LRH 34.6.pdf
Documento Adobe Acrobat 238.9 KB

 

El pululante y el olímpico: una polémica entre Ortega y Pemán sobre la función intelectual.

 

Tomás Salas.

 

Doctor en  Filología Hispánica en la Universidad de Málaga. Profesor de Lengua (España). 

 

 

1. LOS TEXTOS Y SUS ARGUMENTOS

 

Ortega y Pemán, a pesar de la relevancia pública de ambos y de que comparten un buen tramo de una parte convulsa y compleja de la historia de España, apenas tuvieron trato personal. Puede explicarse el hecho por la diferencia de edad (Ortega es 14 años mayor que Pemán, casi el límite de lo que aquél establecía como una generación) y porque pertenecen a mundos ideológica y socialmente distintos: una alta burguesía y una aristocracia ligada al sector agrario, fuertemente conservadora e identificada con la Corona; y una burguesía ilustrada, europeísta, más centrada en la industria y en las profesiones liberales. Sin embargo, tuvieron un encuentro fortuito que Pemán, con su habitual amenidad, relata en su libro Mis almuerzos con gente importante[1]. Viajaba el escritor gaditano en barco hacia Argentina a dar una serie de conferencias como era habitual en este tiempo. En el barco coincidió con Miguel, el hijo de don José, «excelente médico e inteligentísimo conversador», dice Pemán. Le informaron de que el filósofo se iba a subir al barco en Montevideo para dirigirse a Buenos Aires y que pasaría allí una noche. «Me preocupaba un tanto el encuentro -escribe Pemán-, puesto que no había cruzado con Ortega más palabra que la impresa y puntiaguda de nuestra breve polémica»[2]. «Yo mismo -escribe unas líneas más arriba, con la generosidad y la falta de rencor que siempre ostentó-, en mi insignificancia, tuve con él un pequeño rifi rafe (sic.) periodístico»[3]. Ortega subió al barco y tuvo con Pemán, si no el almuerzo indicado en el título del libro, sí un cena con una larga  sobremesa, hasta las 3 de la madrugada, y un desayuno a la mañana siguiente. Como es de suponer, hablaron de temas culturales y filosóficos y no tocaron la política. El escritor, que en la España de su tiempo era el arquetipo de intelectual monárquico y católico, charlando tranquilamente (y evitado los temas vidriosos) con uno de los padres intelectuales de la II República es un ejemplo de lo que era aquella España de posguerra y de su afán de «pasar página», de volver a la ansiada normalidad después de tantas convulsiones. Unos años después, cuando Ortega vuelve a España y tiene su aparición pública en el Ateneo de Madrid (mayo de 1946), con su conferencia Idea del Teatro, Pemán, haciendo gala de ese talante abierto en lo cultural que no perdió ni en los momentos de mayor radicalización ideológica, junto con otros intelectuales del bando vencedor, estará entre el público, dando de alguna manera un apoyo tácito al que era, independientemente de sus aventuras políticas, el primer intelectual español de su tiempo[4].

 

A través de este texto, tuve conocimiento de esta «breve polémica» que menciona Pemán, de la que no conocía otra referencia. Conocidos los textos (una conferencia y dos artículos), me ha parecido conveniente profundizar en ellos, aunque sólo sea por la enjundia de los contendientes y por la importancia y el carácter poliédrico y controvertido del tema: la función intelectual. Comenzaremos por conocer, en la medida de lo posible, los textos y los términos literales de esta disputa  dialéctica.

 

1.1. La traición de los intelectuales  (José Mª Pemán)

 

El 19 de abril de 1932, en los locales de Acción Española da Pemán una conferencia con el expresivo título de «La traición de los intelectuales»[5]. Presenta al conferenciante el secretario de la institución y, en realidad, el hombre que concibe e impulsa el proyecto, Eugenio Vegas Latapie. Vegas, que se ha inspirado en el modelo de l´Action Française de Charles Maurras, de la que era un gran admirador, explica claramente lo que era aquella institución: «esta entidad no es un partido político, sino una escuela, una cátedra de patriotismo que aspira a constituir el cerebro director de la vida nacional» [6]. Acuciados por la necesidad y por el avance espectacular del enemigo revolucionario, los conservadores españoles se dan cuenta de que están en un momento de crisis profunda y de que necesitan un órgano que fomente e irradie en España el pensamiento contrarrevolucionario; es lo que en el mundo anglosajón llaman un think tank. Quizá fue Acción Española uno de los primeros think tank, concebido como tal, en la  historia de nuestro país. Aunque la revista de este mismo nombre [7] tuvo una gran importancia y una considerable incidencia en el mundo cultural y político, la acción de la institución va más allá, como conformadora de un pensamiento conservador, contrarrevolucionario, tradicionalista que, para algún autor, incluso llega a convertirse en uno de los  fundamentos ideológicos en el que va a basarse el franquismo en sus orígenes[8].

 

 

El diario ABC del día siguiente[9], en dos páginas, hace una amplia reseña de la conferencia de Pemán que, como se sabe, fue a lo largo de su vida uno de los principales colaboradores del periódico. Debo a uno de los mayores especialistas en Pemán, el profesor Gonzalo Álvarez Chillida, el dato de que, según cuenta Vegas Latapie en sus Memorias, se iba a preparar el texto de la conferencia para publicarse, pero luego se truncó el proyecto.

 

            El entusiasmo -escribe Vegas- que a todos los oyentes produjo fue tan grande, que inmediatamente urgió la iniciativa de hacer una edición especial del texto de        la conferencia. Pemán la había escrito; pudo entregar allí mismo el original a don Pedro de Antiñano, catedrático de la Escuela de Ingenieros Industriales, quien se encargó de preparar una tirada de bibliófilo, seguida de una edición popular. En prensa estaba el trabajo, cuando se produjo el levantamiento de Sanjurjo de agosto de 1932. Antiñano fue a la cárcel y murió unos meses         después de ser puesto en libertad. Las cuartillas de Pemán se perdieron[10].

 

No descarta el profesor Álvarez Chillida que exista copia del texto en los archivos de Pemán. En su ausencia, uso (sin perder la esperanza de rescatar el texto pemaniano) la citada reseña  de ABC que, como comprobaremos, es bastante exhaustiva.

 

La crónica de ABC tiene cierto estilo retórico del periodismo de la época: «el salón de actos se hallaba lleno de numeroso y selecto público» que acudió a oír la « palabra culta y elocuentísima del Sr. Pemán». Y termina también de una forma un tanto tópica: «Una gran ovación acogió las últimas palabras del elocuentísimo discurso…» Sin embargo recoge de una forma amplia el contenido del discurso y aporta numerosas citas textuales. Sobre este texto, pues (en el contexto de la amplia obra de ambos y en el de las ideas de la  época), tenemos que trabajar. El escritor, según la crónica, comienza planteando la necesidad de crear una corriente de pensamiento conservador, de forma que las derechas tengan una «minoría selecta» que proyecte y defienda las ideas contrarrevolucionarias. Esto es importante porque supone «el único camino por donde legítimamente y con firme base de sustentación se llega al poder». Los pensadores conservadores españoles de la época se dan cuenta de que han perdido  terreno con respecto a la izquierda y el laicismo; de hecho, el concepto mismo de intelectual se asimila a la ideología progresista. El canónigo de la catedral de Granada, Rafael García y García de Castro, se preguntaba en 1934: «¿Qué entendemos por intelectual?». Y él mismo se contesta: «Desde hace algún tiempo, ese nombre ha circulado en las corrientes de la moda  y se ha aplicado por antonomasia a los escritores de ideas o de tendencias marcadamente izquierdistas»[11]. Son conscientes de que tienen que ganar el terreno perdido, pero -como observa Santos Juliá- esa labor ya no puede ser individual, sino orgánica: la contrarrevolución necesita poner en marca instituciones como las que tiene el enemigo, en especial la más señera, la Institución Libre de Enseñanza; esa es la gran diferencia con respecto a los intelectuales conservadores anteriores[12] .   

 

Luego pasa Pemán a tratar el tema de la traición de los intelectuales. Citando a Ortega y su obra La rebelión de las masas, destaca cómo las masas han abandonado su lugar, «que no es un puesto directivo, sino de acatamiento» y ocupa un lugar de mando. El intelectual, en lugar de imponer sus «ideas selectas» y atraer hacia ellas a las masas, lo que hace es someterse a este movimiento de mediocridad. Hay incoherencia, para Pemán, entre considerar a la masa «sujeto nulo de acción política» (el pueblo ha sido declarado soberano) y adularlo. Este es un caso particular que tiene sus raíces en un hecho más general: el racionalismo, que centra la labor de la inteligencia en los fenómenos. El intelectual abandona su búsqueda de la verdad: «no es ya el hombre de la verdad, sino del pensamiento». El intelectual «no se interesa por el fin, sino por el medio; no le preocupa que la verdad triunfe, sino que el pensamiento sea  libre».

 

Esta situación conduce a lo que  Pemán llama «las locuras del intelectual moderno»”, que son la «locura de la Democracia» y «la locura de la anti-patria». En cuanto a la primera, el triunfo del criterio de la mayoría, la masa, conduce en el terreno político a la Democracia que, desde el punto de vista del Pemán de los años 30[13] y de los intelectuales de su órbita, es un auténtico despropósito: «La Democracia es la rebelión del instinto contra la inteligencia: el traspaso a la masa de las prerrogativas vigentes que corresponden a los selectos». Es un absurdo y, sobre todo, el hecho de que quienes la propicien sean los mismos representantes de la inteligencia. La otra locura es la de la anti-patria. Pemán, siguiendo la idea de Ramiro de Maeztu, concibe la patria como permanencia, como el acerbo común que pasa de una generación a otra, es decir, la tradición. «La esencia de la vida civilizada está en defender las cosas que permanecen, en contra de los hombres que pasan». «Los intelectuales -dice Pemán usando un símil cinegético- deben ser los guardas de los vedados de la tradición y de los cotos de la Patria»[14].

 

Pemán avanza en su argumentación, centrándose en el caso de España. Citando a Eugenio d'Ors, coloca el origen del descrédito del intelectual en nuestro siglo XVIII. La intelectualidad en la época ilustrada se divide en dos facciones opuestas: los tradicionalistas, que son demasiado hostiles a la modernidad y al europeísmo, y los enciclopedistas, insolidarios a toda tradición española (los afrancesados, por ejemplo). Dice Pemán que se da un «dualismo trágico» entre «una tradición que huele, a veces demasiado, a cocido, y una ilustración, que huele, a menudo demasiado, a rapé». Este  enfrentamiento hace que el estamento intelectual se desacredite y la «masa prehistórica» [15] le dé la espalda. Consecuencia de todo esto es que los intelectuales sigan a la masa y adopten esos «tonos bárbaros y prehistóricos» propios de la misma. Pemán pone dos ejemplos que tienen en común la negación de la europeidad (que para él es la civilización) de España y su asimilación a la africanidad [16]: Kayserling, que «nos niega la europeidad y nos relega a un papel de berberiscos enriquecidos» y «ese pintoresco notario de Coria que quiere formar una región autónoma con Andalucía y Marruecos» [17]. Ambos son un ejemplo, para Pemán,  de un intento de «africanización de España». Para el gaditano, que se sitúa en  una línea de interpretación histórica que tiene su máximo exponente en Menéndez Pelayo, el papel histórico de España es, precisamente, la defensa de lo occidental. Esto se demuestra en el largo proceso histórico de la Reconquista («europeidad sostenida heroicamente durante siglos») y culmina en la batalla de Lepanto. España, desde esta óptica, tiene la misión y el destino histórico de defender la europeidad, unida indisolublemente al carácter cristiano en una simbiosis cultural-religiosa[18].

 

Si seguimos la reseña que hace ABC, cita a Ortega  brevemente y hace mención de su libro La rebelión de las masas. Luego habla de intelectuales que usan «su prestigio y su nombre» para apoyar las ideas que llegan de la masa. ¿Alude Pemán al apoyo que ha recibido el movimiento republicano, recientemente instaurado, de intelectuales de prestigio como Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y el propio Ortega? Lo lógico sería una repuesta afirmativa, desde el enorme prestigio de estos nombres, aunque no hay un mensaje explícito. Dice la reseña periodística que Pemán «lee varios textos» (no sabemos cuáles) para demostrar esta tesis. ¿Algún texto es  de Ortega? Parece que sí, por la alusión que hace Ortega en su réplica.

 

1.2. Este señor Pemán… (Ortega)

 

También en estos años Ortega es un intelectual metido hasta los codos en la cosa pública, en contraste con los años posteriores que serán de prudente -y quizá desencantado- alejamiento. La vocación pública de Ortega viene de atrás; de hecho, le acompaña en casi toda su trayectoria vital. «Don José -escribe el que fuera secretario de la Agrupación al servicio de la República Justino de Azcárate- hace política casi sin interrupción durante toda su vida y sobre todo hasta la guerra civil; y sin embargo no podría afirmarse que fue un político»[19]. Podríamos situar un punto de inicio de esta actividad en su discurso Vieja y nueva política de 1914 y la creación de la Liga de Educación Política, vinculada, aunque no dependiente, al Partido Reformista. Su etapa más intensa es la de la Agrupación al servicio de la República, que se funda en febrero de 1931, dos meses antes de proclamarse el nuevo régimen, y termina su no muy dilatada trayectoria en octubre de 1932. Durante esta época puede decirse que Ortega sí hace política directamente: «durante veinte meses, don José Ortega ejerce la dirección de un partido político (…) sobre Ortega recae además la dirección del grupo parlamentario formado por una docena de diputados»[20]. Además,  está su participación activa y no exenta de claroscuros en las Cortes Constituyentes y en el debate constitucional. Precisamente, es en esa época cuando se produce el debate que comentamos.

 

En un sentido distinto al de Pemán, Ortega es el modelo de intelectual que apoya el cambio político, el paso de un sistema monárquico a uno republicano, como una necesaria evolución modernizadora de España, como el impulso que nuestro país necesita para acercarse a un modelo europeo y democrático (Ortega usa más la expresión, que luego adquirirá un significado tan distinto, «nacional»). Con su innegable prestigio y su proyección social, sus escritos desde la prensa y sus charlas influyeron sin duda en el advenimiento del nuevo régimen. Desde comienzos de 1931 (su acta fundacional se publica en El Sol el 10 de febrero de este año), impulsa la Agrupación al servicio de la República, que reúne a intelectuales y profesionales prestigiosos y que terminará constituyéndose en un órgano político que se presentó a las elecciones. No tardará Ortega, sin embargo, en ser crítico con la República, en cuanto ésta comienza a mostrar visos de radicalidad; y su Agrupación, en poco tiempo, pasará a la historia. Algunos de sus miembros se alejaron la de la cosa pública y otros pasaron a militar en distintos partidos.

 

A las alusiones de Pemán, Ortega contesta una breve nota, que se publica en  Luz, el  14 de abril [21] (curiosamente, en el primer aniversario del advenimiento del nuevo régimen) con el título de «Este señor Pemán….» Ortega, cuando quería,  sabía ser ácido y usar la ironía y el desdén una forma hiriente. García Gómez, que le trató con asiduidad, habla del desdén orteguiano como una  dimensión fundamental de su personalidad:

 

           

El desdén era buido y eterno -escribe don Emilio con su inimitable retórica-: Ortega no conocía el complejo de inferioridad. Su silencio resultaba monolítico, inconmensurablemente denso, oscuro Leteo sin orillas. En un país de cominerías, chismes, envidias, pseudopolémicas de villorrio, desdecimientos permanentes (…), Ortega era la Piedra Negra de la Kaaba. Como los caballeros antiguos, medía sólo sus armas con  quienes lo merecían[22].

 

Así, despliega en este breve texto sus afilados recursos retóricos para defenderse de lo que piensa que es un ataque injustificado. Ortega comienza diciendo que le llega la noticia, «con periodicidad astronómica», de una serie de telegramas informando sobre las conferencias de «cierto señor Pemán». Y que dichas conferencias tratan sobre «La claudicación de los intelectuales y necesidad de formación de una nueva intelectualidad». Este fenómeno se confirma con textos de Ortega y Unamuno. «Afirmó [Pemán] que hay intelectuales que han pactado con las masas (…) en vez de (…) orientarlas y dirigirlas». Esta idea sí la hemos vista clara en el texto pemaniano, aunque no está tan claro, al menos no explícito, que Ortega (y Unamuno) sean ejemplos de esta deserción. Ante este fenómeno Ortega alega un par de cosas. La primera, en la que creo que tiene razón, es que él nunca  había “escrito ni dicho palabra alguna que fomentase las pasiones de la muchedumbre”. La segunda, es que pide a Pemán que le aporte los citados textos («esos textos criminosos»), para poder debatir sobre una base sólida. Termina la nota  mencionando a «ese pululante señor Pemán»”. Usa Ortega en esta nota un tono de ironía que está cercano al desdén, en la misma forma de referirse a su contrincante: cierto señor…, ese pululante…. Parece que Ortega quiere dar a entender que el escritor gaditano le es desconocido, que, en todo caso, no es un nombre que suene a la altura de él. ¿Era realmente tan desconocido Pemán para Ortega? En 1932 Pemán está en un momento de joven madurez, pero ya tiene una rica trayectoria en el terreno político (colaboración con la Dictadura de Primo de Rivera, presencia en el bando monárquico en los  últimos años de la Monarquía y comienzos de la República, famoso orador y mitinero antirrepublicano…); y también en el literario y periodístico (colaborador de El Debate y ABC, autor ya de una obra considerable en distintos géneros). Resulta poco creíble ese desconocimiento que parece, más bien, un recurso literario usado con maestría.

 

Pemán, que también es un maestro de la retórica, define con exactitud esta actitud desdeñosa  y  que toma una posición de superioridad: «olímpica».

 

 

1.3. Réplica de Pemán: De un pululante a un olímpico

 

En el ABC de 30 de abril de 1932, Pemán contesta a la nota de Ortega con un artículo que lleva un expresivo título: De un pululante a un olímpico. El texto nos afirma en la idea de que fueron varias las conferencias que dio Pemán sobre este tema. Dice Pemán que, al llegar a Madrid, corrige las pruebas taquigráficas de la conferencia en Acción Española (la que hemos comentado) que, en breve, se publicará en la revista del mismo nombre. En este texto -que, como hemos visto, no llegó a publicarse- Pemán recoge las citas que Ortega le reclama. La primera pertenece a La deshumanización del arte:

 

«Se acerca el tiempo en que la sociedad, desde la política al arte, volverá a organizarse, según es debido, en dos órdenes o rangos: el de los hombres egregios y el de los hombres vulgares... La unidad indiferenciada, caótica, informe, sin arquitectura anatómica, sin disciplina regente en que se ha vivido por espacio de ciento cincuenta años, no puede continuar... La masa cocea y no entiende...»

 

Luego cita a Ortega que, en un cine de Madrid, ha dicho que «la República debía significar la entrega del poder público a la totalidad cordial de los españoles»[23]; esta frase tiene para Pemán un «puro sabor democrático» ya que incita a que se entregue al poder a los hombre vulgares, que en esa «totalidad cordial» seguro que dominan sobre los hombres egregios. Pero, en donde radica la cuestión más grave, para Pemán, es en la flagrante contradicción entre lo que se piensa y dice y lo que se hace. La conducta de Ortega de apoyo al cambio republicano, la aportación de su enorme prestigio cívico e intelectual a este movimiento, es interpretada por Pemán como una claudicación a las masas y un apoyo a «las pasiones revolucionarias que han traído a España al borde la ruina». Cita el famoso lema de  Delenda est Monarchia[24] que, para Pemán, se escribe en un momento en que ya la Corona está herida de muerte y no eran necesarias muchas dotes de profeta para darse cuenta. También cita el artículo sobre el «Sr. Ventosa y el empréstito Morgan», tema que, aunque algo olvidado,  tuvo en su momento una dimensión pública importante y fue muy  polémico en las fechas anteriores al cambio de régimen[25]. Con todo esto Ortega contribuye a la llegada del nuevo régimen. Y luego, en los primeros meses de la República, los elogios («casi todo lo interesante de la Historia de España ha salido de la cárcel: el Quijote y la República»[26]) que, desde el punto se vista de Pemán, son una adulación servil;   y las dos actas de diputados «regalo de los socialistas; una de ellas, por una ciudad donde no le votarían ciertamente sus lectores, porque es estadísticamente la de mayor número de analfabetos de España» [27]. También alude Pemán a la elaboración de la Constitución  y cómo Ortega no pudo hacer sus aportaciones: «sin lograr insertar en ella una línea, una coma, que la rectificase de acuerdo con aquella arquitectura grande y original de un nuevo Estado que creíamos que usted tenía en la cabeza» [28] . Por último, llega el arrepentimiento o el cambio de rumbo: «¡No es eso, no es eso…!» [29].

 

En suma, Pemán, con una gran coherencia en su discurso, reprocha a Ortega: a)  que haya sido uno de los motores que ha impulsado este cambio, para él, negativo y funesto; b) que esa acción  política y pública  es contradictoria con lo que ha escrito y pensado  y c) que, si se  ha equivocado, al menos deje a los demás (es decir, a los enemigos del cambio, a los tradicionalistas, «los que no nos equivocamos en nuestros pronósticos») que puedan expresarse y actuar.

 

 

2. ALGO SOBRE EL CONTEXTO HISTÓRICO. LA RUPTURA DE LA CONCORDIA

 

Hay que tener en cuenta que, en el año 1932, cuando se produce este cruce de opiniones encontradas, la vida política e intelectual en España va adquiriendo tonos de fuerte radicalidad. Las posiciones son distantes y encontradas y parece no haber lugar para las zonas templadas, para los términos medios contemporalizadores. Hace un año (abril de 1931) se ha implantado el régimen republicano y un sistema secular, la Monarquía Hispana, que parecía casi consustancial a la nación, se abate como un castillo de arena, sin que nadie, detractores ni defensores, se dé cuenta de las causas reales de este derrumbamiento. ¿Qué ha pasado realmente?  Un observador tan agudo como Josep Pla, que en esos días estaba en Madrid, expresa así su perplejidad:

 

España, dicen esos libros, es una cosa inmóvil. La Monarquía es una situación eterna. La duración de esa Monarquía está asegurada, en primer lugar, por el ejército y la marina, que es una clase intocable. Después, por el latifundismo del Sur, de Extremadura y Andalucía. Después, por la iglesia católica, apostólica y romana, por la que los españoles sienten una adoración viva, activa, pintoresca e indispensable. Después, porque el dinero es monárquico. Después, además, porque la industrialización es incipiente, porque el orden público es fácil y porque la clase media es rabiosamente monárquica... Y una mayoría del pueblo también... Ahora bien, hoy, día 14 de abril, todas las impresionantes columnas del templo inmóvil se han derrumbado[30].

 

En el terreno internacional los movimientos totalitarios, de derecha e izquierda, se oponen a la democracia liberal, creando una dinámica que va a tener su culmen en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Muchos historiadores han destacado como la guerra española fue, de alguna forma, un adelanto de esta guerra internacional. Ambas suponen, como hemos dicho, la crisis del antiguo liberalismo cuyas pautas  habían funcionado  durante mucho tiempo, pero que estaba agotado. En el campo de la convivencia intelectual, lo que era el ambiente de cierta tranquilidad y cortesía que se mantuvo durante la Restauración, se va cargando de tensiones y extremismos. Si hay una persona que simbolice  ese talante educado y liberal (en el sentido moral, no político) es Gregorio Marañón. Don Gregorio recuerda como, en sus veranos santanderinos, Menéndez Pelayo y Galdós (ambos amigos de su padre), convivían amigablemente. Sin embargo esa concordia llega a romperse. «¿Qué aire tempestuoso de fuera -se pregunta Marañón- o qué violenta fermentación interior brotó sobre esta flor delicada de comprensión y de concordia que estuvo a punto de tenderse por toda la Península en los años de la Restauración?»[31]. Eso tan importante que Julián Marías, uno de los intelectuales españoles que más ha reflexionado sobre la concordia en la historia española, llama la «convivencia creadora y fraterna»[32] y que es uno de los fundamentos de cualquier sociedad civilizada y pluralista, comienza en este tiempo a resquebrajarse.

 

En este contexto hay que situar esta polémica que es, en el campo intelectual, muestra de un conflicto que está en el sociedad española en el terreno social y político.

 

3. Pemán: el intelectual como de defensor de las esencias

 

El pensamiento político y social de Pemán dista mucho de ser simplista y de estar ausente de una cierta evolución y maduración. Decir de él, simplemente, que era un pensador reaccionario y antiliberal es trazar una caricatura de quien fue un intelectual con un pensamiento elaborado, coherente y complejo, que ha sido simplificado por sus enemigos, pero también -lo que quizá le ha perjudicado más- por sus amigos. Además, debemos tener en cuenta un aspecto evolutivo de su pensamiento que lo llevó, aun manteniéndose siempre fiel a una serie de principios fundamentales, desde posiciones de un conservadurismo más extremo a otras cercanas al liberalismo[33].

 

Primeramente, hay que situar al autor gaditano en su evolución ideológica en esta época crucial de los primeros años de la década de los 30. Para él, como para tantos contemporáneos suyos, éste es un momento de radicalización. Pemán ha sido partidario del legalismo, que defienden Acción Nacional y el periódico El Debate (Herrera Oria y los propagandistas). En un mitin pronunciado en Cádiz el 1 de enero de 1932, afirma: «teniendo a favor nuestro la verdad y la razón no debemos desacreditarnos con violencias; no debemos pensar en golpes ni en mesías llovidos del cielo (…) Por muchas proposiciones que se me brinden, nunca conseguirían apartarme de estos principios de respeto a la ley y sometimiento al poder constituido,  que han de ser la base de toda convivencia y civilización». Pero en los  meses finales de 1932, quizá a partir del intento de golpe de Sanjurjo (10 de agosto de 1932) Pemán «consuma su propia ruptura con los accidentalistas»[34], una parte de la derecha española (el citado Herrera, la CEDA de Gil Robles), que quería hacer su juego político dentro del nuevo sistema. Se da cuenta de que no hay que conquistar el poder en la República siguiendo los mecanismos del juego legal y parlamentario, sino destruirla y restaurar la Monarquía. Son imposibles concesiones ni acuerdos «en esta época que vivimos de antítesis suprema entre Anarquía y Orden»[35]. En esta evolución Pemán no es una excepción, sino una muestra de una derecha española que se radicaliza y que se acerca, en algunos casos, hacia posturas extremas[36]. Según Raúl Morodo, que ha estudiado a todo este grupo de intelectuales que se vincula a Acción Española, se produce un proceso en el que los liberales abandonan la monarquía y los monárquicos se hacen antiliberales; se acercan al tradicionalismo e, influenciados por la Action Française y el fascismo italiano, hacia posturas totalitarias[37].

 

En este contexto de radicalización, que se da también en una gran parte de la izquierda, Pemán tiene una visión histórica y general de la crisis de los años 30; una visión que va más allá del contexto español y del campo meramente político. Para él, el cambio de régimen político en España, la caída de la secular Monarquía a la que permanecerá fiel durante toda su vida; los cambios profundos que se dan en Europa, el auge de los movimientos de izquierdas, es concebido como un cambio de civilización, como la entrada en una nueva etapa de inciertos perfiles, pero que viene a destruir una sociedad (la occidental) basada en los valores del humanismo cristiano. Su artículo, que toma su título del famoso libro de Berdiaeff Hacia una nueva Edad Media, escrito bajo la impresión de la quema de conventos que se inicia en mayo de 1931, a un mes de proclamarse el nuevo régimen, recoge bien la visión pemaniana[38]: no un lucha partidista, ni siquiera política, sino de la Civilización contra la Barbarie; y, en última instancia, una lucha que adquiere un sentido trascendente y escatológico (el Bien y el Mal): «es un soplo de sobrenaturalismo (sic) el que llega hasta nosotros (…) Estamos en el polo opuesto de todas las palabras frías y grises con que, hasta ayer, se nos anunciaba la nueva era y la nueva cultura: laicismo, escepticismo, razón, tolerancia. Nada hoy ya es racionalista ni laico. Todo es divina o satánicamente religioso»[39]. Esta nueva era se abre, para Pemán, con la Gran Guerra (1914-1918), en que la fracasan los ideales del viejo liberalismo racionalista y se abre una nueva etapa histórica.

 

Más allá de disputas de matices ideológicos, incluso de distintas formas políticas, lo que se dilucida en esta gran crisis es la supervivencia de la civilización frente a los envites de la barbarie; de una civilización, la cristiana-occidental, que, para Pemán, alejado de  eso que hoy llamamos multiculturalismo, es la única que merece tal nombre; cultura que se sustenta en una serie de valores permanentes[40]. El intelectual, en esta coyuntura, tiene que ser dispensador de valores seguros, de certezas, no de dudas analíticas y críticas. En muchos escritos suyos aflora su rechazo de la figura del intelectual que no transmite verdades, sino las pone en duda, las critica, las relativiza. «Ahora el intelectual puede definirse, por esencia, como el ser humano que pregunta más: que lo pregunta todo. Ya no reúne a mil personas para explicarles que Europa es una unidad espiritual, sino para comunicarles que él no está muy seguro de lo que es Europa»[41]. Esta actuación provoca en el público un aumento de sus dudas y perplejidades: «los oyentes y lectores salen de la lectura o audición del escritor con su caudal de perplejidades bastante acrecido»[42]. Esta forma de concebir la función intelectual parece que supone una actitud de humildad; sin embargo, Pemán ve todo lo contrario: es indiferente el fondo de la cuestión intelectual (la Verdad) porque se sobrevalora la forma, el discurso mismo. Se trata de «el inmenso orgullo de suponer que nuestro pensamiento vale, por sí solo, más que todas las cosas que ignora o de las que duda»[43]. Este narcisismo intelectual (así lo llama) tiene su raíz en un fenómeno más profundo de índole filosófica y teológica. Se trata de la no aceptación de un orden previo de verdades inamovibles; un orden que, desde su visión cristiana, conduce a la inteligencia a la Verdad y a la voluntad al Bien. Que nuestra libertad pueda rechazar estos valores es parte de nuestra «naturaleza caída»[44], pero le queda, «como residuo de su excelencia, una tendencia, un rastro angélico» [45] que le impulsa a la Verdad y al Bien. Así Pemán sustenta su idea de la función intelectual en la  cosmovisión cristiana que está en la base de su pensamiento. Si el intelectual deja de fundarse en un orden trascendente e inmutable sólo le queda el narcisismo de fijarse en la propia expresión de sus perplejidades.

 

El pensamiento democrático y revolucionario (que es el mismo, para Pemán, ya que uno conduce al otro) exalta las más elementales pasiones de la masa. Para el autor gaditano, desde una visión paternalista de la sociedad, las minorías son las que tienen que dirigir a las masas, que están infectadas por el virus antioccidental y anticristiano de la revolución. Por lo tanto, desde el punto de vista de Pemán es inaceptable que un hombre como Ortega se ponga al frente de un movimiento democrático, que para Pemán es revolucionario y destructor de los fundamentos de la sociedad. El gaditano ataca con contundencia, en esta coyuntura histórica, a los intelectuales que han apoyado el advenimiento del nuevo régimen[46]; pero su crítica va más allá: es la función intelectual misma, el papel del intelectual como creador de incertidumbres y no de certezas,  en un momento de encrucijada, cuando parece que nada está seguro, cuando las certezas se hacen más necesarias. 

 

 

4. ORTEGA: LAS CONTRADICCIONES DEL INTELECTUAL BURGUÉS

 

Si la posición doctrinal de Pemán queda bien definida, aunque sus ideas tengan cierta evolución, ¿qué decir de Ortega? Lo primero que hay que destacar es que Pemán no ataca ni intenta refutar las ideas orteguianas en cuanto a la función social de las masas y las minorías en la vida social. Es más, no sólo Pemán, sino una parte significativa del pensamiento conservador español de la época es deudora, y lo reconoce sin ambages, de las ideas de Ortega[47], como también se nutre de las ideas elitistas de autores como Pareto, Splenger o Nietzche. Las ideas de Ortega sobre la masa y la minoría selecta están expresadas en muchos textos; los más conocidos son los de La rebelión de la masas, libro que comienza a publicarse en El Sol en 1926; pero unos años antes, en 1921, se publica España invertebrada, donde puede leerse este texto:

 

Una nación es una masa organizada, estructurada por una minoría de individuos selectos. Cualquiera que sera nuestro credo político, nos es forzoso reconocer esta verdad, que se refiere a un estrato de realidad histórica mucho más profundo que aquel donde se agitan los problemas políticos. La forma jurídica que adopte una sociedad nacional podrá ser todo lo democrática y aun comunista que pueda imaginar; no obstante, su constitución viva, transjurídica consistirá siempre en la acción dinámica de un minoría sobre una masa[48].

 

Las palabras de Ortega no pueden ser más claras. Es la minoría quien moral y culturalmente dirige a la masa; es esa su función, determinada no por una coyuntura histórica concreta, sino por una «ley natural» que rige la sociedad con el mismo carácter ineludible que las leyes físicas rigen la materia[49]. ¿Por qué, entonces, si las ideas de Ortega al respecto son tan inequívocas, su labor pública parece ir en otro sentido? Aparte de cuestiones biográficas y personales, cuestiones de exigencia moral  que están muy bien explicadas en su texto Prólogo para alemanes, hay un concepto digamos que formal de la realidad política. La política nos da los parámetros para organizar la sociedad y dirigirla con el Estado, pero no es lo sustancial de la sociedad, su contenido. Eso que en la cita anterior llama Ortega la «constitución viva, transjurídica» (que está más allá, que transciende la norma)  de la sociedad es lo que constituye su sustancia más valiosa y propia. Y eso, precisamente no puede estar regido por el imperio de la mayoría, sino por la excelencia y, en última instancia, por las elites. Por eso Ortega -y luego Juliań Marías- han hablado en diversos lugares de su obra del peligro de la «politización», esto es, de que la política, que tiene su ámbito propio y sus mecanismos específicos,  lo invada todo, trastocando los valores (jerárquicos, entre otras cosas) que deben regir el funcionamiento de la sociedad.

 

Si bien Pemán no interpreta en profundidad las ideas de Ortega sobre el tema (ni trata de hacerlo (el texto es un conferencia en el contexto de un fuerte debate ideológico, no un ensayo), sí que intuye ciertas contradicciones en el quehacer intelectual del filósofo. Estas contradicciones pueden verse en dos niveles: a) la coherencia entre pensamiento y vida pública; b) en un nivel más general, las contradicciones que llamaríamos «intrínsecas» del intelectual en una sociedad de masas.

 

4.1. El reproche, digamos que más personal, de Pemán apunta a la coherencia entre pensamiento y vida pública. La intuición pemaniana no está del todo errada y la misma corrección y modificación que Ortega hace de sus posiciones indica que la historia desató unas fuerzas que él no prevía y que, en todo caso, sobrepasaban  y traicionaban el proyecto inicial (los famosos artículos  citados en  este trabajo, que,  a partir de 1931, ya comienza a indicar la «rectificación», son suficientemente explícitos). 

 

Evidentemente Ortega no quiere para España un proyecto revolucionario, que no concuerda con su ideología ni con su temperamento. Él desea lo que hoy llamaríamos un proyecto reformista. Junto con un sector importante de la burguesía, en el que se encuentran muchos antiguos monárquicos, considera la Monarquía un sistema agotado e inepto para que España asuma la modernidad política y social. Más que un republicano doctrinario, especie que ciertamente escaseaba en España, consideraba a la República el marco adecuado para su proyecto modernizador. En el caso de los intelectuales españoles de la época, hay que añadir un matiz político, que hace aun más radical este carácter ambiguo. Muchos de estos hombres, pensadores y escritores de primera fila, apoyaron un proyecto político que derivó en una radicalidad que les llevaba mucho más lejos de donde ellos, los intelectuales, querían llegar. Avalaron un cambio modernizador en la sociedad española, y contemplaron como ese cambio degeneraba en una ruptura del orden social.  Pérez de Ayala, compañero en la Agrupación al servicio de la República,  resumió los afanes políticos de este grupo en esta fórmula:

 

Ni despotismo ni caos. Ni el gobierno personal ni el no gobierno. Entre lo uno y lo otro existe un término medio de aplomo: hay un equilibrio justo y armónico. Y sólo hay uno: ni monarquía ni anarquía. Nada más que República. Nada más ni nada menos[50].

 

De los cuatro principales componentes  de la Agrupación al servicio de la República (Marañón, Ortega, Pérez de Ayala y Antonio Machado), sólo este último permanece fiel al ideario republicano. Los otros rectifican: con más o  menos disimulo y matizaciones Ortega y Marañón; abiertamente,  Pérez de Ayala[51].

 

La opinión de Pemán, sin embargo, se matiza y hace más templada con el tiempo. En un artículo dedicado al libro de Fernández de la Mora Ortega y el 98[52]. Pemán considera a Ortega un hombre plenamente del 98, un hombre representativo de ese espíritu crítico y regenerador que se atribuye al grupo al que diera nombre Azorín. Sin embargo atenúa ese carácter contestatario por tener más de actitud artística y estética que política; «hecha la renovación -escribe Pemán- con la contagiosa vehemencia estética mucho más que con la previsión ideológica»[53].  Ese espíritu de renovación es el espíritu de la hora; y algunos pensadores tratan de conjugarlo con lo permanente, con los valores tradicionales. Pemán cita a d'Ors, Maeztu, Arintero o «el último Morente». Esos autores representan «lo sintético», una síntesis del espíritu moderno con la tradición católica. Ortega, en cambio, es lo «simple y absoluto»; y ahí radica el error que le debe conducir a la rectificación: «pero también lo es [inevitable] que pensemos muchos con Fernández de Mora que, si se  hubiera escuchado a los sintéticos, nos hubiéramos evitado el delenda y ahorrado el no es esto». Pemán, generosamente, distingue a Ortega del «orteguismo». Este último, simplificación y vulgarización de su pensamiento, es rechazable; pero es Ortega («que no era nada orteguista», dice Pemán), quien dijo el «no es esto», es decir, quien tiene la sensatez de rectificar cuando lo considera pertinente. La visión que Pemán muestra en este artículo, aunque en lo fundamental lo mantiene fiel a sus valores de siempre, muestra claramente que entre el autor  de los años 30 y el de los años 60 ha habido una evolución hacia una actitud de mayor comprensión.

 

4.2. En el fondo de la cuestión late un problema más general, al que se le podría dar el título de este parágrafo: las contradicciones de intelectual burgués. En realidad, se trata de una redundancia porque todos los intelectuales, de alguna manera, lo son. El intelectual como figura social es hijo de la revolución burguesa. Antes hubo gente que se dedicó a pensar y a transmitir su pensamiento oralmente o por escrito, pero eran otra cosa. Eruditos, letrados, maestros, doctos. El intelectual encuentra su caldo de cultivo propio en la sociedad democrática y en lo que se ha llamado, en parte gracias a Ortega, la «sociedad de masas» y, sin embargo, en una situación un tanto paradójica, son los mayores críticos de este modelo social. Jeffrey C. Goldfard, en su libro Los intelectuales en la sociedad democrática,  apunta a esta íntima contradicción:

 

Los intelectuales ocupan una posición paradójica en las sociedades democráticas. Por una parte, la ilustrada, la democracia requiere la excelencia cultural (…) Por la otra, la igualitaria, los intelectuales y su exigencia cultural son observados con recelo en las democracias. Su posición se establece mediante jerarquías de juicio (…) la democracia inculca un recelo inherente hacia la jerarquía como principio fundamental[54].

 

Por eso su relación es «perpetuamente incierta», una relación de amor-odio que se ha dado siempre. También Mario Vargas Llosa, en un ensayo reciente[55] aborda este problema, aunque desde otra perspectiva. Para Vargas Llosa la cultura actual se degrada en el sentido en que se convierte en un espectáculo, hoy más que nunca en un espectáculo mediático, donde manda el mercado; es decir la decisión individual de cada uno de los elementos que componen la masa, cuyos criterios y valores no tienen que ser los de las elites intelectuales. Como observa agudamente Álvaro Delgado-Gal[56], en el fondo está el problema de la relación del artista y el intelectual con la masa y su lugar en el sistema democrático. Este autor recuerda a clásicos del pensamiento liberal como Von Mises, Von Hayek o Popper (tan admirado por Vargas Llosa) en los que se produce esta misma contradicción entre la excelencia cultural y el criterio último de validez que, como recuerda Von Mises en su obra  La mentalidad anticapitalista, es «como entienda la gente que se ha satisfecho sus necesidades personales, deseos y propósitos. Los consumidores mandan -son soberanos»[57]. Hay una fatalidad casi trágica en esta contradicción; por un lado una «lealtad a la democracia que está por encima de este hecho» y, por otro, «el deseo de morirse antes de que la democracia alcance su gloria total»[58], pues esta trivialización de la cultura es una dinámica imparable, que parece consustancial al sistema.

 

Lo más curioso de este tema es que quizá Ortega, con su fino olfato, haya sido uno de los intelectuales que mejor ha captado y expresado esta íntima cuita, estas debilidad que, en ocasiones, ha conducido a la clase intelectual al descrédito. Traigo a colación dos textos que me parecen fundamentales en este tema. Uno es el ensayo Democracia morbosa, recogido en El Espectador[59], en el que expone una idea que, de forma distinta se va a repetir en otros lugares de la obra orteguiana: la democracia es un sistema político de organización del Estado, no una ley moral suprema que haya que aplicar en todos los ámbitos: la religión, la cultura, la ciencia.  Cuando la democracia se inmiscuye en los ámbitos que no le son propios se convierte en una «democracia morbosa»; el igualitarismo y la ramplonería sustituyen a la excelencia.

 

El otro texto es el prólogo que añade a La rebelión de las masas con el título de En cuanto al pacifismo [60]. En él tiene Ortega palabras muy duras para los intelectuales acomodaticios y firmadores de manifiestos: «Mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban, bajo las más graves amenazas, a escritores y profesores a firmar manifiestos, a hablar por radio, etc., cómodamente sentados en su despachos o en sus clubs, exentos de toda presión, algunos de los principales escritores ingleses firmaban otro manifiesto donde se garantizaba que estos comunistas y sus afines eran los defensores de la libertad». Después de comentar unas declaraciones poco fundadas de Albert Einstein, concluye Ortega apuntando al «desprestigio universal del hombre intelectual el cual, a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de pouvoir spirituel»[61].

 

Después de más de medio siglo, la obra de estos dos grandes españoles (gigantesco uno, grande y por valorar en sus justas dimensiones el otro), insertos en la briega de un tiempo convulso, pero abiertos generosamente al conocimiento y a la convivencia, no puede ser la representación de esa triste división de las dos Españas, sino una muestra de la vitalidad de la Cultura Española con mayúsculas.

 



[1]             Mis almuerzos con gente importante, Dopesa, Barcelona, 1970; el capítulo citado se titula «Con Ortega y Gasset» (págs. 113-116).

[2]             Ibid., p. 119.

[3]             Ibid., p. 114.

[4]             Esta conferencia tuvo una gran trascendencia en su momento por todo lo que tenía de signo de una continuidad cultural que se abría camino trabajosamente en la postguerra. Laín Entralgo, testigo directo del acto,  recuerda ese día: «la expectación era máxima puede decirse que buena parte de la vida de Madrid se paralizó durante aquellas dos horas» (Descargo de conciencia (1930-1960), Alianza Editorial, Madrid, 1989, pág. 363). Laín hace a Ortega un doble reproche, con respecto a esta conferencia. Uno, que eligiese el Ateneo, institución controlada por el régimen y, en concreto, por el ministro de educación Ibáñez Martín; la otra que, «en una España depauperada, estremecida por el todavía inmediato recuerdo de la guerra civil» (id.) se eligiese un tema tan neutral y aséptico como el teatro y no «un grave y exigente programa de vida cultural» (id.). Quizá Laín no comprende que es eso precisamente lo que Ortega busca: normalidad, continuidad y un cierto alejamiento de los debates y las instituciones oficiales.

[5]             Aunque coincide con el título de la traducción española que se hizo del libro de Julien Benda La trahison des clrecs (París, 1927;  hay traducción de Rodolfo Berregero en Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid, 2008, prólogo. de Noberto Bobbio), su contenido no tiene relación. Benda, desde unos presupuestos racionalistas, cree que el intelectual debe tener el punto de vista de los valores eternos, de las ideas y no bajar a la lucha de los contingente, lo ideológico que, según él, es lo que han hecho los clercs (se  podría traducir también por clérigo o instruido) de su tiempo: las disputas de clase, las políticas,  las luchas raciales.

[6]             Véase FERNÁNDEZ DE LA MORA, Gonzalo: «Acción Española» (artículo publicado en ABC del 23-05-1969), donde hace una justa valoración de esta institución, aunque rompe el tópico de su seguimiento de l´Action Française de Maurras: «¿Cómo equiparar el cartesianismo positivista, el nacionalismo excluyente y el clasicismo paganizante de Maurras con el tomismo espiritualista, la hispanidad generosa y el barroquismo ortodoxo que caracterizaron tantísimas páginas de Acción Española? En cualquier posible paralelo estos contrastes son tan rotundos y palmarios como inexcusables».

[7]             Se publicaron 88 números desde diciembre de 1931 hasta junio de 1936, con la interrupción, por orden gubernativa, durante dos meses en 1932. En mayo de 1933 se funda la editorial Cultura Española; Pemán es miembro de su consejo junto con Vegas, Eliseda y Maeztu.

[8]             MORODO, Raúl: Acción Española: orígenes ideológicos del franquismo, Tucar Ediciones, Madrid, 1980.

[9]          Diario ABC de 20-04-1932, págs. 23-24; el texto lleva el título «En una notable conferencia, D. José María Pemán disertó anoche sobre La traición de los intelectuales» y un subtítulo que es un índice bastante exacto del contenido: «En Acción Española. Hay que conseguir para España una pausa de tranquilidad para dedicarse a las tareas de la cultura y el pensamiento. La claudicación de los intelectuales y su adulación a las masas. Hay que dar al intelectual español, católico y europeo sentido corporativo y órgano de expresión».

[10]          VEGAS LATAPIE, Eugenio: Memorias Políticas. El suicidio de la Monarquía y la Segunda República, Planeta, Barcelona, 1983, pág. 132. Hace referencia a esta conferencia ACEDO CASTILLA, José («José María Pemán en la España de su tiempo»Boletín de la Real academia Sevillana de Buenas Letras: Minervae baeticae, nº 26, 1998, págs.  97-122), y destaca en el texto la idea de que el rey Alfonso XIII es, en realidad, un «regeneracionista» con las mismas inquietudes sociales de los intelectuales que le atacan y que, por tanto, resulta una paradoja el ataque de los intelectuales a una Corona que comparte sus ideales. Esta idea está en el artículo de Pemán «Alfonso XIII, el pueblo y los intelectuales», en Obras completas, Miscelánea I, Madrid, Escelicer, 1964, tomo VI, págs. 363-366. Acedo Castilla cita, textualmente, párrafos enteros de este texto y da la impresión de que no conoce la conferencia en cuestión.

[11]          JULIÁ, Santos: «Intelectuales católicos a la reconquista del Estado», EN SERRANO, Carlos: El nacimiento de los intelectuales, en Ayer, nº 40 ,2000, págs. 79-103; la cita en pág. 79.

[12]          «Era urgente despertar y pasar a la acción, dando la batalla en todos los órdenes de la vida pública, con objeto de reconquistar las posiciones perdidas; que, en fin, debía organizarse a partir de círculos o sociedades que se definan como católicas y que impulsen a sus miembros a actuar de manera solidaria (…) Y es esta decisión de pasar organizada y colectivamente a la ofensiva lo que diferencia radicalmente esta manera de ser intelectual de todas las precedentes» (op. cit., pág. 82).

[13]          Hay una evolución, como estudian TUSSEL, Javier  y ÁLVAREZ CHILLIDA, Eduardo:  José María Pemán. Un trayecto desde la extrema derecha hasta la democracia,  Planeta, Barcelona, 1998. Sobre este tema volveremos más adelante.

[14]          La defensa de la tradición y de la Patria como tradición son dos ideas fundamentales en su pensamiento y que desarrolla en diversas partes de su obra. Es curioso comparar con la idea orteguiana, que insiste en la patria como proyección de futuro, como proyecto común. Esta idea de Ortega, que puede tener su origen en Renan, autor al que Ortega leyó con admiración en su juventud, influye en la famosa definición de José Antonio Primo de Rivera de España, que reconocía su  la influencia que Ortega había tenido en su pensamiento, como «unidad de destino en lo universal». En su obra ¿Qué es un nación? ( Alianza Editorial, Madrid, 1987; se trata de una conferencia pronunciada en La Sorbona en 1882) escribe Renan: «supone [la nación] un pasado; se resume, no obstante en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida en común» (pág. 83).

[15]          Usa Pemán varias veces la palabra «prehistórica» para referirse a la masa; la expresión tiene un sentido, más que de antigüedad, de estar más allá, fuera de la historia, como una especie de letargo permanente ajeno al cambio social; algo parecido al concepto de lo  «intrahistórico» de Unamuno.

[16]          Pemán identifica la idea de civilización con lo cristiano-occidental-europeo. Hay que matizar que no se trata de una distinción racista, que hubiera repugnado a la idiosincrasia católica del autor, sino cultural. Álvarez Chillida matiza la diferencia entre un racismo biológico y otro cultural y afirma que [Pemán] «nunca cayó en el racismo biológico y jamás preconizó la segregación racial o la opresión de las razas inferiores. Muy al contrario, su universalismo cristiano le llevó a defender la obligación para la raza blanca de difundir a los demás pueblos de la Tierra la única y verdadera civilización» (op. cit., pág. 175).  Puede verse el parágrafo completo sobre este asunto, «Tema racial. Desigualdad de razas y misión civilizadora»” (págs. 174-181).

[17]          Se refiere al  llamado padre de la patria andaluza, Blas Infante (1885-1936). Desgraciadamente murió fusilado poco tiempo después. Abogó por una Andalucía cercana al Islam y él mismo se convirtió a esta religión el 15 de septiembre de 1924, aunque posteriormente su familia lo ha negado.

[18]          El libro de Pemán La historia de España contada con sencillez, publicado en 1938 y recientemente reeditado en Homo Legens, Madrid, 2010, expone claramente esta concepción de la historia de España, que debe mucho al pensamiento tradicionalista hispano, pero, sobre todo, a Menéndez Pelayo.  

[19]          AZCÁRATE, Justino de: «Sobre la actividad política de  Ortega», Revista de Occidente,  nº 24-25, 1983, págs.  23-28; la cita en pág. 25. Los subrayados son del autor.

[20]          Ibíd., pág. 26.

[21]          Recogido en Obras completas, Fundación José Ortega y Gasset/Taurus, Madrid, 2004-2010, V, 10. En adelante cito los textos de Ortega por esta edición.

[22]          GARCÍA GÓMEZ, Emilio: «Ortega en la intimidad», Revista de Occidente, nº 24-25, 1983, pág. 121. Se trata de un número extraordinario en conmemoración del centenario del filósofo.

[23]          Se trata de un famoso discurso que pronuncia Ortega en el Cinema de la Ópera de Madrid, el 6 de diciembre de 1931, tres días antes de que las Cortes aprobaran la nueva Constitución. En realidad se trata  de un discurso bastante crítico con algunos aspectos  radicales del nuevo régimen, que no gustan nada a Ortega; el mismo título es ya significativo: «Rectificación de la República» (se publica primero en un cuaderno de la Revista de Occidente en 1932; en Obras completas, V, págs. 837 y ss.). El desencanto de Ortega, a los pocos meses del inicio del nuevo régimen no puede ser más claro: «Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida, ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país  desazón, descontento, desánimo, en suma tristeza. ¿Por qué nos han hecho una República triste y agria, o mejor dicho, por qué nos han hecho una vida agria y triste...» (pág. 840). Pemán cita la frase que, en su contexto, tiene otro sentido. La República no puede ser el sistema de un partido ni una facción, sino una gran proyecto nacional: «la República, durante su primera etapa, debía ser sólo República, radical cambio en la forma del Estado, una liberación del poder público detentado por unos cuantos grupos, en suma, que el triunfo de la República no podía ser el triunfo de ningún determinado partido o combinación de ellos, sino la entrega del poder público a la totalidad cordial de los españoles».

[24]          La famosa expresión remata el artículo «El error Berenguer», publicado en El Sol el 15-11-1930, en Obras completas, IV, págs. 760 y ss.

[25]          Juan Ventosa fue un político de la Lliga Regionalista catalana, de la que fue fundador y máximo dirigente junto con Cambo; a lo largo de su trayectoria política ocupó varias veces carteras ministeriales con gobiernos de Alfonso XIII. Como ministro de Hacienda realiza, en los últimos momentos de la monarquía, la gestión de concertar con la Banca Morgan un préstamo de 60 millones de dólares. Este hecho provocó un gran debate en el que participa Ortega («Nota de Ventosa y contestación», en Obras completas, IV,  págs. 608-610) que, según algunos historiadores, contribuye de forma determinante a la crisis de la monarquía. La banca americana rompe el acuerdo con el estado español cuando llega la República e Indalecio Prieto, como nuevo ministro de Hacienda, debe  gestionar una préstamo con el Banco de Francia (cfr. MUNIESA, Bernat: La burguesía catalana ante la II República española, Antrhopos, Barcelona, 1985, el cap. «El asunto del empréstito Morgan»”, págs. 218 y ss).

[26]          La frase está en el artículo «Saludo a la sencillez de la República », que fue el primero que Ortega publica después del cambio de régimen, en el periódico Crisol, el 23-04-1931 (en Obras completas, IV, págs. 777-778).

[27]          En las elecciones de 23 de junio de 1931, Ortega es elegido por la Asociación al servicio de la República en la circunscripción de Jaén, pero renunció a este acta y optó por el acta obtenida por León (a esta provincia se referirá Pemán como una de las que tienen un nivel más alto de analfabetismo), que abandona a finales de ese mismo año. Se da la circunstancia de que en estas elecciones, en las que se usaba el sistema de listas abiertas, un candidato podía presentarse por distintas circunscripciones. Esto hizo que se celebrará  una segunda vuelta parcial en octubre. El escaño de Jaén lo obtiene Domingo de la Torre Moya (PSOE). Cfr. ÁLVAREZ REY, Leandro: Los diputados por Andalucía de la Segunda República 1931-1939. Diccionario biográfico, Centro de Estudios Andaluces, Sevilla, 2009, 2 tomos.

[28]  Ortega participa en el debate de la Constitución de 1931 (ver su discurso «Proyecto de Constitución», pronunciado el 04-09-1931, en Obras completas, IV, págs. 809-824), pero, en efecto, no logra que sus ideas queden reflejadas en el texto. Queda muy descontento del mismo -lo que fue una causa, quizá no la menor, de su abandono del parlamento, de la disolución de la Agrupación y de su apartamiento de la política activa-, sobre todo con respecto al Estatuto de Cataluña y a la organización territorial del Estado, que él mismo había diseñado en otros escritos y que queda establecida en La redención de las provincias. Un valioso testimonio personal es el de su hijo Miguel Ortega Spottorno: «Recuerdo que cuando se hizo la Constitución de la II República, expresó su desacuerdo con el fondo y en la forma en que ésta había sido redactada. Literalmente me dijo que había sido hecha por “botarates”. Me hizo abrir el diccionario de la Academia, para que leyera en voz alta el significado que se da a este vocablo: “Hombre escandaloso y con poco juicio”. Y luego me dijo: “No funcionará esta Constitución ni un día”. Y así fue (…) No le quisieron oír (…) Tenía en su cabeza bien claras las diferencias entre federalismo, autonomía y soberanía» (prólogo al libro de LLANO ALONSO, Fernando H.  y CASTRO SÁENZ, Alfonso (eds.): Meditaciones sobre Ortega y Gasset, Ediciones Tebar, Madrid, 2005, p. 12).

[29]          Esta exclamación tantas veces citada está en un artículo titulado «El aldabonazo»  publicado en Crisol, el 09-09-1931. «Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: ¡No es esto, no es esto! » (en Obras completas, IV,  págs. 825-827).

[30]          PLA, Josep: Madrid. El advenimiento de la República, Alianza Editorial, Madrid, 1986, págs. 32-33 trad. de Eugenio Gallego.

[31]          Cfr. «La lección de tolerancia», en Tiempo viejo y tiempo nuevo, Espasa-Calpe, Madrid, 1976, págs. 95-99.

[32]          La devolución de España, Espasa-Calpe, Madrid, 1978, pág. 154.

[33]          El libro de  TUSSELL, Javier  y ÁLVAREZ CHILLIDA, Eduardo: José María Pemán. Un trayecto desde la extrema derecha hasta la democracia, Planeta, Barcelona, 1998, desde su mismo título denota esta evolución ideológica. Esta evolución nos muestra, en su última etapa, a un Pemán cercano al liberalismo, «un Pemán nuevo, muy importante para entender la historia reciente y bastante alejado de la imagen tópica» (pág. 8). Y estos autores opinan, me parece que acertadamente, que «su evolución personal fue la de gran parte de la España de derechas que le leía» (ibíd.).  Otros autores  se resisten a aplicar a Pemán el calificativo de liberal. Por ejemplo,  OÑATE MÉNDEZ, Alfonso, en su artículo «José María Pemán, toda una vida al servicio del orden,  Ubi Sunt? Revista de historia, nº19, 2006, págs. 2-6, recuerda que,  «después de 1925, cuando Primo decide perpetuar su régimen y pierde muchos apoyos, José María Pemán se va a destacar por algo sin lo cual no se puede entender su figura. Su papel como ideólogo, de la Unión Patriótica primero y del 18 de Julio -que no del franquismo- después. De un modo u otro, esta labor quedaría umbilicada a su personalidad y cuando alguien pretende acercarse a su biografía, dicha labor no puede, ni merece, quedar relegada al olvido». Más adelante este autor destaca «su implicación en la guerra civil y la depuración que se hizo posteriormente en la educación». Lo que está claro es que Pemán, por su mismo temperamento, por su curiosidad intelectual era una hombre abierto a las novedades  y sensible  a los signos de los tiempos. En su artículo «Al borde del sillón» (Signo y viento de la hora, Salvat, Navarra, 1970, págs. 129-132) [se trata de una edición de bolsillo, de formato modesto y muy popular en su momento, pero la selección de artículos hecha por Emilio Gasco es magnífica y digna de una reedición; quizá la mejor que conozco  en formato pequeño], critica a autores como Pereda o Ricardo León, cuyas últimas novelas son idénticas a las primeras; o al político Castelar «que dijo, poco antes de morir, en el Casino de Cádiz, el mismo discurso sinfónico y progresista con que se había revelado, jovencísimo, en Madrid» (pág. 130).

[34]          Álvarez Chidilla, op. cit., pág. 59.

[35]          Citado en  ibíd.

[36]          En esta inclinación hacia el extremismo, no podemos obviar la fascinación que provoca el fascismo, como movimiento novedoso, en la derecha tradicional: «Durante el período de entreguerras, la alianza natural de la derecha abarcaba desde los conservadores tradicionales hasta el sector más extremo de la patología fascista, pasando por los reaccionarios de viejo cuño. Las fuerzas tradicionales del conservadurismo eran fuertes pero poco activas. El fascismo les dio una dinámica y, lo que tal vez es más importante, el ejemplo de su triunfo sobre las fuerzas del desorden lo hicieron aparecer como el movimiento del futuro» (HOBSBAWM, Eric: Historia del siglo XX, Editorial Crítica, Barcelona,  2005, pág. 130).

[37]          Acción española. Orígenes ideológicos del franquismo, págs. 54-55.

[38]          «Profecía de una nueva Edad Media», en Obras completas, Escelicer, Madrid, 1952, págs. 196-198.  Esta visión idealista y providencialista de la Historia está presente, especialmente en estos años, en muchas obras de Pemán; es la idea fundamental que subyace en su libro Poema de la Bestia y el Ángel, publicado durante la guerra civil, en 1938. «El Ángel y la Bestia han trabado combate delante de nosotros. El Ser y la Nada, las potencias del Mal y del Bien, pelean a nuestra vista. No nos metamos dentro de nosotros mismos cuando la realidad es tan grande y tan densa»” (citado por PENALVA, Joaquín Juan: «Poema de la Bestia y el Ángel. Configuración literaria de un estética de guerra», en Hesperia, Anuario de Filología Hispánica, VI, 2003,  pág. 183).También en su libro ya citado La historia de España contada con sencillez  puede verse esta idea como un leitmotiv que está prácticamente presente en todo el libro.

[39]          «Profecía de una nueva Edad Media», pág. 197.

[40]          La idea de una cultura única y conformada por valores permanentes, como otros aspectos del pensamiento de Pemán, puede tener una raíz dorsiana. En su obra Ciencia de la cultura, Rialp, Madrid, 1964, desarrolla el concepto de una Cultura conformada por valores inmutables, lo que llama d´Ors los eones. «En la historia hay factores de permanencia y estabilidad no mordidos por el tiempo» (pág. 38); «los elementos históricos [eones] sobre los cuales tenemos que operar son, además de sempiternos, totales».

[41]          «Humildad», en Signo y viento de la hora, pág. 102.

[42]          Ibíd.

[43]        Ibíd., pág.  103.

[44]          Ibíd., pág. 103. Este pesimismo antropológico (el hombre es un ser imperfecto, caído que necesita ayuda; la trascendente de la divinidad o la terrena de la autoridad) es una de las constantes del pensamiento conservador. Donosos Cortés, coincidiendo con Joseph de Maistre y luego seguido por la Teología Política de Carl Schmitt, tiene una visión del hombre «que descubre una total desconfianza en el ser humano y en su capacidad. El hombre, debilitado por el pecado original, es incapaz, por la mera fuerza de su razón, de hallar la verdad y fundamentar un edificio político. Necesita de la Revelación y, por tanto, de la teología como tutora e iluminadora de todo poder» (FORNÉS MURCIANO, Antonio:  «Provicencialismo, decisionismo y pesimismo antropológico. Influencia de Joseph de Maistre en la Teología política de Donoso Cortés»Hispania Sacra, LXIII, 127,  2011, págs. 235-260; la cita en pág. 235).

[45]          Ibíd., pág. 103. Otra vez se percibe el influjo de d´Ors. Véase Introducción a la vida angélica, Editoriales Reunidas,  Buenos Aires, 1941. En la antropología dorsiana el Subconsciente es la región de la bestia, donde el instinto gravita hacia el pasado y es llamado hacia  impulsos primarios. Lo Sobreconsciente es la zona del Ángel, quien apenas el hombre despierta a la conciencia, lo llama hacia la vocación (op. cit., págs. 174-175).

[46]          Escribe Álvarez Chillida que, en la conferencia citada, «Pemán ataca a los intelectuales que han coadyuvado al advenimiento de la república, como José Ortega y Gasset, y especialmente a la Institución Libre de Enseñanza, envenenadora de la juventud y causante de los males revolucionarios» (op. cit. pág. 61). Sin dudar de que Pemán fuera contrario a la Institución, hay que decir que, en el texto de ABC, que es la principal referencia que tenemos, no se cita explícitamente a la misma.

[47]          Las ideas de Ortega tienen influencia en el pensamiento conservador español; por ejemplo, una figura importante del tradicionalismo como José Permartín, se apoya en La rebelión de las masas para configurar una ideología que sustente Dictadura de Primo de Rivera. Cfr. QUIROGA FERNÁNDEZ DE SOTO, Alejandro: «La idea de España en los ideólogos de la Dictadura de Primo de Rivera. El discurso católico-fascista de José Permartín», Revista de estudios políticos, nº 108, 2000, págs. 197-224). En este estudio demuestra el autor como Pemartín, para postular sus ideas antiliberales y organicistas, se basa, además de en Splenger, Maurras o Bersong, en Ortega. Así, por ejemplo, defiende «la  selección de una minoría dirigente mediante la cual una sociedad organizada se desdobla en  superiores e inferiores, en aristocracia y masa (y aquélla no es tan sólo la de la sangre y la del dinero) es un fenómeno natural, independiente de toda acción jurídica» («Elección y selección», artículo de Pemartín en La Nación, Madrid, 30-08-1927.). Partiendo de esa máxima, el ideólogo primorriverista pasa a defender la  selección de elites como «indispensable para la vida de una nación», al mismo tiempo que pretende deslegitimar la elección de dirigentes por medio del sufragio universal (pág. 215). Ernesto Giménez Caballero, teórico del fascismo hispano, considera antecedentes suyos a Ortega, Unamuno, Baroja y Gómez de la Serna: «La prédica antiliberal, antidemocrática y antiburguesa  de Ortega es otro antecedente firme de las cosas nuestras» («12,203 kilómetros de literatura. La etapa italiana», en La Gaceta literaria, 15-08-1928). A pesar de que las ideas orteguianas pudieran ser malinterpretadas, es indudable su influjo en el pensamiento español  conservador.

[48]          El capítulo se titula Imperio de las masas», en La España invertebrada, en Obras completas, III, págs. 479 y ss.

[49]          «Se trata de una ineludible ley natural que representa en la biología de las sociedades un papel semejante al de la ley de las densidades en física. Cuando en un líquido se arrojan cuerpos sólidos de diferente densidad, acaban éstos siempre por quedar situados a la altura que a su densidad corresponde. Del mismo modo, en toda agrupación humana se produce espontáneamente una articulación de sus miembros según la diferente densidad vital que poseen» (ibíd., pág. 479).

[50]          PÉREZ DE AYALA, Ramón: Escritos políticos, Alianza Editorial, Madrid, 1980, pág. 236.

[51]          Véase el libro de RUBIO CABEZA, Manuel: Los intelectuales españoles y el 18 de julio, Ediciones Acervo, Barcelona, 1975; en concreto, el capítulo «Los padres de la República renuncian a la patria potestad», págs. 73 y ss.

[52]          FERNÁNDEZ DE LA MORA,  Gonzalo:  Ortega y el 98, Rialp, Madrid, 1961. El artículo, publicado en ABC el 19-04-1961, se titula  «Ser y no ser de Ortega».

[53]          Todas la citas en dicho artículo de ABC.

[54]          Cambridge University Press, Madrid, 2000,  pág. 179; puede verse en general el apartado «La paradoja del intelectual democrático».

[55]          VARGAS LLOSA, Mario: La civilización del espectáculo, Alfaguara, Madrid,  2012.

[56]          «Democracia desmesurada», en el diario ABC, 16-06- 2012.

[57]          Citado por Delgado-Gal en su artículo.

[58]          Ibíd. Isaiah Berlin hablando de uno de los padres del liberalismo, Stuart Mill, observa como el pensador ingles «sentía recelo del gobierno de la mayoría democrática ineducada, consecuentemente intentó insertar en su sistema algunas garantías contra los vicios de una democracia incontrolada» (John Stuart Mill y los fines de la vida, conferencia de 1959 recogida en John Stuart Mill, Sobre la libertad,  Alianza Editorial, Madrid,  1984, pág. 49, en nota). Es curiosa esta coincidencia parcial, seguramente causa del azar: democracia incontrolada (Berlin), democracia morbosa (Ortega), democracia desmesurada (Delgado-Gal).

[59]          En El Espectador (tomo II), en Obras completas,II, págs. 271-275.

[60]          El texto apareció antes en la revista de Londres  The Nineteenth Century.

[61]          En Obras completas, IV, pág. 506. 

Free Website Translator

Números publicados [2007-2018]

Nº 41. LA NARRACIÓN HISTÓRICA.

Nº 40. APRENDER.

Nº 39. INVESTIGACIÓN SOCIAL.

Nº 38. TEORÍA Y PRÁCTICA.

Nº 37. EL ESPACIO HISTÓRICO.

Nº 36. LA IDENTIDAD EN LA HISTORIA.

Nº 35. EL CONCEPTO.

Nº 34. LA PARADOJA DEL PROGRESO.

Nº 33. LA REALIDAD HISTÓRICA.

Nº 32. LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN.

Nº 31. ÉTICA Y ESTÉTICA.

Nº 30. LA RAZÓN.

Nº 29. EL LENGUAJE HISTÓRICO.

Nº 28. EL PODER.

Nº 27. LAS RAÍCES.

Nº 26. MEMORIA.

Ver Listado completo.

Garantía de Calidad

Edición y desarrollo

Colaboración