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Jorobas, cuellos largos y fantasías.

La leyenda de “Nahuelito”, la Bestia lacustre del Nahuel Huapi.

 

Fernando Jorge Soto Roland*.


 Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMdP (Argentina).

 

Introducción

 

Una mirada desapasionada a la historia de los medios masivos de comunicación pondría en evidencia, respetando los contextos históricos de las noticias difundidas, que han sido los diarios y las revistas primero, la radio, la televisión e Internet mucho después, los grandes responsables de crear, alimentar e instalar en la sociedad la mayor parte de las leyendas (urbanas o rurales), rumores e historias misteriosas que, de corto o largo aliento, han venido circulando desde hace por lo menos 200 años.

Es que detrás de los platos voladores, los modernos relatos de fantasmas y vampiros, la comercialización de ciertas localidades energéticas del planeta o la creencia en fenómenos paranormales, monstruos, duendes y muchas otras temáticas ligadas a lo esotérico, existe una estrecha relación con el trabajo realizado por periodistas, supuestos divulgadores científicos y redacciones inescrupulosas quienes, mintiendo, exagerando y editando la “realidad”, han puesto sobre el tapete ilusiones a las que millones de personas, en todas partes, son afectas.

Son los medios masivos los que mantienen vigente la humana necesidad de sentirnos inmersos en un mundo inacabado y mágico. Ellos constituyen la caja de resonancia en las que angustias y sueños (inconscientes, ancestrales) reverberan, tomando formas concretas, para así entenderlos y enfrentarlos mejor.

Muchos son, con seguridad, los fines que justifican a “los medios” cuando ofrecen historias falsas, disfrazadas de verdades objetivas e indiscutibles. La abierta credulidad de colectivos inmensos y la ignorancia, porqué no decirlo, juegan un rol muy importante. Hay también propósitos políticos, económicos, empresariales e ideológicos. Todo se entrevera. Nada es inocente en este ámbito; y son sus consecuencias y efectos los que contribuyen a delinear el espíritu de una época que, como la nuestra, parece disfrutar con esta nueva era de irracionalismo desatado.

Y es entendible.

Como ya hemos sostenido en otros trabajos, el misterio es redituable. Vende bien. Entretiene. Permite que nos evadamos de los problemas mundanos. Que escapemos del aburrimiento de lo cotidiano, de la chatura inmanente de las cosas profanas. Ensalzan el relato. Condimentan con sutiles dosis de temor, peligros y extrañezas, las intrigas conspirativas de nuestras desacralizadas horas. Y en esa operación se da rienda suelta a los delirios más estrambóticos; decorados, eso sí, con un lenguaje pseudo-científico, hermético, críptico, apoyado en supuestas autoridades académicas y sabios que coartan cualquier margen de duda, asentando inventos como si éstos fueran verdades reveladas.

Es mucho más sencillo creer que pensar.

Además, tal como muchos repiten, “necesitamos creer en algo”; y si bien en lo personal no considero que así sea, soy consciente de que muchas cosas cobran sentido (que en sí no tienen) sólo cuando la creencia entra en juego.

Es como si nos gustara engañarnos a nosotros mismos. Imaginamos como verdadero al mundo (y al Más Allá) que deseamos. Y así actuamos en consecuencia, detectando señales de esa realidad alternativa por todos lados. Interpretando las cosas en base a un libreto y sosteniendo historias que, de otro modo, nos resultarían ridículas. Imposibles. Mucho más aburridas y terrenales.

La temática que hoy nos convoca, el monstruo del Lago Nahuel Huapi (Nahuelito), resume gran parte de lo dicho. Explicita los mecanismos que los medios, el contexto y la gente ponen en juego a la hora de instalar un rayo de complaciente y romántico misterio en nuestras vidas.

 

Buenos Aires, noviembre de 2015


PARTE 1

TIERRAS MISTERIOSAS E INHÓSPITAS

 

Mucho es lo que ha escrito sobre el supuesto monstruo del lago Nahuel Huapi. Hay para todos los gustos. Artículos que aseguran su existencia y otros que la niegan rotundamente. Creyentes y escépticos debaten fuertemente desde principios del siglo XX; incluso desde mucho antes de que la criatura del Loch Ness escosés irrumpiera en los medios de comunicación o de que Nahuelito fuera plantado en el lago que le diera su nombre. Por lo tanto, no seremos nosotros los que repitamos esa historia, por demás interesante. Remitiremos al lector a los trabajos que, en nuestra opinión, mejor han tratado el tema, limitándonos a ofrecerle una escueta cronología, a fin de exponer la necesaria perspectiva histórica que le permitirá tener una correcta y clara idea de todo el asunto; útil para comprender de qué manera y porqué se instaló el cuento de la misteriosa criatura.[1] De ese modo podremos captar su evolución en la prensa y las influencias que recibió esa construcción a lo largo del tiempo. Porque si de algo estamos seguros es de que los monstruos se construyen y, una vez instalados en el medio, se hace casi imposible eliminarlos, por mas argumentos racionales que se esgriman. La guerra está perdida de entrada y resulta interesante tratar de comprender por qué.

La sombra de Nahuelito se ha vuelto más y más densa con el paso de los años. Aunque tiene temporadas. Por momentos cobra una inusitada corporeidad. Decenas de testigos jurarán verlo, incluso fotografiarlo, pero sus repetitivos cuartos de hora son de corto aliento. Más pronto que temprano, la bestia se sumergirá de nuevo en las gélidas aguas del imaginario. Desaparecerá por un tiempo y, cuando uno menos lo espere, volverá a asomar su largo cuello de cisne desoyendo todos los argumentos en su contra, alimentando deseos reprimidos, miedos ancestrales y colocando en la palestra a un ejército de personajes que parecieran salidos de una comedia de absurdos. Son ellos los promotores del rumor. Los especialistas del misterio. Cultores de sucesos raros y artífices, desde la década de 1950, de una disciplina con pretensiones científicas que han bautizado con el nombre de criptozoología (del griego Kryptos, escondido; Zóon, animales; Lógos, estudio).[2]

 

QUIMERAS

 

La Patagonia siempre fue vista como una tierra lejana. Un territorio inhóspito, de difícil acceso, exótico. Tierra de leyendas y misterios. Habitada por personajes extraños, que iban desde gigantes a duendes y enanos. Antropófagos y monstruos. Ángeles y demonios que habitaban en ciudades tan etéreas como El Dorado, y que en esas meridionales latitudes llamaron “Ciudad de los Césares”. Una región de extremos. El escenario perfecto de la alteridad. Un escondite ideal.

Fue en aquella zona de complicada conquista y exploración, donde muchos proyectaron sus sueños y temores. También sus intereses materiales, no dudando en aniquilar a los pueblos que la habitaban sólo por conseguir un poco más tierra para la ganadería de origen europeo.

Con estas condiciones, no es extraño que la Patagonia argentina haya estado poblada de quimeras y criaturas extrañas desde que Magallanes la divisó por primera vez hacia fines del siglo XVI. A partir de entonces, decenas de crónicas y cartas de navegación la decoraron con seres salidos de la imaginación. No hubo lago, río, planicie, cordillera o bosque que no terminara convirtiéndose en guarida de engendros biológicos; y los antiguos mitos aborígenes, recopilados por conquistadores y sacerdotes, contribuyeron con sus dioses y seres mágicos, en esa construcción colectiva.

Los monstruos siempre nos han acompañado. Han viajado con nosotros por todo el mundo. Los hemos sembrado por doquier, liberándolos después a su suerte. Y así, ajenos a nuestro control, crecieron y se multiplicaron, como aconseja el mandato bíblico. Proliferaron por todas partes. Ocuparon los nichos ecológicos que creíamos lejanos e ignotos; y cuando finalmente esos sitios fueron controlados, las criaturas migraron, volviéndose elusivas, pasando a engrosar los modernos bestiarios que la industria editorial actual titula, pomposamente, como ensayos de criptozoología.[3]

Por ende, Nahuelito no ha sido el primero en sacudir nuestra cotidianeidad. Mucho antes que él hubo otros. Y hubo también gente que los buscó. Que invirtió dinero, tiempo, y hasta su prestigio, en pos de un supuesto y extraordinario descubrimiento biológico. No deberíamos extrañarnos: en pleno siglo XX, y lo que va del siglo XXI, entidades privadas y hasta estatales han invertido decenas de miles de dólares en expediciones bizarras, cuyos intentos por encontrar monstruos nos dejarían con la boca abierta y un rictus salvador de ironía en el rostro.

Las tierras incultas requieren de seres incultos. De salvajes, personajes primitivos y bárbaros. ¿En qué otro sitio encontrarlos? ¿En la plaza del pueblo? ¿En algún edifico abandonado? ¿En una playa de estacionamiento retirada del centro? No. Para esos casos están los fantasmas (también muy de moda).

Las ínsulas de alteridad, incluso las terrestres (como podríamos calificar a la Patagonia toda), nos son, mayormente, ajenas. Hasta la publicidad turística explota esta faceta. Son regiones que se alimentan con las distancias. Están lejos. Y cuanto más lejos, más raras. Y cuanto más raras, mayor es la curiosidad que despiertan.[4]

Así, el sur de nuestro país se llenó de curiosos, aventureros, científicos y exiliados. Hombres ansiosos por descubrir. Por dejar sus apellidos para la posteridad en accidentes geográficos o especies animales y botánicas sin catalogar. Libreta en mano, se lanzaron a la aventura. Recorrieron tierras que nadie antes había recorrido (a excepción de los indios que las conocían desde siempre) y publicaron sus libros con el mismo afán: ser reconocidos y recordados. De ahí sus espasmódicos esfuerzos por caratular el mundo. Por dejar, como los monstruos que persiguieron, sus propias huellas.[5]

 

En el entreverado universo de las crónicas, relaciones y relatos de viajeros, los cultores del misterio se mueven como peces en el agua. Es el género literario ideal donde encontrar los seres más extraños. Al igual que en los ya nombrados bestiarios medievales, en los que los animales encarnan y simbolizan aspectos morales, las descripciones hechas por los exploradores que recorrieron América desde el siglo XVI, están llenos de fantasías, errores, prejuicios y exageraciones, producto del asombro que produjo el Nuevo Mundo.

Todo era novedad y en el afán por comprender esa realidad desconocida, los viajeros equipararon lo novedoso con sus conocimientos previos, mezclando lo viejo con lo exótico, lo extraño con lo conocido. Fue así que surgieron taxonomías que hoy confunden. Informes sobre leones, tigres, elefantes o camellos vagando por las Américas, cuando sabemos (hoy) que no los había; o tomando de las lenguas aborígenes nombres extraños, casi impronunciables, que volvieron a los animales que veían (o creían ver) mucho más raros.

En esas fuentes abrevaron hordas de cazadores de monstruos, muchos de los cuales llegan a nuestros días. Los mismos que, cuando esa cuota de misterios se agotó y el mundo empezó a ser comprendido a través de la observación científica y la experiencia directa, no dudaron en trasladar las ansiadas criaturas a otros planetas, encontrando (ahora sí) en toda la galaxia el escenario perfecto (e infinito) para desarrollar la fantasía.

Pero durante casi 400 años no fue necesario dar semejante salto. Bastaba con poner proa hacia zonas inhóspitas, como la Patagonia, para alimentar el deseo por encontrar la alteridad al alcance de la mano.

Nahuelito, el monstruo del Nahuel Huapi, es el heredero de toda esa historia. Una historia que se renueva con los años. Que adopta diferente lenguaje (más o menos científico) pero que sigue denunciando las mismas ansiedades, los mismos deseos y miedos; síntomas de un relato de larga duración aún vivo, presente, activo; y que podemos rastrear hasta los tiempos en que vivíamos en las cavernas.

 

 


PARTE 2

MONSTRUOS A LA VUELTA DE LA ESQUINA

 

Mucho antes de que el monstruo del Nahuel Huapi empezara a salir por televisión asombrando a la audiencia, otras criaturas misteriosas recorrieron la Patagonia, despertando curiosidad y largos debates. Sin imaginarlo siquiera, se transformaron en los cimientos sobre los cuales se levantaría la leyenda de Nahuelito; y, haciendo gala del prestigio que da el pasado, terminaron convirtiéndose en parte de las explicaciones que miles de creyentes siguen usando a la hora de argumentar en favor de su existencia.

Desde 1526 se venía hablando de un ser feo, con cara de león, corpulento y cola muy larga cubierta de pelos, con la que protege a las crías que lleva en el lomo. Los primero exploradores españoles lo llamaron (o Succarath); y por más que la palabra no existe en ninguna lengua aborigen de la Patagonia, los europeos no dudaron en traducirla como “Agua”.

Ya tenemos, en principio, uno de los elementos fundamentales del cuento.

A largo de los siglos XVI y XVII, viajeros ibéricos, alemanes e ingleses, hicieron recurrentemente alusión a esa bestia cruel, indomable, violenta y rapiñera, cuyos bramidos espantosos le ponían los pelos de punta a los hombres más valientes. Demás está decir que no existe ningún animal en la Patagonia con esas características. Pero eso no fue obstáculo para que, varios siglos más tarde, hacia fines del XIX, aparecieran eruditos que asociaran al con los perezosos gigantes. Florentino Ameghino fue uno de ellos, y también el responsable de inaugurar una larga tradición que auguraba la posibilidad real de encontrar en las planicies del sur a uno de esos animales vivitos y coleantes. La falacia del experto, el culto a las autoridades académicas, iniciaba su dilatada influencia en esta historia. [6]

Pero la opinión vertida por Ameghino respecto del fue posterior al estallido de un acalorado debate, del cual él mismo fue protagonista. El célebre autodidacta argentino encontró, en las antiguas crónicas, lo que necesitaba: un respaldo erudito que sostuviera su opinión y le diera a la hipótesis del perezoso gigante vivo un sustento histórico. Claro que muy poco importó que el de los textos no se pareciera en nada a un perezoso gigante. Las antiguas descripciones de la bestia estaban muy lejos de identificar al monstruo que aludía don Florentino. Aún así le resultaron útiles por un tiempo y no dudó en usarlas a su favor.

Pero, ¿de qué debate estamos hablando?

Vayamos a los hechos puntuales de la historia.[7]

 

En 1895, un estanciero de origen alemán llamado Hermann Eberhard, radicado en el extremo sur de Chile, descubrió, junto a un grupo de amigos, una inmensa cueva de más de 200 metros de profundidad y 80 metros de alto. Tras explorarla, Eberhard encontró un trozo de cuero “fresco” perteneciente a un animal que no pudo identificar. Lo extrajo del piso, donde estaba parcialmente cubierto de tierra, y se lo llevó para su estancia sin prestarle importancia.

El pedazo de cuero medía 1,5 metros de largo por 80 centímetros de ancho. Tenía duros pelos y diminutos huesitos (osículos) insertos en toda la superficie. Parecían ser parte de una verdadera coraza natural, flexible, dura y resistente a las flechas y a la balas.

Llegado a su propiedad, el alemán ató el cuero a un poste, a modo de mojón, y se olvidó de él.

Unos meses más tarde, en 1896, un explorador de origen sueco, Otto Nordenskjöld, arribó a la zona, se encontró con Eberhard y reconoció que el cuero era muy poco común. Solicitó permiso para cortar un trozo y lo envió a Suecia a ser analizado por el célebre paleontólogo Einar Lönnberg, quien al tiempo concluyó pertenecía a un milodón o perezoso gigante.

Al año siguiente, 1897, Francisco Pascasio Moreno, pasó por la estancia del alemán y no pudo resistirse en pedir un recorte del famoso cuero, que remitió de inmediato al Museo de Ciencias Naturales de La Plata para su posterior estudio. Entonces, sin previo aviso, y sin siquiera haber estado en el teatro de operaciones, Florentino Ameghino publicó, en 1898, el artículo que disparó la discusión.

En él sostenía que, gracias a un nuevo pedazo piel (idéntico al de Eberhard) conseguido por su hermano Carlos en la Patagonia, había llegado a la conclusión de que pertenecía a un animal que seguía vivo. Una bestia que todavía caminaba por el lejano sur y que, según le refiriera el explorador Ramón Lista, éste había visto de lejos algunos años atrás. Incluso, Florentino dijo que Lista le había disparado sin tener suerte. Por tal motivo, y en honor a su amigo, Ameghino se apuró en caratular a la criatura con el nombre latino de Neomylodon Listai.

Lamentablemente, Ramón Lista no pudo disfrutar del homenaje, ni rebatir sus propios supuestos dichos: había muerto un año antes, en 1897. [8]

Cuando el texto de Ameghino se hizo público, estalló el debate.

La misteriosa criatura, un cuadrúpedo con largas garras, aterrorizante y cuerpo impenetrable a las bala (según lo describiera Carlos Ameghino en una carta a su hermano), alcanzó los principales titulares. Pero no todos estuvieron de acuerdo con el diagnostico del “científico” argentino (quien con el tiempo demostró tener el apresurado impulso por crear taxonomías no del todo ciertas). Francisco Moreno, enemistado desde hacía tiempo con él, no dejó pasar la oportunidad y mandó el trozo que había conseguido en la estancia chilena al Museo Británico, donde Sir Arthur Simon Woodward Smith, eminencia en la materia por entonces, dictaminó que el cuero no pertenecía a ningún animal vivo y que, en verdad, era muy antiguo, aunque bien preservado por las condiciones de la caverna donde había sido encontrado. Por su parte, Moreno exigió que Ameghino mostrara el trozo de piel que decía tener. Cosa que nunca hizo.

En 1899, el geólogo Rudolph Hauthal volvió a la propiedad de Eberhard. Excavó la cueva, desenterró restos pertenecientes a nuevos animales prehistóricos, entre ellos el de un perezoso gigante, y lo rebautizó como Grypotherium Domesticum; creyendo que habían sido domesticados por los primeros indios, al identificar un  supuesto corral hecho con piedras.

Hoy sabemos que ese “corral” nunca existió. Que eran piedras desprendidas del techo de la caverna y que por lo tanto el perezoso gigante jamás fue mascota de ningún aborigen patagónico. De todas maneras, la hipótesis de Hauthal mantuvo por algún tiempo abierta la posibilidad de que una de esas bestias todavía estuviera yirando por la inmensidad de la Patagonia. Incluso el diario londinense Daily Express organizó y mandó una expedición a cazar al monstruo, en 1900; a pesar de que muchos científicos calificados ya denunciaban a Ameghino de mala fe y mentiroso. Como puede verse, también por entonces, los tiempos de la prensa eran diferentes a los de la ciencia.

Hacia 1901, y por más que don Florentino intentará legitimar su historia acudiendo a las antiguas crónicas de la conquista (identificando al Neomylodon, primero con el , y más tarde con otro ser de la mitología local, el Iemisch), el tema se fue diluyendo lentamente hasta desaparecer del ámbito académico y periodístico. [9]

Pero los mitos son duros de roer.

En 1922, el interés por los monstruos renació con fuerza. Esta vez de la mano de otro personaje muy especial: el Director del Zoológico de Buenos Aires, un italiano afincado en el país desde hacía tiempo, llamado Clemente Onelli.[10]

Con él se empezaron a dar los primerísimos pasos hacia la leyenda de Nahuelito.



PARTE 3

BESTIA MEDIÁTICA

 

El “me dijo que dijo que dijeron” y el efecto “bola de nieve” que empezó a rodar alimentado por los medios de comunicación, arrastrando todo intento sensato por detener el asunto, fue el germen primigenio que desató una de las búsquedas más bizarras que se dieron en la historia “científica” del país.

Como ya ha sido relatado convenientemente en muchos artículos, el puntapié inicial en la historia de Nahuelito lo dio un excéntrico norteamericano, afecto a la bebida y a la aventura, llamado Martín Sheffield. Un aparente sheriff yanqui, perseguidor de Butch Cassidy y Sundance Kid por el sur argentino, que se había instalado en la zona de Esquel durante la segunda mitad del siglo XIX y que fuera conocido por sus extravagantes historias de pistoleros, excavaciones en pos de oro, bromas y exagerada destreza con armas de fuego. Su puntería era antológica, según contó gente que lo conoció. Y él no ocultó ese “don”, ni siquiera en una de las pocos fotos que se ha conservado de su persona, en la posó como si fuera el protagonista principal de una película de cowboys.[11]

Este singular personaje fue el responsable de desencadenar una cadena de acontecimientos en la que reconocidas autoridades del mundo académico de principios del siglo XX se vieron involucradas; explicitando, al mismo tiempo, la vigencia de un contexto cultural por demás laxo a la hora de aceptar rumores y fantasías.

 

Esquel, 19 de Enero 1922

Señor Dr. Onelli 
Director del Jardín Zoológico Buenos Aires

 

Muy señor mío:

 

Conociendo el empeño que Vd. siempre ha demostrado en fomentar el adelanto del establecimiento que tan dignamente dirige me permito distraer su atención sobre el siguiente fenómeno que por cierto ha de despertar su vivo interés ya que se trata del posible ingreso a su Jardín de un animal hasta ahora ignorado del mundo. 

Paso a relatar el hecho: 
Hace varias noches que he podido registrar un rastro en el pasto que cerca la laguna donde tengo establecido mi puesto de cazador, el rastro es semejante a una huella de una pata muy pesada, la hierba queda aplastada y no se levanta más lo que hace suponer que el animal que por allí se arrastró debe ser de un peso enorme; he podido apercibir en medio de la laguna un animal enorme con cabeza parecida a un cisne de formas descomunales y el movimiento del agua me hace suponer un cuerpo de cocodrilo.

El objeto de la presente es de conseguir de Ud. el apoyo material para una expedición en toda regla para la cual se precisa una lancha, arpones, etc.; la lancha se podrá construir aquí, ahora bien por el caso de no poder sacar al animal vivo, sería también preciso de contar con material de embalsamar. 
Sí Ud. tiene interés en al asunto podría facultar a la casa Pérez-Gabito en esta, para que me facilite los medios para realizar la expedición. 
Espero de su gentileza me conteste a la brevedad posible y aprovecho la oportunidad para saludarlo con mi mayor consideración

Martín Sheffield

 

Escrito al Margen: La correspondencia ruégole dirigir a mi nombre a la casa Roberto Pérez-Gabito, Colonia 16 de Octubre, Esquel.[12]

 

A partir de la carta precedente, los hechos entraron en un tobogán de delirios que se retroalimentaron mutuamente cuando Clemente Onelli la hizo pública y anunció, en el diario La Nación, la próxima partida de una expedición científica en pos de la criatura. La opinión pública se fascinó con el anuncio y la campaña electoral, que ponía fin al primer gobierno de Hipólito Irigoyen y que habilitaría la llegada al poder de Marcelo T. de Alvear, se vio inmersa en un clima bizarro, en el que la ironía y la credulidad se mezclaron en partes iguales.

Los diarios de la época, en especial La Prensa, La Razón y el matutino fundado por Mitre, se lanzaron sobre el monstruo cual aves de rapiña, alimentándose y alimentando a los lectores, con hipótesis que, salidas de sus propias elucubraciones (o copiando otras venidas de periódicos extranjeros) no vacilaron en alejarse de los “hechos” anunciados por Onelli y agregar a la historia detalles de sus propias cosechas.

Fueron los diarios los primeros en hablar de un plesiosaurio y plantar esa idea en el imaginario de la gente. Sin duda, “la cabeza de cisne” denunciada por Sheffield resultó ser el catalizador que dirigió la atención hacia ese animal, desaparecido 60 millones de años atrás. Incluso no dudaron en publicar (6/4/1922) dibujos de la bestia con el sólo fin de anclar la idea en la retina e imaginación de la gente.

“Las noticias del descubrimiento de un extraño animal en la Patagonia han tenido repercusión en los centros científicos de todo el mundo, según ha podido advertirse en los frecuentes comentarios registrados en nuestra sección cablegráfica. En estados Unidos se ha publicado el grabado que reproducimos con el comentario siguiente: ‘Informaciones del profesor Onelli, director del jardín Zoológico de Buenos Aires, aseguran que en las regiones solitarias de la Patagonia, existe el último de los reptiles gigantes prehistóricos. De ese monstruo, que debe tener un millón de años o más, se ha hablado durante más de un año, y esa última noticia del profesor Onelli no es más que una reiteración de noticias anteriores. Se han encontrado huellas del gigante: vegetación aplastada por el paso de un cuerpo inmenso por esas regiones y otros indicios semejantes de la presencia del monstruo. Se hace la descripción de éste presentándolo con un pescuezo colosal, como el de un cisne, con u cuerpo parecido al del cocodrilo. La fotografía que reproducimos presenta al animal prehistórico como un plesiosaurio o lagarto de mar de pescuezo largo, de una longitud aproximada de 6 metros 70’.”[13]

 

¿En qué momento Onelli hizo referencia a una bestia de ese tipo?

Nunca.

Lo que en realidad el italiano salió a buscar era otra cosa. Algo muy diferente a un plesiosaurio. Y lo dejó por escrito trece días antes de que se publicara el artículo del 6 de abril de 1922, con la imagen de la famosa criatura (véase arriba).

El 24 de marzo, un día después de que los expedicionarios hubieran partido desde la Estación Ferroviaria de Constitución con rumbo a Bariloche, el director del zoológico escribió:

“El objeto principal de la expedición, dirigida por el ingeniero Emilio Frey, es de comprobar  por todos los medios posibles y hasta con abnegación y sacrificio, la existencia posible de un animal desaparecido en los tiempos prehistóricos; probablemente un desdentado muy afín, si no es el mismo, al criptoterio doméstico, cuyos excrementos y cuero reseco y huesos fueron encontrados en el año 1898 en la cueva de la Estancia Eberhard y cuya fotografía le acompaño para no confundir con restos de probables toros baguales”. [14]

El bendito cuero, que tantas discusiones había originado décadas atrás, volvía a ocupar el escenario; y Onelli parecía apostar todas sus fichas a la hipótesis del geólogo Rudolph Hauthal, aquel que sostuviera que los perezosos gigantes habían sido domesticados por los primeros americanos.

En realidad, lo que Onelli hizo fue mezclar dos antiguas y descabelladas opiniones: la de Ameghino (que creía al animal todavía vivo) y la de Hauthal (que, aunque extinto, lo creyó domado).

El siguiente párrafo confirmaría lo dicho:

“En esta expedición debe prescindirse completamente de los sistemas que usaron Nordeskjold, Pritchard y otros, que campearon al animal en lugares de fácil acceso al hombre o en las montañas, pues estoy seguro que, si existe, su habitación actual debe ser en las regiones relativamente bajas, no más alta de los 800 metros y muy probablemente en las abras dentro del bosque y no en la floresta densa, porque el bosque austral no permite la vida bajo su fronda”.[15]

Y agregó:

“Como todas las versiones que hablan de su aparición son constantes en sostener que el animal se ha visto en horas crepusculares o nocturnas, los expedicionarios no deben, como los sabios de 1898 a 1905, buscar de día (…)”.[16]

 

Pero, ¿creía realmente Onelli en el monstruo o fue todo una impostura publicitaria que buscaba otro objetivo, tal vez mas loable que el de exhibir a la bestia en el zoológico porteño?

En probable que el singular “tano” haya tenido una posición escéptica, a pesar de que en sus artículos revele una “apertura mental” fuera de lo común, rayana en la credulidad.

Onelli no negaba públicamente la posibilidad de cazar viva a la criatura prehistórica. Era hijo de su época. No fue el único, ni sería el último, en proponer semejante dislate. Sabía que la probabilidad de hallar a la bestia era remota, pero alimentó el cuento con los artículos en el diario La Nación.

Carlos Rey[17] reveló que en sus cartas privadas Onelli explicitaba su verdadera intensión: obligar al gobierno y a los argentinos en general a que miraran hacia el sur del país. Quería poner en el mapa a esa Patagonia que él tanto quería, y que había explorado años atrás de la mano del Perito Moreno, al constituirse la Comisión Nacional de Límites. Había que darle entidad a la región. Volver los ojos hacia una Patagonia recientemente conquistada a los indios por los fusiles automáticos de Julio A. Roca, entre 1879 y 1880. Los lectores tenían que conocer sus bellezas paisajísticas. Sus recursos presentes y futuros. En pocas palabras, lo suyo había sido un acto de soberanía activa. [18] Una poco ortodoxa forma de “crear agenda”, colocando la temática en el corazón de la opinión pública. ¿Quién podía obviar a un monstruo antediluviano? ¿Quién iba a dejar de interesarse por la posibilidad de encontrar un mundo perdido semejante al descripto por Arthur Conan Doyle, hacía sólo unos pocos años?[19]

Además, los participantes de la expedición no eran hombres improvisados, sino reputados profesionales y científicos de su tiempo. Exploradores calificados. Gente que inspiraba confianza y con la que era factible llevar “la falacia del experto” a niveles pocas veces visto en nuestro país.

Lo que no debemos olvidar es que, hacia fines del siglo XIX y principios del XX, los exploradores despertaban el mismo interés que décadas más tarde despertarían los astronautas. Convengamos que una exploración a zonas remotas y mal conocidas fue, en su momento, lo más parecido a un viaje a la luna u otro planeta. La gente estaba fascinada con esas experiencias y seguían las peripecias de los aventureros, como quien sigue una novela por entregas.

Onelli conocía el paño.

Sus aventuras previas por el sur (desde 1888) ya habían sido publicadas en 1903 y el lenguaje barroco y florido de sus textos, tan llenos de adjetivos y pormenorizadas descripciones, habían tenido un fuerte impacto editorial.[20] Por otra parte, era conciente del clima de época y sabía de la influencia que los libros ejercían sobre las multitudes.[21] Mucho más si esas historias tenían difusión a través de los periódicos. El diario La Prensa, La Razón, La Nación, Caras y Caretas y publicaciones de otras partes del mundo, lo ayudaron en su meta.[22]

Incluso agregando un plesiosaurio que él nunca buscó.

 

 

PARTE 4

LA CRIATURA DE LA LAGUNA NEGRA

 

 

Es difícil entender porqué las “Instrucciones reservadas”, que Onelli le diera a Emilio Frey, fueron publicadas con fecha 24 de marzo de 1922 en el diario La Nación.

¿En qué radicaba “la reserva” (el secreto) si, a menos de 24 horas de que la expedición partiera hacia el sur, Onelli las hacía públicas, y anunciaba que había desorientado a sus posibles competidores, dando una ubicación falsa de la laguna en la que creía merodeaba el monstruo?

“Yo he dejado que la opinión general siguiera creyendo que el denunciador [Martín Sheffield] había visto al animal exageradamente monstruoso en la laguna de Esquel, y eso con objeto de que nadie nos aventajara en llegar a ese punto de fácil y frecuentado acceso (…)”.[23]

 

Como se puede observar, hasta ahora, el lago Nahuel Huapi brilla por su ausencia.

No es mencionado por Onelli; ni fue el escenario secreto de la búsqueda. Por lo tanto, ¿dónde estaba emplazado “el puesto de caza” al que hace referencia Sheffield en su carta?

El ingeniero Frey y su equipo serían los encargados de averiguarlo in situ, aunque no de manera muy clara.

Casi un mes después de partir de Buenos Aires, Frey llegó, el 21 de abril de 1922, a orillas del espejo de agua en el que el cazador norteamericano decía haber visto a la extraña criatura. Sheffield no estaba. Se había marchado (y nunca más tuvieron noticias de él). En su lugar, encontraron a su esposa e hijos. Uno de ellos, llamado José, sería quien llevara a los expedicionarios hasta una pequeña e insignificante laguna, rodeada de árboles, de 300 metros de diámetro y menos de 5 metros de profundidad. Estaba a los pies de un cerro llamado Pirque.

Escribe Frey:

“Hicimos ese mismo día una picada a través del monte, donde instalamos un buen puesto de observación para dominar toda la superficie de la lagunita. A ésta la llamé Lagunita Misteriosa”.[24]

Pero el sitio ya tenía nombre.

Se lo conocía como la Laguna Negra. Una denominación muy apropiada para tener a un monstruo como huésped. Aunque hay algo que debemos dejar en claro: el famoso film de los Estudios Universal, La Criatura de la Laguna Negra, recién se filmaría en 1954, descartando por lo tanto cualquier tipo de influencia sobre la expedición.

Hoy en día nadie conoce a la lagunita por ese nombre, sino con otro mucho más explícito: la Laguna del Plesiosaurio (valle del río Epuyén, provincia de Chubut) en honor a la bizarra aventura que iniciara Onelli. [25]

Entonces, ¿de dónde salió el nombre “Nahuelito”? ¿Por qué no “Negrito”? Y sobre todo, ¿por qué todos se empecinan hoy en ubicarlo en el hermoso espejo de agua que está frente a la ciudad de Bariloche (provincia de Río Negro), si nada, originalmente, sugería que allí vivía el monstruo?

Los intrépidos expedicionarios no tardaron mucho en explorar la pequeña laguna.

Apenas dos días después de haber llegado, Frey dio por terminada la búsqueda y el 23 de abril de 1922 levantaron campamento y emprendieron la retirada

Tanto espamento para tan poco.

La Laguna Negra resultó un fiasco. Igual que Martín Sheffield. Ni peces había en ella. Por otra parte, el invierno aceleró el regreso a la civilización. No era una buena época del año. Se acercaba el frío extremo y las nevadas.

La criatura era sin duda elusiva, poco sociable. Tímida, dijeron algunos. Pero la esperanza de encontrarla algún día no murió.

Se adujo una mudanza. Una huída estratégica a otra parte. La región podía brindar decenas de otros posibles escondites. Había lagos y ríos de sobra para poblarlos con monstruos imaginarios.

Eso ocurrió y futuros viajeros romantizaron la región con nuevas (y viejas) historias.

Desde mediados de 1922, el tema se fue diluyendo sin pena ni gloria hasta ser tapado por otros. Poco tiempo después, en 1924, Clemente Onelli murió y la historia de su monstruo se terminó convirtiendo en una simpática anécdota que, a poco menos de cumplirse un siglo de su primera “búsqueda científica”, aún sigue arrancándonos una complaciente y tolerante sonrisa.

Pero el más famoso caso de criptozoología de Argentina no iba a terminarse.

Invernó un tiempo. Se retrajo unas cinco décadas.

Entonces, en plena dictadura militar (1978), la Revista Siete Días volvió sobre el tema, sembrando otra vez el deseo por las anormalidades y el misterio.[26]

Nahuelito estaba a punto de nacer.

PARTE 5

EL NIDO

 

Nada hacía suponer en abril de 1922 que el plesiosaurio, injertado en esta historia por los medios de comunicación (y que Onelli nunca buscó), terminaría instalándose definitivamente en el Lago Nahuel Huapi. Hasta ese momento, ningún registro moderno dejado por los conquistadores europeos, o leyendas aborígenes previas, habían aludido a un monstruo en el lugar.[27] En consecuencia, es válido que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿Desde cuándo, cómo y por qué la criatura se trasladó a la cuenca lacustre que baña las riberas de Bariloche, adoptando el simpático nombre con el que hoy se lo conoce?

Muchos están de acuerdo en reconocer que el primer “avistamiento” del monstruo en el Nahuel Huapi se produjo en 1910. Es decir, doce años antes de que Onelli lo catapultara a la fama. El único inconveniente es que el informante, un tal George Garret, hizo pública su experiencia después de que se conociera por todo el mundo el objetivo de la expedición de 1922. Así, con fecha 6 de abril, Garret relató a un diario canadiense que, siendo gerente de una empresa en la zona del lago y estando navegando en él en 1910, pudo ver lo que llamó “un monstruo” asomándose en el agua casi dos metros por encima de la superficie y con un tronco de unos cinco metros de diámetro.

El periódico (The Toronto Globe), identificó si dudar a la bestia. Tituló: “Lugareño afirma haber visto un plesiosaurio gigante” y, de paso, le inventó su ancestral presencia en los mitos autóctonos de Río Negro.[28]

Nada de eso era cierto.

El testimonio de Garret carece de valor en sí mismo (un testimonio descontextualizado nunca es prueba de nada). Se supone que inventó todo. Incluso que el mismísimo Garret pudo haber sido una licencia poética del diario. Poco les importó todo esto a los futuros investigadores de misterios. Tenían a su primer testigo, a los apócrifos mitos indios como antecedente de los “hechos”, y no iban a dejarlos escapar así porque sí.

 Pero un suceso grotesco y lleno de ironía puede ser considerado como uno de los principales responsables de la instalación del monstruo en el Nahuel Huapi y el imaginario local. El protagonista: un muñeco de madera y arpillera pintada, de grandes proporciones, confeccionado por uno de los pioneros más famosos de la zona, Primo Capraro.

Capraro, de origen italiano, se instaló en la zona en 1903, donde levantó una modesta pensión en la actual localidad de Villa La Angostura. Unos años después, hacia 1915, puso en funcionamiento el único aserradero del pequeñísimo pueblo de San Carlos (Bariloche), en donde se construyeron la mayor parte de las casas de sus apenas 1500 habitantes. El italiano prosperó. Se hizo millonario. Llegó a tener su propia flota de vapores en el Nahuel Huapi, convirtiéndose en el hombre más importante de la región. Hacia el final de su vida había acumulado varios títulos, como el de Cónsul de Italia, presidente del consejo municipal, agente de YPF, representante de la West Indian Oil Company, del Banco de Italia y, lo que resulta más importante para nuestro caso, corresponsal del diario La Nación y La Patria degli Italiani.[29]

Fue él quien recibió con bombos y platillos a la expedición y unos meses después, en el carnaval de 1923, y para convertir los acontecimientos en algo inolvidable, mandó a construir el mencionado muñeco de arpillera (del que adjuntamos fotos).   

En 1988, Nelly Frey de Neumeyer, hija de Emilio Frey (jefe de la expedición y posterior primer presidente del Parque Nacional Nahuel Huapi, como así también co-fundador del Club Andino Bariloche) recordó, a sus 100 años de edad, los gratos momentos que los niños tuvieron con la bestia de cartón:

“Fue el carnaval de los carnavales para los que fuimos chicos en aquella época. Don Primo, montado sobre un caballo y disfrazado de Martín [30]

La carroza se siguió utilizando en numerosos carnavales subsecuentes y, poco a poco, el inolvidable monstruo que representaba quedó asociado al lago Nahuel Huapi y a la ciudad de Bariloche.

Pero hubo que esperar un tiempo bastante largo para que el lago se convirtiera en el nido de la bestia. Recién en la década de 1970 empezaron a sucederse las denuncias sobre un extraño animal nadando subrepticiamente por sus frías aguas y, siguiendo el viejo libreto de los periódicos, todos veían bestias que semejaban plesiosauros. Los tiempos de Garret y Sheffield habían quedado atrás. Ahora, con la ciudad de Bariloche empezando a ser un incipiente centro turístico, los posibles testigos se multiplicaron. [31]

Entre 1978 y 1996, los medios anunciaron decenas de avistamientos, sin importar cuán fidedignos podían ser. La noticia vendía. El deseo de alteridad se mantenía incólume desde los días de la conquista. Todos querían ver cosas raras. Ser protagonistas de un suceso fuera de lo común. Y para ello, ahí estaba el gran lago como si fuera una gigantesca pantalla donde proyectar las fantasías.

La primera gran ola de avistamientos estaba en curso y como había que llamar a la bestia de algún modo, un periodista de Bariloche, Carlos Bustos [32], lo bautizó con el nombre de Nahuelito, imitando sin duda la costumbre escocesa de ponerle Nessie al monstruo del Lago Ness. [33]

No sonó bien al principio. “Nahuelito” resultaba un poco tonto. Demasiada ironía. Pero con el tiempo la ciudad se apropió de la bestia. La adoptó como hija legítima de la región. Se encariñaron con la idea y la explotaron comercialmente, en la medida de lo posible.[34] Tal vez esa sea la causa que explique por qué no la dejan morir, resucitándola cada tanto en las páginas de diarios y revistas.[35]

 

PALABRAS FINALES

 

Lo que nosotros llamamos misterio es la imposibilidad de relacionar un hecho con una ley.  Por ende, aquello que consideramos misterioso es el resultado de un proceso histórico-cultural de larga duración y en permanente cambio.[36]

Para los hombres del siglo XVI, por ejemplo, no había misterios. Menos aún para los de la Edad Media. Sin leyes claras, no existen; y las maravillas se vuelven parte de la vida cotidiana. Por lo tanto, el misterio sólo fue posible a medida que el universo era más y mejor conocido por la ciencia.

Pero siempre hubo una férrea resistencia a ello.

Millones de personas se inclinaron (e inclinan) por volver a un mundo sin misterios. Al menos es lo que parece. ¿De qué otro modo se entendería la inclinación a considerar tantas fantasías como algo “natural”, sin que les tiemble el pulso a la hora de escribir historias descabelladas?

Goya dijo que “Los sueños de la razón engendran monstruos”. Tal vez se haya equivocado y sea justamente al revés. Son las leyes, producto del racionalismo del siglo XVIII, las que han habilitado la emergencia de los cultores del misterio, negándolas o desconociéndolas; alimentando así la vigencia de un universo maravilloso, que se maravilla con elucubraciones que parten de sus propios deseos de combatir un universo cada vez mas desencantado.

Cuando se estudian “casos” como los de Nahuelito, el Yeti, Nessie, Mokele-Mbembe, Bigfoot y otros crípticos (como se los llama), más que en los monstruos deberíamos fijar la atención en los autodenominados criptozoólogos que los investigan. Y para eso es indispensable recrear el marco cultural, el contexto histórico, la época, en la que éstos se desenvolvieron.

Es lo que tratamos de hacer en las líneas precedentes.

El caso de la supuesta criatura del Nahuel Huapi es por demás interesante.

Desde los protagonistas que inauguraron la historia, hasta las laxas bases epistemológicas que imperaban en la zoología y paleontología de entonces, todo confluye a que se dieran las condiciones para que la bestia se hiciera presente, desatendiendo las opiniones críticas de algunos especialistas.

 Era como si a principios del siglo XX el misterio no hubiera asentado sus reales con la contundencia que tiene hoy en día. Haciendo posible argumentos que, en boca de autoridades académicas, serían hoy impensables en los mismos ámbitos de aquellos días.

Hipótesis como la defendida por Florentino Ameghino (que creía en perezosos gigantes vivos) constituirían un fenómeno extraño, a menos que se persiguieran objetivos ajenos a la cordura, lucrar con temas que atraen a millones de adoradores de monstruos, o simplemente buscar fama. Es lo que han hecho muchos autodenominados criptozoólogos.

Pero no siempre están presentes los móviles crematísticos.

Los espíritus románticos suelen apartarse del camino que lleva al mero lucro. Al defender “teorías” extravagantes muchas veces no ansían ganancias materiales sino, simplemente, sentirse diferentes frente a una ciencia que llaman “oficial”, viéndose a sí mismos como modernos herejes. Incomprendidos. Perseguidos. Burlados. Y se enorgullecen por eso. Se sienten más cercanos a Galileo Galilei. Claro que a Galileo quien los juzgó no fue la ciencia, sino la iglesia. De todos modos, el sentirse víctimas les genera un extraño placer. Y hasta cierta identidad.

Ante a cualquier cosa extraña que flote en el lago, los medios reaccionan con rapidez.

No dejan escapar ninguna oportunidad; ya sean fotos, filmaciones de mala calidad, testimonios o huellas misteriosas. No importa cuanta verdad haya, o no, en todo eso. Lo importante es llenar páginas, ocupar espacios de televisión, captar la atención de la gente, siempre predispuesta a noticias asombrosas. Porque si de algo estamos seguros es el asombro siempre vende. Es un bien con demanda en alza. Irreprimible. Seductor. Una oferta segura. El negocio perfecto, no sólo en cuestiones criptozoológicas. El fenómeno se da en otras áreas, incluso en la política. Queremos ser asombrados. Deseamos imaginar otro mundo posible. Uno en el que los monstruos viven y caminan por la Tierra, como lo hicieron hace más de 60 millones de años. Por eso los filmes y los libros que tratan la temática son tan exitosos y, al mismo tiempo, catalizadores de aventuras asombrosas e imposibles para un simple mortal.

La obra de Conan Doyle es un buen ejemplo al respecto, especialmente la gran novela de aventuras, El Mundo Perdido (1912). Su influencia en el imaginario fue enorme. Miles de personas sintieron el impulso de viajar al Amazonas en pos de ese universo detenido en el tiempo.

Todos los lugares inaccesibles se convirtieron en escenarios de aventuras extraordinarias, capaces de catapultar a cualquiera hacia la fama y el reconocimiento. Lugares donde escapar de lo cotidiano y zambullirse en un universo de novela (literalmente).

Lejos. Cuanto más lejos mejor.

Cuanto más inhóspito y aislado, el lugar se llena de potencialidades; complementadas por los argumentos de los textos de ficción. El cóctel es atrayente y la Patagonia reunía muchas de esas condiciones sensacionales: inmensidad, soledad, lejanía y desconocimiento. No había que esforzarse mucho para creer que “cosas raras” fueran posibles en esa remota región. Aquella estepa infinita ha sido (y sigue siendo) el hogar de fantasías imposible de erradicar (monstruos, extraterrestres, templarios, ciudades perdidas y hasta el mismísimo Adolf Hitler, fugado de Europa, según el mito periodístico, tras el fin de guerra.

Buscamos sensaciones fuertes y hoy el turismo las ofrece a raudales: escalando montañas, internándose por senderos selváticos, participando en safaris (fotográficos) o explorando lugares abandonados, incluso hoteles y mansiones supuestamente encantadas. Millones de seres humanos son capaces de desembolsar grandes cantidades de dinero en pos de la adrenalina que los saque de sus oficinas, escritorios y departamentos. Aún cuando esa aventura sea un simulacro virtual (Disneylandia, por ejemplo).

Pero cuando eso no es posible, una buena historia leída en un diario o vista en un programa de televisión, puede servir de sucedáneo. Y en esos casos, como sucede con Nahuelito, ya no importan los errores, los falsos recuerdos, las pareidolias o los fraudes.

 

 

FJSR

 


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