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 Rusia y Oriente en Konstantin Leontyev.

 

Sergio Fernández Riquelme.

Universidad de Murcia (España).

 

 

Resumen.

Este artículo presenta la vida y obra del escritor, filósofo y diplomático Konstantin Leontyev, descifrando las claves de su personal búsqueda de esa pretendida "alma rusa" original, como fundamento legitimador de los valores de una civilización oriental propia, frente al Occidente euroatlántico considerado colonizador. Claves vinculadas, desde el punto de vista historiográfico, con el actual proceso de reconstrucción de la identidad nacional-imperial del mundo ruso (russkiy mir), donde el pensamiento de Leontyev es recuperado, en el contexto de confrontación política e ideológica con el mundo occidental, en pleno siglo XXI.

Palabras clave. Bizantinismo, Civilización, Eslavismo, Leontyev, Rusia.

 

 

Introducción.

России надо совершенно сорваться с европейских

рельсов и, выбрав совсем новый путь, стать

во главе умственной и социальной жизни человечества

(Леонтьев, 2009, pp. 50-51) [1].

 

Rusia debía mirar a Oriente. Ante un mundo euroatlántico percibido como hostil ante los intereses e ideales nacionales, políticos e intelectuales apelaban a recuperar la identidad euroasiática del “Mundo ruso” (russkiy mir) en el siglo XXI. Ante el impacto de la globalización occidentalizadora, el país eslavo comenzó a buscar en la realidad oriental claves espirituales y materiales para dar sentido y significado a la proclamada como genuina y alternativa civilización rusa, y de su legítimo espacio vital tras la disolución de la URSS (Fontán, 1996). "Rusia no es Europa. Rusia es la civilización" proclamaba el historiador Leonid Reshetnikov, portadora, como reserva espiritual, de las auténticas tradiciones y valores comunitarios (Решетников, 2015).

Una búsqueda popularizada en la crítica coyuntura de 2014-2015, periodo de conflicto entre Rusia y el Occidente euroatlántico, como ideal geopolítico (Duguin, 1992), como pragmatismo económico-energético del Lejano Oriente (Taibo, 2006), y como entidad institucional en la Unión económica euroasiática (Fernández Riquelme, 2014). Un "espacio de libertad" para Aleksandr Projanov, frente al "decadente mundo occidental" autodefinido como progresista, que en pleno siglo XXI pretendía "acorralar a Rusia" para convertirla en un "súbdito más":

"Hoy, Occidente lleva a cabo en contra de Rusia demostradas "operaciones naranjas". Trata de insinuar que la historia del pueblo ruso era un callejón sin salida. Que está llena solo de sangre y que los líderes y dirigentes rusos son o verdugos o locos. Pero no menciona nada acerca de los grandes logros de la historia de Rusia, de las grandes victorias, de los grandes credos" (Проханов, 2014).

El filósofo y diplomático Konstantin Leontyev [1831-1891] aporta un valioso testimonio historiográfico sobre la génesis y las controversias de esta búsqueda, en su caso en el siglo XIX, época de eclosión de las tesis étnicas sobre el eslavismo (eslavófilas o paneslavistas) como fundamento del Imperio ruso. En este contexto histórico, Leontyev reivindicaba, tras una larga conversión, lo asiático, lo bizantino, lo oriental como consustancial de la identidad espiritual rusa, más allá de nacionalismo étnico nunca construido (a diferencia del paradigma europeo de la Modernidad, ilustrado por el debate entre Renan y Strauss) y de un racionalismo liberal ajeno a toda idiosincrasia cultural eslava. Lo liberal, lo europeo debían ser desterrados del “alma rusa”, buscando las fuentes originarias de esa civilización euroasiática original y propia, fruto del aislamiento medieval y la ocupación mongola-tártara, de la herencia bizantina y la expansión siberiana, de su alejamiento de la ética renacentista y del renacimiento ilustrado, de su inmensidad territorial y su tradición eslavo-ortodoxa.

Una tesis minoritaria en su momento, como lo fueron las primeras doctrinas euroasiáticas a principios del siglo XX tras la Revolución bolchevique; y una conversión vital contradictoria, propia del contexto romanticista de su momento histórico. Pero ambas dimensiones de Leontyev, de su búsqueda, nos aportan algunas de las claves para comprender la realidad y el mito contenido en este regreso a lo oriental y en esta reacción ante lo occidental, presente en el debate académico y mediático de la identidad euroasiática rusa, entre el Estado-nación proclamado como "soberano" y el Imperio-global considerado como "inevitable" (Fernández Riquelme, 2015).

 

1. Biografía: la búsqueda vital en lo Oriental.

El filósofo Konstantin Nikolayevich Leontyev (Константи́н Никола́евич Лео́нтьев) nació en la aldea de Kudinovo (región de Kaluga), siendo el menor de los siete hijos del militar Nikolai Leontyev, del linaje nobiliario Карабановы. Tras recibir la educación secundaria en Smolensk, entró como cadete en el regimiento imperial (Дворянский полк). Despuésde ser licenciado del mismo en 1844 por enfermedad, inició su formación sanitaria, primero en el Liceo (Yaroslavl) y después en la Facultad de Medicina de la Universidad imperial de Moscú.

Como hijo de su tiempo, su primera búsqueda juvenil se ligó al mundo literario romántico y liberal. Más interesado en la prosa que en las ciencias sanitarias, y tomando el estilo del afamado Turgunev, en 1851 escribió su primera obra, la comedia teatral Matrimonio por amor, sin publicar por causa de la censura que cuestionaba su liberalismo ateo. Leontyev fue en estos años de juventud un “peregrino” romántico y viajero, en busca y captura del amor y la verdad, “de su profesión y de su vocación” para Berdaiev (Malishev, 2002). Por ello, ya graduado sirvió como sanitario voluntario durante la Guerra de Crimea. En 1857 se retiró del servicio militar y regresó a Moscú, ejerciendo como médico en la provincia de Nizhniy Novgorod, y en 1860 marchó a San Petersburgo con su hermano Vladimir. Pero en 1861 regresó a la península de Crimea, y en Feodosiya tomó nupcias con Isabel Politovoya (hija de un comerciante griego) a la que abandonó pronto tras caer ésta en la locura. A su vuelta a San Petersburgo publicó sus primeras novelas de cierta relevancia, Villa Poplidki (1861) y En el borde (1864), obra donde ya reflejaba su búsqueda vital, angustiosa y contradictoria, y que comenzaba así:

¡Qué clase de gente no puede soportar el sufrimiento, Oh Dios!. ¡Lo que él no puede en la vida- la enfermedad, el resentimiento, la necesidad, los engaños!. ¡Y si esto era en beneficio de los demás. Pero no: otro sufre, y un tercero!” (Леонтьев, 1864:2-5).

Su búsqueda romántica le llevó por el Mediterráneo como diplomático. En 1863 ingresó en el Ministerio ruso de relaciones exteriores, ejerciendo como agente consular en varias ciudades del Imperio otomano como Adrianópolis (Turquía), Heraklion (Creta) o Tulcea (Rumania), viviendo, como recordaba, la vida libertina de un cónsul en tierras exóticas, mediterráneas. En plena época creativa, hacia 1868 publicó con autorización del embajador en Constantinopla (Ignatiev) su obra La alfabetización y la nacionalidad, y preparó una serie de novelas parcialmente desaparecidas (El rio de los tiempos).

Pero en 1871 todo comenzó a cambiar. Las aventuras dieron paso a la reflexión. El mundo bizantino dejó de ser el escenario de un espíritu románticamente lúdico, para ser la raíz de un espíritu trascendental. Tras superar una grave enfermedad de cólera en Tesalónica (cuando fue nombrado cónsul en la ciudad albanesa de Yanina) con la ayuda de los monjes ortodoxos, Leontyev prometió tomar los votos monásticos:

"Madre de Dios! Es temprano para mí el morir! Todavía no he conseguido nada digno de mi talento, y he llevado una muy absolutamente promiscua vida pecaminosa. Me levantas de la cama de la muerte. Voy a ir a Athos, me postraré delante de los ancianos y rogaré para que me conviertan en un simple y genuino Cristiano Ortodoxo, que cree en los miércoles y viernes, [Intelectuales comúnmente despreciados, la observancia del ayuno los miércoles y viernes] y en los milagros; incluso me voy a convertir en un monje" (Orthodox America, 2012).

Una conversión que marcaría su vida y su obra. Así marchó, como prometió, al Monte Athos (Grecia), donde permaneció hasta 1872: allí quiso convertirse en monje como prometió, pero los responsables ortodoxos le disuadieron del paso, ante su incapacidad para someterse a los rigores de la disciplina monástica(Леонтьев, 2013a). Posteriormente, hasta 1874 residió en la Constantinopla turca, donde comenzó su labor como publicista, desarrollando la teoría sobre el eslavismo de raigambre bizantina con los textos El paneslavismo y los griegos, El paneslavismo en el monte Athos, y Bizantinismo y eslavismo. Según cita Solovyev, en estos años se produjo la conversión de un liberal anticlerical, naturalista y admirador del mundo turco, "altamente inmoral (por su propios comentarios), sensual, pagano, diabólico", al "más extremo y sincero partidario de un ideal religioso bizantino y ascético" (Соловьев, 2002). Sobre el Monte escribió que:

Athos tiene en la actualidad un doble valor para nosotros. Un valor puramente ligado a la iglesia ortodoxa, que es considerado por no tener ningún tipo de relación a la nacionalidad de los monjes que lo habitan (…) y para los rusos como uno de los principales puntos de soporte de la política ortodoxa en el Oriente” (Леонтьев, 1996c).

Meses después regresó a su aldea natal, Kudinovo. El impacto que le produjo la vuelta a su tierra, desolada, despoblada y arruinada en su opinión, fue, como recordaba, decisivo. Así decidió acercarse aún más a la Ortodoxia, visitando tanto el Monasterio de Óptina Pústyn (en la misma región de Kaluga), donde entró en contacto con los hieromonjes Ambrosio (Амвро́сий О́птинский) y Clemente (Климент), como el Monasterio de Nikolo Ugreshki (a las afueras de Moscú).

La incapacidad manifiesta para adoptar la vida monacal debida, a su temperamento aventurero, como reconoció, le hizo emprender el camino, de nuevo, a la vida secular en Moscú. Más tarde, en 1879 Leontyev se trasladó a Varsovia, trabajando como periodista y colaborador del príncipe Nicolás Golitsyna en el Diario de Varsovia (Varshavsky dnevnik) sobre temas de política pública. Un año después ingresó en el Comité de censura (цензурный), gracias a su amigo el contralor nacional Terti Filippov, donde ejerció como censor durante seis años; en este periodo escribió sus primeras obras sobre temática religiosa-espiritual (Sobre la organización mundial del amor o El Temor de dios y el amor a la humanidad) y su obra capital Oriente, Rusia y los Eslavos (colección de artículos redactados entre 1885 y 1886), gracias a la influencia del ese momento conocido poeta y filósofo Vladimir Solovyev, donde concretaba la misión del mesianismo ruso en el mundo eslavo-griego.

Y Leontyev volvió a sus orígenes; a la tierra de sus antepasados y a la espiritualidad de su patria. En el otoño de 1887 se trasladó definitivamente al Monasterio de Óptina, donde escribió La Nota del ermitaño y La política nacional como un instrumento de la revolución mundial. Asimismo, como refleja su epistolario al Padre Fudel (Письмо к свящ. Иосифу Фуделю) y a su amigo Filippov (Письмо к Т.И. Филиппову, 1890), participó en el debate filosófico-teológico en boga en la ortodoxia: la dogmática, y la relación entre Iglesia y pueblo (a raíz de las polémicas en torno a la difusión de las tesis heterodoxas de Solovyev). En esta última señalaba que:

Yo creo, por supuesto, en los milagros, pero no creo que en nuestro tiempo puedan pasar. Creo que la base moral y mental de nuestro pueblo es, en general, mal preparada para su percepción, y puede ser que, puesto que el fin del mundo se acerca y se acerca, el Señor mismo no quiere detectarse a si mismo demasiado. Y siempre recuerdo las palabras de San Nifont: qué en los últimos siglos las señales no serán tantas como ahora (es decir, en su tiempo), pero la gente que se sirve en su vida íntima al Señor subirá con los Padres a lo más alto de los Cielos” (Леонтьев, 1912).

Tomó en secreto los hábitos de monje, con el nombre de Clemente, pero incapaz de adaptarse otra vez más a la vida ascética del lugar, el anciano Ambrosio le invitó a trasladarse al Monasterio de la Trinidad y San Sergio (zona de Sergueiv Posad) donde acabó sus días el 12 de noviembre de 1891. En su despedida le dijo a su maestro Ambrosio, quién conoció de primera mano sus permanentes dudas, sus graves pecados, sus aspiraciones religiosas y sus vanos intentos con paciencia: “Ya nos veremos el uno al otro" (Orthodox America, 2012).

 

2. La doctrina: la búsqueda intelectual de lo ruso.

Diplomático y médico liberal, filósofo y hombre de letras, incluso monje tardío, en busca de esa alma rusa, bien en el mundo bizantino, bien en la ortodoxia rusa. Leontyev recorrió el antiguo mundo de Constantinopla en busca del camino espiritual y doctrinal que diera sentido a su interpretación del eslavismo ruso. Liberal y conservador, romántico e inquisidor, rebelde y defensor del “culto a la fuerza”. Dialécticas siempre en conflicto de un “complejo pensador” para Malishev, de un “romántico de la idea conservadora” para Berdiaev, y "un original y talentoso predicador extremadamente conservador en su mirada" para Solovyev (Соловьев, 2002), que fue mal entendido porque no hablaba de la “humanidad sufriente” sino de la “humanidad poética” (Malishev, 2002, p. 63).

Los años setenta del siglo XIX serán el momento de eclosión de su doctrina eslavista. A diferencia de los eslavófilos o paneslavistas de su generación, Leontyev buscó en la ética y estética bizantina la clave de la misma, siempre a golpe de poesía, de duda, de emoción. Solo en lo más profundo del alma, superando temporales filiaciones a grupos étnicos o zonas territoriales, se podía encontrar la esencia de la identidad rusa, de su lugar y misión en la humanidad, ante el terror a perderlas por la muerte personal (el ateísmo liberal), ante la muerte nacional (la colonización occidental). De 1871, en el día y la hora de su conversión casi mística, siempre incompleta (Леонтьев, 2013b, pp. 78-80),  recordaba:

"El inesperado momento finalmente llegó, cuando yo, hasta entonces bastante audaz, sentí un terror desconocido, no simplemente el miedo. Este terror era al mismo tiempo el terror de los pecados y el terror de la muerte. Nunca antes había experimentado eso....Empecé a temer a Dios y a la Iglesia. En el tiempo de la física el miedo desapareció, mientras que el en espiritual, el miedo se mantuvo y se mantiene en aumento" (Orthodox America, 2009).

El miedo a la nada, al olvido, a la pérdida. Una doctrina nacida ante el terror a la soledad, al pecado, a la muerte. Personal y colectivamente, de su identidad y la de su pueblo ruso. Grandes naciones fueron barridas del tiempo y del espacio, grandes hombres cayeron en el error. Leontyev buscaba la seguridad de la belleza y la fuerza, de esa alma recordada en la tierra y en el cielo, salvada entre los pecados de la vida y la santidad del convento. Para Kontzevitch, Leontiev fue "un hombre de un único, profundo y brillante intelecto", y en él "había una inusual independencia de la mente, siendo uno de los más independientes pensadores de Rusia, que no estaba atado a nada" (Orthodox America, 2009).

Desde esta posición ontológica, Leontyev quiso dar entidad histórica, política y filosófica a esa alma rusa, ortodoxa en lo divino y bizantina en lo estético, ante el terror de un mundo occidental, de un siglo contemporáneo que le hacía transgredir los valores heredados, igualando a todos y a todo. En Bizantinismo y eslavismo (1875) señalaba el por qué de ese espíritu civilizatorio ruso:

-          La civilización era el complejo sistema cultural de ideas (religiosas, gubernamentales, personales, morales, filosóficas y artísticas), que se producían en toda la vida de las naciones.

-          El bizantinismo nacía como reivindicación de una civilización oriental que unía a distintos pueblos en función de esas ideas religiosas, estatales, morales, filosóficas y artísticas, a partir de la llegada al poder en el Imperio romano de Constantino.

-          La Edad Media fue configurando una cultura oriental diferenciada de la occidental, en especial tras el Impacto del Renacimiento y la Reforma.

-          Tras la desaparición del viejo Imperio romano de oriente, la cultura bizantina se fue asimilando a la eslava, en especial gracias a la labor de la Iglesia Ortodoxa rusa, que alejada de las costas mediterráneas “se encontró con el pueblo sencillo, fresco, que no había visto casi nada, ingenuo, directo en sus creencias” (Леонтьев, 2009).

Pero la lucha espiritual de Leontyev no era simplemente contra las ideas liberales, occidentales, que le hicieron en su juventud perder el camino, como al de gran parte de su generación. Era, especialmente, contra “las pasiones, los sentimientos, los hábitos, la ira, la grosería, la malicia, la envidia, la gula, la embriaguez, la depravación, la pereza, etc.” que lo occidental instruía en el alma eslava, en su propia alma, presa de un orgullo y una soberbia que le impedía comprender realmente la fe de sus padres (Malishev, 2002, p. 62-63). Una lucha entre lo occidental y lo ruso, entre el mundo y sí mismo, entre el alma mundana y el alma rusa, tan presente en maestros como Gogol o Dostoievski, entre "la larga antipatía filosófica por las formas y el espíritu de la nueva vida europea, por un lado, y por otro, la  estética infantil y de ordenación de la atracción de la forma exterior de la Ortodoxia" (Леонтьев, 2009).

De estas contradicciones, de esta búsqueda surgió su doctrina del “alma rusa”. Doctrina que vinculaba el desarrollo social y cultural de Rusia hacia el Oriente bizantino; espacio histórico que reunía los mismos valores tradicionales que los propios de la Ortodoxia rusa, frente al liberalismo social e igualitario occidental. Más allá de las tesis etnicistas o imperialistas del movimiento de la eslavofilia (Kireyevski, Danilevski y el mismo Dostoyevksi), Leontyev sintetizó su doctrina en el conjunto de ensayos recogidos en su gran obra, la citada Oriente, Rusia y los eslavos (1885-86).

El ideal de Leontyev fue el bizantino, no el eslavo. El término eslavo, a su juicio, no tenía contenido específico, más allá de similitudes culturales; los pueblos eslavos vivían apartados, incluso enemistados, y muchos de ellos, como los eslavos del Imperio austro-húngaro se caracterizaban por los valores europeístas. La unión de los eslavos a la que aspiraba el paneslavismo y la eslavofilia era, por ello, un peligro para el país, ya que  introduciría aun más los principios democrático-liberales e igualitarios predominantes en la mayoría de esas regiones eslavas, que descompondrían las verdades conservadoras y bizantinas fundadoras de la nación rusa. La raza (eslava) era un vector sin futuro; la esperanza pasaba por el espíritu (ortodoxo) inserto en la tradición bizantina. Así escribía: “¿La Familia?. ¿Pero es posible una Familia sin Religión?. ¿Qué es una Familia rusa sin el Cristianismo?, ¿qué es el cristianismo en Rusia sin los fundamentos bizantinos y las formas bizantinas?” (Леонтьев, 1996: 94-98).

Por ello la vieja Constantinopla (la nueva tsargrad), que Leontyev deseaba que fuera conquistada por Nicolás I en plena guerra contra el Imperio Otomano, debía ser la capital espiritual del renacido mundo ortodoxo, fuerte y conservador, luz cultural y política para la aún rural Rusia (Леонтьев, 1996a, p.336). Un espíritu, un alma que se fundaba en el poder y la belleza, en la "autoafirmación de la fuerza" sobre la ética, capaz de hacer sostenible la vida de una civilización; siempre desde la verdad de la religión, en el sentido monacal de la salvación, desde la victoria política del conservadurismo greco-ruso, y desde una estética amante de todo lo hermoso y bello (Соловьев, 2002).

Frente al enfermo mundo occidental, infectado del consumismo ateo y el relativismo moral (el llamado “cosmopolitismo liberal”), Rusia aparecía como la cuna de una civilización cristiana original, marcada por esa tradición bizantina. Para Leontyev la civilización de Occidente se encontraba al borde de su ocaso, dentro de su teoría del desarrollo histórico de las sociedades (claramente "organicista", al modo de Herbert Spencer). Una evaluación “estética” (эстетизм) de la sociedad, del estado de su cultura y de su historia, lo demostraba. Occidente, tras pasar por la primera etapa de crecimiento y "aumento de la complejidad" (desde la infancia del organismo nacional), se encontraba en el inicio de la segunda fase, “la decadencia” y desmembración, antes de llegar a la etapa final, la inevitable “muerte civilizatoria” (Леонтьев, 2013a: pp. 112-113).

El liberalismo, con su culto a la vida cotidiana y el bienestar para todos, era una amenaza para Rusia y los países ortodoxos. En su crepúsculo, el igualitarismo social (бессословности), y la democratización política cuestionaban, irresponsablemente, los principios necesarios de orden y estabilidad (омещаниванием), de todo organismo socio-político. Frente a la visible autodestrucción occidental, el bizantinismo (византизм) con su defensa de la autocracia (царизм), la ortodoxia (греческое христианств), el colectivismo (сельский поземельный мир) y el conservadurismo, era el marco cultural y espiritual para prevenir las herramientas sociales revolucionarias, germen de esa caída de la sociedad occidental; siempre más allá de las tesis eslavófilas de Danilevski o las ecuménicas de Tolstoi, a las que consideraba en cierto punto abstractas. De esta manera, para Leontyev el bizantinismo unía histórica y realmente el cristianismo y Rusia a través del mundo griego, y lo hermanaba con el resto de pueblos ortodoxos más allá de diferencias étnicas o lingüísticas (югославяне).

Su posición antropológica partía, pues, de la crítica la “absolutización de lo humano”, propia de la secularización contemporánea de la cultura occidental, que en Europa cuestionaba “el amor a dios y la fe en la santidad de la Iglesia y de los sagrados derechos del estado y de la familia". El hombre-Dios, dentro del pensamiento europeo, se había convertido en la meta del desarrollo individualista de una sociedad “igualitaria y feliz”, alejada de Dios y la Tradición. Frente a dicha concepción moral (эвдемонизм), Leontyev defendía la concepción de Dios-hombre, según la cual (Богочелове́к) el ser humano debía regirse por un bien superior al bien personal, por una moral de valores que condicionaba la moral personal. Era la única clave para lograr objetivos superiores, sobrehumanos, para justificar el sacrificio por la patria, el sometimiento a la fe y el sufrimiento de la historia. Solo el temor a Dios podía dar significado a la superación de error, a la vinculación con la comunidad, al sacrificio por los demás, al amor en definitiva (Леонтьев, 1996).

Para Leontyev, sin ese miedo, sin ese temor la libertad de los hombres derivaba bien en simple libertinaje, bien en pensamientos subversivos, como aprendía de San Juan y comprobaba en la obra de Tolstoi. Y ambas derivaciones eran igual de peligrosas, porque cuestionaban sin perdón la herencia recibida, y atentaban directamente al orden socio-político necesario para la convivencia. Esa libertad era la esencia del decadente mundo liberal, la mayor amenaza para Rusia, el país que debía liderar la unión del mundo ortodoxo, rescatando la herencia bizantina, recuperando las nociones de obediencia, de castigo, de humildad (Леонтьев, 1996). Desde esos valores, los ortodoxos debían unirse, como sucedió con el conflicto religioso griego-búlgaro sobre el Patriarcado ecuménico de Constantinopla (que para Leontyev debía estar bajo control de los Fanariotas helenos y siguiendo estrictamente el canon ortodoxo o Кано́н).

Si bien, en un primer momento, sus tesis partían de la eslavofilia, corriente "de ensueño y claro enseñanza", Leontyev la superaba con su ideal histórico-espiritual. Para Solovyev, Leontyev "representa un momento en la historia rusa de la conciencia", cuyas aspiraciones dieron lugar a una construcción conceptual e ideológico conservadora cuyos principios fueron: 1) mística, estrictamente de la iglesia y del cristianismo monástico bizantino y, en parte, de tipo romano, 2) madura, centrada en la estatalidad monárquica y 3) bella, siempre en la base de la identidad nacional. Principios a proteger del enemigo común, "el ideal igualitario y burgués de progreso, que triunfaba en la última historia europea", pero que siguiendo su citada teoría del desarrollo civilizatorio, se encontraba al borde del abismo, como demostraba la progresiva destrucción de las grandes naciones, de Austria a Francia, por culpa de la "infección revolucionaria liberal". A diferencia de los pensadores europeos críticos con la "desmembración de Occidente", Leontyev considera que ésta era inevitable, natural, al contrario del esperanzador futuro de su país (Соловьев, 2002); así señalaba que "tenemos la verdad, la integridad, el amor, etc., frente al Oeste y el racionalismo, la mentira, la lucha, etc". Pero ahora bien, esta esperanza era solo deseable y posible en Rusia, ante las amenazas internas y externas; posición diferente al optimismo absoluto de los eslavofilos. Para Leontyev, la esperanza de una Rusia triunfante solo sería viable si se difundía el ideal político y cultural donde:

 "el Estado debe ser bello, difícil, con fuerza, sostenido con precaución, movido con severidad absoluta, a veces hasta la ferocidad; la iglesia debe ser actual, la jerarquía debe ser más audaz; la vida cotidiana debe ser diversa y auténtica, en el ámbito nacional; las leyes, los principios, las autoridades deben ser más estrictas y la gente debe tratar de ser personalmente más amable, equilibrándose la una a la otra; la ciencia debe desarrollarse en un espíritu de profundo desprecio a su uso utilitario" (Соловьев, 2002).

En la prospectiva histórica, estas tesis de Leontyev contenían, inevitablemente, predicciones sobre el tiempo histórico venidero. En el presente estaba el germen del futuro, y Leontyev acertó. El siglo XX fue, como predijo décadas antes, una centuria trágica, sangrienta, que en Rusia estaría marcada por la Revolución liderada por un tiránico y socialista "anticristo", más poderoso que los mismos zares. A partir de la lectura de los socialistas Proudhon y Lasalle, estaba convencido del advenimiento de una nueva esclavitud comunista terrible, que crearía el “feudalismo del futuro”, mediante "la nueva empresa de forzar el sometimiento de las comunidades humanas" capaz de destruir ese “alma rusa” para siempre (Леонтьев, 1996b).

 

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[1]  "Rusia debe desprenderse totalmente de los rieles occidentales y seleccionar un camino completamente nuevo para convertirse en el jefe mental y social de la vida de la humanidad" (trad. del autor).

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