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Renzo de Felice. Una semblanza intelectual.

 

Pedro Carlos González Cuevas.

 

Profesor Titular de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la UNED (España)

 

 

 

Sin duda, corresponde al historiador italiano Renzo de Felice el gran mérito, quizás podríamos hablar de proeza, dado el contexto intelectual y político en que se desarrolló su obra, de haber emprendido la tarea de “secularizar” intelectualmente el fenómeno fascista, es decir, convertirlo en objeto de estudio y reflexión histórica; y no seguir viéndolo como la expresión de un supuesto Mal absoluto. Para ello, tuvo que enfrentarse a las corrientes históricas de raíz marxista-gramsciana, unido a la alta conflictividad política de la Italia de la posguerra y con el papel que en ella se asignaba a los distintos relatos históricos en tanto explicativos del presente, predictores de los cursos de acción futuros o simplemente legitimadores de los distintos programas de hegemonía cultural.

 

Nacido en Rietli el 8 de abril de 1929, Renzo de Felice era hijo de un funcionario de aduanas, antiguo oficial de complemento herido en la Gran Guerra y luego voluntario en la segunda conflagración mundial [1]. De Felice estudió Filosofía en la Universidad de Roma. Su encuentro con Federico Chabod fue decisivo para el desarrollo de su vocación historiográfica. Otro de sus grandes maestros fue Delio Cantimori. Chabod había desarrollado y renovado la tradición del realismo histórico de Giacchino Volpe y del historicismo ético-político de Benedetto Croce; mientras que Cantimori tuvo igualmente una formación historicista marcada por la influencia de Giovanni Gentile, y luego por el marxismo. Por su parte, De Felice se sintió seducido, en un primer momento, por el marxismo. De hecho, en su época de estudiante fue militante comunista activo, de tendencia trotskista; incluso fue arrestado en 1952 mientras preparaba una manifestación de protesta contra la visita a Roma del general americano Matthew Bunker Ridgway [2]. Finalmente abandonó el comunismo en 1956, por su desacuerdo con la invasión soviética de Hungría. Su marxismo tuvo una acusada influencia de Antonio Gramsci, sobre todo en su interpretación del Risorgimento y de la obra de Maquiavelo. Tras su abandono del comunismo, se fue alejando cada vez más del marxismo, acercándose al liberalismo y al conservadorismo. A su juicio, el marxismo pecaba de determinismo económico y dejaba de lado los factores políticos y culturales en el proceso histórico: “Los aspectos económicos, estructurales, de clase, son una realidad, pero esa realidad hunde siempre sus raíces en los hombres y se explica a través de ellos” [3]. Desde entonces, el historiador italiano estuvo abierto a las nuevas tendencias de la historiografía cultural, más próximas a la antropología que a la historia tradicional de las ideas. En ese sentido, las investigaciones de George L. Mosse en el universo de los mitos, los ritos y los símbolos de la política de masas, del nacionalismo y del nazismo, así como las teorías de la modernización y de la sociedad de masas del sociólogo italo-argentino Gino Germani jugaron un papel de primer orden en la evolución de la historiografía defeliciana.

 

Sus primeros trabajos se centraron en la Ilustración y el jacobinismo italianos, dando especial énfasis al análisis de los fenómenos de la política que podríamos conceptualizar como “irracionales”: el misticismo apocalíptico y revolucionario del período jacobino; lo que después tendría su continuidad en sus estudios sobre la cultura política de los líderes fascistas italianos, como Mussolini, D´Annunzio, Marinetti, etc [4].

 

En su Entrevista sobre el fascismo con Michael Leeden,  De Felice afirma haberse ocupado del fascismo casi por casualidad, tras escribir algunos artículos sobre el problema judío en Italia entre los siglos XVII y XX, decidiéndose a escribir su Storia degli ebrei italiani sotto il fascismo [5], publicada en 1961, y que experimentó varias revisiones por parte de su autor. En esta obra, De Felice describió la tradición del antisemitismo italiano, en su versión clerical, el racismo y el antisionismo en la Italia liberal. Analizó la situación interna de las comunidades judías en los años veinte y treinta; la adhesión al fasismo de numerosos judíos, sin eludir el episodio de La Nueva Bandera, grupo judío profascista y antisionista. Resaltó el acontecimiento de la legislación y persecución antisemita, distinguiendo los períodos de 1938-1943 y 1943-1945. Para De Felice, el origen de la nueva política racial fascista era consecuencia de su alianza con Alemania; pero no ocultaba la complicidad, el consenso y el conformismo de buena parte de la sociedad italiana, especialmente en ciertos ámbitos intelectuales y estudiantiles. A lo largo de sucesivas ediciones, De Felice fue revisando sus tesis y profundizando en el tema, a la luz de nuevas fuentes y de los estudios de historia cultural de George L. Mosse. En la última edición de la obra, acentuó, al lado de la influencia de la alianza con Hitler, la importancia del problema derivado de la guerra de Africa, y la consiguiente necesidad de regular las relaciones entre los italianos y la población indígena; así como el objetivo de crear una nueva conciencia racial en los italianos, conectando la política antisemita con el giro totalitario del régimen y el anhelo mussoliniano de una “nueva civilidad” fascista [6].

 

A partir de la publicación de esta obra, De Felice se propuso abordar la historia del fascismo sobre nuevas bases interpretativas y documentales. En 1965, publicó el primer tomo de su monumental e inconclusa biografía del “Duce”, Mussolini, il rivoluzionario. Una de las principales novedades de su interpretación de la figura del político italiano  y del fascismo, pero igualmente motivo esencial de las primeras polémicas contra su historiografía , fue la definición del carácter auténticamente revolucionario  del Mussolini socialista y del fascismo de los orígenes hasta 1920. A su juicio, el movimiento fascista era un fenómeno social y político muy complejo, en el que se amalgamaban intereses sociales diversos y distintas tradiciones de tipo ideológico: “Que el fascismo ha sido un fenómeno con características de clase precisas, no hay la menor duda; pero traía aparejados también una serie de exigencias morales y culturales que le preexistían (sobre todo en el sindicalismo revolucionario) y que se yuxtaponían a otras (de tipo nacionalista) en un equilibrio extremadamente inestable que fue una de las grandes causas de la debilidad del  propio fascismo. En realidad, Mussolini fue, a lo largo de su vida, un representante típico de las exigencias de origen sindicalista revolucionario” [7]. Pero el fascismo era, para De Felice, un movimiento social y político que no podía reducirse a “mussolinismo”.

 

En un libro posterior, El Fascismo. Sus interpretaciones, publicado en 1969, De Felice abordó la crítica de las principales teorías interpretativas del fenómeno fascista: la liberal, la marxista, la sociológico-estructural, la católica, la psicosocial, la defendida por Ernst Nolte, la de Giacchino Volpe, etc. En sus conclusiones, el historiador italiano no creía en la validez absoluta de ninguna de estas interpretaciones, pero juzgaba necesario tenerlas presentes y articularlas entre sí a la hora de lograr una explicación histórica global del fenómeno fascista en general y de los fascismos en particular. Además, resultaba preciso tener en cuenta “las características concretamente nacionales, es decir, vinculadas con las situaciones históricas particulares (económicas, sociales, culturales y políticas) de cada uno de los países en los cuales se desarrollaron movimientos, partidos o regímenes fascistas”. De Felice  consideraba al fascismo “un fenómeno europeo que se desarrolló en el período transcurrido entre las dos guerras mundiales”. Su aparición y triunfo no fueron inevitables, ni correspondieron en absoluto a una necesidad: “Fue la consecuencia de una multiplicidad de factores, todos racionales y todos  evitables, de incomprensiones, de errores, de imprevisiones, de ilusiones, de miedos, de fatigas y –sólo en el casi de una minoría- de determinaciones que muy a menudo, por otra parte, no eran en absoluto conscientes de los resultados a los que su acción condujo efectivamente”.  En lo referente a su base sociológica, era evidente que el fascismo tuvo enemigos y partidarios en todas las clases sociales. Sin embargo, sus más ardientes defensores se reclutaron en “la pequeña burguesía”, en “las clases medias”. Y es que, después de la Gran Guerra, estos sectores sociales se enfrentaron a un período de “grave y en algunos casos (como en Italia y Alemania) de gravísima crisis”, derivadas no sólo de las consecuencias del conflicto mundial, sino del proceso iniciado anteriormente de “transformación y masificación” de las sociedades europeas. Las clases medias se vieron obligadas a enfrentarse a la afirmación creciente del proletariado y de la gran burguesía; y tuvieron que afrontar esa lucha en condiciones económicas muy precarias, dada la inflación, el alto coste de la vida, la desvalorización de los créditos fijos, el congelamiento de los alquileres, etc, “sin instrumentos de defensa sindical adecuados y en una situación de pérdida progresiva de status económico y social”. En el plano psicológico-político, esta crisis de las clases medias produjo “un estado de frustración social que se manifestó a menudo como profunda inquietud, un confuso deseo de venganza y una sorda rebeldía (que a menudo asumía modalidades destructivas y revolucionarias) frente a una sociedad en relación con la cual se consideraron como las principales o quizás las únicas víctimas”. Los errores de los partidos obreros y el miedo al bolchevismo hicieron que gran parte de las clases medias consideraran al fascismo “como un movimiento revolucionario propio que las permitiría afirmarse social y políticamente tanto contra el proletariado como contra la gran burguesía”. Las élite política del fascismo perteneció igualmente a las clases medias, aunque con una característica que no podía ser subestimada, y es que “los jefes fascistas, muchos de ellos al menos, habían vivido dos tipos de experiencias particulares que a menudo se sumaban entre sí: habían militado en los partidos o en los movimientos de extrema izquierda en puestos de responsabilidad o habían combatido en la guerra”.

 

Se trataba de una elite que estuvo en condiciones de elaborar  una ideología “revolucionaria y nacionalista que se adecuase a la psicología, a los resentimientos, a las veleidades y a las aspiraciones de las masas con cuyo concurso debía contar si pretendía alcanzar el poder”. Y es que el fascismo intentó crear en las masas “la sensación de estar siempre movilizadas, de tener una relación directa con el jefe (que es tal por ser capaz de ser el intérprete y el traductor en los actos de sus aspiraciones) y de participar y contribuir no en una mera restauración de un orden social cuyos límites e inadecuación históricos todos comprendían, sino en una revolución en la que gradualmente nacería un nuevo orden social mejor y más justo que el preexistente”. A ese respecto, De Felice creía que la alta burguesía nunca aceptó por completo al fascismo, tanto por factores psicológicos de cultura, de estilo e incluso de gusto como, sobre todo, por los temores que suscitaba, por la tendencia del Estado fascista a intervenir cada vez más en la economía, por la ambición de la elite fascista en transformarse en una clase política autónoma, por la política exterior mussoliniana cada vez más agresiva y que no correspondía a sus intereses. De ahí que la interpretación marxista clásica fuese indefendible, porque el fascismo no podía considerarse como “el momento culminante de la reacción capitalista y antiproletaria e, incluso, como una culminación inevitable del capitalismo correspondiente a la fase de su decadencia”. La burguesía capitalista no tuvo una “posición unívoca” ante el fascismo, porque lo consideraba “una fuerza ambigua, potencialmente, aunque no básicamente, ajena al capitalismo mismo y que, aún hegemonizada, abrigaba riesgos notables y –como lo demostraron los hechos (en Alemania sobre todo, pero también en Italia)- perseguía objetivos que se habían hecho progresivamente más divergentes de los objetivos naturales del capitalismo; sin duda del capitalismo más avanzado, pero también de aquel que quería reforzarse y expandirse libremente”. Los sectores de la alta burguesía que apoyaron, en un primer momento, al fascismo pretendían “sólo volver a la normalidad a partir de una situación de crisis política que se había hecho crónica y, por lo tanto, intolerable para ella” [8].

 

En julio de 1975, De Felice, siguiendo esa línea interpretativa, publicó una de sus obras más polémicas, Entrevista sobre el Fascismo. Su interlocutor era el historiador norteamericano Michael Leeden, discípulo de George L. Mosse. La entrevista se publicó en un pequeño volumen de ciento veinticinco páginas; y tuvo la virtud de provocar discusiones sin cuento, que persisten todavía. De Felice negaba que el nacional-socialismo fuese una versión del fascismo, porque sus diferencias eran “enormes; son dos mundos, dos tradiciones, dos historias tan distintas que es difícil reunirlas en un análisis unitario”. En concreto, el concepto de raza defendido por Mussolini y los fascistas no era biológico, sino espiritual. 

 

Al mismo tiempo, distinguía entre el fascismo como movimiento social y político y el fascismo como régimen. El primero podía conceptualizarse como revolucionario, ya que era “el aspecto de veleidad renovadora, de interpretación de ciertas exigencias, de ciertos estímulos, de cierta voluntad de renovación; es la cualidad de “revolucionario” que existe en el fascismo mismo y que tiende a construir algo nuevo”. El régimen fascista, en cambio, era “la política de Mussolini, es el resultado de una política que tiende a hacer del fascismo la superestructura de un poder personal, de una dictadura, de una línea política que por muchas razones resulta ser la herencia de una tradición”. Como ya había sostenido en sus obras sobre las interpretaciones del fascismo, De Felice  insistía en el papel de las clases medias; de una clases medias no decadentes, no en vías de proletarización, sino “emergentes”, que tienden a “realizar una política propia en primera persona”, que “buscan participar y adquirir poder político”. Por ello, el fascismo se presentó como un movimiento que proponía soluciones “nuevas”, “modernas”: un cierto interclasismo, formas corporativistas de tipo moderno, “algo que no se puede liquidar considerándolo como un corporativismo de tipo medieval, o del renacimiento, de Toniolo o de los católicos”.

 

La llegada al poder de Mussolini fue el resultado de un compromiso entre el fascismo y la clase dirigente tradicional. Para ésta última y para los poderes económicos, el fascismo debía ser absorbido por el sistema. La visión del movimiento fascista era muy diferente; pretendía subvertirlo y eliminarlo, a partir de una política “totalitaria”. Y es el que el fascismo no quería asemejarse a un régimen autoritario o reaccionario, que tendiera a la desmovilización de las masas. El régimen fascista, así como el movimiento, propugnó la movilización de las masas, la construcción de una nueva civilidad y la creación de un “hombre nuevo”. De ahí que pudiera hablarse de “fenómeno revolucionario”. El nacionalismo fascista no era, por otra parte, un nacionalismo clásico, sino un “nacionalismo de masas”, “populista”; y su colonialismo tendía “a la emigración, que espera que grandes masas de italianos puedan trasladarse a aquellas tierras para trabajar, para encontrar posibilidades que no tienen en su patria”. Siguiendo las tesis de Jacob Talmon sobre la democracia totalitaria, De Felice estimaba que su proyecto político tenía sus antecedentes ideológicos en la Ilustración, en Rousseau y la Revolución francesa, enlazando con “cierto radicalismo de izquierda”, no de derecha, como en el nacional-socialismo. Y señalaba: “La idea de que el Estado, por medio de la educación, puede crear un nuevo tipo de ciudadano, es una idea típicamente democrática, clásica del iluminismo, una manifestación de carácter rousseauniano”. A ese respecto, negaba que el régimen de Franco fuese un régimen fascista; se trataba de “un clásico régimen autoritario con injertos modernos y nada más que eso”.

 

Señalaba igualmente el historiador italiano que el régimen fascista disfrutó de un amplio “consenso” en el grueso de la población italiana sobre todo entre 1929 y 1936. En esa época, Mussolini sacó provecho de su aguda percepción acerca de los réditos de una situación nacional en la que la paz social se comparaba con la crisis que soportaban en esos años Francia e Inglaterra, especialmente, aunque también Alemania y los Estados Unidos. Incluso la guerra de Etiopía suscitó un “consenso” mayor y un momento de excitación nacional en el conjunto de la sociedad italiana. Sin embargo, De Felice insistía en lo precario de ese “consenso”, que el propio Mussolini percibió. El “Duce” confiaba en la imagen de su política exterior; pero perseguía, al mismo tiempo, la “fascistización” de Italia, a través de la educación y la conquista de los jóvenes. La crisis con la Santa Sede en torno a la Acción Católica fue todo un símbolo. A juicio del historiador italiano, si el fascismo fracasó en esa empresa no fue por carencias de tipo técnico, sino por sus profundas insuficiencias en el plano de la cultura y de la formación humanista. Con respecto a la política exterior, De Felice estimaba que en los primeros años fue pendular. Mussolini osciló entre Inglaterra y Alemania hasta la guerra civil española y la guerra de Etiopía estrecharon demasiado el arco del péndulo. El “eje” Roma-Berlín no fue, a su juicio, un hecho inexorable, calculado desde el principio, por lo menos del lado fascista. Para Mussolini, el conflicto europeo era político y económico, no ideológico. La guerra se hizo ideológica después de la invasión alemana de la Unión Soviética. De Felice no creía en la resurrección política del fascismo. Los movimientos neofascistas apenas tenían algo que ver con el fascismo histórico. No se trataba de movimientos nacionalistas, sin europeístas. Sus personajes de referencia no eran Mussolini y sus seguidores, sino filósofos tradicionalistas como Julius Evola, políticos como Cornelio Codreanu o los nazis. En su proyecto político, no aparecía la idea de progreso, sino una tradición “mágico-mística, cosa que el fascismo italiano jamás conoció” [9].

 

Hasta su muerte, Renzo de Felice continuó elaborando su biografía de Mussolini. A Mussolini, il rivolucionario, siguieron El fascista, 1921-1929, El Duce, 1929-1949 e Italia en guerra, 1940-1943. No llegó a culminar su gran proyecto; pero su exhaustiva biografía del “Duce” sobrepasó las siete mil páginas.  A menudo, algunos historiadores le acusaron de hacer una apología inteligente de Mussolini y del fascismo. De Felice no compartía esa opinión y se defendió elocuentemente: “Yo estoy convencido, en cambio, que si toda mi obra presenta a un personaje criticado íntimamente y a fondo (y en muchos aspectos destruido) tal personaje es precisamente Mussolini”. Y significativamente señalaba: “Lo que fastidió a muchos,especialmente a los viejos, es lo que se define como mi imparcialidad, mi serenidad para juzgar a ciertos personajes y ciertos acontecimientos, como si se tratase de algo ocurrido hace dos o tres siglos” [10]

 

Historiadores como Nicola Tranfaglia, Franco Catalano, Lelio Basso, Claudio Pavone, Enzo Traverso, Denis Mack Smith, etc, criticaron acerbamente su obra, sobre todo Entrevista sobre el fascismo y los diversos tomos de su biografía de Mussolini [11]. Sin embargo, ciertos sectores de la derecha neofascista tampoco recibieron favorablemente el contenido de su obra [12]. En concreto Maurice Bardèche valoró la objetividad del historiador italiano respecto al fascismo; pero estimaba que su análisis interpretativo se encontraba excesivamente próximo al marxismo y no compartía su adscripción reaccionaria del nacional-socialismo [13]. El político comunista Giorgio Améndola coincidía con algunas de las tesis del historiador italiano y no creía que hiciese una apología del fascismo [14]. El filósofo católico Augusto Del Noce compartía su definición del fascismo y su caracterización de la figura de Mussolini [15] . Por su parte, Norberto Bobbio estimaba que De Felice “revalorizaba” históricamente el fascismo, pero no pretendía “rehabilitarlo”. Negaba que el movimiento fascista hubiese sido revolucionario. Reconocía que existió, durante el fascismo, un “consenso de masas”, aunque “emotivo”, irracional [16].

 

Lo cierto es que su valoración última de Mussolini no fue positiva. De Felice definió al “Duce” como “un hombre que busca”, es decir, “un hombre político que contempla su ruta día a día, sin tener una idea clara de su punto de llegada”. Un “hombre político” ciertamente “notable”, pero no un auténtico “hombre de Estado”, porque en los momentos cruciales de su vida le faltó la capacidad de decisión hasta tal punto que puede decirse que “sus decisiones tácticas fueron tomadas gradualmente, adaptándose a la realidad exterior” [17]. Falto de princicipios morales, sin una idea precisa a realizar, totalmente desprovisto de prejuicios, Mussolini, según De Felice, seguía en sus actos una “dirección fundamentalmete univoca, pero por otro lado largamente trazada día a día, fruto no de conocimientos y deseos precisos, sino, al contrario, determinado por una adaptación ulterior y su inscripción en una situación normal” [18]. La táctica mussoliniana era, para el historiador italiano, la consecuencia de una “mezcla de personalismo, de escepticismo, de desconfianza, de seguridad en sí y al mismo tiempo de desconfianza hacia el valor intrínseco de todo acto y luego a la posibilidad de dar a la acción un sentido moral, un valor que no fuera provisional, instrumental y táctico"[19]. En el fondo, De Felice creía que el Duce una víctima de su propio “mito”[20].

 

No obstante, De Felice se mostró igualmente intransigente con algunos de los mitos más queridos del antifascismo. Entre diciembre de 1987 y enero de 1988, De Felice se mostró partidario, en una entrevista, de abolir las disposiciones de la Constitución italiana que impedían la reconstrucción del Partido Fascista, porque habían dejado de ser creíbles, al permitir las fuerzas antifascistas la existencia del Movimiento Social Italiano, que había “sobrevivido a todas las tempestades”. Y opinaba, además, que el antifascismo no era una ideología “útil para instaurar una auténtica democracia republicana, una democracia liberal” [21].

 

En 1995, De Felice volvió a la carga. En su obra Rojo y negro, consideraba que la “vulgata” antifascista estaba política e intelectualmente muerta. Objeto preferido de sus críticas fue el “mito” de la Resistencia, un mito que “no suscita otros efectos que no sean el aburrimiento y el desinterés, o bien el deseo de oir otras voces”. Y es que, tras la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, se habían destruido muchas certezas. Era el momento de plantear históricamente el problema de la “legitimación popular” de la Resistencia. A su juicio, tanto ésta como la República Social Italiana fueron fenómenos minoritarios. Además, el antifascismo no podía constituir el único elemento discriminador para comprender el significado histórico de la Resistencia. El antifascismo no podía reemplazar a la “patente democrática”; pero la “vulgata” antifascista había sido construida “por razones ideológicas”, es decir, para “legitimar la nueva democracia con el antifascismo”, para “legitimar la izquierda comunista con la democracia”. Según sus cálculos, el número de militantes activos en la Resistencia fue de unos treinta mil. El movimiento partisano se hizo multitudinario del final de la guerra, “cuando bastaba con lucir un pañuelo rojo al cuello para sentirse combatiente y desfilar con los vencedores”. El deseo dominante en la mayoría de la población italiana fue la paz. No predominó el “rojo” o el “negro”, sino “una gran zona gris”. Por otra parte, el objetivo último de los comunistas siguió siendo “la dictadura del proletariado”. Por ello, De Felice daba relieve a la figura de Alfredo Pizzoni, dirigente de la Resistencia, pero anticomunista, al que consideraba un auténtico “patriota”. Con respecto a los fascistas, De Felice opinaba que la entrada de Italia al lado de Alemania en la Guerra Mundial supuso “una imparable fuerza de deslegitimación”; y la vergonzosa derrota “deshizo la idea de nación como valor unificador de los todos los italianos”.

 

La fundación de la República Social Italiana fue el origen de “la guerra civil”. Sin embargo, el historiador italiano estimaba que Mussolini retornó a la vida política, tras su caída en 1943, no por interés personal, sino por patriotismo; el suyo fue un verdadero sacrificio en el “altar de la defensa de Italia”: “Mussolini volvió al poder para “ponerse al servicio de la patria”, porque sólo él podía impedir que Hitler transformase Italia  en una nueva Polonia; para hacer menos pesado y trágico el régimen de ocupación”. De la misma forma, destacaba el papel ejercido por el filósofo Giovanni Gentile, “el único que habló claro contra la práctica del terror”; y exhortó a la “pacificación de los italianos”; lo que le costó la vida. Otra figura positiva de la República Social fue Junio Valerio Borghese, el comandante de la X Mas; ejemplo de “aquellos que anteponían a la idea fascista la defensa del honor nacional y de las fronteras de la patria, contra todos los enemigos internos y externos” [22]. La obra fue objeto, nuevamente, de todo tipo de polémicas; e incluso unos extremistas de izquierda lanzaron contra la casa del historiador un par de botellas incendiarias [23].

 

Renzo de Felice murió el 26 de mayo de 1996, a los sesenta y siete años, sin haber finalizado su biografía de Mussolini. No obstante, su obra historiográfica tiene pocos paralelos tanto en su patria como en el resto de Europa. Como ha reconocido un historiador de izquierda como Enzo Traverso, siempre crítico con sus planteamientos: “En cuanto a Renzo de Felice, su monumental investigación sobre la Italia fascista ha dado numerosas “revisiones” que son hoy en día adquisiciones historiográficas generalmente aceptadas, como, por ejemplo, el reconocimiento de la dimensión “revolucionaria” del primer fascismo, de su carácter modernizador o también el consenso obtenido por el régimen de Mussolini en el seno de la sociedad italiana, sobre todo en el momento de la guerra de Etiopía” [24] . Al mismo tiempo, De Felice fue el fundador de la prestigiosa revista Storia Contemporánea, en la que colaboraron, entre otros, George L. Mosse, Emilio Gentile, John F. Coverdale, Andreas Hillgruber, Klaus Hildebrand, Giorgio Améndola, etc 25]. Sus discípulos, en particular Emilio Gentile, se encuentran a la vanguardia investigadora del fenómeno fascista. Todo un legado.

 

 

                                                                                                             

   Notas


[1] Véase Paolo Simoncelli, Renzo de Felice. La formazione intellettuale. Firenze, 2001, p. 19 ss.

[2] Véase Emilio Gentile, Renzo de Felice. Lo storico e il personaggio. Roma-Bari, 2003, p. 4 ss.

3] Renzo de Felice, “La historiografía sobre la época contemporánea en Italia después de la Segunda Guerra Mundial”, en La Historiografíaitaliana contemporánea. Buenos Aires, 1993, p. 38.

[4] Véase Simoncelli, op. cit., pp. 77-125. Gentile, op. cit., pp. 40-47 ss.

[5] Renzo de Felice, Entrevista sobre el fascismo con Michael Leeden. Buenos Aires, 1979, pp. 11-12.

[6] Renzo de Felice, Storia degli ebrei italiani sotto il fascismo. Torino, 1988.

[7] Renzo de Felice, Mussolini, il rivoluzionario. Torino, 1965, p. XXV.

[8] Renzo de Felice, El Fascismo. Sus interpretaciones. Buenos Aires, 1976, pp. 30-33, 330-361.

[9] Renzo de Felice, Entrevista sobre el fascismo con Michael Leeden. Buenos Aires, 1979.

[10] Ibidem, pp. 134-135.

[11] Véase Fiorenza Fiorentino, “Bibliografía di e su Renzo de Felice”, en Luigi Goglia e Renato Moro, Renzo de Felice. Studi e testimonianze. Roma, 2002, pp. 385-389 ss. Véase igualmente VVAA, Interpretación su Renzo de Felice. Milano, 2002.

[12] Véase VVAA, Sei riposte a Renzo de Felice. Roma, 1976.

[13] “Des fascismes ou le fascisme”, en Défense de l´Occident nº 137, avril 1976, pp. 8-25. Véase también Julius Evola, Más allá del Fascismo. Barcelona, 2005, p. 32. 

[14] Giorgio Améndola, La lucha antifascista. Entrevista a cargo de Pietro Melograni. Barcelona, 1980, p. 15 ss.

[15] Augusto Del Noce, “Reflexions pour une definition historique du fascisme”, en L´époque de la secularisation. París, 2001, pp. 152, 160 ss.

[16] Norberto Bobbio, Ensayos sobre el fascismo. Buenos Aires, 2006, pp. 81, 93 ss.

[17] Renzo de Felice, Mussolini, il rivoluzionario..., p. XXII.

[18] Ibidem, p. 460.

[19] Renzo de Felice, Mussolini, il fascista. La conquista del potere, 1921-1925. Torino, 1966, p. 472.

[20] Renzo de Felice, Musolini, il Duce. Lo Stato Totalitario, 1936-1940. Torino, 1981, p. 330.

[21] Véase Gentile, op. cit., pp. 28 ss.

[22] Renzo de Felice, Rojo y negro. Barcelona, 1996.

[23] Gentile, op. cit., p. 25.

[24] Enzo Traverso, El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política. Madrid, 2007, p. 98.

[25] Véase Giuseppe Parlato, “De Felice operatore di cultura”, en Giovanni Albert e Giuseppe Parlato, Renzo de Felice. Il lavoro dello storico tra ricerca e didattica. Milano, 1999, pp. 136-137.

   

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