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Rusia y su transición a la democracia. De la Crisis y al Castigo.


Sergio Fernández Riquelme.

 

Universidad de Murcia (España).

 

“Era su orgullo lo que sentía cruelmente herido. Raskólnikov

estaba enfermo de aquella herida. ¡Oh, cuán feliz habría sido

 pudiendo acusarse a sí mismo! Entonces lo habría soportado todo,

 hasta la vergüenza y el deshonor. Pero por muy severamente que

 se examinara, su conciencia endurecida no encontraba en

 su pasado ninguna falta espantosa; únicamente se reprochaba

 el haber “fracasado”, cosa que podía ocurrirle a cualquiera.

Lo que le humillaba era el verse estúpidamente perdido sin remedio

 por una sentencia del ciego destino y tener que someterse y

resignarse a lo absurdo de aquella sentencia si quería encontrar

alguna tranquilidad”

(Fyodor Dostoyevski, Crimen y Castigo).

 

Resumen. Tras el derrumbe la URSS, la vieja Rusia imperial (zarista o comunista) parecía transitar a una nueva Nación democrática homologable al victorioso mundo occidental (su antiguo enemigo en la llamada Guerra fría).  Y una emergente elite política y económica, durante una década, encabezó esta rápida y compleja evolución del férreo régimen estatista soviético al moderno sistema capitalista y liberal. Pero un periodo histórico trascendental de la pretendida antigua superpotencia, marcado por la crisis estructural del país y un castigo social colectivo de enorme impacto, y sobre el que señalamos algunas claves historiográficas para su análisis prospectivo ante la emergencia, como reacción identitaria, del llamado nuevo “imperio ruso” a partir de la presidencia de Vladimir Putin, de gran impacto mediático y geopolítico.

Palabras clave. Historia, Rusia, Transición, Unión soviética, Yeltsin.

 

 

Prólogo.

Tras los breves gobiernos de Andrópov y Chernenko, en 1985 llegó a la Secretaria general el miembro más joven del Politburó, Mijail Gorbachov. Los ecos de la crisis económica desatada desde 1973 (ligado al "oro negro" petrolífero), demostraban la ineficiencia del sistema productivo y la enorme dependencia nacional de los beneficios de la venta y extracción de hidrocarburos, así como la incapacidad real para mantener "el proyecto imperial" soviético. La nueva generación de tecnócratas de la Liga de Jóvenes comunistas y del Komsomol (especialmente de las regiones europeas y bálticas) atisbaron la crítica situación, y apoyaron sin reservas las novedosas propuestas de Gorbachov sobre la urgente y profunda renovación política y económica: uskoréniye (aceleración), glásnost (liberalización y transparencia) y perestroika (reconstrucción) se hicieron mucho más populares[1].

Pero el proyecto encabezado por Gorbachov abrió la caja de Pandora. En un lustro la Unión soviética, con una velocidad inusitada, se vino abajo, comenzando la rebelión de las repúblicas no rusas, el colapso de la economía y la parálisis institucional. En pocos años, el líder de la URSS se convirtió en el presidente de un país que ya no existía, especialmente tras el fallido Golpe de Estado de 1991, encabezado por el jefe del KGB Vladímir Kryuchkov, el Ministro de Defensa soviético Dmitri Yázov, el Viceministro de Defensa de la URSS Valentín Varénnikov, el Ministro de Interior Borís Pugo, el Presidente del Consejo de Ministros de la URSS Valentín Pávlov, el vicepresidente de la URSS Guennadi Yanáyev, el vicepresidente del Consejo de Defensa Oleg Baklánov y el Secretario del Comité Central del PCUS Oleg Shenin.

Tras la represión del levantamiento, se sucedieron las independencias: Ucrania el 24 de agosto, Moldavia el 27 de agosto, Azerbaiyán el 30 de agosto, Kirguizistán el 31 de agosto, los países bálticos el 6 de septiembre, Tayikistán el 9 de septiembre, Armenia el 21 de septiembre y Turkmekistán el 27 de octubre. Ante las mismas, y a la desesperada, el Congreso de Diputados del Pueblo adoptó la Ley Soviética nº 2392-1 "sobre las autoridades en la Unión Soviética en el periodo transicional" para reformar el Soviet Supremo de la URSS, creando el Consejo de Estado de la URSS (Государственный совет СССР) como representación de una futura "Unión de Repúblicas" que se crearía. Pero solo quedaban formalmente unidas entre sí en la Unión Soviética las repúblicas de Rusia, Bielorrusia, Kazajistán y Uzbekistán, que junto a Kirguistán, Turkmenistán y Tayikistán acordaron firmar el Nuevo Tratado de la Unión, para formar una "Unión de Estados Soberanos" que nunca vería la luz[2].

Gorbachov era un presidente sin poderes y sin país. Los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el 8 de diciembre de 1991 el citado y final Tratado de Belavezha; se creaba la inútil y transitoria Comunidad de Estados Independientes o CEI (Содружество Независимых Государств), sin las repúblicas bálticas y anulando el aún vigente aunque testimonial Tratado de Creación de la URSS de 1922. La Unión Soviética había desaparecido de facto, y lo hizo de jure cuando Gorbachov dimitió el 25 de diciembre de 1991, la bandera soviética fue arriada del edificio del Senado en el Kremlin, y el Sóviet Supremo de la URSS reconoció su extinción[3].

Comenzaba el camino de Rusia hacia el mundo occidental. Una primera transición rápida hacia el capitalismo (y en cierto modo brutal) en lo económico[4] que culminaría, en segundo lugar y políticamente, con el desmantelamiento del régimen de los Sóviets hacia una democracia homologable occidentalmente, también brutalmente cuando en 1993 el nuevo gobierno del primer presidente de la Federación rusa, Boris Nikoláievich Yeltsin [1931-2007], como reacción o como ejemplo, mandó bombardear la Casa Blanca moscovita (Белый дом)[5]. En ella, sede del primer Parlamento ruso heredero del Soviet supremo, se atrincheraban los nostálgicos del invento leninista y los preocupados por la deriva del reparto corrupto de los restos de la URSS[6].

La derrota de los últimos opositores (pese a la resistencia del comunista PCFR) marcó la esencia de esta transición[7] que acababa con la URSS como pretendido Imperio internacionalista y multinacional. Pero una Transición que, a nivel historiográfico, pareció haber sustituido a una casta de burócratas profesionales por una pléyade de oligarcas capitalistas, mientras se mantenían real o formalmente en el poder los antiguos líderes regionales del PCUS (hecho visible en casi todas las nuevas repúblicas exsoviéticas). Rusia parecía transitar, con la implosión del modelo soviético, supuesta y definitivamente, “de Imperio a Nación[8].

Etapa histórica, en suma, con luces y sombras para los testigos de la misma[9], que alcanza un alto sentido prospectivo en la historiografía al ser considerada como la época de génesis, por sus fracasos y sus desigualdades empíricamente constatados, de una posible reacción identitaria en el siglo XXI[10]: una síntesis peculiar del pasado geopolítico del llamando “mundo ruso” (Русский мир) y de ciertos valores sociales/morales considerados tradicionales. Un patriotismo ciudadano ruso (россияне) más allá de tintes étnicos (русский), que aunaba el legado de la Rus de Kiev (con la nueva e inmensa estatua de Vladimir I junto al Kremlin en 2017) y los éxitos del pasado soviético (con la anual marcha del “regimiento inmortal” antes del Día de la Victoria en la II Guerra mundial); y que encontraba a su líder en la figura del sucesor de Yeltsin, Vladimir Vladimirovich Putin, el cual recordaba siempre que para el pueblo ruso “la desaparición de la URSS fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, no por un caduco régimen político, sino porque “millones de rusos quedaron, de un día para otro” fuera de su propio país, y porque de la noche a la mañana se derrumbó también el sistema asistencial, médico e industrial nacional de un país que siempre había vivido bajo la autocracia. Líder que asumía públicamente la reivindicación de su espacio vital histórico (de la anexión de Crimea hasta la influencia en regiones de Moldavia o Georgia) y el papel clave de Rusia en el mundo multipolar (desde la supuesta participación en la victoria de Donald Trump en las elecciones en Siria hasta la intervención militar en la Guerra civil siria)[11].

1.      El funeral del Imperio.

Occidente había triunfado en Rusia mucho antes. El 31 de enero de 1990, en la céntrica plaza Púshkinskaya de Moscú, se inauguró el primer restaurante de la cadena McDonalds en Rusia. Un hecho impensable años antes: el ícono capitalista en la patria socialista. Tras una noche de espera, los más de 5.000 ciudadanos aún soviéticos que hacían interminables colas, pudieron comprar la comida basura más famosa del mundo [12].

En pleno "funeral del Imperio", en palabras de Kravchuk durante el citado Tratado de Belavezha, desembarcaba la democracia liberal y capitalista en estado puro. Occidente se hacía con Rusia, con una Rusia postcomunista desposeída de su viejo control sobre las regiones del conquistado Imperio zarista, alejada de su espacio de influencia (el Pacto de Varsovia), y supuestamente homologada al triunfante mundo occidental[13]. Una debilidad aprovechada en la pequeña región caucásica de Chechenia que declaró su independencia en forma de Califato (tras la primera tentativa de Tartastán), solo contenida en 1996, que no evitada, tras una brutal guerra encomendada al legendario general Aleksandr Lébed [1950-2002] [14].

La URSS buscó su propio camino y cayó en manos de los antiguos enemigos y los viejos camaradas[15]. Eduard Shevardnadze, exministro de exteriores soviético, se hizo con el control de Georgia entre 1995 y 2003; Leonid Kravchuk, antiguo miembro del Politburó, fue presidente de Ucrania entre 1991 y 1994; Aleksandr Lukashenko, antiguo líder del Soviet, consiguió el poder en 1994 en Bielorrusia, y en Moldavia Mircea Snegur desde 1990 hasta 1997; desde 1990 gobernaba Islom Karimov en Uzbekistán, desde 1991 Nursultan Nazarbayev en Kazajistán, o desde 1992 Emomali Rahmon en Tayikistán. Elites antes supuestamente comunistas y ahora supuestamente democráticas y capitalistas [16].

Solo unos pocos, rebautizados como nacional-comunistas (o “ruso-soviéticos”) se resistieron, en vano, al inevitable cambio de régimen. El golpe de estado de agosto de 1991 fue el último intento de salvar a la URSS como superpotencia”, para el escritor ruso Alexandr Projánov, uno de los ideólogos de la filosofía imperial rusa que apoyaron la intentona, así como redactor del manifiesto “La palabra al pueblo” (en el diario Soviéstskaya Rossiya) en el cual 12 antiguos dirigentes denunciaban que “Occidente nos ha destrozado a través de Gorbachov", que “el Gobierno ruso reprime la idea nacional rusa y a los escritores rusos”, y que era necesario “concentrar todo el potencial nacional y espiritual” en una unión entre el Partido Comunista, los monárquicos, los eclesiásticos y los literatos "por una Rusia única e indivisible[17].

Pero de nada sirvió la reacción. La "terapia de choque" en lo político, lo económico y lo social era inevitable. Se desmanteló rápidamente el sistema político soviético, convocándose elecciones multipartidistas (parlamentarias en 1993, que tras la derrota del gobierno llevaron a impulsar el régimen presidencialista). Se implantó radicalmente la economía de mercado, dejando atrás el modelo más grande del mundo controlado por el Estado mediante tres claves: liberalización, estabilización y privatización[18].

La liberalización comenzó de manera inmediata a la disolución de la URSS, eliminándose gran parte del sistema central de planificación y levantándose los controles de precios sobre el 90% de los bienes de consumo y el 80% de las de bienes intermedios; solo quedaron parcialmente controlados los precios de la energía y de los alimentos básicos (como el pan, el azúcar, el aguardiente y los productos lácteos), y todos los productos fueron grabados, en el mercado libre, con un nuevo impuesto, un impuesto indirecto sobre el valor añadido del 28%[19].

La estabilización fue marcada por los programas de política macroeconómica de reducción brusca del gasto gubernamental y del déficit presupuestario, cayendo este del 20% del PIB al 9% en 1992 y el 3% en 1993, básicamente mediante la reducción de los subsidios y de la inversión pública. Asimismo se crearon nuevas figuras impositivas y se produjo el aumento de impuestos ya existentes: impuestos indirectos en la venta privada, progresivos y directos sobre la renta, sobre los ingresos de la empresa, aranceles revisados a la importación y a la exportación, y amplios impuestos sobre la energía, tanto en el consumo doméstico como sobre el petróleo y las exportaciones de gas natural; y en el campo monetario se aprobó la disminución de los créditos subvencionados a las empresas y la restricción del crecimiento de la oferta monetaria[20].

Y la privatización, conocida despectivamente como la mafiosa “prikhvatizatsiya”, en busca de recursos (qué vender) y aliados (a quién vender) se inició con enorme velocidad por el Comité Estatal para la Gestión de la Propiedad Estatal de la Federación rusa, dirigido por Anatoly Chubais[21]: en 1992 el emblemático sector petrolero fue comenzado a venderse por el decreto presidencial nº 1403, y ante la crisis de 1993 se completó la venta de las acciones de propiedad del Estado en las grandes empresas Norilsk Nickel, Yukos, Lukoil, Sibneft, Surgutneftegas, Novolipetsk Steel y Mechel. En 1992 la privatización de las pequeñas empresas públicas comenzaron a través de compras de empleados y subastas públicas, mediante un sistema sancionado el 1 de octubre de 1992, el “Programa voucher[22]: bonos con un valor nominal de 10.000 rublos (unos US$63), que se distribuyeron a los 144 millones de ciudadanos rusos, como compra de acciones de la medianas y grandes empresas designadas para la privatización, y cuyos tenedores finales también las podrían vender en el mercado secundario. A finales de 1993, más de 90% de las pequeñas empresas públicas y más de 82000 negocios habían sido saldados; y en 1994 la primera fase privatizadora llegó a su fin, con el 70% de grandes empresas vendidas, más de 14000 entidades industriales privatizadas, y el 96% por ciento de los comprobantes de bonos emitidos utilizados por sus nuevos propietarios, bien para comprar acciones en empresas directamente, bien para invertir en fondos de inversión o en su reventa directa. La segunda fase del programa de privatización completó la venta de las empresas del Estado en busca de ingresos y préstamos para el gobierno por el Decreto de julio de 1994. Tras la dura reacción de la oposición en la Duma, Yeltsin eliminó a  Chubais de su cargo directo en la Comisión Estatal, siendo sustituido por Vladimir Polevanov; pero su posición en defensa de cierta renacionalización de algunos sectores críticos para la economía nacional, provocó su inmediata sustitución por Petr Mostovoi, como marcaba el FMI y como demandaba la nueva “democracia de los oligarcas[23].

Al respecto, el periodista televisivo Vladímir Pózner, famoso corresponsal y abierto partidario del futuro presidente Yeltsin (de origen y formación occidental), organizó en 1990 un talk-show con el título ¿Necesitamos el capitalismo?. En él, los partidarios de la inevitable transición al liberalismo-capitalista eran mayoría, y hablaban de acabar con el Estado e impulsar rápidamente el Mercado, impulsando las privatizaciones de las antes colectivas y nacionales empresas del país, mediante el reparto de "cupones" (especie de acción) a los ciudadanos. Pózner, entusiasta del proceso, recomendaba a los rusos como enriquecerse con dichos cupones:

"sin ustedes son tres, es decir que tienen tres cupones, ya tienen la posibilidad de empezar su propia actividad privada. Reúnan a toda la familia en un consejo y resuelvan cómo utilizar los cupones. ¡Recuerden que ahora ustedes están decidiendo su propio destino, el destino de sus hijos y el de sus nietos!"[24].

Diez años de transición bajo este modelo económico, conocidos como “los salvajes noventa[25] por sus implicaciones sociales. Proceso en el que se difundieron todas las modas occidentales en la sociedad rusa, con la coexistencia de hambre y lujo, con la aparición de oligarcas poderosos y auténticas mafias callejeras, con miles de nuevos ricos y con una crisis demográfica sin paragón desde la Guerra (con más de 3 millones menos de habitantes y una brutal tasa de mortalidad de 16 por cada mil), con la irrupción epidémica del SIDA (más de 500.000 infectados) y el aumento sin control del alcoholismo [26], con la imitación musical y literaria de los modelos norteamericanos y con la desaparición, casi de golpe, de gran parte del enorme sistema social y sanitario público. Un catástrofe cuantitativa y cualitativa, denominada como el gran "agujero demográfico" de finales del siglo XX, producto de la grave crisis socioeconómica impulsada por la perestroika y aumentada por el periodo de transición de la era Yeltsin. Junto a la emigración masiva tras la apertura de las fronteras, otros indicadores demográficos explican dicha catástrofe: la tasa bruta de natalidad cayó un 8,3% en 1996 y la tasa de fertilidad hasta 1,15 en 1999; asimismo, la tasa de mortalidad creció hasta el 18,5% en 2005 y la esperanza de vida cayó hasta los 64 años en 2003 (siendo la de los hombres solo poco más de 58 años). Época de contrastes, de dramas agudos y riquezas despampanantes[27].

Pero este sistema se vino abajo con la crisis financiera rusa del 17 de agosto de 1998. La llamada "crisis del Rublo", ante los efectos de la desaceleración internacional y los problemas políticos internos (con la destitución del Primer Ministro Viktor Chernomyrdin y todo su gabinete, por el interino Sergei Kiriyenko) provocó una drástica devaluación de la moneda nacional por el Banco Central y la moratoria del pago de su abultada deuda (con graves repercusiones en los países vecinos). La inflación llegó al 84 por ciento, los subsidios federales agrícolas cayeron a su mínimo histórico, y se organizó una gran huelga general el 7 de octubre; situación que provocó un bloqueo político terminal para el régimen de Yeltsin enfermo, impopular y defenestrado.

2.      La democracia de los oligarcas.

Yeltsin no debería haber acabado así. Fue líder carismático, alumno aventajado, hombre todopoderoso. El mundo euroatlántico había triunfado, como hemos visto, y eligió a Boris Yeltsin para culminar la disolución de la URSS. Su imagen, subido a un tanque frente al edificio del Soviet Supremo, dio la vuelta al mundo. Era el verano de 1991, y Yeltsin aparecía, a ojos de los occidentales, como el adalid de la democracia en Rusia y el rector de la transición. Desafió a los golpistas de Kriuchkov, que tenían arrestado a Gorbachov en Crimea, y ganó todo el poder en agosto; ilegalizó el PCUS y apartó de toda institución al mismo Gorbachov; y  finalmente firmó el Tratado de Belovesh en diciembre con los presidentes de Ucrania (Leonid Kravchuk) y Bielorrusia (Stanislav Shushkévich), declarando el fin del experimento soviético y el nacimiento de la CEI[28].

Tras izar la nueva bandera tricolor en el Kremlin, la RSS de Rusia cambiaba su nombre por el de Federación rusa (Российская Федерация). El 1 de noviembre de 1991 el Congreso de Diputados ruso asumió todas las competencias económicas de la extinta URSS, el 3 de diciembre aprobó la liberalización de precios a nivel nacional, el 5 de noviembre emitió el decreto de liberalización de la actividad económica extranjera de exportación e importación (eliminando el monopolio estatal, incluso en la compra de moneda), y el 6 de noviembre Yeltsin unió las funciones de presidente y primer ministro, nombrando a Yegor Gaidar como viceprimer ministro y Ministro de Economía y Finanzas[29], con el siguiente programa:

"De lo ocurrido en Rusia pueden extraerse varias enseñanzas: Si la economía socialista deja de funcionar, el gobierno debe emprender la desinflación con la mayor rapidez posible. La desinflación será mucho más difícil si se pospone. En una situación en que la desinflación ha sido postergada, el gobierno debe reducir drásticamente el déficit fiscal. Debe abandonarse la idea ilusoria de que es posible financiar el déficit mediante una cartera a corto plazo. Debe tenerse en cuenta la vulnerabilidad del régimen cambiario ante las fluctuaciones de los precios de los productos básicos. Debe entenderse que la imposición de restricciones presupuestarias más estrictas no sólo es importante para aumentar el ingreso presupuestario sino también para promover el buen funcionamiento de los mecanismos de mercado y, por consiguiente, para incrementar la eficiencia de la economía"[30].

Tras aplastar toda oposición en 1993 y aprobar una nueva Constitución presidencialista al finalizar el año, gracias al apoyo de sus socios norteamericanos, de la mano de los economistas Yegor Gaidar y Anatoli Chubáis impuso una serie de reformas económicas radicales, en busca de una rápida integración capitalista en Occidente, que implantó la que aquí denominados como “democracia de los oligarcas”. Y que benefició a esa generación de nuevos empresarios que, para evitar el colapso nacional, financiaron al gobierno a cambio de hacerse con el control de las empresas estatales privatizadas [31]: Boris Berezovski, Román Abramovich, Mijaíl Jodorkovski, Vladímir Potanin, Vagit Alekpérov, Aleksandr Smolenski, Víctor Vekselberg o Mijaíl Fridman[32]. Para el historiador Falin: [33]

 “En cuanto a Yeltsin, Gaidar y Kozirev, aquí la situación es más clara. Ellos estaban cumpliendo los planes ideados allende el océano: los de conducir al país a un punto del que no habría retorno, de socavar las raíces de la identidad rusa y la conciencia nacional. A Washington ya no le satisfacía capitulación simplemente, él insistía en una capitulación incondicional, en el minado de todos los cánones y valores morales, que permiten que el pueblo sea pueblo. Y casi ha conseguido ese propósito, lamentablemente”[34].

Hijo de Nikolái Yeltsin (que fue condenado por agitación antisoviético en 1934 y condenado a tres años en un gulag), la infancia de Boris fue muy humilde en el pueblo de Batuka. Estudió construcción en la Universidad técnica estatal de Perm en 1955, y ras afiliarse al PCUS de la RSS de Rusia, comenzó una meteórica carrera política que le llevó al poder de dicha organización. Opuesto a Gorbachov, ganó la presidencia de la RSFS rusa como candidato independiente en las primeras elecciones multipartidistas de 1991, con más del 57% de los votos. Tras oponerse al golpe de Estado de 1991 “subido a un tanque”, el 21 de agosto de 1991 logró la derrota del mismo, e inmediatamente ordenó la ilegalización del PCUS y la firma del señalado acuerdo de disolución de la URSS con los presidentes de Bielorrusia y Ucrania en Belovézhskaya Puscha.

En las semanas siguientes, Yeltsin comenzó la aplicación de un programa de reformas económicas radicales, transitando a toda velocidad de un viejo sistema dirigido y estatista a un nuevo sistema de libre mercado, como marcaban las exigencias del FMI, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro norteamericano (el llamado “consenso de Washington"). Una “terapia de choque” marcada por un economista ruso de 35 años, Yegor Gaidar [35], encargado de finiquitar los restos materiales del "derrumbe del imperio soviético"[36].

Liberalización del comercio exterior, de los precios y del rublo, y una estricta austeridad para contender la inflación. Estas eran las claves de su primera “estabilización macroeconómica” desde agosto de 1992, acompañadas por un inevitable recorte del gasto público (disminuyendo los tradicionales subsidios sociales) y aumento de los impuestos. Se comenzaron las primeras privatizaciones, mediante el ya comentado programa de “vales libres” (voucher) que en teoría permitían recibir a cada ciudadano una especie de acción de las antiguas empresas estatales (con un precio de 10.000 rublos aproximadamente), pero que en la realidad fueron compradas por intermediarios en efectivo ante la situación de penuria. Por ello, dicha estabilización benefició a las clases pudientes (que se hicieron con la totalidad de estas primeras acciones) y ahogó a las clases más humildes: se dispararon los precios, se restringió el crédito, se comenzaron a cerrar empresas estatales, y se eliminaron buena parte de las ayudas de asistencia social. En estos primeros años el PIB ruso se hundió casi un 50% y la hiperinflación sumió a millones de ciudadanos en la pobreza. Para la nueva elite liberal gobernante eran consecuencias lógicas de una inevitable transición económica, pero en 1993 el vicepresidente de Rusia Aleksandr Rutskói denunció este programa como un “genocidio económico[37].

Ante tal situación, el aún existente Sóviet Supremo de Rusia se opuso frontalmente a estas reformas. De la mano de su presidente Ruslán Jasbulátov, en el VII Congreso de los Diputados del Pueblo de diciembre de 1992, logró rechazar la candidatura de Gaidar como primer ministro (patrocinada por Yeltsin) y la negociación de un acuerdo de futuro bajo el auspicio de Valery Zorkin (presidente del Tribunal Constitucional): un referéndum nacional sobre la nueva Constitución; un nuevo jefe de gobierno acordado entre el legislativo y el ejecutivo, y confirmado por el Sóviet; y la limitación de las enmiendas de un Parlamento controlado por la oposición. De dicho compromiso salió un nombre de consenso, Viktor Chernomyrdin, nombrado como Primer ministro el 14 de diciembre[38].

Ante la decisión del Parlamento de cambiar su decisión sobre el referéndum, en un discurso televisivo el 20 de marzo de 1993, Yeltsin proclamó que iba a asumir “poderes especiales” ante el bloqueo y para aplicar su programa de reformas. El IX Congreso de los Diputados del Pueblo intentó destituir a Yeltsin de la presidencia mediante un juicio político el 26 de marzo de 1993, pero no lograron los dos tercios requeridos para deponerlo. Así, durante meses se dio la situación de un poder dual, entre el ejecutivo de Yeltsin y el legislativo del Sóviet supremo, cada cual con sus propios decretos y una política exterior diferente [39]. VIadímir Isákov, jefe del Comité de Legislación Constitucional del Parlamento, denunciaba que "vivimos en una situación de semigolpe de Estado, cuando el Ejecutivo ignora abiertamente la Constitución y las leyes, y Yeltsin ahora quiere completarlo", mientras que Yeltsin anunciaba que "septiembre será el mes del combate decisivo y lo que queda de agosto debemos aprovecharlo para la preparación artillera"[40].

Y en septiembre de 1993 Yeltsin anunció, en otro famoso discurso televisado, su decisión irrevocable de disolver por decreto el Sóviet Supremo y el Congreso de los Diputados del Pueblo, convocando nuevas elecciones legislativas; por ello destituyó a los críticos Pável Grachov, ministro de defensa, Nikolái Golushko, ministro de seguridad y Víktor Yerin, ministro de interior. Rusia pasa a tener dos presidentes, dos ministros de defensa, de seguridad e interior. Y así nació la crisis constitucional de octubre de 1993. El Parlamento destituyó a  Yeltsin y nombró como presidente en funciones a su vicepresidente Aleksandr Rutskói, quien juró como máximo responsable en funciones aprovechando las movilizaciones antigubernamentales en las calles de las principales ciudades por la ruina económica. El Tribunal constitucional sentenció que Yeltsin había violado la Constitución al decretar la disolución del Parlamento, y el Parlamento decretó que el presidente había realizado un Golpe de Estado. El 28 de septiembre comenzaron los primeros enfrentamientos y huelgas por toda Rusia, y cientos de diputados se encerraron en el Parlamento.

Pero Yeltsin contraatacó y con el apoyo del ejército y del Ministerio del Interior decidió atacar el Parlamento (“la casa blanca rusa”). Tras declarar el "estado de excepción" en Moscú y tomar la televisión pública, el 4 de octubre los carros de combate y artillería abrieron fuego contra el Parlamento y las tropas de infantería tomaron todo el edificio, siendo detenidos Jasbulátov y Rutskói. El saldo fue de más de 500 muertos y 1.000 heridos [41]. Pese al apoyo popular, visible en las manifestaciones y barricadas en Moscú, el legislativo perdió el pulso contra Yeltsin.

Se disolvió el Sóviet Supremo, y en diciembre de 1993 se llevaron a cabo las elecciones para un nuevo Parlamento, la Duma estatal (con mayoría opositora, aunque dividida entre comunistas y nacionalistas), y el referéndum para la futura Constitución federal (que aprobada, ampliaba los poderes presidenciales, como nombrar al gobierno o disolver la misma Duma). Bajo el lema "Rusia necesita Orden", y tras destituir al presidente del tribunal constitucional, se instauraba un régimen presidencialista que otorgaba inmunidad absoluta y poderes plenipotenciarios al Jefe del Estado.

Declaración de la Constitución de la Federación rusa de 1993.

"Nosotros, pueblo multinacional de la Federación Rusa, unido por un destino común en su tierra patria,

Reafirmando los derechos y libertades del hombre, la concordia y la paz cívica,

Preservando la integridad nacional históricamente configurada,

Partiendo de los principios generalmente reconocidos de la igualdad de derechos y la autodeterminación de los pueblos

De que el recuerdo de los antepasados nos ha transmitido el amor y el respeto a la patria y la fe en el bien y la justicia, Restableciendo la estatalidad soberana de Rusia y reafianzando sus inquebrantables bases democráticas,

Aspirando a asegurar el bienestar y el florecimiento de Rusia, partiendo de la responsabilidad por la patria ante las generaciones presentes y futuras

Considerándonos parte de la comunidad mundial

Aprobamos la Constitución de la Federación Rusa".

Con todo controlado, Yeltsin lanzó la invasión de la autónoma y rebelde región chechena en diciembre de 1994, la República de Ichkeria gobernada por el exgeneral de la Fuerza Aérea soviética Dzhojar Dudáyev. Esta primera Guerra de Chechenia (Первая чеченская война) fue un absoluto desastre para al que se aún se consideraba como “todopoderoso” ejército ruso, con tropas mal equipadas y recursos muy escasos[42]. Las efectivas guerrillas de las montañas chechenas y el fracaso en la Batalla de Grozni (agosto de 1996), supuesta toma rápida de la capital, obligó al general Aleksander Lébed a firmar un acuerdo de paz, tras más de 5.000 soldados muertos, que aunque no reconocía la independencia de la región aceptaba una autonomía casi total[43].

Y llegó la culminación de la era de las privatizaciones. Ante el fracaso rotundo de las primeras medidas y con un Gobierno sin liquidez, visible en la humillación en Chechenia con un ejército mal pagado y peor abastecido[44], en 1995 se aceleró la venta a saldo de los bienes públicos. Ante la inminencia de las nuevas elecciones presidenciales, este programa consiguió suficiente financiación para ese año, en forma de préstamos bancarios avalados por grupos de inversores que, ligados a los nacientes medios de comunicación de masas, compraron masivamente las acciones en manos de la empobrecida ciudadanía. Nombres como Borís Berezovski, Mijaíl Jodorkovski, Román Abramóvich, Vladimir Bogdanov o Mijaíl Fridman salieron a la palestra pública. Se construía la “democracia de los oligarcas[45].

Oligarcas que financiaron, directa e indirectamente, la victoria de Yeltsin en las elecciones presidenciales de la primavera de 1996. La brusca caída de su popularidad y las crecientes dudas sobre su estado de salud, dieron alas a la oposición comunista. De la mano de su candidato Guennadi Ziugánov y con una poderosa base de movilización, el emergente Partido Comunista de la Federación rusa (Коммунистическая партия Российской Федерации, КПРФ) se puso a la cabeza de los sondeos electorales. Ante esta situación inesperada, con el control casi absoluto de los medios de comunicación, la agresiva estrategia de su jefe de campaña Chubáis, y de su hija Tatiana, y el apoyo financiero de oligarcas beneficiados de privatizaciones de última hora, se dio la vuelta a la situación. Se extendió masivamente el miedo a la “vuelta del totalitarismo” o de “otra Guerra civil” si ganaba Ziugánov, se prometió el regreso de las prestaciones sociales y el pago puntual de las pensiones, se destituyó al criticado ministro de defensa Pável Grachov (y a los primeros silovikis como Aleksandr Kórzhakov), y se presentó como tercer gran candidato al popular general Lébed (para dividir el voto opositor)[46].

Con todo a favor, comenzaba el segundo mandato de Yeltsin. Su victoria fue limitada aunque suficiente: obtuvo en segunda ronda el 53,8% de los votos y Ziugánov el 40,3% (pero apenas el 35% en primera vuelta). Con una salud cada vez más deteriorada, y con el mal uso de la financiación del FMI, la crisis financiera de 1998 y la campaña militar de la OTAN contra su tradicional aliado serbio (por la situación en Kosovo) puso a Rusia ante el espejo: un país deprimido colectivamente, empobrecido y despoblado, humillado internacionalmente[47]. Y con un presidente que cada dos por tres aparecía en público en estado de embriaguez desplegando las payadas más inverosímiles[48].

3.      El fin de un experimento.

Cuando su final parecía cerca, Yeltsin sobrevivió un año más; los oligarcas no lo podían dejar caer. La oposición fracasó en el nuevo juicio político celebrado en la Duma estatal contra él el 15 de mayo de 1999 (por la disolución ilegal de la URSS, por el Golpe de estado de 1993 y por el inicio de la Guerra de Chechenia), al no alcanzar de nuevo los dos tercios requeridos. Pero acosado en varios frentes, se vio obligado a destituir a su Primer ministro Serguéi Stepashin, nombrando al desconocido Vladímir Putin el 9 de agosto de 1999[49].

El 31 de diciembre de 1999 Yeltsin dijo adiós. A través de un anuncio sorpresa emitido a las 12:00 de la medianoche en la televisión rusa (y grabado en la mañana del mismo día), Yeltsin renunciaba. Nombraba en su lugar, y hasta las elecciones del año siguiente, a Putin como presidente interino, reconociendo sus errores, pidiendo perdón por “los sueños incumplidos” y justificando la necesidad de nuevos líderes políticos[50].

"Me marcho. He hecho todo lo que he podido, me marcho no por motivos de salud, sino por todo un cúmulo de problemas. Me releva una nueva generación, una generación que puede hacer más y mejor. De conformidad con la Constitución, al dimitir he firmado el decreto sobre el traspaso de poderes al jefe del Gobierno, Vladímir Vladímirovich Putin. Durante tres meses, según la Constitución, él será el jefe del Estado, y dentro de tres meses se celebrarán las elecciones presidenciales. Siempre estuve convencido de la sorprendente sabiduría de los rusos y por eso no dudo de la opción que ustedes harán a fines de marzo del año 2000. Al despedirme quiero decirle a cada uno de ustedes que sea feliz. Se merecen la felicidad. Se merecen la felicidad y la paz"[51].

En 2007, tras nuevas operaciones de corazón y viejos problemas con el alcohol, fallecía el primer presidente de la nueva democracia rusa, siendo enterrando con honores de Estado en el cementerio de Novodévichi[52]. Desde una óptica diferente, nostálgica del supuesto poderío soviético, Aleksandr Plejanov señalaba que “el curso político” de la transición había conducido al “desmembramiento del imperio, a la decadencia de la economía, de la sociedad y de la moral, que engendró múltiples contradicciones trágicas y sangrientas", y cuyas “consecuencias eran tan grandes y la dinámica de la desintegración tan vertiginosa, que sus secuelas repercutirán durante decenas de años”. Así aseguraba que:

“Los políticos de la nueva ola tendrán que sufrir la presión de la catástrofe y no es seguro que la soportarán. Muchos se perderán, aniquilarán su renombre político, pero, tal vez, la avalancha del calvario ruso será frenada y el tiempo histórico, ganado en el periodo de la transición, permitirá salir a la arena a los políticos de la nueva generación, libres de oportunismo, de extremismo, de utopía sentimental, y Rusia, al fin y al cabo, tendrá un poder digno de ella que, apoyándose en la tradición milenaria del país, se dedicará a su resurgimiento"[53].

                              

4.      La reforma nacional de Aleksandr Solzhenitsyn.

Tanto sufrimiento para nada. Después de padecer la represión soviética en primera persona, la transición a la democracia había resultado, en su opinión, un fracaso. Del gobierno de los burócratas insensibles al gobierno de los oligarcas insensibles.[54].

Hijo de un terrateniente cosaco de Rostov del Don, se graduó en física y matemáticas en la Universidad federal del Sur, y sirvió en el Ejército soviético hasta 1945 (participando en la Batalla de Kursk). Pero ya en 1945 sufrió su primera condena en la futura Kaliningrado, al descubrirse varias de sus cartas a un amigo que comentaban las mejores condiciones de vida de los granjeros occidentales (que contemplaba en su avance por territorio alemán) y criticaba las decisiones totalitarias del gobierno. Fue condenado a ocho años, primero en varios centros de la conquistada Prusia Oriental, después en Lubyanka, sede la KGB en Moscú, y posteriormente en Sharaska, centro de investigación científica para presos políticos bajo la Seguridad del Estado (ante sus enormes conocimientos y facultades)[55]. En esta época redactó su primera obra, [56].

Cumpliendo su "destierro a perpetuidad", Solzhenitsyn fue enviado a vivir a la lejana Kok Teren, donde fue profesor de primaria entre 1953 y 1956[57].

Su éxito y su libertad hicieron que fuera expulsado de la Unión de escritores soviéticos en 1969. Tras denunciar la sistemática censura a la que estaba siendo sometido, Solzhenitsyn recibió el Premio Nobel de literatura el año siguiente, que no recogió en Estocolmo para evitar que las autoridades soviéticas le impidieran volver[58].

Comenzó a terminar su inmortal [59]. Y así, y por ello, comenzó su novela:

"Con el corazón oprimido, durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para los que aún vivían podía más que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando pese a todo, ha caído en manos de la Seguridad del Estado, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente" [60].

Detenido y acusado de traición el 12 de febrero de 1974, al día siguiente fue expulsado del país; tras ser privado de la ciudadanía soviética se exilió en la República federal alemana (con residencia en Frankfurt). En 1975 publicó Archipiélago Gulag 2 y tres años más tarde Archipiélago Gulag 3; y en su posterior exilio norteamericano realizó dos ensayos de enjundia, El roble y el terneroEl peligro mortal; además recibió el prestigioso Premio Templenton. En 1990 terminó su gran novela al más puro estilo tolstoiano, La Rueda roja, tetralogía sobre la Revolución rusa iniciada en 1984 (Agosto de 1914Octubre de 1916Marzo de 1917 y Abril de 1917).

Tras años de soledad interior y exterior, se acercó a los teóricos del nacionalismo ortodoxo ruso al comprobar la "falsa" realidad liberal occidental de primera mano, y a la que nunca se llegó a acostumbrar. Y pensando en Cómo reorganizar Rusia (1990) tras el fin de la URSS, regresó a su patria; en 1994 llegó en tren a la portuaria y antigua ciudad restringida de Vladivostok, siendo recibido como un auténtico héroe. Pero nunca dejó de ser crítico con el poder y con la realidad. Ya en [61].

Alexandr Solzhenitsyn se preguntaba en El problema ruso: al final del siglo XX (1995) sobre el destino de su país ante la recién llegada democracia occidental. Frente a un Occidente que carecía de recursos morales y espirituales para resistirse a su propia decadencia, Rusia debía recuperar su tradicional y verdadera forma de gobierno y administración a nivel local, la única capaz de fundar una democracia real desde sus cimientos en plena armonía con el alma rusa. El “poder del pueblo”, como supuestamente se había ido reconociendo en las “repúblicas periféricas”, había llegado a su país:

“La segunda consecuencia de la quiebra del comunismo en la URSS debiera haber sido – como se afirmó al fragor de aquellos días de agosto – el inmediato advenimiento de la democracia. ¿Pero qué democracia puede crecer súbitamente en un terreno donde ha habido totalitarismo durante setenta años?”[62].

Pero no se había creado ese “poder local vivo y sin ligaduras”, al seguir mandando los “mismos jerifaltes comunistas locales” que ahora se proclamaba democráticos; un poder ligado a nuevas elites que miraban más a la otrora odiada América que a unas provincias aisladas sin voz ni voto. Con ellos se había sacralizado el mercado todopoderoso, dominado por grandes oligarquías apoyadas por el Fondo Monetario Internacional y gestionadas por Gaidar [63]; y que aprovecharon de la extrema liberalización en una nación sin tradición competitiva, para pisotear a las pequeñas empresas domésticas, que eran las únicas capaces de hacer subsistir al país, y justificar la extrema pobreza ciudadana provocada por reformas que no estimularon la producción, sino solo permitieron la rapiña de los recursos:

“Los miembros de la nomenklatura comunista, que ya empezaron a prepararse en tiempos de Gorbachov, han sabido componérselas para reciclarse como perfectos "demócratas", sin los sufrimientos que han experimentado los cimientos vivos del país” [64].

Todo ello ayudó a la catástrofe demográfica. Sin certezas ni esperanza, Rusia caminaba hacia la rápida extinción. Solzhenitsyn recordaba que en 1993 la mortalidad superaba a la natalidad en ochocientas mil personas, los suicidios crecieron hasta representar una tercera parte de las muertes no naturales, y se produjeron 14,6 muertes por cada mil personas, un veinte por ciento más que en 1992.  Un panorama donde:

Las personas, desesperadas, no comprenden para qué sirve vivir y para qué sirve traer nuevas vidas. Si en 1875 en Rusia una mujer tenía por término medio siete hijos, si antes de la segunda guerra mundial en la URSS la cifra era de 3 y hace cinco años de 2,17 niños, ahora ésta es ligeramente superior a 1,4. Nos estamos extinguiendo[65].

Este diagnóstico, la “Gran Catástrofe Rusa”, concluía en una crisis casi terminal de la conciencia nacional rusa[66], alentada por la división entre una enorme masa en las provincias, en las aldeas y una minoría occidentalizada que habita las ciudades”. Para Solzhenitsyn el grave problema ruso” a finales del siglo XX se manifestó, terminalmente con la “ola de nivelación monótona y trivial entre culturas, tradiciones, nacionalidades y caracteres” que disolvía las peculiaridades patrias y acaba con toda convivencia común. Una “desgracia” identitaria derivada de la automática desintegración de la URSS, realizada:

“siguiendo las falsas fronteras trazadas por Lenin, de manera que Rusia se vio privada de regiones enteras. En unos pocos días perdimos a veinticinco millones de rusos étnicos – el dieciocho por ciento de los rusos – y el gobierno de Rusia no tuvo coraje ni siquiera para denunciar este horrible hecho, esta colosal derrota histórica de Rusia ni tampoco para manifestar políticamente su desacuerdo, aunque sólo fuera para establecer el derecho a algún tipo de negociación futura”[67].

Pero no se podía perder la esperanza. El maestro Solzhenitsyn aportaba una solución: “lo que nosotros necesitamos es salvar también nuestro carácter, nuestras tradiciones populares, nuestra cultura nacional, nuestro camino histórico”. Esta proclama partía no desde el fallido materialismo progresista, ni siquiera del desarrollo social moderno; germinaba desde una nueva educación, una escuela patria para que los “hijos de un pueblo ya degenerado salgan educados en un espíritu moral”. Por ello se debía edificar una verdadera “Rusia moral”, tomando como referente esas viejas y apartadas provincias, granero de “alimento espiritual” y con personas “moralmente sanas”, recuperando el viejo ascendente cristiano de la nación tras décadas de opresión y sumisión:

“Han pasado dos siglos y medio y sigue postergado entre nosotros él nunca emprendido proyecto de Salvación del pueblo que nos legara P.I. Shuválov. Hoy no hay para nosotros nada más importante. Este – y no otro – es el "problema ruso" al final del siglo XX” [68].

[69]. Por ello Solzhenitsyn defendió la unidad fundamental de las tres ramas de los pueblos eslavos orientales (bielorrusa, ucraniana y rusa), históricamente separadas por "la invasión de los Mongoles y la colonización polaca". "Todos juntos hemos surgido de la atesorada Kiev", desde la cual "comenzó la tierra rusa" al reunificar posteriormente "a los grandes rusos, a los rusos blancos y los pequeños rusos" protegidos de la "expansión del catolicismo". Los ucranianos, a su juicio, habían sufrido mucho durante la URSS, pero ese no era motivo para la separación ni para "arrebatar a Rusia las partes que no eran parte de la antigua Ucrania como Novorossia, Crimea, Donbás y áreas que llegaba prácticamente hasta el Mar Caspio"[70].

Era evidente que el antiguo Imperio no podría recuperarse. Para Solzhenitsyn la desintegración y división "del mundo ruso" vino de la mano de una URSS que impuso un sistema de dominación basado en lo "no ruso", y que aprovechó su final para romper el destino común en beneficio personal de las élites herederas. Y el caso de su querida Ucrania era el ejemplo palmario de ese gran desastre geopolítico y humano que denunció años más tarde Putin: "la separación actual de Ucrania significaría cortar los lazos de millones de familias y personas", acabar con "la mezcla de poblaciones" y situar a los rusos como minorías o extinguiendo su identidad, ya que "muchas personas no podrán elegir entre las dos nacionalidades" por su origen étnico mixto o "por matrimonios mixtos que hasta ahora nunca fueron considerados mixtos"; e incluso podría conllevar en el futuro conflictos y enemistades identitarias que hasta ahora no se habían producido[71].

Galardonado en 2006 con el Premio estatal de la Federación rusa, se había convertido en el gran referente intelectual y espiritual de la nación rusa. El 3 de agosto de 2008 falleció en Moscú, y tras ser homenajeado por el presidente Putin, que siempre se reconoció como su alumno, fue enterrado junto a su admirado historiador Vasili Kliuchevski [1841-1911] en el cementerio del monasterio Donskói de Moscú, como meses ante solicitó[72].

 

Epílogo.

La crisis conllevó el castigo a la elite de la transición. El 31 de diciembre de 1999, con un país empobrecido y desquebrajado, y con tasas de popularidad que no llegaban al 2%, el patrón de esta deriva para Solzhenitsyn, Boris Yeltsin proclamó su renuncia. Fue sustituido por su supuesto delfín, el primer ministro Vladimir Putin, antiguo miembro del KGB y líder del llamado “clan de San Petersburgo”[73]. Quizás el nuevo presidente (que siempre se consideró su alumno en la distancia) escuchó al viejo maestro Solzhenitsyn, al viejo preso[74], cuando en su discurso de elección como Primer ministro ante la Duma proclamaba que:

"No puedo abarcar todas las tareas que enfrenta el gobierno en este discurso. Pero de una cosa estoy seguro: ninguna de esas tareas pueden realizarse sin la imposición de un orden y disciplina básicos en este país, sin el fortalecimiento de la cadena vertical"[75].

Se iniciaba una nueva etapa de reacción identitaria, desde que en julio de 1998, Putin, el antiguo burócrata de San Petersburgo fue designado director del Servicio Federal de Seguridad (FSB, sucesor del KGB), desde que este desconocido exespía fue nombrado meses después secretario del Consejo de Seguridad Nacional por el mismo Yeltsin, desde que a principios del año 1999 asumió el cargo de primer ministro, declarando en agosto la segunda guerra en Chechenia (tras los atentados terroristas en los edificios de viviendas en Buinaksk, Moscú y Volgodonsk y la invasión de las huestes del líder y emir checheno Shamil Basáyev en la vecina Daguestán), y desde que fue nombrado presidente interino tras la renuncia de Yeltsin [76]. Era el elegido para restaurar la maltrecha “dignidad nacional” rusa.[77]. Pero un cambio institucional que suponía, historiográficamente, algo más que una simple sustitución. “Hay que armarse de valor y declarar que el rumbo ha dado la vuelta: en algún momento de la década del año 2000 hemos empezado a ir hacia atrás”, declaraba Víktor Sheinis, del partido liberal Yábloko[78].

El país más grande de la tierra debía recuperar la dignidad de un pueblo humillado y empobrecido, las señas de identidad de un viejo Imperio, los valores tradicionales que permitían caminar seguro por la modernidad (o postmodernidad), a través de una corrección del sistema democrático construido, para unos en clave soberana y patriótica, para otros en controlada o autoritaria. Esa era y parece ser la “clave histórica” a desvelar prospectivamente:

"Rusia ha sido una gran potencia durante siglos y aún lo sigue siendo. Siempre ha tenido y tendrá zonas de interés legítimo...No deberíamos bajar la guardia en este aspecto ni permitir que nuestra opinión sea ignorada”[79].

 



[1] Jesús López-Medel Báscones, "Recuerdo y actualidad de la Unión Soviética". Política exterior, Vol. 25, Nº 142, 2011, pp. 138-149.

[2] Karl S. Karol, op.cit., pp. 69-79.

[3] Alfons González Quesada, "El pinchazo de Gorbachov: Los días del golpe". Historia y vida, Nº. 582, 2016, pp. 40-49.

[4] José María March, Josep M. March Poquet, Aproximaciones político-económicas a la transición rusa. Universitat de València, 2005.

[5] Bernard Leonard Cohen, "Rusia. Golpe de Estado presidencial". El estado del mundo: anuario económico geopolítico mundial, Nº. 10, 1994, pp. 54-63.

[6] Véase Sergio Fernández Riquelme, Rusia y la idea imperial. Historia del país más grande de la tierra. EAE, 2017.

[7] Rafael Poch de Feliu, La gran transición: Rusia, 1985-2002. Barcelona: Crítica, 2003.

[8] A. Fontan, "Rusia: de imperio a nación". Nueva Revista, 47, 1996.

[9] Josep M. March Poquet, Antoni Sánchez Andrés, La transición rusa. Cambio estructural e institucional. Universitat de València, 1999.

[10] Juan Guillermo Milia, Gorvachov - Yeltsin - Putín. De la Perestroika al Neo-estalinismo (1985-2015). Editorial Dunken, 8 abr. 2015.

[11] Entrevista de Oliver Stone al presidente Putin. Showtime, 14-18/06/2017.

[12] Shlomo Lambroza, Yeltsin. Rourke Publications, 1993.

[13] Carlos Prieto, De la URSS a Rusia: Tres décadas de experiencias y observaciones de un testigo. México: Fondo de Cultura Economica, 2014.

[14] Roy Medvedev, La Rusia post-soviética. Barcelona: Paidós, 2004.

[15]Antonio Blanc Altemir, La herencia soviética: la comunidad de Estados independientes y los problemas sucesorios. Madrid: Tecnos, 2004.

[16] Idem.

[17] Alexandr Projánov. “La desintegración de la URSS es el delito del siglo”. El País, Entrevista de Pilar Bonet, 12/09/1991.

[18] Grup d'Anàlisi de la Transició Econòmica, Réforme et overture des systèmes economiques post-socialistes, Groupe d'Analyse des Etratégies Internationals, Reestructuración industrial en las economías en transición. Edicions Universitat Barcelona, 2000.

[19] Antonio Colomer Viadel, Carlos Flores Juberías, Rusia, en vísperas de su futuro. Universitat de València, 2002.

[20] Alejandro Aifageme Rodríguez Larraín, "Libre competencia, privatización y desmonopolización". THEMIS: Revista de Derecho, Nº 31, 1995, pp. 91-97.

[21] Tatiana Sidorenko, "Las inversiones extranjeras en la transformación poscomunista de Rusia". Foro internacional, Nº 174, 2003, pp. 917-945.

[22] John Morrison, Boris Yeltsin: From Bolshevik to Democrat. Dutton, 1 nov. 1992.

[23] David E. Hoffman, Los oligarcas: poder y dinero en la nueva Rusia. Barcelona: Mondadori, 2003.

[24] Ruslan Dzarasov, “Cómo Rusia volvió al capitalismo. El desarrollo del subdesarrollo en sociedades postsoviéticas”. Nueva Sociedad, Septiembre-Octubre 2014.

[25] RadioFreeEurope, 25/10/2016.

[26] L. Hamama, E. Tartakovsky, K. Eroshina, E. Patrakov, A. Golubkova, J. Bogushevich, L. Shardina, “Satisfacción laboral y actitudes de las enfermeras hacia personas que viven con VIH/sida en Rusia”. International nursing review en español: revista oficial del Consejo Internacional de Enfermeras, Nº 61,1: 2014, pp. 143-151.

[27] Sofía Hernández Mármol, De Gorbachov a Yeltsin: ¿correrá Rusia la misma suerte que la Unión Soviética?. Editorial de Ciencias Sociales, 1 ene. 1994.

[28] Roy Medvedev. La Rusia Post-soviética. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 2004.

[29] Yegor Gaidar, "Enseñanzas de la crisis de Rusia para las economías en transición". Finanzas y desarrollo: publicación trimestral del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, Vol. 36, Nº 2, 1999, p.8.

[30] Ídem, p.8.

[31] David E. Hoffman, Los oligarcas: poder y dinero en la nueva Rusia. Barcelona: Mondadori, 2003.

[32] Véase Antonio Sánchez Andrés, “Política económica en la transición rusa”. Boletín económico de ICE, Información Comercial Española, Nº 2503, 1996, pp. 21-32.

[33] Oleg Rumiantsev, “Reforma constitucional en la Federación Rusa”. Política exterior, Vol. 7, Nº 33, 1993, pp. 85-98

[34] Valentín Falin, “La Guerra Fría no ha terminado”. Ria Novosti, 10/03/2006.

[35] David E. Hoffman, op.cit.

[36] Yegor Gaidar, El derrumbe de un imperio. Lecciones para la Rusia moderna. Brookings Institution Press, 2007.

[37]Alexandre Tsipko, "En torno a Boris Yeltsin". Política exterior, Vol. 7, Nº 35, 1993, pp. 30-47.

[38] Geoffrey A. Hosking, op.cit.

[39] Lev Sujánov y Vicente Cazcarra, Yeltsin. Destino, 1994.

[40] Rodrigo Fernández, "Yeltsin amenaza con disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas en otoño". El País, 13/08/1993.

[41] Pilar Bonet Cardona, "La Rusia imposible: Boris Yeltsin, un provinciano en el Kremlin". Aguilar, 1994.

[42] Annie Daubenton, "Rusia. ¿Por qué Chechenia?". El estado del mundo: anuario económico geopolítico mundial, Nº. 12, 1996, pp. 147-156.

[43] Alexandre Tsipko, op.cit.

[44] Felipe Sahagún, “La nueva dictadura rusa: Moscú saca una gran rentabilidad política a la guerra de Chechenia”. Tribuna de actualidad, Nº 602. 1999, pp. 51-52.

[45] Timothy W. Luke, "Yeltsin's progress: on Russia's pilgrimage to the West". The Soviet and post-Soviet Review, Vol. 21, Nº. 1, 1994, pp. 2-11.

[46] Geoffrey A. Hosking, op.cit.

[47] Luis Matías López, "La Rusia de Boris Yeltsin". Economía exterior, Nº. 4 (ABR-JUN), 1998, pp. 89-94.

[48] Antonio Pérez-Ramos, "Boris Yeltsin: la Rusia del bufón y del sacerdote". Claves de razón práctica, Nº 175, 2007, pp. 46-49.

[49] Dimitri Polikarpov, "El deconocido equipo del presidente ruso. Los hombres de Putin". El siglo de Europa, Nº. 401 (FEB 14-20), 2000, pp. 42-43.

[50] Javier Morales Hernández, "The Yeltsin Presidency in Retrospect: Myths, Realities, and Lessons to Be Learned". UNISCI Discussion Papers, ISSN-e 1696-2206, Nº. 14, 2007.

[51] "Último discurso de Boris Yeltsin como presidente". El Mundo, 31/12/1999.

[52] Antonio Pérez-Ramos, op.cit. pp. 46-49.

[53] Alexandr Projánov, “Rusia no desea o jugar a la ruleta rusa”. El País, 2/07/1994.

[54] Jorge Traver, “Aleksandr Solzhenitsyn, un Nobel en el gulag”. Qué leer, Nº. 218, 2016, pp. 80-83.

[55] Javier Huerta Calvo, “El Nobel Solzhenitsin (1918-2008): el coloso que aceleró el fin de la Rusia soviética”. Leer, Año 24, Nº. 196 (oct.), 2008, Ejemplar dedicado a: La muerte del "Nobel" Solzhenitsin (1918-2008), pp. 18-28.

[56] Joseph Pearce, Solzhenitsyn. Un alma en el exilio. Ciudadela Libros. 2007.

[57] Alejandro San Francisco, “Alexander Solzhenitsyn: 90 años de historia”. Humanitas: revista de antropología y cultura cristiana, Año 13, Nº 52, 2008, pp. 694-710.

[58] Jean Meyer, “Solzhenitsyn”. Istor: revista de historia internacional, Año 11, Nº 42, 2010, pp. 82-95.

[59] Aleksandr Isaevich Solzhenitsyn, Lucía Gabriel y Vladimir Lamsdorff, Archipielago Gulag, 1918-1956: ensayo de investigación Plaza & Janés, 1976.

[60] Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, Archipiélago Gulag: 1918-1956. Círculo de Lectores, 1976.

[61] Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, El colapso de Rusia. Espasa Calpe, 1999.

[62] Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, El "problema ruso" al final del siglo XX. Tusquets editores, 1995, pp. 35-40.

[63] Ídem, pp. 80 sq.

[64] Ídem, pp. 85 sq.

[65] Ídem.

[66] Ídem.

[67] Ídem.

[68]Ídem.

[69] Ídem.

[70] Robert Coalson, "Is Putin 'Rebuilding Russia' According To Solzhenitsyn's Design?". RadioFreeEurope, 01/09/2014.

[71] Ídem.

[72] Aleksandr Isaevich Solzhenitsin, “Reflexiones en la víspera del siglo veintiuno”. En Nathan P. Gardels (ed. lit.), Fin de siglo: grandes pensadores hacen reflexiones sobre nuestro tiempo, 1996, pp. 4-15.

[73] Michael McFaul, Russia's unfinished revolution: political change from Gorbachev to Putin. London, Cornell University Press, 2001.

[74] Geoffrey A. Hosking, op.cit.

[75] BBC, 23/03/2014.

[76] Ana Teresa Gutíerrez del Cid, “La recomposición de la hegemonía mundial de Rusia”. Política y cultura, Nº 15, 2001, pp. 223-245.

[77] Boris Kagarlitski, “El modelo Putin: de la normalización política a la crisis de Ucrania”. Nueva sociedad, Nº 253, 2014, pp. 72-88.

[78] Alexei Timofeichev, “En busca de respuestas sobre el legado de Boris Yeltsin”. En RBTH, 16/01/2017.

[79] BBC, 23/03/2014.

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