flores Caballero (1969), John Lynch (1970 y 1972), David Brading (1975), Philip Lance Hadley (1975), Álvaro López Miramontes (1975), Enrique Florescano e Isabel Gil Sánchez (1976), Brian Hamnett (1976), Richard Barry Lindley (1976), Marcelo Carmagnani (1976), Doris Ladd (1976), Herman Kellenbenz y Jurgen Schneider (1978), H. G. Ward (1981).

[18] El análisis sobre el problema de las periodizaciones también puede verse en Chiaramonte, J. C.: “La historia intelectual y el riesgo de las periodizaciones”, en Prismas, Revista de Historia Intelectual, N° 11, 2007, pp. 189-193. También Chiaramonte J. C.: Fundamentos intelectuales…, Cap. IV “Acerca de la periodización histórica”, ob. cit., 2010, pp. 125 y siguientes.

[19] Véase Kaye, Harvey: Los historiadores marxistas británicos, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1989, especialmente capítulos 6 y 7.

[20] El título original de la obra se tradujo por primera vez al español como La formación histórica de la clase obrera: Inglaterra, dándole un sentido marxista más ortodoxo que la propuesta genuina del análisis. Posteriormente se tradujo como La formación de la clase obrera en Inglaterra.

[21] Thompson, E. P.: La formación de la clase obrera en Inglaterra. Trad. Elena Grau, Prólogo de Joseph Fontana, Barcelona, Crítica, 1989. p. XIII.

[22] Thompson: ob. cit., 1989, p. XIV.

[23] Thompson, E. P.: “La sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿Lucha de clases sin clases?”, en Thompson, E. P.: Tradición, revuelta y conciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Barcelona, Crítica, 1979, p. 37.

[24] Thompson: ob. cit., 1989, p. XIII.

[25] Thompson: ob. cit., 1989, p. XV.

[26] “...el énfasis exagerado en la novedad de las fábricas de los algodoneros puede conducir a una subestimación de la continuidad de las tradiciones políticas y culturales en la formación de las comunidades obreras” (Thompson: ob. cit., 1989, p. 201).

[27] “Muchas de sus ideas y formas de organización habían sido ya adoptadas por los trabajadores a domicilio...”; luego agrega que “el núcleo real de donde el movimiento obrero extrajo ideas, organización y lideres estaba constituido por zapateros, tejedores, talabarteros y guarnicioneros, libreros...”, y sintetiza su idea afirmando que “El vasto mundo del Londres radical...no sacó su fuerza de las principales industrias pesadas..., sino de la multitud de oficios y ocupaciones menores” (Thompson: ob. cit., 1989, p. 202).

[28] Thompson, E.P.: La Formación... p. 203

[29] Thompson: ob. cit., 1989, p. 203.

[30] Thompson: ob. cit., 1989, p. 213.

[31] Thompson: ob. cit., 1989, p. 214.

[32] Thompson: ob. cit., 1989, p. 214.

[33] Thompson: ob. cit., 1989, p. 201.

[34] Mientras que Clapham sostenía que la tesis sostenida por los historiadores sociales de que la revolución industrial empeoró al obrero era nada más que una “leyenda”; el matrimonio Hammond criticaba la mala interpretación que se hacía sobre la situación de los obreros a partir de las cifras promedios de ingresos agrícolas.

[35] Hobsbawm, Eric: Las Revoluciones Burguesas, Madrid, Ed. Guadarrama, 1974, p. 69 [La publicación original en inglés es de 1962].

[36] Véase Silva Otero, Arístides y Mata de Grossi, Mariela: La llamada Revolución Industrial, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 2005.

[37] Thompson: ob. cit., 1989, p. 222.

[38] Fontana, Joseph: La historia de los hombres, Trad. Ferran Ponton, Barcelona, Crítica, 2001.

[39] Entrevista a J. C. Chiaramonte de Elias Zeitler (Buenos Aires, 2013, inédito).

[40] Cfr. Schuster, F. y otros: El oficio de Investigador, Rosario, Ediciones Homo Sapiens, 1995, p. 108 y Chiaramonte: ob. cit. 2013, p. 44.

[41] Afirmaba Chiaramonte: “Yo no quiero aparecer aquí como un escandalizador, pero el propio concepto de clase social es todavía un concepto que Marx mismo no terminó de elaborar. Tan intensamente utilizado, no sólo por marxistas, y tan falto todavía de una real construcción teórica.” (Chiaramonte, en Schuster et. al.: ob. cit., 1995, p. 97).

[42] Véase también Chiaramonte: ob. cit., 2010, pp. 130-133.

[43] Nos referimos a sus obras: Pensamiento de la Ilustración (Comp., prólogo y notas, Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979); La crítica ilustrada de la realidad (Buenos Aires: CEAL, 1982);  La Ilustración en el Río de la Plata (Buenos Aires: Punto Sur, 1989). Será recién en su obra Fundamentos intelectuales y políticos de las independencias (Buenos Aires: Teseo, 2010, pp. 144-148) que tras explicitar el problema de las periodizaciones en historia intelectual reformule sus propios criterios analíticos. El mismo Chiaramonte ha reconocido el uso periodizador que hizo de conceptos como “tradición”, “modernidad” y “eclecticismo” en sus primeros trabajos sobre la Ilustración (Entrevista a Chiaramonte de Elias Zeitler (Buenos Aires, agosto 2013, inédito).  

Búsqueda en la Revista

Números publicados [2007-2019]

Nº 41. LA NARRACIÓN HISTÓRICA.

Nº 40. APRENDER.

Nº 39. INVESTIGACIÓN SOCIAL.

Nº 38. TEORÍA Y PRÁCTICA.

Nº 37. EL ESPACIO HISTÓRICO.

Nº 36. LA IDENTIDAD EN LA HISTORIA.

Nº 35. EL CONCEPTO.

Nº 34. LA PARADOJA DEL PROGRESO.

Nº 33. LA REALIDAD HISTÓRICA.

Nº 32. LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN.

Nº 31. ÉTICA Y ESTÉTICA.

Nº 30. LA RAZÓN.

Nº 29. EL LENGUAJE HISTÓRICO.

Nº 28. EL PODER.

Nº 27. LAS RAÍCES.

Nº 26. MEMORIA.

Ver Listado completo.

Traducción

Free Website Translator

Garantía de Calidad

Edición y desarrollo

Colaboración