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Estado totalitario, mito nacional y populismo: Ramiro Ledesma Ramos y la experiencia de La Patria Libre.

 

David Soto Carrasco.

Universidad de Murcia (España).

 

Resumen.

Este artículo presenta la propuesta teórica política de movilización de masas conceptualizada por Ramiro Ledesma Ramos en La Conquista del Estado y en sus trabajos posteriores como respuesta a la crisis del liberalismo y a la crisis española de los años 30. A partir de esta caracterización, Ledesma Ramos planteó una propuesta política que transitaba por la actualidad europea de los movimientos nacionalistas y totalitarios y concluirá con la unificación de Falange Española y de las JONS. El carácter reaccionario y antimoderno del nuevo partido decepcionará a Ledesma Ramos. Estas diferencias se concretarán en la salida de Ledesma del partido y en un nuevo planteamiento que perseguirá la ampliación del movimiento a las clases populares españolas.

Palabra clave: fascismo, estado total, populismo, nacionalsindicalismo, mitos políticos.

 

Abstract.

This article presents the political theoretical proposal of mass mobilization conceptualized by Ramiro Ledesma Ramos in La Conquista del Estado and his posterior works in response to the crisis of liberalism and the Spanish crisis of the 1930s. From this characterization, Ledesma Ramos proposed a political proposal that went through the European present of the nationalist and totalitarian movements and will conclude with the unification of Falange Española and JONS. The reactionary and anti-modern character of the new party will disappoint Ledesma Ramos. These differences will materialize with the leaving of Ledesma from the party and in a new approach that would pursue the expansion of the movement through the Spanish popular classes.

Keywords: fascism, total state, populism, national syndicalism, political myths.

 

 

1. A modo de introducción: acelerar el tiempo.

Más allá del extenso debate sobre las peculiaridades del fascismo español, en el presente artículo se pretende llevar a cabo un acercamiento al pensamiento político de fundador del primer partido de carácter fascista y totalitario español (las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista), Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936)[1]. Nuestro interés parte de exponer, por un lado, las peculiaridades del fascismo español como movimiento moderno y acelerador del tiempo histórico y, por otro, su correlación ambigua con el pensamiento político conservador español de la época. En este sentido, el jonsismo puede ser considerado como un índice y un factor de los carismas y procesos de estilo tradicionalista que venían operando desde el siglo XIX[2] y que, en última instancia, se impondrán con la dictadura de Franco; pero también de la vivencia hispánica peculiar del tiempo histórico de la modernidad. Bajo estas premisas, Ledesma Ramos planteó que la solución para la circunstancia española, en consonancia con la circunstancia europea, pasaba por la necesidad de un movimiento de corte nacionalista, juvenil, violento y totalitario que estuviera en posibilidad de combatir los movimientos y corrientes (liberalismo, comunismo, conservadurismo, etc.) que habían hundido una pretendida y autoproclamada grandeza española imperial. De modo que en línea con el proyecto acelerador de los movimientos europeos, la propuesta de Ledesma surgía de la voluntad de poner en marcha una nueva modernidad hispánica y una nueva temporalidad basadas en el “renacimiento” de la nación[3]. Para este autor, la nación –su exaltación- exigirá una serie de medidas radicales en el campo de la cultura, de la política y de la expansión exterior destinadas a recuperar o reafirmar la vitalidad perdida de la misma. De tal modo, que del combate callejero, del atentado terrorista o de la guerra debía brotar, como también había planteado entre otros Jünger, un hombre nuevo y una nueva communitas nacional más vigorosa.

Bajo este estado de ánimo, el conflicto y la violencia eran aceleradores de un nuevo tiempo que debía producir, en clave orteguiana, nuevas elites y que generaría un culto al heroísmo y al sacrificio que estaría en posibilidad de superar la decadencia del sistema liberal. Evidentemente, detrás de esta caracterización que Ledesma presentaba, asomaban, entre otras, sus lecturas juveniles de Nietzsche[4] y las aclamaciones a las teorizaciones sobre el mito que Sorel había construido varias décadas antes[5]. De ahí, precisamente, el grito jonsista a la juventudes españolas de “militarizarse o perecer”. La lucha restablecía el contacto con las fuentes originales, revitalizadoras de la comunidad nacional. Así, para determinadas corrientes dentro de los nuevos movimientos de masas, la violencia se presentó como el medio más eficaz, por un lado, de destrucción de la vieja sociedad democrática, tanto liberal como tradicional; y por otro, como el proceder más adecuado para la rápida transformación la misma. La violencia era la inmediatez. De modo que del combate con las consideras fuerzas decadentes debía nacer un cuerpo nacional revitalizado. Frente al liberalismo en crisis, Ledesma sostuvo que de la patria en peligro debía renacer el cuerpo purificado de la nación con una nueva voluntad imperial.

Justo aquí es donde debemos entender la consideración de la juventud, que Ledesma Ramos llevó a cabo, como la conciencia mesiánica de la época, de lo nuevo frente a lo viejo que los movimientos de masas como el aquí presentando defenderán[6]. De tal modo que, bajo esta perspectiva, los jóvenes estaban destinados a ser el sujeto primordial de la historia.

En este contexto, Ledesma Ramos llevó a cabo un proyecto de conceptualización teórica y política de un movimiento totalitario y nacionalista en España, que tuvo su mayor expresión en  la puesta en marcha de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Sin embargo, a nuestro modo de ver, el jonsista pronto se percató de las escasas posibilidades de operar la puesta en marcha de una movilización de masas en la península. Los elementos que en España se habían fascistizado, como la propia Falange Española (FE) de José Antonio Primo de Rivera, no ofrecían a Ledesma un horizonte de un movilización hacia un estado totalitario, sino que todavía estaban atravesados por lenguajes y carismas de corte conservador y reaccionario. Esto motivaría el abandono de Ledesma Ramos y su incursión en Barcelona, y la puesta en marchas de nuevas iniciativas: La Patria Libra y Nuestra revolución, en donde Ledesma pretendió tender vínculos con los elementos más sorelianos de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) [7]y construir un partido de masas nacionalista de carácter popular, que estuviera capacitado para promover una movilización política que concluyera, en su opinión, en un Estado total, al modo de lo que estaba sucediendo en Italia, Alemana o Rusia. Bajo estas premisas, el presente artículo pretende mostrar que el pensamiento político de Ledesma parte, por un lado, (1) la consideración de los grandes fenómenos europeos que marchaban hacia un Estado total como lo exclusivamente moderno; (2) de la exaltación de mito nacional y (3) de la supremacía del Estado sobre todas las esferas de acción. De otro lado, se pretende mostrar como para Ledesma, las fuerzas fascistizadas estaba incapacitadas para poner en marcha dicho proyecto. Por ello a la altura del año 1935 acometerá la tarea de lo que podemos denominar como la nacionalización de la CNT.

 

2. Europa como solución: la superación del liberalismo.

Si bien Ramiro Ledesma aceptó los diagnósticos que Ortega había extraído sobre la realidad española y sobre la crisis de la cultura occidental, el jonsista dará un paso más para proyectar una solución que pasaba por el Estado total bajo la fuerza de movilización del mito de lo nacional y la acción violenta. De la mano de Ortega, Ledesma Ramos advirtió que el fracaso del sistema de la Restauración se debía fundamentalmente a que no había elaborado un ideal nacional moderno, porque no había sabido extraer de su seno energías verdaderas para vigorizar aquel recipiente vacío. En términos orteguianos, aceptó que España se había quedado sin pulso. Por ello, también pudo aseverar, que España era el problema y Europa la salvación[8]. La cuestión divergente es que en dónde Ortega habló de rebelión, Ledesma entendió dirección, es decir, una colaboración jerárquica entre las masas y el líder que impulsara las empresas del estado. Esto se percibió con toda su amplitud, cuando Ledesma le espetó a Ortega en La Conquista del Estado que frente al Estado liberal burgués de un Bentham, triunfaba el nuevo Estado, cuyo precursor ideológico más cercano era Hegel[9]. Esa era la diferencia radical entre ambos, para Ledesma se trataba de acometer con firmeza la tarea nacionalizadora. Bajo este diagnóstico, Ledesma asumió los grandes fenómenos de masas de Rusia, Italia o Alemania como paradigmas de su tiempo y acometerá la tarea de creación de un partido de masas moderno, movido por los nacientes medios de propaganda y dirigido a la toma violenta del poder.

Dicho con otras palabras, a su modo de ver, Ortega había acertado perfectamente en el dictamen: por una parte, la decadencia de España y la crisis cultural europea iban de la mano; por otra, la rebelión de las masas y los nuevos movimientos sociales marcaban el espíritu de los tiempos. En consecuencia, los grandes partidos de masas eran lo moderno. Alemania e Italia se lo confirmaban a Ledesma. Por tanto, de lo que se trataba era de dirigir a las fuerzas vivas sociales para que se orientasen en aquella dirección bajo la fuerza de movilización de un mito hispano. Ahí fue donde entró en juego la voz ultranacionalista y esperpéntica de Giménez Caballero, el Marinetti español[10]. En cierto modo, Gecé representó para Ledesma el contacto directo con la circunstancia europea. Hay que recordar que para Giménez Caballero, Italia había llegado a convertirse en uno de los países más poderosos de Europa gracias a la nueva política fascista. Para el literato, el fascismo consistía en un movimiento que había surgido como respuesta nacional a la crisis de vitalidad que el liberalismo había causado en toda Europa. De tal modo que, Mussolini había despertado las energías dormidas de una nación que se sentía decepcionada ante una Gran Guerra que había ganado. En el fondo, se culpaba a la Paz de Versalles, y al régimen liberal, en general, de la sensación de humillación italiana y del agotamiento vital europeo. La modernidad, para ellos, representaba el triunfo de la racionalidad (cartesiana) que había sepultado los instintos vitales de los hombres. Sin embargo, los movimientos nacionales mostraban que las energías seguían latiendo bajo las grandes masas compactas. La cuestión, como aprendió Ledesma de Sorel, era encontrar el mito capaz de reactivar estas fuerzas dormidas. Por ello, ante los sucesos acaecidos en el Café Pombo, Ledesma sostuvo que:

 

“No somos fascistas. Esta fácil etiqueta con que se nos quiere presentar en la vida pública es totalmente arbitraria. (…) Vamos contra la vieja España con propósitos superadores. Nuestra posición teórica véase y estudiase en los libros del maestro José Ortega y Gasset, donde se hallará casi íntegra. En todo caso nuestra actitud no consiste sino en el lanzamiento de una idea nacional, a la que hemos adherido con todo tesón” [11]

En este sentido, para Ledesma, la crisis del liberalismo estaba vinculada estrechamente a la crisis del España, que a su modo de vez era una prolongación de la europea y de la lucha entre movimientos marxistas y liberalismo. Para el fundador de las JONS, el liberalismo era incapaz de afrontar las exigencias que suponía esa lucha, porque era insuficiente a la hora de recrear un nuevo sentido de autoridad, en tanto que por su propia naturaleza racional no entraba contacto con las fuerzas vivas de las masas:

“El liberalismo burgués se hundirá sin remedio, al más leve contacto de la protesta revolucionaria auténtica. Unos u otros le torceremos el cuello como a una supervivencia bobalicona. La candidez burguesa se encontrará un buen día con que todo se derrumba a su alrededor: economía, riqueza, cultura, entusiasmo del pueblo. Y otras multitudes, fieles a otros mitos de más entrañable calidad, dictarán su ley” [12].

 

El liberalismo era, pues, inútil a la hora de crear una homogeneidad general en la medida en que se revelaba inoperante para implantar un mito capaz de sublimizar unas fuerzas vivas contra otras. De hecho, Ledesma también parece dar la razón a Sorel al aceptar que cualquier actividad de la historia mundial se basaba en la fuerza movilizadora del mito. En este punto, Ledesma reconoció que tanto el mito de la lucha de clases como el de la nación eran los dos únicos verdaderamente canalizadores del vitalismo europeo. Por ello, sólo la lucha de clases como mito tenía la capacidad de destruir la potencialidad hispánica.

Frente a él, sólo el mito nacional gozaba de las mismas -incluso superiores- características. No obstante, para Ledesma, la conciencia de una cultura, una lengua y una educación común, la conciencia de ser una misma comunidad con un mismo destino y la sensación de ser distintos de los demás pueblos era algo que dotaba al mito nacional de una mayor eficacia, de una mayor fuerza vital, a la hora de canalizar las energías para la lucha política. El fascismo y sus diversas variantes eran, por tanto, superiores al marxismo, en la medida en que éste no había logrado poner al servicio revolucionario la totalidad de los resortes emocionales, formales y prácticos de la nación. Dicho en otras palabras, el fascismo representaba a la propia nación expresándose en la lucha de la acción política[13]. Bajo esta perspectiva, el Estado liberal-democrático perdió toda capacidad para ejercer su tarea ordenadora y auxiliar de la estructura social y Estado total pasó a convertirse en el único sujeto político, deseoso de la entrega de cuerpos de hombres, convertidos en meros súbditos. Es más, para que este proceso se completara con éxito la nación tuvo que recibir, según la metafísica y la filosofía de la historia, una compleja idealización, que serviría para desplegar el poder del Estado. La nación como mito, como valor absoluto, daba forma al Estado, que a su vez, debía sublimar a la nación purificándola de los enemigos. No se trataba aquí de reclamar otro movimiento contrarrevolucionario basado en las diferencias de estamentos pretéritas. Al contrario, los tiempos, según Ledesma Ramos, anunciaban otra cosa. Se demandó una revolución de masas, dirigida por un élite, no por el “noble palatino”, sino por una elite heroica dotada de grandes ideales, capaz de dirigirlas a nuevos sueños de imperio. Sólo podía existir el pueblo que en un ideal comunitario constituía el Estado que lo representaba homogéneamente. No hay, pues, posibilidad para cuerpos intermedios, menos para facciones. El Estado debía ser el máximo valor político. Debía ser supremo y todopoderoso, es decir, absoluto. Por encima de él no podía existir ninguna otra esfera de la vida social. A esa tarea, Ledesma Ramos dedicó la revista La Conquista del Estado y la puesta en marcha de las JONS.

 

3. El camino hacia el Estado total.

Un mes antes de la proclamación de la II República española, Ledesma Ramos sacaba a la luz la publicación La Conquista del Estado[14]. El “alegato-programa” abogaba por una revolución que hiciera posible la reunión de las masas en una nueva unidad nacional con la capacidad de retomar las antiguas sendas del imperio[15]. El panfleto, que estaba dirigido a la juventud española, como nuevo sujeto revolucionario, resultaba ser una proclama antizquierdista, antidemocrática, antiliberal y anticonservadora, a la vez que gozaba de un amplio matiz reformista en lo social y en lo económico que, por momentos, parece próxima al sindicalismo más anarquista, con un claro carácter rojipardo. Tal y como ha señalado Thomàs[16], bajo la influencia de lo que estaba acaeciendo en Europa, el manifiesto planteaba la necesidad de la acción directa como método de acción política, la toma violenta del poder y la implantación de una dictadura totalitaria. Una dictadura que debía emerger desde las masas revolucionarias y no desde las capas militares conservadoras. El movimiento sería el fiel reflejo de la relación-representación intuitivo-vital, por tanto sin mediaciones, que se daba entre masas-partido-Estado. En ella, el Estado sería la única institución capaz de decidir legítimamente sobre los conflictos políticos y sociales. “¡¡Nada, pues, sobre el Estado!!”[17], enunciaba el manifiesto político en su primer número. El nuevo Estado que debía surgir tras la presunta revolución nacional-sindicalista se caracterizaría fundamentalmente por su homogeneidad, en tanto que cuerpo nacional unido por una misión o un mito, el de la Hispanidad, con el que el pueblo se identificaría plenamente. Tal y como había entresacado de sus lecturas de Ortega, para Ledesma, España no podía avanzar en la senda de las grandes potencias europeas si no se daba una correcta respuesta a la “rebelión de las masas”. Una respuesta que, en cualquier caso, pasaba por la implantación de un Estado total. Manifiesta Ledesma:

“Hay dos Españas indudables en la pugna, a la que sólo el confusionismo puede hoy unir en la pelea. A un lado la vieja España liberal, agotada y setentona, leguleya y miope, para quien las dificultades actuales se resuelven en el plano de las Cortes constituyentes. Enfrente está la España joven, nacida ya en el siglo XX, bien poco sensible a jurisperitas y retóricas. Fiel por tanto, a su época, representada en su coraje y en sus puños. Los jóvenes serán comunistas o fascistas, no lo sabemos, pero sí auténticamente hispanos y actuales”[18].

Sin embargo, frente a Ortega[19], Ledesma señalaba que el espíritu de los tiempos decretaba que la política no era ya tarea de las elites culturales[20]. Los grandes hombres de la cultura debían dejar paso al hombre de acción[21]. Para Ledesma Ramos, los intelectuales españoles, con Ortega a la cabeza, eran inactuales en la medida en que no habían sabido erigir un proyecto para el país de modernización asentado sobre “una idea nacional, hispánica” y no habían visto la fuerza efectiva de la acción directa. Esto era, apuntaba, lo que había acontecido en Rusia, en Italia, y en Alemania con “la adhesión tan comentada adhesión de los sabios universitarios al Káiser”[22]. Esa en el fondo era la cuestión fundamental: ser actuales significaba ser violentos. En verdad, Ledesma adoptaba una visión profundamente conflictiva de la realidad europea, vista como un campo de batalla donde no había lugar para la negociación. De hecho, la postguerra había demostrado el fracaso de Versalles. En opinión de este colectivo de jóvenes filofascistas la época venía dominada por la colisión de fuerzas protagonizada por las naciones internamente en torno a un “ideal totalitario”[23]. En consecuencia, para Ledesma, el tiempo histórico indicaba que estábamos a las puertas de una fase revolucionaria, una etapa de violencia política inevitable[24]. El diagnostico era claro: los  “nacionalismos agresivos” que consiguieron conectar con las bases sociales y que poco a poco habían triunfado en distintos países europeos representaban el paradigma específico de los tiempos y de la efectividad contra el estado liberal burgués en crisis. Por ello, el estado de ánimo epocal dictaminaba que de lo que se trataba era de imitar sus gestos, es decir, “haciéndose fascistas”[25].

La revolución se presentaba como el medio definitivo de asalto a la forma demócrata-liberal europea. La duda era elegir el sujeto político capaz de ponerla en marcha: la nación o la clase. Bajo este punto de vista, el manifiesto fundacional se articulaba sobre una “dogmática” política que constaba de 17 puntos que definía el horizonte de acción[26]:

1º.- Todo el poder corresponde al Estado.

2º.- Hay tan solo libertades políticas en el Estado, no sobre el Estado ni frente al Estado.

3º.- El mayor valor político que reside en el hombre es su capacidad de convivencia civil en el Estado.

4º.- Es un imperativo de nuestra época la superación radical, teórica y práctica del marxismo.

5º.- Frente a la sociedad y Estado comunista oponemos los valores jerárquicos, la idea nacional y la eficacia económica.

6º.- Afirmación de los valores hispánicos.

7º.- Difusión imperial de nuestra cultura.

8º.- Auténtica elaboración de la Universidad española. En la Universidad radican las supremacías ideológicas que constituyen el secreto último de la ciencia y de la técnica. Y también las vibraciones culturales más finas. Hemos de destacar por ello nuestro ideal en pro de la Universidad magna.

9º.- Intensificación de la cultura de masas, utilizando los medios más eficaces.

10º.- Extirpación de los focos regionales que den a sus aspiraciones un sentido de autonomía política. Las grandes comarcas o Confederaciones regionales, debidas a la iniciativa de los Municipios, deben merecer, por el contrario, todas sus atenciones. Fomentaremos la comarca vital y actualísima.

11º.- Plena e integral autonomía de los Municipios en las funciones propias y tradicionalmente de su competencia, que son las de índole económica y administrativa.

12º.- Estructuración sindical de la economía. Política económica objetiva.

13º.- Potenciación del trabajo.

14º.- Expropiación de los terratenientes. Las tierras expropiadas se nacionalizarán y serán entregadas a los Municipios y entidades sindicales de campesinos.

15º.- Justicia social y disciplina social

16º.- Lucha contra el farisaico pacifismo de Ginebra. Afirmación de España como potencia internacional.

17º.- Exclusiva actuación revolucionaria para lograr en España el triunfo del nuevo Estado. Métodos de acción directa sobre el viejo Estado lo los viejos grupos sociales del viejo régimen.

Bajo estas premisas, y de la combinación de la preocupación por lo nacional, junto a la exaltación de los valores colectivos o “superindividuales” nacería la teoría nacional-sindicalista, que recorrerá toda la obra y todas las empresas políticas del fundador de las JONS. El nuevo Estado total, según el criterio que los tiempos marcaban, debía ser nacional en el espíritu y, al mismo tiempo, social en la forma. De esta forma, los derechos políticos y las libertades individuales, que proclama la democracia liberal, quedaban sujetos a la decisión de ese nuevo y grande leviatán mecánico. Dice Ledesma:

“Los nuevos Estados que hoy nacen y triunfan –Rusia, Italia, el Estado germano que postula Hilter– son antiliberales. En ellos se le reconocen al hombre derechos políticos por lo que en él hay de capacidad de convivencia, de cooperador en los fines del Estado. Por eso, no hay derecho a la disidencia, o sea, a libertad frente al Estado. Que es entidad colectiva, fin último”[27].

Además, la “actualidad” europea del nuevo movimiento político quedaba manifiesta en su carácter total y en su extremada “afirmación nacional”. De este modo, La Conquista del Estado nació como un proyecto político a imitación de la proliferación de movimientos nacionalistas que se estaba dando en toda Europa.

Para el propósito de superación del estado liberal, Ledesma Ramos ponía en marcha las JONS en 1931 que en 1934 se unieron con Falange Española formando la nueva FE de las JONS. Se trató de una unificación que no convenció a todos los hombres de las JONS, tampoco a Ledesma Ramos, aunque al principio la considerase una posibilidad “para fortalecer y robustecer la posición nacional-sindicalista[28]. La ruptura se daría al año siguiente. Cuando Ledesma reflexionó sobre la capacidad del movimiento, no dudó en señalar que en España no había un auténtico fascismo porque la nación no se había sido sublimizada: “No hay individuos, grupos y organizaciones, fascistas, sino también y quizá en mayor relieve, individuos, grupos y organizaciones fascistizadas”[29]. Ledesma pensaba que esa fase todavía estaba por llegar.

 

4. Más allá de la vía fascista: una propuesta nacional para los sorelianos.

            En 1935, Ramiro Ledesma cierra una etapa de su vida política con la publicación de sus grandes textos políticos: Discurso a las juventudes de España en mayo y ¿Fascismo en España? en noviembre [30]. En ellos, Ledesma analizó atentamente la génesis del fascismo europeo y el panorama político de las derechas fascistizadas españolas, con la intención de vislumbrar las condiciones de posibilidad para la construcción de un auténtico movimiento fascista en España y la instauración de un Estado totalitario. Para Ledesma Ramos, el fascismo, como hemos visto, constituía un fenómeno típicamente europeo, surgido después de la Primera Guerra Mundial que se caracterizaba por un marcado carácter nacional[31]. A sus ojos, el desarrollo histórico español y su realidad social hacían presagiar que la revolución nacional podía estar a la vuelta de esquina. Más si cabe, cuando la situación de crisis política y social se había extremado poniendo en peligro la propia estabilidad del sistema. Para el fundador de la JONS, el marxismo estaba provocando un fuerte proceso de fractura social que a la larga acarrearía la quiebra de la II República. Presuponía que era cuestión de tiempo que los moderados republicanos de izquierdas, e incluso los de derechas acabasen cediendo el poder a los socialistas y marxistas de Largo Caballero. 

Bajo este punto de vista, Ledesma reconoció acertadamente que la derecha española estaba estructuralmente incapacitada para hacer frente a las grandes movilizaciones carismáticas de manera moderna. Es decir, no había creado un auténtico partido de masas y seguía, por tanto, aún anclada en elementos tradicionalistas. De modo que cuando el proletariado y las fuerzas izquierdistas se levantasen, los conservadores terminarían replegándose o acudiendo al Ejército, tal y como habían realizado en los siglos pasados. En verdad, lo que venía a decir era que las derechas españolas no habían organizado una mito moderno adecuado y eficaz y por lo tanto no estaban preparada para acometer la lucha cuerpo a cuerpo propia de los movimientos contemporáneos de masas. Los más que podían presentar, ironizaba Ledesma, era una coalición electoral. Ante esta circunstancia, como se demostró, la derecha finalmente actúo como le era costumbre, recurrió al Ejército y al golpe de Estado tradicional.

Si seguimos de cerca a Ledesma, el primer choque entre fuerzas llegó en octubre de 1934. Allí, escribió Ledesma, la revolución “movilizó abiertamente sus fuerzas contra el ser mismo de España”[32]. A su modo de ver, FE de las JONS tenía que haber intentado dar un golpe de Estado junto con las fuerzas fascistizadas y con algunos miembros del Ejército. De acuerdo a los modelos europeos de técnica insurreccional, aprendidos de Italia y Alemania [33], Ledesma pensó que en el momento del choque muchas de los miembros de las fuerzas marxistas cambiarían de bando, siendo por tanto la oportunidad idónea para convertir al movimiento en un partido de masas. La tarea, consistía, según Ledesma Ramos, en “nacionalizar a los españoles, a todo el pueblo, ligar su destino con el destino nacional de España”[34]. Sin embargo, la reacción de Primo de Rivera fue, para Ledesma, más bien tímida, limitándose a la conocida “Carta a u militar español”. Esta situación llevó a Ledesma a hablar de una excesiva derechización de Falange, que ya no parecía apostar por la revolución nacional popular, sino más bien por una dictadura autoritaria, a lo Maeztu. A ello, se le unió un proceso de descomposición interna de la misma Falange con las salidas de Ansaldo, Eliseda y más tarde del propio Ledesma[35].

En este contexto de 1935, Ledesma Ramos publicará el semanario La Patria libre, en donde principalmente se valoraba y explicaba la actitud de los jonsistas ante la ruptura con F.E de las JONS. Para Ledesma[36], la escisión, que no la expulsión, venía fundamentalmente causada por las decisiones que se habían adoptado a la hora de afrontar “la conmoción marxista de Asturias”. La actuación de Primo de Rivera ante los sucesos del 34 había revelado para Ledesma y su grupúsculo de jonsistas, un “espíritu desviado”, que iba en contra del verdadero carácter popular, que a su parecer, pregonaban las JONS [37]. Era, por tanto necesario, que si las JONS querían volver “a las tareas heroicas y austeras”, se liberaran del “lastre de Falange”[38]. Falange a estas alturas representaba para Ledesma un partido derechizado, que había actuado como los tradiciones partidos conservadores. Podía disponer de elementos fascitizados pero estaba lejos de pretender acometer un golpe de estado moderno[39].

De hecho, Javier M. de Bedoya aseguraba que, en un encuentro personal con Primo de Rivera y Rafael Sánchez Mazas, había intuido que el movimiento para ellos, carecía de una base popular y que se perfilaba, por la tanto, como un movimiento de minorías selectas muy alejado de la idea de un partido de masas moderno. En suma, señalaba Bedoya: “un «movimiento» cerebral, intelectualoide, sin emoción popular, sin aire de la calle, sin sabor ni color, alejado de la realidad. Todo lo contrario en fin del espíritu de nuestras espontáneas Juntas de Ofensiva”[40].

Ante esta situación, Ledesma acomete un cambio geográfico, que significará un auténtico golpe de timón en su proyecto. Es más, el gesto de trasladarse de Madrid a Barcelona era al mismo tiempo sintomático de que comenzaba una nueva empresa política. Por una parte, ante la respuesta de Falange a la situación asturiana, dejaba, la propuesta fascista, en manos del grupo de José Antonio Primo de Rivera. Por otra, considerará que la opción de una revolución nacional pasaba ahora por una posición abiertamente más izquierdista, proletaria y popular. Las JONS debían liberarse de Falange. Escribe Ledesma de sí mismo:

“No pretende ya, tanto él, como su camaradas, organizar, ni remotamente, el fascismo. Lo que en las viejas J.O.N.S. había de fascismo lo recoge hoy Primo de Rivera, sobre todo en sus últimas propagandas. Aquéllos entienden que su misión es otra” [41]

            Ledesma buscaba un contacto más próximo con el anarcosindicalismo, sabedor que la agrupación gozaba de una fuerte implantación en Cataluña[42]. Desde ese momento, con la intención de ganar efectivos para su causa, para una idealizada revolución nacionalsindicalista, comenzará una carrera de aproximación al sindicalismo izquierdista. La cuestión clave para el zamorano, a estas alturas, era que los únicos que estaban capacitados para hacer una revolución social popular eran las gentes “sorealianas” de la CNT. En verdad, constituían un auténtico partido de masas organizado y adiestrado en las técnicas de acción directa, lucha en la calle, violencia insurreccional y moral revolucionaria.

El sindicato anarquista había experimentado un marcado declive durante los años de la dictadura de Primo de Rivera, pero en 1930 volvió a resurgir y en muy poco tiempo logró recuperar la fuerza de que había dado muestras durante los años de 1918 a 1921 [43]. La CNT aprovechó las libertades y esperanzas de los primeros momentos para fortalecer la organización. De hecho, no pocos de estos sectores pensaron que con la República, se iba a dar paso a la emancipación total del proletariado mediante la colectivización de los medios de producción. La revolución social era algo que llevaba más de medio siglo predicándose en España por parte de libertarios, y ahora parecía que había llegado el momento. Es más, la CNT organizó varias huelgas generales dirigidas contra la política republicana, que le servían además para medir su fuerza entre la clase obrera, como la de la Telefónica o las de Sevilla y Barcelona, algunas localidades de Vizcaya y Asturias o, algo después, Zaragoza y Madrid. Además de huelgas, la CNT puso en marcha una estrategia de levantamientos armados: la insurrección de los mineros del Alto Llobregat y del Cardoner, en Cataluña, que en enero de 1932 lograron establecer durante cinco días el comunismo libertario; la sublevación de enero de 1933 con ramificaciones en Cataluña y Valencia y con la conocida matanza de una familia de campesinos por fuerzas de la policía en Casas Viejas. Es más, ni la política de reformas introducidas por el gobierno de coalición republicano-socialista, ni la mejora en las condiciones de trabajo de un notable sector de la clase obrera, ni la continua y agotadora gimnasia revolucionaria puesta en práctica por la CNT provocaron el esperado resultado de la descomposición del anarcosindicalismo [44].

Todo esto lo sabía Ledesma, que admiraba por un lado las posibilidades de movilización de la CNT y su moral heroica y por otro, la enemistad del sindicato con la UGT-PSOE de Largo Caballero. A su modo de ver, el proletariado industrial organizado por la CNT sabría dar batalla desde abajo, desde la calle a un gobierno dominado por las fuerzas socialistas. En realidad, ese era el sentido que impregnaba todas las páginas de La Patria Libre, frente al desvío derechista de Falange, Ledesma y los jonsistas volvían a lanzar, como en los tempranos años de La Conquista de Estado un guiño a las masas populares[45]. En cierto modo, esto reflejaba aquello que había sostenido a la altura del año 31, cuando buscando la aproximación al grupo de Maurín subrayó que en “España las derechas son aparentemente fascistas, y en muchos extremos antifascistas. Y la izquierdas son aparentemente antifascistas, y en muchos aspectos y pretensiones fascistas”[46]. En última instancia, se trataba de remarcar el carácter popular de la revolución nacional: “La representación del TODO el pueblo es lo que buscan y reclaman para sí las JONS”[47]. Se debía acometer, por tanto, un proceso de nacionalización de los elementos populares, del proletariado industrial, en última instancia de la CNT. Para ello, se produjo una acentuación de las consignas del sindicalismo nacional. Se habló de pan  y de justicia[48]. Se denunciaba el problema del trigo y se daba difusión a las manifestaciones de los agrarios[49]. El objetivo era claro: ensanchar las bases populares del nuevo movimiento, para convertirlo en un auténtico partido de masas capaz de conquistar el poder.

En cierta manera, lo que venía decir Ledesma Ramos es que las derechas tradicionales y también Falange estaban incapacitadas para construir un movimiento totalitario de base popular. En otras palabras, se ponía de manifiesto la ausencia de estímulo por parte de las derechas tradicionales por desarrollar un proyecto carismático moderno. Para Ledesma Ramos, el pensamiento conservador y reaccionario que acaparaba los resortes reales de poder, no estaba en condiciones de acometer la sublimación de la nación,  menos si cabe la del pueblo. De hecho, tampoco el lenguaje político de Primo de Rivera tenía la rotundidad suficiente de los lenguajes modernos [50]. Eso fue, en cierta medida, lo que aprendió Ledesma de la ruptura con Falange.

A nuestro modo de ver, cualquier política de masas de los sectores de las derechas del país estaba recorrida por otros estímulos, por otros carismas no seculares, no modernos, sino tradicionales. En este sentido, lo que descubrió Ledesma Ramos a la altura del 1935 fue que el fascismo no gozaba de verosimilitud histórica en España. Se impuso el tradicionalismo a la aceleración del tiempo histórico, de tal modo que los detentadores de la tradición volvieron a imponer su prestigio. Por eso, siempre Primo de Rivera estuvo tan próximo a los hombres de Acción Española[51]. Y ello, en nuestra opinión, quedó claramente escenificado en el banquete-homenaje a Ernesto Giménez Caballero con motivo de la obtención de la Cátedra de Literatura en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. Entre los invitados más destacados estaban: José Félix de Lequerica, José Calvo Sotelo, Pedro Sainz Rodríguez, Víctor Pradera, Ramiro de Maeztu, Eugenio Montes y Ramiro Ledesma. Giménez Caballero comenzó, como era habitual, lamentando, no sin cierta sorna, “la ausencia y el silencio del Sr. Primo de Rivera[52]. En cuanto a Ledesma Ramos, por su parte, aprovechó el acto para narrar la genealogía completa de las JONS, y destacar, en su opinión, lo que el fascismo español le debía al homenajeado. El evento lo cerró Calvo Sotelo hablando de la “afirmación de la unidad española” que, en su opinión, compartían todos los reunidos. No obstante, la discusión se alargó y la defensa de Ledesma Ramos del fascismo como “el propósito de incorporar la categoría de soporte o sustentación histórica del Estado Nacional a las capas populares más amplias”, indignó tanto a Montes, como al tradicionalista Víctor Pradera “que se ausentó del salón como protesta” por haber sido pronunciadas tales palabras. Montes aseguró que entendido así el fascismo era, entonces, como la Revolución Francesa[53].

 

6. A modo de conclusión: la camisa roja de Garibaldi.

En síntesis, se puede considerar el repliegue táctico y estratégico de Ledesma Ramos a Barcelona y la experiencia de La Patria Libre, como consecuencia del análisis del jonsista de la incapacidad movilizadora de las derechas tradicionales y de su desinterés para organizar un movimiento nacional popular totalitario. El fundador de La Conquista del Estado consideró que única posibilidad de contrarrestar las fuerzas carismáticas del marxismo, que podrían emerger en torno a la figura de Largo Caballero, sólo podían venir de la mano de otro mito, que por su modernidad y compresión del tiempo histórico, gozara de igual intensidad. Pero sobre todo, descubrió que la única estructura capaz de alimentar de masas a un partido totalitario moderno podía ser la CNT. La cuestión clave, para Ledesma Ramos, era dotarlo de mito eficaz para la movilización. Y ese solo podía ser el nacional. Por ello concluyó, como transcribió el propio Ledesma de sí mismo: “que a Ramiro Ledesma y a sus camaradas les viene mejor la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini”[54].

Bajo esa perspectiva, como hemos intentado poner de relieve, el joven extremista puso en marcha el proyecto editorial, Nuestra revolución, que preparado durante el mes de junio, se publicaría el día 11 de julio de 1936[55]. Fue el último intento de Ledesma Ramos por remarcar su independencia, de acción y de proyecto, de las derechas reaccionarias.  La publicación, como el propio Ledesma divisó, estaba ya fuera del juego que pronto iba a comenzar. Recogía una serie de escritos sobre las minas de Riotinto, Trotsky y los frentes populares y la cuestión de los Estatutos de Galicia y Castilla. Sin embargo, Ledesma Ramos también declaró su opinión de espectador atento e informado. Proclamó que no iba a “hostilizar” al Frente Popular, hasta que surgiera una empresa de gran vigor. En este sentido, insinuó que no iba apoyar a las fuerzas de las derechas: “¿Vigorizar fuerzas averiadas? Nadie lo espere de nosotros”[56].

 

 



[1] Sobre Ledesma, en otra clave metodológica, son de obligada consulta: L. Casali, Società di massa, giovani, rivoluzione. Il fascismo di Ramiro Ledesma Ramos. Bologna, Clueb, 2002 y F. Gallego, Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español. Madrid, Síntesis, 2005.

[2] Sobre los procesos peculiares de dinamización social, de aceleración histórica y puesta en marcha de un poder constituyente decisivo puede, entre otros, verse: J.L. Villacañas Berlanga, “Irrupción de carisma secular y proceso moderno. Algunas reflexiones de historia conceptual aplicadas al proceso español”, Historia Contemporánea, nº 27, 2003, pp. 505-517. Villacañas ha señalado que ni el carisma de la nación, ni el del imperio, ni el de clase, ni el de la raza estuvieron en posibilidad de originar una movilización social intensiva de carácter total y sistemático. A nuestro modo de ver, las propias inercias de la sociedad tradicional no lo hicieron posible. De tal modo que, para Villacañas, esta peculiaridad histórica fue la consecuencia de estar bajo el síndrome de “la nación tardía”. Cfr. J.L. Villacañas Berlanga, “La nación tardía y nosotros. El sentido de un concepto”, en: H. Plessner, La nación tardía. Sobre la seducción política del espíritu burgués (1935-1959). Madrid, Biblioteca Nueva, 2017, pp. 209-238.

[3] Entre los numerosos trabajos que han destacado la tendencia mitopoiética del fascismo, el rechazo de los valores burgueses, la valoración de la violencia y la guerra, el vitalismo o su dimensión revolucionaria destacan: Z. Sternhell, The Birth of Fascist Ideology. Princeton, Princeton University Press, 1994 [El nacimiento de la ideología fascista. Madrid, Siglo XXI Editores, 1994]; G.L. Mosse, The Fascist Revolution. Toward a General Theory of Fascism. Nueva York, Howard Fertig, 1999; R. Griffin, The Nature of Fascism, Londres, Routledge, 1993; O.R. Paxton, Le fascisme en action. París, Seuil, 2004; G.L. Mosse, La nacionalización de las masas. Madrid, Marcial Pons, 2005; S.G. Payne, Fascism: Comparison and Definition. Madison, University of Wisconsin Press, 1980 [El Fascismo. Madrid, Alianza, 2009].

[4] Cfr. G. Sobejano, (1967), Nietzsche en España (1890-1970). Segunda edición corregida y ampliada, Madrid, Gredos, 2004, p. 654. Sobre los textos juveniles de Ledesma Ramos, me permito remitir a mi: La conquista del Estado liberal: Ramiro Ledesma Ramos. Valencia, Kyrios Editorial, 2013, pp. 44-67.

[5] Cfr. S. Fernández Riquelme, “Georges Sorel y el sindicalismo revolucionario. Del mito de la Revolución al símbolo de la Violencia”, El Catoblepas, nº 185, 2018.

[6] “Para salvar los destinos y los intereses hispanos, «La Conquista del Estado» va a movilizar a las juventudes. Buscamos equipos militantes, sin hipocresías frente al fusil y a la disciplina de guerra; milicias civiles que derrumben la armazón burguesa y anacrónica de un militarismo pacifista. Queremos al político con sentido militar, de responsabilidad y de lucha”. (R. Ledesma Ramos, “¡Españoles jóvenes!¡En pie de guerra!”, La Conquista del Estado, nº 2, 21 de marzo de 1931, p. 21, en: OO.CC., Vol. III, p . 38). Citamos por la edición de Obras Completas, 4 vols. Barcelona, Ediciones Nueva República, 2004. En adelante: Obras Completas = OO.CC, La Conquista del Estado=LCdE.

[7] A este tenor, dictaminó Ledesma: “En España existe una organización obrera de fortísima capacidad revolucionaria. Es la Confederación Nacional del Trabajo. Los Sindicatos únicos. Han logrado la máxima eficacia de lucha, y su fidelidad social, de clase, no ha sido nunca desvirtuada. Ahora bien: su apoliticismo los hace moverse en orden de políticas de tal ineficacia, que nosotros –que simpatizamos con su tendencia sindicalista y soreliana- lo lamentamos de veras. Pero la realidad desviará su anarquismo, quedando sindicalistas netos” (R. Ledesma Ramos, “La firmeza revolucionaria. La revolución y la violencia. La legitimidad y la fecundidad de la violencia”, LCdE, nº 11, 23 de mayo de 1931, OO.CC., Vol. III, p. 166). Cfr. R. Ledesma Ramos, “Discurso a las juventudes de España”, OO.CC., Vol. IV, pp. 13-131.

[8] “Ahí están los magníficos ejemplos de Italia y Rusia, los dos únicos pueblos cuyo régimen político es fiel reflejo de una época. Los dos únicos pueblos que viven una auténtica política y un auténtico destino (todos los demás, vejez y escombros)” (R. Ledesma Ramos, “El concepto católico de la vida”, La Gaceta literaria, 15 de octubre de 1930, p. 7, OO.CC, Vol. II, p. 153).

[9] R. Ledesma Ramos, “Sobre un libro político de Ortega”, LCdE, 2 de mayo de 1931, nº 8 p. 3. OO. CC., Vol. III, p. 142.

[10] Enrique Selva ha escrito el libro definitivo sobre el vanguardista Giménez Caballero, véase su: Ernesto Giménez Caballero. Entre la vanguardia y el fascismo. Valencia, Pre-textos, 2000. Sobre la figura de Ernesto Giménez Caballero también son destacables: C. Bassolas, La ideología de los escritores: Literatura y política en La Gaceta Literaria (1927-1932). Barcelona, Fontamara, 1975; L. Tandy y M. Sferrazza, Ernesto Giménez Caballero y La Gaceta Literaria. Madrid, Turner, 1977; Douglas W. Foard, Ernesto Giménez Caballero (o la revolución del poeta). Estudio sobre el Nacionalismo Cultural Hispánico en el siglo XX. Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1975; J.C. Mainer “Ernesto Giménez Caballero o la inoportunidad”, Introducción a: E. Giménez Caballero, Casticismo, nacionalismo y vanguardia. Antología, 1927-1935. Madrid, Fundación Santander Central Hispano, 2005, pp. IX-LXVIII.

[11] R. Ledesma Ramos, “Un pleito entre escritores. Las migajas políticoliterarias (sic) del banquete en Pombo a Giménez Caballero. Ledesma Ramos y sus amigos no son fascistas”, Heraldo de Madrid, 21 de enero de 1930, p. 13, OO. CC., Vol. II, p. 244.

[12] R. Ledesma Ramos, “¡Teníamos razón! Se desmorona el régimen liberal-burgués”, LCdE, nº 14, 6 de junio de 1931, p. 1, OO.CC. Vol. III, p. 192.

[13] Cfr. F. Gallego, op. cit., p. 85.

[14] En la clásica y amplia historiografía sobre los orígenes del fascismo español, la creación de La Conquista del Estado ha sido considerada el primer intento concreto de su implantación en España. Cfr M. Pastor, Los orígenes del fascismo en España. Madrid, Ediciones Tucar, 1975, p. 162. De hecho, para Ferrán Gallego, aunque puedan encontrarse el origen del movimiento en Giménez Caballero y en ciertos rasgos de Unión Patriótica, la creación de la revista en esa fecha permite a Ledesma plantear su primogenitura en la creación del fascismo español. Véase: F. Gallego, op. cit., p. 63. También Luciano Casali ha puesto en claro los “diritti di primogenitura” de Ledesma sobre el movimiento. Cfr. L. Casali, op. cit, p. 28 y ss. El propio Ledesma aseguraba en ¿Fascismo en España? que: “Antes de La Conquista del Estado no pueden apreciarse esfuerzos de ninguna clase por propagar en España una bandera nacional y social, es decir una bandera de signo fascista” (R. Ledesma Ramos, OO.CC., Vol. IV, p. 175). El nombre lo tomaría de la publicación de Curzio Malaparte La Conquista dello Stato, que Giménez Caballero traduciría en España como En torno al casticismo en Italia en 1929. Fundamentalmente se distribuyó por  las ciudades de Madrid y Barcelona. Cfr. G. Servet, “En los orígenes del fascismo español: una revisión no conformista: La Conquista del Estado (1931)”, en: J.M. Jiménez Galocha (Coomp.), Escritos sobre Ramiro Ledesma Ramos. Barcelona, Ediciones Nueva República, 2005, p. 67.

[15] J. M. Thomàs, Los fascismos españoles. Barcelona, Planeta, 2011, p. 64 y ss.

[16] Ibídem.

[17] R, Ledesma Ramos, “Supremacía del Estado”, LCdE, nº 1, 14 de marzo de 1931, p, 2; OO.CC., Vol. III, p. 24.

[18] R, Ledesma Ramos, “El fracaso constituyente”, LCdE, nº 1, 14 de marzo de 1931, p. 1. OO.CC., Vol. III, pp. 17-18. De hecho, el propio Gecé se jactaba de haber alumbrado “las dos juventudes espirituales que cuajarían el porvenir de España: los comunistas y los fascistas” (Recogido en: J.C. Mainer (ed.) Falange y literatura. Antología. Barcelona, Editorial Labor, 1976).

[19] “Decir, como escribe Ortega, que fascismo y comunismo son callejones sin salida, equivale sencillamente a vivir de espaldas a los tiempos, con ceguera absoluta para los valores de hoy” (LCdE, nº 1, 14 de marzo de 1931, p. 1; OO.CC., Vol. III, pp. 17-18).

[20] “Al intelectual se le escapa la actualidad y vive en perpetuo vaivén de futuro. De ahí eso de los programas, elegante medio de bordear los precipicios inmediatos. El intelectual es cobarde y elude con retórica la necesidad de conceder audiencia diaria al material humano auténtico, el hombre que sufre, el soldado que triunfa, el acaparador, el rebelde, el pusilánime, el enfermo, o bien la fábrica, las quiebras, el campo, la guerra, etc., etc.” ( R. Ledesma Ramos, “Los intelectuales y la política, LCdE, nº 5, 11 de abril de 1931, p. 3. Ahora en: OO.CC, Vol. III, p. 98).

[21] R. Ledesma Ramos, “Los intelectuales y la política, LCdE, nº 5, 11 de abril de 1931, p. 3. Ahora en: OO.CC, Vol. III, p. 97.

[22] Ibídem, p. 99.

[23] E. González Calleja, “Los intelectuales filofascistas y la «defensa de Occidente» (Un ejemplo de la «crisis de la conciencia europea» en Italia, Francia y España durante el período de entreguerras”, Revista de Estudios Políticos, nº 81, Julio-Septiembre 1993, pp. 129-174.

[24] R. Ledesma Ramos, “Plagio ineficaz. La violencia y la política actual”, LCdE, nº 1, 14 de marzo de 1931, p. 1. OO.CC., Vol. III, p. 20.

[25] Ibídem.

[26] R. Ledesma Ramos, OO. CC., Vol. IV, pp. 26-27.

[27] R. Ledesma Ramos, OO. CC. Vol. III., pp. 177-178.

[28] R. Ledesma Ramos, “Sobre la fusión de F.E. y de las JONS”, JONS, II, 9, abril de 1934, pp. 58-63, OO. CC, Vol. III, p. 44.

[29] R. Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España, op. cit., p. 147. En los últimos años, Ismael Saz ha definido por fascistización: “ese proceso que conduce a determinados sectores de la derecha clásica –sea esta reaccionaria, conservadora, radical e incluso liberal- que ante el desafío de la democracia –sociedad de masas, sería su aceptación neutra, aunque no neutral- adopta una serie de elementos cuya novedad y funcionalidad es claramente imputable al fascismo, hasta el punto de que la resultante no será ya ni el fascismo en sentido estricto ni tampoco una derecha exactamente igual a cuanto lo era antes de su confrontación -dialéctica, diríamos- con el propio fascismo”. Cfr. I. Saz, Fascismo y Franquismo. Valencia, Universitat de València, 2004, p. 86 y ss.

[30] Cfr. G. Servet, “Ramiro Ledesma Ramos, apóstol de la revolución nacional”, Aportes. Revista de Historia Contemporánea, Madrid, año XX, nº 58, 2005, pp. 155-171.

[31] L. Casali, op. cit., p. 111.

[32] R. Ledesma Ramos, “La bandera de la unidad y del vigor de España como Patria grande y justa, necesita de asistencia, y entre ellas, de primer rango, la asistencia de la masa popular española”, La Patria Libre, nº 1, 16 de febrero de 1935. Citamos por la edición compilada por J.M Jiménez Galocha, La Patria Libre. El semanario de la Ruptura. Ramiro Ledesma Ramos. Ernesto Giménez Caballero. Emilio Gutiérrez Palma. Barcelona, Ediciones Barbarroja, 2009, p. 43.

[33] Cfr. R. Ledesma Ramos, La violencia política y las insurrecciones, OO.CC. Vol, III, pp. 370-377. Cfr. S.G. Payne, Falange, Historia del fascismo español. [París], Ruedo Ibérico, p. 61.

[34] R. Ledesma Ramos, La bandera de la…, op. cit., p. 44.

[35] Sobre la ruptura con Falange a raíz de los sucesos de octubre de 1934, se puede consultar mi: La conquista del Estado liberal: Ramiro Ledesma Ramos, op. cit.,  cap. 4.

[36] “Los dirigentes jonsistas abandonaron la disciplina de Falange Española por su propia iniciativa” (R. Ledesma Ramos, “Las J.O.N.S. y F.E. con precisión, con serenidad y con entereza”, La Patria Libre, op. cit., p. 55.

[37] R. Ledesma Ramos, “Las JONS rompen con FE. Manifiesto de las JONS”, La Patria Sindicalista, op. cit., p. 52.

[38] J. M. de Bedoya, “Las JONS rompen con F.E. La liberación de las JONS”, La Patria Sindicalista, op. cit., p. 53.

[39] Sobre el Golpe de Estado como medio de conquista del poder, véase: S. Fernández Riquelme, “Curzio Malaparte y la construcción del personaje histórico. Mitos ideológicos, sueños políticos y miserias humanas”, La razón histórica, nº 40, 2018, pp. 173-193.

[40] Ibídem, p. 54. En las páginas de La Patria Libre, Bedoya recordó el encuentro acentuando el carácter antipopular de Falange: “El pueblo como tal no contaba para nada; el pueblo es un rebaño, la masa inconsciente. La Falange no sería nunca un movimiento de masas, auténticamente popular, y por el contrario, según perfilaban en la intimidad de la sobremesa, sería un movimiento de minorías selectas que un día –no me explicó como- dirigiría al pobre populacho por los caminos de la victoria!” (Ibídem, p. 54).

[41] R. Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España?, op. cit., p. 285.

[42] J. Casanova, De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España. Barcelona, Crítica, 2010, p. 23.

[43] S. Juliá, “De la reforma a la revolución: los sindicatos españoles en los años treinta”, en: Sindicalismo y vida obrera en España, Madrid, Centro de Estudios Históricos de la UGT, 1996, pp. 15-26.  Recientemente, Vadillo ha remarcado la maduración de la organización anarquista durante el último año de la dictadura que “había abortado el intento de reconstrucción del sindicato bajo parámetros comunistas, como se venía fraguando por las posiciones de personajes como Joaquín Maurín” (J. Vadillo Muñoz, Historia de la CNT. Utopía, pragmatismo y revolución. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2019, p. 188.

[44] Ibídem.

[45] José Maluquer, “El sentido de nuestro llamamiento a las masas populares”, La Patria sindicalista, op. cit., p. 155.

[46] R. Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España?, op. cit., p. 157.

[47] R. Ledesma Ramos,  “Pero ponemos condiciones a los patriotas: hay que sacrificarse para hacer de España una Patria Justa. Precisiones”, La Patria Sindicalista, op. cit., p. 135.

[48] R. Ledesma Ramos, “Lo sindicalista: el Pan”, La Patria sindicalista, op. cit., p. 44.

[49] R. Ledesma Ramos, “El problema del trigo”, La Patria sindicalista, op. cit., p. 82.

[50] Un acercamiento preciso al discurso de Primo de Rivera nos revela que se concreta con elementos propios de una organización de estilo fascista pero también de elementos discursivos del tradicionalismo español. De modo que, al mismo tiempo que participa del ataque al liberalismo y de la afirmación de la patria, rescataba el “espíritu religioso tradicional de España”, por lo que seguía considerando que el carácter propio y eterno de España era la catolicidad, no sublimado la nación como hacían los modernos movimientos de masas europeos, que era al fin y al cabo lo que pretendía Ledesma Ramos. Entre otros textos, véase: J. A. Primo de Rivera, “España, incómoda”, en: Obras Completas. Madrid, Publicaciones Españolas, 1950, p. 443 y ss.; J.A. Primo de Rivera, “Puntos iniciales”, op. cit., p. 349.

[51] Cfr. R. Ledesma Ramos, “Los prestigios falangistas ¿Eugenio Montes?”, La Patria Libre, op. cit., p. 152.

[52] “Homenaje al Sr. Giménez Caballero”, Abc, 8 de febrero de 1935. Cfr. G. Server, “Estudio preliminar”, a: La Patria Libre, op. cit., p. 22 y ss.

[53] R. Ledesma Ramos, “¿Qué es fascismo?, La Patria Libre, op. cit., p. 63.

[54] R. Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España?, op. cit., p. 284.

[55] R. Ibáñez, “Prólogo” a: J.M. Jiménez Galocha (coomp.), «Nuestra Revolución». La última iniciativa editorial de Ramiro Ledesma Ramos. Molins del Rei, Ediciones Nueva República, 2003.

[56] R. Ledesma Ramos, “La transformación social”, Nuestra Revolución, nº 1, 11 de julio de 1936, OO. CC. Vol. IV, p. 482. Firmado con el pseudónimo de “Roberto Lanzas”.

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